MTSIRI[42]
1
Hace algunos años, allí donde
rumorean al confluir,
abrazándose como hermanas,
las corrientes del Aragva y del Kurá,
se alzaba un monasterio. Desde la montaña
todavía hoy divisa el caminante
los pilares de su pórtico derruido,
las torres y la bóveda de la iglesia.
Pero bajo ella ya no se eleva
el oloroso humo de los incensarios,
ni se oyen cantos a altas horas
de monjes que oran por nosotros.
Ya solo un anciano encanecido,
precario custodio de las ruinas,
olvidado de los hombres y la muerte,
quita el polvo de las lápidas,
cuyas inscripciones hablan
del pasado glorioso y de cómo,
oprimido por su corona,
cierto rey en cierto año,
confió su pueblo a Rusia.
Y la bendición de Dios llegó
a Georgia. Desde entonces
florece a la sombra de sus jardines,
sin temor a los enemigos,
tras la barrera de amistosas bayonetas.
2
Un día un general ruso de camino
a Tiflis pasó por las montañas.
Llevaba un niño prisionero
que enfermó, incapaz de soportar
las fatigas del largo viaje.
Tendría unos seis años, temeroso
y salvaje como la gamuza montaraz,
frágil y endeble como un junco.
Pero la penosa enfermedad entonces
desarrolló en él el poderoso espíritu
de sus padres. Sin quejarse
sufría, ni el más leve lamento
escapaba de sus labios infantiles.
Rechazaba la comida con un gesto
y altivo se apagaba en silencio.
Un monje por compasión
recogió al enfermo, y entre los muros
protectores quedó, salvado
por amistosas artes. Mas, ajeno
a los placeres de la infancia,
al principio huía de todos,
vagaba solitario y mudo,
suspirando miraba a oriente,
afligido por una vaga nostalgia
de su país natal. Pero se acostumbró
después a la prisión, empezó
a entender esa lengua extraña,
fue bautizado por un santo padre
e, ignorante del ruidoso mundo,
se disponía ya, en la flor de la edad,
a pronunciar los monásticos votos,
cuando una noche de otoño
desapareció de pronto. Un oscuro
bosque cubría todas las montañas.
Tres días lo buscaron en vano,
pero luego lo encontraron
en la estepa privado de sentido
y de nuevo lo llevaron al convento.
Espantosamente pálido, demacrado
y débil, como si grandes fatigas, hambre
o enfermedad hubiese padecido.
No respondía a las preguntas,
y a ojos vistas se marchitaba día a día.
El fin ya se avecinaba. Entonces
un monje se acercó a él,
con exhortaciones y plegarias.
Y el altivo enfermo al escucharlo
se incorporó, de sus últimas fuerzas
hizo acopio y pronunció estas palabras:
3
«A escuchar mi confesión
has venido y te lo agradezco.
Mejor hablar ante alguien,
las palabras aliviarán mi pecho.
A nadie he hecho mal
y por eso conocer mis actos
no os será de mucha utilidad.
¿Puede el alma revelarse?
Poco he vivido, y además en prisión.
Dos de tales vidas por una,
aunque llena de inquietud estuviera,
daría si pudiera. He conocido
de un solo pensamiento el yugo,
de una sola pasión, aunque ardiente:
como un gusano dentro de mí,
me ha roído el alma y ha ardido.
A mis sueños convocaba, desde las celdas
sofocantes y las oraciones, a ese mágico
mundo de luchas e inquietudes,
donde las nubes ocultan las cumbres
y el hombre es libre como el águila.
En la sombra nocturna esa pasión
alimenté con lágrimas y penas.
Ante el cielo y la tierra ahora
lo reconozco abiertamente
y perdón no solicito.
4
¡Anciano! Muchas veces he oído
que me salvaste de la muerte.
¿Por qué?… Sombrío y solitario,
cual hoja arrancada por la tormenta,
crecí entre muros tenebrosos,
alma de niño y destino de monje.
A nadie he podido decir
las santas palabras: padre y madre.
Ya sé que pretendiste, anciano,
que en el convento me olvidara
de tan dulces nombres: en vano.
Esos sonidos nacieron conmigo.
Veía que los demás tenían
patria, hogar, amigos, familiares,
mientras yo ni almas afines,
ni una tumba siquiera encontraba.
Entonces, sin verter superfluo llanto,
me hice una promesa a mí mismo:
aunque fuera por un solo instante,
mi ardiente pecho apretaría
con ansia otro pecho,
desconocido acaso, pero hermano.
¡Ah, ahora esos sueños
han muerto en plena floración!
Y en tierra ajena, como he vivido,
moriré huérfano y esclavo.
5
No me aterra la tumba.
Dicen que allí el sufrimiento duerme
en un silencio frío y eterno.
Pero me duele separarme de la vida.
Soy joven, joven… ¿conoces
los alocados sueños de la juventud?
O los desconoces o has olvidado
cómo amabas y odiabas,
cómo latía con más fuerza el corazón
al ver el sol y los campos
desde lo alto de la atalaya,
donde el aire es fresco y a veces,
en un hondo agujero de la muralla,
hijo de un país ignoto,
un joven palomo se acurruca,
asustado de la tormenta.
Ahora este mundo maravilloso
se te ha vuelto odioso: eres débil,
peinas canas y nada deseas.
¿Qué más da? ¡Has vivido, anciano!
No te faltan cosas para olvidar.
Has vivido. ¡Si pudiera yo decir lo mismo!
6
¿Quieres saber lo que he visto
en libertad? Lujuriantes campos,
colinas circundadas
por una corona de árboles,
cuyas frescas copas susurran
como hermanos en un corro.
He visto cúmulos de oscuras peñas
que el torrente separaba
y he adivinado sus pensamientos:
¡ese honor a los cielos debo!
Extendidos ha tiempo en el aire
sus brazos de piedra
a cada instante esperan encontrarse.
Pero ¡pasarán los días y los años,
y no podrán unirse nunca!
He visto crestas rocosas
extrañas como sueños,
cuando a la hora del amanecer
en el cielo azul sus cumbres
humean como altares,
y una nube tras otra,
abandonando su escondido albergue,
dirigen su curso a oriente,
como blanca caravana
de aves migratorias de lejanas tierras.
A través de la niebla, en lontananza,
entre nieves ardientes como diamantes,
he visto el canoso e inmutable Cáucaso.
Y entonces sin saber por qué
sentí ligero el corazón.
Una voz secreta me decía
que allí también viví yo antaño,
y el pasado en mi memoria
se iba haciendo más y más diáfano…
7
Y me acordaba de la casa paterna,
del barranco y alrededor
la aldea dispersa por la sombra.
Escuchaba el rumor vespertino
de las yeguadas al volver al redil
y el lejano ladrido de perros conocidos.
Me acordaba de viejos atezados,
sentados en nuestro zaguán,
y de sus rostros graves alumbrados
por la luz de la luna.
Y el destello de las fundas engastadas
de los largos puñales… Y como sueño,
de pronto, en confusa sucesión,
se desplegaba todo ante mí.
Y mi padre, como si estuviera vivo,
se me presentaba con sus marciales ropas,
y recordaba el tintineo
de su cota de mallas, el destello del fusil,
el ojo inflexible y altivo,
y mis jóvenes hermanas…
Los rayos de su dulce mirada
y el sonido de sus canciones
y de sus voces sobre mi cuna…
Por el barranco corría un torrente,
fragoroso, pero poco profundo.
En su orilla, sobre la dorada arena
iba a jugar al mediodía,
y seguía el vuelo de las golondrinas,
cuando rozaban las olas con el ala
antes de la lluvia.
Y recordaba nuestra apacible morada
y ante el vespertino fuego del hogar
los largos relatos sobre la vida
de los hombres en tiempos remotos,
cuando el mundo era aún más hermoso.
8
¿Quieres saber lo que hice
en libertad? Viví, y mi vida
sin esos tres días benditos
más triste y sombría habría sido
que tu impotente vejez.
Hace ya mucho había decidido
contemplar los lejanos campos,
saber si era hermosa la tierra,
si a este mundo venimos
para ser libres o esclavos.
Y en la terrible hora nocturna,
cuando, asustados de la tormenta,
os apiñabais frente al altar
y os prosternabais en el suelo,
me escapé. ¡Ah, cómo me habría gustado
a la tormenta abrazar como un hermano!
Seguía las nubes con la mirada,
capturaba el relámpago con la mano…
Dime, ¿hay algo entre estos muros
que hubieras podido darme a cambio
de tan breve pero fervorosa amistad
entre un turbulento corazón y la tormenta?…
9
Mucho tiempo corrí. ¿Por dónde? ¿Adónde?
¡No lo sé! Ni una sola estrella
alumbraba el penoso camino.
Me llenaba de placer aspirar,
en el fatigado pecho,
la frescura nocturna de los bosques,
¡nada más! Muchas horas
pasé corriendo, hasta que al fin, cansado,
me tumbé entre las altas hierbas.
Agucé el oído: nadie me seguía.
La tormenta se aquietó. Una pálida luz
como una larga franja se extendía
entre la tierra y el oscuro cielo,
y sobre ella, cual un arabesco,
distinguí las crestas de lejanas montañas.
Yacía inmóvil, en silencio.
A veces en el desfiladero el chacal
aullaba y lloraba como un niño
y con sus resplandecientes y lisas escamas
la serpiente reptaba entre las piedras.
Pero ningún miedo me oprimía el corazón:
como una fiera, yo mismo era extraño a los hombres
y me arrastraba y me escondía como una serpiente.
10
En lo hondo del valle un torrente,
reforzado por la tormenta,
rugía, y su sordo rumor
a cientos de voces airadas
se asemejaba. Aun sin palabras,
me resultaba comprensible esa charla,
murmullo incesante, eterna disputa
con la obstinada orilla de piedra.
Tan pronto serena como furiosa,
resonaba en el silencio.
De pronto en las brumosas cumbres
cantaron las aves, el oriente
se cubrió de oro, y la brisa
estremeció las húmedas hojas.
Las soñolientas flores suspiraron
y también yo, al encuentro del día,
levanté la cabeza como ellas…
Miré a mi alrededor y tuve miedo,
lo reconozco. Yacía en el borde
de un amenazante abismo, donde
la airada corriente rugía y se arremolinaba.
Allí conducían unos peldaños de roca,
tan solo hollados por el espíritu maligno,
cuando, despeñado de los cielos,
desapareció en las profundidades de la tierra.
11
A mi alrededor florecía el jardín de Dios.
El manto iridiscente de las plantas
conservaba las huellas del llanto celeste,
los rizos de las vides se ensortijaban,
hermoseando entre los árboles
el verde transparente de las hojas,
y sus ubérrimos racimos,
en forma de preciosos zarcillos,
pendían suntuosos, y a veces hasta ellos
volaba un temeroso enjambre de aves.
De nuevo caí a tierra,
de nuevo quedé a la escucha
de voces extrañas y hechiceras,
que susurraban entre los arbustos,
como si hablasen entre ellas
de los secretos del cielo y de la tierra,
en una reunión de todas las voces
de la naturaleza. La única que no se oía,
en la hora solemne de la alabanza,
era la orgullosa voz del hombre.
De todos mis sentimientos y pensamientos
de aquel entonces no queda ni huella.
Y cuánto me gustaría poder relatarlos
para revivirlos al menos con la imaginación.
Esa mañana era la bóveda celeste
tan pura que un ojo avezado
habría podido seguir el vuelo de un ángel.
¡Tan honda era y transparente,
tan llena de indistinto azul!
En ella los ojos y el alma anegué,
hasta que el calor del mediodía
disipó mis sueños y empezó
a atormentarme la sed.
12
Entonces, desde las alturas,
empecé a bajar como pude
hasta el torrente, agarrándome
a los flexibles arbustos. A veces una piedra,
resbalando bajo mis pies, rodaba
hasta el fondo, dejando un rastro de humo,
levantando una columna de polvo,
y, tras sus saltos y sus ecos,
era engullida por las olas.
Yo seguía suspendido sobre el abismo,
pero la libre juventud es fuerte
y la muerte no me parecía espantosa.
En cuanto de las escarpadas cumbres
descendí, me llegó la frescura
de las aguas agrestes
y ávidamente me arrojé en su seno.
De pronto oí una voz, un leve rumor de pasos…
Al punto me oculté entre los arbustos,
sacudido por un involuntario temblor.
Entonces levanté la mirada temerosa
y presté oídos a cualquier rumor:
cada vez más cerca resonaba
la joven voz de una georgiana,
tan viva y sin artificio, tan llena
de dulce libertad, como si solo
hubiera aprendido a pronunciar
los sones de nombres amigos.
Sencillo era su canto,
pero se aposentó en mi pensamiento,
y, en cuanto caen las sombras,
un espíritu invisible me lo canta.
13
Con un cántaro en la cabeza,
la georgiana bajó hasta la orilla
por un estrecho sendero. A veces,
al resbalar ente los guijarros,
se reía de su torpeza.
Pobre era su atavío,
avanzaba con ligeros pasos,
echándose hacia atrás los largos pliegues
del chador. Los calores del estío
cubrían de una sombra dorada
su rostro y su pecho, húmedos
sus labios y mejillas.
Tan profunda la tiniebla de sus ojos,
tan llena de secretos de amor,
que mis pensamientos ardientes
se turbaron. Solo recuerdo
el tintineo del cántaro, cuando la ola
penetraba lentamente en su interior,
y un susurro… Nada más.
Cuando me recobré de la impresión
y la sangre volvió a fluir del corazón,
ella ya estaba lejos. Más silencioso
su paso pero no menos ligero,
tan ágil bajo su carga
como el álamo, rey de los campos.
No lejos, entre la fresca bruma,
se alzaban como surgidas de la misma roca
dos cabañas en amistosa compañía.
Del plano tejado de una de ellas
escapaba un hilo de humo azul.
Aún me parece estar viendo
cómo se abrió en silencio la puerta…
Y al punto volvió a cerrarse…
Ya sé que no puedes comprender
mi pena y desconsuelo.
Y me alegro de que así sea.
El recuerdo de esos instantes
conmigo ha de morir.
14
Extenuado de las fatigas de la noche
me tumbé en la sombra. Un sueño deleitoso
me cerró los ojos contra mi voluntad…
Y entonces volví a ver
la figura de la joven georgiana.
Una dulce y extraña tristeza
volvió a oprimirme el pecho.
Mucho tiempo traté de recobrar el aliento,
hasta que desperté. Ya la luna
brillaba en lo alto, y una nubecilla,
una sola, la acechaba,
como si fuera su presa,
abriendo sus ávidos brazos.
Guardaba silencio el oscuro mundo.
Solo las cumbres de la cordillera nevada,
como una franja plateada,
resplandecían a lo lejos delante de mí,
y en la orilla rumoreaba el torrente.
En la mentada cabaña un fueguecillo
tan pronto crepitaba como se apagaba:
así en los cielos de la medianoche
palidece una luciente estrella.
Me habría gustado acercarme…
Pero a entrar allí no me atrevía.
Un único fin —pasar a mi tierra natal—
albergaba en el alma y soportaba
el sufrimiento del hambre como podía.
Así, mudo y temeroso,
seguí mi camino.
Pero pronto en la profundidad del bosque
perdí de vista las montañas
y el sendero desapareció bajo mis pies.
15
En vano, llevado por la ira,
arrancaba con desesperada mano
un endrino recubierto de hiedra:
alrededor se extendía el bosque inacabable,
cada vez más espantoso y tupido.
Con un millón de ojos negros
miraba la oscuridad de la noche
entre las ramas de cada arbusto…
Me daba vueltas la cabeza.
Trepé entonces a los árboles,
pero hasta el límite del cielo
se sucedía el perfil dentado del bosque.
En ese momento caí al suelo
desfallecido y estallé en sollozos,
mordí el húmedo pecho de la tierra
y mis lágrimas fluyeron
por ella como ardiente rocío…
Pero, créeme, ayuda de los hombres
no anhelaba… Extraño a ellos para siempre,
como las fieras de las estepas.
Si solo un breve grito
me hubiera traicionado —lo juro, anciano—,
me habría arrancado la pusilánime lengua.
16
Ya sabes que de niño
no vertí una sola lágrima.
Pero en ese momento lloré sin vergüenza.
¿Quién podía verme? Solo el bosque oscuro
y la luna flotando en medio del cielo.
Entonces, alumbrado por su rayo,
cubierto de musgo y arena,
de un muro impenetrable
circundado, surgió ante mí
un calvero. De pronto allí
refulgió una sombra, y de dos fuegos
brotaron chispas… Luego
una fiera de un salto
salió de la espesura y, jugando,
se tumbó boca arriba sobre la arena.
Era el huésped eterno del desierto,
la poderosa pantera. Un hueso mojado
roía entre alegres gruñidos.
Moviendo suavemente la cola,
a veces con sangriento ojo contemplaba
la luna llena, y a su luz
su pelo se bañaba de plata.
Asido a una torcida rama esperaba
el instante de la lucha. De repente mi corazón
se estremeció con una sed de lid
y de sangre… Sí, la mano del destino
me ha llevado por otro camino…
Pero ahora estoy convencido
de que habría figurado entre los más bravos
en la tierra de mis ancestros.
17
Esperé. Entonces en la sombra nocturna
la fiera olfateó a su enemigo, y un aullido
prolongado, quejoso como un lamento,
se oyó de pronto… Airada
arañó la arena con la pata,
se irguió, se acurrucó luego,
y su primer salto furioso
me amenazó con terrible muerte…
Pero pude anticiparme.
Mi golpe fue rápido y seguro.
Mi sólida rama como un hacha
su ancha frente atravesó…
Como un hombre gimió la fiera
y cayó al suelo. Pero de nuevo,
aunque la sangre fluía de su herida,
en onda ancha y espesa,
se exacerbó el mortal combate.
18
Se arrojó sobre mi pecho,
pero conseguí hundirle en el cuello
mi arma y removerla
dos veces… Rugió
y se debatió con sus últimas fuerzas,
y, entrelazados como pareja de serpientes,
con más fuerza abrazados que dos amigos,
caímos juntos, y entre tinieblas
continuamos en el suelo nuestra lucha.
Mi aspecto era terrible en ese instante.
Salvaje y feroz como la pantera del desierto,
aullaba y porfiaba como ella,
como si hubiera nacido
de estirpe de felinos y de lobos,
bajo el fresco telón de los bosques.
Parecía que hubiera olvidado
el habla de los hombres, y de mi pecho
brotaba aquel horrendo grito,
como si desde la infancia mi lengua
no hubiera conocido otro sonido…
Mas mi enemigo empezaba a flaquear,
se agitaba, respiraba con esfuerzo,
y me apretaba por última vez…
Las pupilas de sus inmóviles ojos
fulguraron amenazantes y en silencio
se hundieron en el sueño eterno.
Pero con el enemigo triunfante
me había enfrentado a la muerte,
como corresponde al guerrero en la batalla…
19
Contempla en mi pecho
las huellas profundas de sus garras.
Aún no se han cicatrizado
ni cerrado, pero el húmedo manto
de la tierra las restañará
y la muerte las curará para siempre.
Entonces me olvidé de ellas, y de nuevo,
haciendo acopio de mis últimas fuerzas,
me interné en la profundidad del bosque…
En vano luchaba con el destino:
¡se estaba burlando de mí!
20
Salí del bosque. Entonces
se hizo de día, y el círculo
de los astros se despidió y desapareció
bajo sus rayos. La oscura floresta
se llenó de ruidos. Lejos, en la aldea,
se alzaron penachos de humo. Un rumor
incierto en el valle transportaba el viento…
Me senté y agucé el oído:
el lugar me resultaba conocido.
Henchido de miedo, un buen rato
pasé sin comprender que de nuevo
había vuelto a mi cárcel,
que inútilmente tantos días
había acariciado un proyecto secreto,
había padecido, soportado, sufrido,
y ¿todo para qué?… Para, en la flor de la edad,
apenas contemplado el mundo de Dios,
en el sonoro murmullo de los robles
conocida la dicha de la libertad,
llevarme solo a la tumba
la nostalgia de la sagrada patria,
la amargura de las esperanzas truncadas
y ¡la vergüenza de vuestra compasión!…
Aún sumido en las dudas,
forjé ese terrible sueño…
Y de pronto un lejano repicar de campanas
sonó de nuevo en el silencio.
Entonces lo vi todo claro
y lo reconocí al instante.
De mis ojos de niño muchas veces
había apartado las vivas imágenes
de queridos familiares y deudos,
de la libertad salvaje de las estepas,
de los ligeros y fogosos caballos,
de las mágicas batallas entre las peñas
en las que solo yo salía vencedor…
Y escuchaba sin lágrimas, sin fuerzas.
Era como si ese sonido saliera
de mi corazón, como si alguien
me golpeara en el pecho con un hierro.
Entonces comprendí confusamente
que las huellas de mi patria
jamás podría seguir.
21
¡Sí, he merecido mi suerte!
El poderoso caballo, en una estepa extraña,
derribado el torpe jinete,
encuentra desde lejos
el camino más corto y recto a la patria…
¿Qué soy yo a su lado? En vano mi pecho
está lleno de anhelos y nostalgias:
no es más que un ardor impotente y huero,
un espejismo del sueño, una enfermedad
de la mente. Llevo impreso en la frente
el sello de la prisión… Igual que una florecilla
de la cárcel, crecida en soledad,
pálida entre las húmedas baldosas,
con sus jóvenes hojas tanto tiempo
sin desplegar, siempre en espera de rayos
vivificadores. Al cabo de muchos días,
una mano bondadosa,
conmovida de la tristeza de la flor,
la trasplanta a un jardín, en compañía
de las rosas, donde por todas partes
se expande la alegría de la existencia…
¿De qué valió? Apenas salida la aurora,
un ardiente rayo abrasó
la flor criada en la cárcel…
22
Igual que a ella me calcinó
el fuego despiadado del día.
En vano ocultaba entre las hierbas
mi fatigada cabeza:
sus hojas resecas como corona
de espinas mi frente
ceñían, y en mi rostro
la tierra misma respiraba fuego.
En lo alto, en rápido torbellino,
brillaban chispas, y las blancas peñas
exhalaban vapor. El mundo de Dios
dormía en sordo entumecimiento
el hondo sueño de la desolación.
Si al menos hubiera escuchado el grito
del rascón o el vivo zumbido
de la libélula, o del arroyo
el balbuceo infantil… Solo la serpiente,
entre un susurro de hierbas secas,
brillando su amarillento lomo
como una lámina toda cubierta
de una inscripción de oro,
avanzaba con precaución,
abriendo surcos en la friable arena;
luego, jugando y deleitándose,
se enroscaba en un triple anillo.
O de pronto, como si se hubiera quemado,
se agitaba y de un salto
se ocultaba tras lejanos arbustos…
23
Y todo en los cielos era luz y silencio.
A través de la bruma, en lontananza,
dos montañas negras se divisaban.
Tras una de ellas nuestro monasterio
centelleaba con su muro almenado.
Abajo el Aragva y el Kurá,
rodeando de una orla de plata
el pie de las frescas islas,
corrían ligeros y amistosos,
entre las raíces de susurrantes arbustos…
¡Qué lejos estaba de ellos!
Quise levantarme: delante de mí
todo giraba con rapidez.
Quise gritar: mi lengua seca
estaba muda e inmóvil…
Me moría. Sufría
del delirio que precede al fin.
Tenía la impresión
de encontrarme en el húmedo lecho
de un profundo río, y me rodeaba
una misteriosa niebla.
Saciando una sed eterna,
esa corriente fría como hielo,
me fluía en el pecho entre susurros…
Solo temía quedarme dormido,
tan suave y grato me era todo…
Y encima de mí, en lo alto,
una ola a otra perseguía,
y el sol, a través del cristal de las aguas,
más dulce que la luna resplandecía…
Y abigarrados bancos de peces
a veces destellaban en sus rayos.
Recuerdo uno de ellos:
más afable que los otros
me acariciaba, cubierto
su lomo de doradas escamas.
Más de una vez giró
sobre mi cabeza y la mirada
de sus ojos verdes estaba llena
de una tristeza tierna y profunda…
Y para mi mayor sorpresa,
con su vocecilla de plata,
extrañas palabras susurraba,
cantaba y de nuevo callaba.
Decía[43]:
“Hijo mío,
quédate aquí conmigo:
libre en el agua es la vida,
y también serena y fría.
Reuniré a mis hermanas:
bailaremos en corro
y alegraremos tu mirada empañada
y tu alma cansada.
Duerme, blando será tu lecho,
transparente la manta.
Pasarán los años y los siglos,
bajo el murmullo de mágicos sueños.
Ah, querido mío, no te oculto
que te amo con locura,
como a la libre corriente,
como a mi propia vida…”.
Mucho tiempo escuché.
Y parecía como si el sereno susurro
de la sonora corriente se entreverase
con las palabras del pez de oro.
Entonces perdí el sentido. La luz de Dios
se apagó en mis ojos. El loco delirio
cedió a la debilidad del cuerpo…
24
Fue cuando me encontraron y me recogieron…
El resto de la historia ya lo conoces.
He terminado. Lo mismo me da
que creas o no creas mis palabras.
Solo me apena una cosa:
que mi cadáver frío y mudo
no se marchite en la tierra natal,
y el relato de mis tristes padecimientos
no atraviese estos sordos muros
ni atraiga sobre mi nombre oscuro
la afligida atención de nadie.
25
Adiós, padre… Dame la mano:
ardiente es la mía, como ves…
Oculta desde los días de la infancia,
ya lo sabes, vivió esa llama en mi pecho.
Pero ya no tiene más alimento,
ardió en su propia cárcel,
y debe regresar ahora
a quien en justa alternancia
reparte el sufrimiento y la serenidad…
Y ¿qué más me da a mí? Acaso en el paraíso,
en la santa región más allá de las nubes,
mi alma encuentre consuelo…
¡Ah, por unos pocos instantes
entre las oscuras y escarpadas peñas
donde jugaba de niño,
cambiaría la eternidad y el paraíso!…
26
Cuando me llegue el momento de morir,
y, créeme, no tendrás que esperar mucho,
ordena que mi cuerpo lleven
al jardín, a aquel lugar donde florecen
dos arbustos de acacia blanca…
¡Qué espesa la hierba que crece entre ellos,
qué oloroso el aire fresco,
qué transparentes y doradas
las hojas iluminadas por el sol!
Diles que me depositen allí.
Del esplendor del día azul
me embriagaré por última vez.
¡Desde allí se divisa el Cáucaso!
Quizá desde sus alturas
me envíe un saludo de despedida,
transportado en su fresca brisa…
Y ¡a mi lado antes del fin escucharé
de nuevo un sonido entrañable!
Y pensaré que algún amigo
o un hermano, inclinado sobre mí,
seca con solícita mano de mi rostro
el frío sudor de la muerte
y que me habla a media voz
de mi querida tierra…
Con ese pensamiento me dormiré
y no maldeciré a nadie…».
1839