EL POETA
Guarnecido de oro brilla mi puñal,
perfecta y sin falla su hoja.
En su acero la huella de un temple secreto:
la herencia del belicoso oriental.
Largos años sirvió al jinete en las montañas,
sin recibir recompensa por sus servicios.
En más de un pecho dejó su terrible huella
y más de una cota de mallas atravesó.
Más obediente que un esclavo en las justas,
resonaba en respuesta al ofensor.
En esos días la opulenta talla
adorno extraño y vergonzoso.
A orillas del Térek un valeroso cosaco
lo sustrajo del frío cadáver de su señor.
De largo polvo se cubrió después
en la tienda ambulante de un armenio.
Antaño compañero de un héroe,
hoy sin funda, desgarrada en la batalla,
reluce como dorado juguete en la pared,
inofensivo y sin gloria.
Nadie con familiar y solícita mano
lo limpia y lo acaricia.
Nadie en su oración, antes del alba,
con fervor lee su inscripción…
En este siglo delicado, tú también, poeta,
¿no has perdido tu significado?
¿No has trocado por oro tu poder, recibido
en el mundo con muda veneración?
Antaño los medidos sones de tu poderoso discurso
inflamaban al guerrero antes de la batalla,
y lo necesitaban los hombres como la copa en el festín,
como el incienso en la hora de la oración.
Tu verso, como aliento divino, se derramaba
y, despertando pensamientos nobles,
resonaba como campana en la almenada torre
en las gloriosas y aciagas jornadas de la patria.
Entretenidos ahora con brillos y oropeles,
nos aburre su lengua simple y altiva.
Como una ajada beldad, nuestro vetusto mundo
oculta bajo afeites sus arrugas…
¡Despierta de una vez, ridículo profeta!
¿O acaso nunca, a la voz de la venganza,
sacarás de la dorada funda tu puñal,
cubierto de la herrumbre del desprecio?…