Lunes, 23 de junio de 1919
Donington Hall no era el tipo de campo de concentración donde los oficiales de la Internierungsverband esperaban pudrirse desde que les hicieron desembarcar en Nigg, poco más allá de la entrada del Firth of Cromarty, a las once de la mañana del día 22. El First Battle Squadron había dejado Scapa Flow con las primeras luces, tras pasar una noche que a casi todos los oficiales almacenados en el Revenge se les hizo larguísima, por el frío —dormían, o lo intentaban, acurrucados sobre planchas de acero sin una mala manta para cubrirse—, por el hambre —nadie se acordó de darles de cenar; salvo los que habían tomado alguna precaución, como Angermann y Wichelhausen, al amanecer del 22 solo contaban con lo desayunado veintidós horas antes—, por los sonidos de tuberías, calderas, turbinas y motores inherentes a todo gran buque de guerra con su dotación al completo y, sobre todo, por los estentóreos alaridos de los centinelas; en el Revenge, por lo visto, no se aplicaba la máxima universal de que a bordo de un buque de guerra ni se corre ni se grita. No tenían idea de adónde los llevaban, pero al embocar el inconfundible Firth of Cromarty, que algunos conocían de tiempos mejores, las voces se corrieron por la toldilla: si entraban en el Cromarty solo podían ir a Nigg o a Invergordon.
Nigg era poco más que un dique seco para naves no muy grandes y un largo pantalán de madera que se internaba en el fiordo. Era lo bastante ancho como para permitir la circulación sobre su lomo de vagonetas de carga, la cual solía consistir en minas de fondo. Los vagones que aquella mañana se adentraban hasta las toperas eran del tipo que transporta pasajeros humildes. Parecían esperar a los que serían vomitados por los acorazados del First Battle Squadron nada más amarrarse al pantalán, a razón de uno por cada lado; así, pasando primero al muelle los del Royal Sovereign y el Ramillies, y luego los del Resolution y el Royal Oak, en poco más de una hora los mil quinientos prisioneros quedaron estibados a razón de cien por cada uno de los quince vagones. Estos eran de tipo civil, de dos ejes, aunque adaptados a usos inamistosos; se deducía de que las puertas —cada compartimento tenía la suya—, complementaban su cerradura con un sólido cerrojo que solo era practicable desde fuera. Poco después, el tren, tan largo que desde la cubierta del Revenge no se veía la locomotora, se puso en marcha entre agónicos resoplidos de locomotora.
Una vez alejado el Royal Oak, el Revenge ocupó su lugar. Sin embargo, el desembarco de los oficiales no se desarrolló como el de la marinería. Con el Revenge ya bien amarrado al pantalán, y con los oficiales alemanes formados bajo las piezas de su torre Y, un teniente les ordenó en mal alemán que se identificaran; ya lo habían hecho al poco de abordar el buque —gracias a eso los ingleses supieron quién era Von Reuter—, pero era evidente que sus anfitriones no confiaban en sus propios datos. Así, de uno en uno, cada oficial dijo su nombre, grado y buque del que procedía. Nada más terminar, y cuando los aburridos oficiales pensaban que ya se ponían en marcha —el tren que se los llevaría ya ganaba el pantalán—, se les apareció el vicealmirante Fremantle, acompañado de doce oficiales, todos ellos —él también— de un blanco inmaculado. Llevaba un folio en una mano, de modo que al momento sospecharon que los iban a torturar un poquito más. Siendo evidente que se avecinaba un discurso, Reuter se adelantó un par de pasos, con Wichelhausen a su lado. Como de costumbre, prefería dar a entender que no entendía una palabra de aquella lengua de salvajes y asesinos; a partir de lo sucedido en el Markgraf y de las confirmadas muertes a tiros de nueve de sus hombres, entre oficialidad y marinería, él nunca más pensaría otra cosa del idioma inglés.
Al tiempo de todo eso, Wichelhausen reparaba en cuatro tipos en ropas civiles que ocupaban posiciones, cuaderno en mano, a pocos metros de donde ya se situaba el vicealmirante, el cual, a la luz del sol, no parecía el mismo de la noche antes; ahora lo clasificaba como de mediana estatura, barba rala y aspecto general nada impresionante. Había un quinto individuo, pero no enarbolaba cuaderno alguno. Su herramienta era una cámara fotográfica montada sobre un aparatoso trípode.
El vicealmirante, tras ganar el pabellón de guerra (white ensign) de popa, comenzó su discurso en un inglés bien pronunciado, con una entonación que Wichelhausen no tardó en identificar; el hablar característico de la Burney’s Naval Academy de Gosport.
—Almirante Reuter, no puedo permitir que usted y sus oficiales dejen la custodia de la Royal Navy sin expresarles mi sentimiento de que todos ustedes han violado el honor y las tradiciones más honorables de los marinos de todas las naciones.
Pausa. Parecía ensayada, pues al momento un oficial con distintivos de Lieutenant-Commander repitió lo mismo en un alemán bastante plano, el propio de un hombre con buenos conocimientos del idioma pero que no acostumbra a usarlo, y menos aún en el trato con gente no exquisita. Wichelhausen, muy atento, comparaba las palabras de Fremantle con las de su oficial, y de momento le salía que sí eran fieles al original. Así, desgranando las oraciones como si fueran cañonazos, entre Fremantle y el Lieutenant-Commander invirtieron diez largos minutos en llegar a la traca final de quejas y reproches:
—Ahora confío su custodia a las autoridades militares, en calidad de prisioneros de guerra y culpables de una flagrante violación de los términos del armisticio del 11 de noviembre.
Reuter, que había mantenido una expresión tan inexpresiva como la de sus hombres, tenía pensada la respuesta. Dando por seguro que les caería una bronca, la propia de un vicealmirante muy puesto en evidencia, se había preparado una contestación que no le hiciera quedar como un imbécil resignado. Así, con la mirada clavada en el Lieutenant-Commander, despeñó:
—Dígale que no estoy de acuerdo en nada de lo que nos ha dicho, y que, como mínimo, nuestras respectivas valoraciones de los hechos y de las circunstancias difieren de un modo absoluto. En cuanto a responsabilidades, hágale saber que yo cargo con todas las que haya, si hay alguna. Añada que, a mi juicio, cualquier oficial inglés puesto en mi lugar habría hecho lo mismo.
El Lieutenant-Commander no traducía tonos. Así, el de suprema indignación del Konteradmiral no llegó al vicealmirante, cuando menos acompañando a las palabras. A esas estaba muy atento Wichelhausen, ya que la expresión zorruna del oficial inglés le hacía temer una posible tergiversación, del estilo traduttore-traditore, sin duda que con ánimo de quedar lo mejor posible ante los cuatro supuestos periodistas. Así, cuando el oficial intérprete tradujo las palabras de Reuter en un tono sospechosamente bajo, aunque no tanto como para que Wichelhausen se perdiera su imputación de responsabilidades a supuestas órdenes recibidas en secreto, no vaciló en protestar.
—¡Lo que dice este hombre no se corresponde con lo que ha dicho el Konteradmiral von Reuter! ¡O no conoce bien nuestro idioma o, simplemente, se inventa lo que dice!
Wichelhausen solo tenía ojos para Fremantle. Los de este iban y venían del sonrojado Lieutenant-Commander al muy resuelto, realmente sigfrídico, Kapitänleutnant.
—Pues tradúzcalo usted, oficial.
Wichelhausen lo hizo sin variar una palabra, salvo el mínimo imprescindible que va del alemán al inglés. Tras eso sobrevino un silencio sepulcral, aprovechado por los periodistas para tomar frenéticas notas. Lo rompió Fremantle, aunque no de palabra, sino arrumbando cual esfinge ambulante hacia un escotillón que daba paso a las tripas del Revenge. Tras él, su perplejo coro de oficiales. Un teniente coronel de algún antiquísimo regimiento de fusileros, hasta entonces en segundo plano, era el que tomaba el mando, y como era natural lo hacía gritando cual energúmeno, pero aun así Wichelhausen pudo constatar algunas miradas de reconocimiento. La que más al fondo de su alma le llegó fue la del Konteradmiral Ludwig von Reuter.
Ya en el pantalán, no debieron esperar mucho para ser subidos a los carruajes, con ayuda de algún culatazo que otro. Una vez todos arriba, un oficial con pinta de hallarse al mando del tren se dirigió al teniente coronel ensordecedor bajo los atentos ojos de los oficiales alemanes que se habían sentado junto a las ventanillas, como el astuto Wichelhausen. El oficial, tras cuadrarse aparatosamente, le tendió un papel sujeto a una tablilla y el otro lo firmó sin apenas mirar. Tras eso, el oficial indicó al suboficial encargado de dar salidas que ya podía dar la de su tren. Una vez este comenzó a moverse, Wichelhausen dedicó un último vistazo a un Revenge cuyos instintos navales admiraban con sinceridad, para concentrarse acto seguido en el pequeño compartimento de la Great North of Scotland Railway donde Reuter, Oldekop, Angermann, Tapolski, Schilling, los dos médicos y él mismo tenían por delante a saber cuántas horas de un viaje que presentían interminable. Los médicos lo deducían de haber visto embarcar garrafas de agua y paquetes con aspecto de contener bocadillos. Una bendición, comentaban, pues desde poco después de amanecer, cuando les sirvieron agua sucia no demasiado caliente y un trozo de pan, no habían ingerido nada.
El viaje tuvo un primer tramo diurno en el que los involuntarios pasajeros, arrebujados de a ocho por compartimento, se asomaron a la indiscutible belleza del recoleto Firth of Cromarty, así como a la pavorosa fealdad de un poblachón llamado Invergordon, del que alguno de los soldados que les vigilaban comentaba, tan a gritos como allí se acostumbraba, que dentro de poco serviría de acomodo a multitud de marineros licenciados con familia y sin ningún lugar adónde ir. El soldado tenía entendido que se habían construido largas hileras de row houses, de madera, para que se acomodaran como pudieran, y tras eso se deshizo en muy negativas consideraciones acerca de cómo trataba Su Majestad el rey a los cientos de miles de soldados y marineros que se habían jugado el culo para que siguiera dándose la gran vida en a saber cuál de sus asquerosos palacios. Los alemanes que habían seguido su discurso, una vez traducido por el omnipresente Wichelhausen, concluyeron que los fusileros del Royal Leicestershire quizá no estaban lejos de verse como los marineros de Kiel o de Wilhelmshaven. La peste de la revolución igual iba ya prendiendo en la infantería británica.
Según anochecía el tren se detuvo; la locomotora para estibar agua y los prisioneros para lo contrario. A continuación se les repartieron bocadillos, aunque no se les dijo si llegarían adonde fuese antes o después de amanecer. Se dedujo lo segundo al ser fríamente informados de que mejor harían si se ponían a bien con sus intestinos antes de que se reemprendiera la marcha, pues el tren solo se detendría cuando saliera el sol. Una información que se tomaron con el mismo fatalismo con que aceptaban todo desde Paragraph elf! Bestätigen! A los ya muy fatigados oficiales solo les importaba que, fueran adónde fuesen, ya no tendrían que cagar en mitad del campo.
Llegaron al final del recorrido, un apeadero ferroviario situado en medio de la nada, cuando el sol estaba ya muy alto. Al cabo de unos minutos, formados al pie del tren, se les dijo que su destino final, un campo de prisioneros reservado para oficiales, quedaba como a tres millas de allí, de modo que tenían por delante un agradable paseo veraniego. Nueva ronda de pensamientos resignados y maldiciones masculladas, y echaron a caminar de a cuatro en fondo, el Konteradmiral en cabeza flanqueado por su Estado Mayor. A esas alturas de singladura, primero por cuenta de la Royal Navy y después a cargo del British Army, empeñadas ambas instituciones en que adelgazar un poco les vendría bien, mostraban un aspecto por demás descangallado, aunque no vencido. A ellos no los había vencido nadie, como se deducía de la forma en que devolvían las miradas a los contados campesinos —algo menos duras si se trataba de campesinas— con que se cruzaban. No les quedaban fuerzas para cantar, y no lo hacían, aunque sí las suficientes para mantener muy alta la cabeza y muy en su sitio la expresión desafiante. Una expresión que se dulcificó al verse frente a lo que ahí supieron se llamaba Donington Hall, Derbyshire. Era un manor —el término lo explicó Wichelhausen—, pues a castle no llegaba, si bien que por muy poco, y cuyo aspecto era de tener siglo y medio, por lo menos. Según el oficial inglés que dirigía la caminata —un capitán de cierta edad que parecía tan cansado como ellos—, el War Office lo requisó en 1914, con ánimo de acondicionarlo para que allí residieran no más de quinientos oficiales prisioneros. Hasta donde sabía él ya no quedaban tantos. A esas alturas serían unos cien, y como la perspectiva era de que no vendrían más, pues podrían ponerse cómodos, aunque aquello deberían tratarlo con el coronel al mando de Donington Hall. Él solo era responsable de recogerlos en Nigg y soltarlos allí. Era un tipo de innegable buena crianza, de modo que a preguntas de Reuter —a través de Wichelhausen— se lanzó a describir el destino de la marinería de la Internment Formation. Su destino era Mile Hall, en Oswestry, Shropshire; un campo de prisioneros relativamente moderno, para no muchos más de seis mil; estaba medio vacío, de modo que los hombres de Reuter podrían ponerse cómodos, dentro de lo que cabía. El buen hombre, que no tenía práctica en dialogar con almirantes enemigos que se mostraran corteses y no fueran tacaños con el tabaco, les explicó unas cuantas cosas más. En general hablaba de asuntos que para él eran trascendentes —el dudoso porvenir de los oficiales de cierta edad, una vez se les viniera encima la desmovilización, pero que a Reuter y Wichelhausen les traían sin cuidado, aunque su detallada descripción de las repatriaciones ya efectuadas desde Kinston-upon-Hull, de las cuales estaba bien al corriente porque a menudo le tocaba conducirlas, sí que les interesó, de modo que a partir de ahí compusieron sus más atentas expresiones, a fin de animar al buen capitán a que siguiera contándoles cosas.
Según explicaba. Mile Hall, como la mayoría de los campos de prisioneros, no distinguía entre oficiales y soldados, porque así se hacían las cosas con los huéspedes del British Army. Con los de la Royal Navy los usos eran distintos, empezando por separar a la marinería de la oficialidad. En los campos como Mile Hall era obligatorio que los soldados prisioneros trabajasen, aunque poniendo cuidado de pagarles lo mismo que a los soldados británicos; la mitad de su salario se les abonaba en fichas que podían después cambiar en el economato del campo. La otra mitad la conservaba el War Office para ingresarla en la cuenta que designaran, en Alemania o donde fuera, cuando la guerra terminase y fueran repatriados. Todo eso se hacía bajo la supervisión de un comisionado de la embajada de la Confederación Helvética, potencia protectora de los prisioneros alemanes. Su protección iba más allá, o eso tenía él entendido, ya que por cuestiones de salud se habían enviado a Suiza no menos de veinticinco mil heridos o enfermos. Allí se les reparaba, pero cuando estaban de nuevo en forma no eran devueltos al Reich, ni a Inglaterra, sino que se les internaba en campos desplegados en las idílicas riberas del lago de los Cuatro Cantones. Él no tenía muy claro que la no devolución a sus casas se cumpliese, aunque hasta donde sabía nunca hubo quejas. El comisionado suizo, además, en los últimos tiempos se mostraba muy activo, ejerciendo más presión de la que al War Office le parecía razonable para que se devolviesen a su país los prisioneros alemanes. Sería cosa de días que le vieran aparecer por Donington Hall, pero a partir de ahí ya no dijo nada, pues tras cruzar la verja de seguridad avanzaban hacia el edificio principal —había otros, pero eran barracones de madera—, en cuya puerta esperaba la supuesta plana mayor de Donington Hall, su coronel a la cabeza. Sus distintivos eran diferentes de los que lucía en el hombro el capitán acompañante, misterio que resolvió él mismo; a partir de aquel momento pasaban a la jurisdicción del Royal Defence Corps, el cuál, su deber era decírselo, era de gatillo fácil.
El coronel Van Kleij no era inglés, sino sudafricano; fue lo primero que les dijo en un excelente alemán. Había pasado su infancia en la Deutsch-Südwestafrika[42], de modo que hablaba un alemán de nativo, aunque con el áspero acento de las colonias. Podía garantizarles una cómoda estancia en Donington Hall, las pocas semanas, o pocos meses, que fueran a pasar allí, siempre y cuando pusieran un mínimo de su parte, como reprimir sus naturales ansias de huir, aceptar las mínimas obligaciones de formar antes de desayunar, a fin de pasar lista, y presentarse a cenar debidamente uniformados. Ah, y poner buena cara cuando los periodistas pasaran por allí, lo que hacían con fastidiosa frecuencia. Por lo demás, Donington Hall era más un centro de veraneo que otra cosa; ya sabía que sonaba exagerado, pero esperaba que dentro de poco aceptaran que les decía la verdad. Para empezar, no deberían ocuparse de la limpieza ni de las cocinas. Era porque no serían los únicos alemanes en el campo. Dejando aparte el centenar y poco que aún quedaban de los quinientos que había llegado a cobijar, había ciento dieciséis más. No eran oficiales y no vivían en el castle, sino en unos barracones adecuados a su rango de intocables que quizás hubieran visto, según llegaban. Se ocupaban de la limpieza, de las cocinas y de mantener la propiedad en estado de revista. No lo hacían gratis, pues el War Office les pagaba el salario correspondiente a un soldado británico; esa era la razón, entendía él, de que hubieran pasado del modo más olímpico las dos veces que les preguntó si deseaban apuntarse a la siguiente repatriación. Por lo visto, las condiciones de vida en Alemania eran tan malas que preferían seguir en Donington Hall, criando unos ahorros con los que sobrevivir cuando volvieran a la Deutsche Republik. Por lo demás, vivir allí esperaba que no fuera para ellos —los doscientos veinte oficiales que le miraban con hastío— una experiencia demasiado aburrida. Tendrían a su disposición una excelente oferta de instalaciones deportivas, como un campo de fútbol, cuatro pistas de lawn-tennis, una de hockey y otra de croquet, todas ellas de hierba bien cuidada. La prensa llegaba diariamente, y a él no le importaría que leyeran periódicos alemanes si, una vez se firmara el tratado de paz, anunciado para el día 28, la censura se aliviase y los periódicos alemanes volviesen a Inglaterra. En el capítulo de las atenciones materiales, Donington Hall estaba compartimentado para hospedar quinientos oficiales, a razón de doce por dormitorio, pero como a partir de aquella noche no serían más de trescientos, él estaría de acuerdo en que se repartieran como quisieran. En cuanto al sanitario, existían cuatro instalaciones de gran tamaño, dos por piso y ala del edificio, las cuales contaban con algo que les alegraría: duchas de agua caliente —las primeras sonrisas comenzaron a ser visibles. En el alimentario, lamentaba decirles que Inglaterra seguía en pleno racionamiento, de modo que las variantes de los menús serían bastante limitadas, si bien les aseguraba un buen suministro de verduras, ya que otra peculiaridad de Donington Hall era poseer un huerto bien cuidado. Por último, no había restricción en el consumo de tabaco. En cuanto al de bebidas alcohólicas, que ya se le olvidaba, debía decirles que no estaban permitidas, aunque había costumbre de hacer la vista gorda si de vez en cuando se desfondaba un barril de cerveza, siempre y cuando, y en eso no le quedaba más remedio que ponerse muy serio, reinara la paz y los recién llegados oficiales fueran tan civilizados como los que conocerían en la cena, si antes no lo hacían por sus propios medios. Tras eso explicó que varios suboficiales les acompañarían a los dormitorios, para dar a continuación dos pasos a un lado, al tiempo de indicar a Von Reuter que mejor si primero le seguía, pues debían hablar en privado.
No mucho después, los siete ya instalados en un dormitorio de diez, se preguntaban si elegir cama o esperar a Von Reuter, aunque no les extrañaría que Van Kleij le ofreciera un cuarto para él solo. Después de todo, y como les dijo el suboficial que les llevó allí, Von Reuter era el oficial alemán de mayor graduación en Donington Hall. En eso estaban cuando vieron llegar a Reuter. Van Kleij, efectivamente, le había ofrecido una suite con despacho, pero lo declinó. Había hecho todo el camino con sus hombres y así quería seguir. Traía el Times de aquel día, y alguna información de interés. La principal era que, según Van Kleij, no saldrían de allí antes de dos meses. Ya se habían efectuado varias repatriaciones, aunque casi todas motivadas por problemas de salud, en unos casos física y en otros mental, esta porque no pocos prisioneros estaban allí desde 1914. También según Van Kleij, el número máximo de alemanes prisioneros en el Reino Unido superaba los doscientos mil en octubre de 1918, repartidos entre 142 campos situados en Inglaterra, 14 en Escocia y 9 en Irlanda. Desde ahí las cifras descendían hasta las de hacía una semana, 88 004 miembros del Heer y 2899 de la Kaiserliche Marine, de los que mil setecientos y pico procedían de la Internment Formation. Los planes de repatriación, hasta donde le habían contado, no acelerarían en los próximos tres meses, para volverse más expeditivos a finales de septiembre. El objetivo del War Office, por lo visto, era que a primeros de diciembre no quedaran prisioneros en el Reino Unido. Por último, los criterios de selección de prisioneros a repatriar anteponían el tiempo que llevaran en cautiverio. Si eso se aplicase a los hombres de Reuter, y Van Kleij sospechaba que así sería, estaba claro que serían los últimos en volver a su país.
Era una información de agradecer. Así se lo dijo Reuter y así la compartía con su Estado Mayor. Tras eso cada uno se dedicó a sus cosas, empezando por comprobar que las duchas eran de agua caliente. Wichelhausen prefirió escribir a Queralt. Dos cartas. Una la tramitaría por el conducto regular, de modo que sería censurada y no estaría en la Gendarmenmarkt antes de tres semanas. La otra, más expresiva, y más tierna, intentaría que se la llevara el comisionado suizo, cuando le vieran por allí. No le convencería por las buenas, cosa fastidiosa porque no tenía mucho con lo cual sobornarle, aunque ahí recordó una de las clarividencias de Queralt, la de haberle cosido en la cinturilla de sus calzoncillos más viejos unos cuantos rubíes de los que compró en el Kapaliçarçi de 1917, en varios lotes y en diversidad de piedras, cuando ya casi no había dinero y si se sabía regatear se conseguían precios asombrosos. Los tenía olvidados, pero el preguntarse cómo sobornar al funcionario helvético le activó la memoria. Sonriente, pues en su experiencia no había funcionario al que no se pudiera comprar, se concentró en la carta. En cuanto a otra cosa que también pensaba escribir, el relato detallado de lo sucedido desde Paragraph elf! Bestätigen!, ya lo haría en otro momento. Le importaba mucho más hablar con su mujer, pues para él escribir una carta era otra forma de volver a estar con ella. Siquiera, en su imaginación.