ELEGÍA
Quiébrate ya, onda nocturna,
y, en la sombra neblinosa, riega de espuma la orilla.
Sentado en una roca junto al mar,
ordeno mis pensamientos en soledad.
Abandonado el mundo, extraño a los hombres,
a nadie deseo confiar mi angustia.
A mi lado unas cabañas de pescadores.
En medio centellea el hospitalario fuego.
Libre de cuidados la familia que se acoge a su calor.
Mientras el anciano desgrana sus relatos
se prepara la humeante cena.
Cuán lejos estoy de su felicidad. Recuerdo
el resplandor de la engañosa capital,
el enjambre irrevocable de los placeres funestos.
Una lágrima se prende a mis pestañas,
la desesperación agita mi pecho,
los años consumidos vanos se me antojan.
Y esa mirada clara y pensativa…
Olvídala, le repito a mi alma. Pero de nada
me sirve mi empeño: aún sigo viéndola…
¡Ah, si hubiera nacido en un lugar
donde la perfidia no habitara entre los hombres!
Qué agradecido le estaría al destino.
Ahora no le debo ningún reconocimiento.
Pobre de aquel cuya juventud le ha dejado
una arruga superflua para el viejo rostro
y, expulsadas todas las dulces esperanzas,
solo conserva el triste arrepentimiento.
Quien como yo recibió los sentidos para probar el dolor,
quien pronto conoció el mundo, y en un espantoso vacío,
como yo, dejó las lindes de su patria
por un exilio voluntario.