Al dulce niño que viene al mundo
saluda mi verso rezagado.
Que goce de la bendición
de todos los ángeles terrenos y celestes.
Que sea digno como su padre,
como su madre hermoso y adorable.
Que nada turbe su alma y persevere
en la verdad como los querubines.
Que no conozca antes de tiempo
los tormentos del amor ni la sed de gloria.
Que contemple sin desprecio
el falso brillo y el rumor mundanos.
Que no busque jamás las causas
de las pasiones ajenas y las alegrías propias.
Y que del barro del mundo salga pura
su alma e inocente su corazón.