Martes, 27 de julio de 1915
Cenarían solos, en su casa. Lo harían a la luz de las velas, porque la eléctrica ya se había esfumado. La población lo sobrellevaba con resignación; al fin y al cabo, no habían pasado tantos años desde que la electricidad llegase a Beyoğlu. Las velas eran suficientes para verse las caras los unos a los otros, incluso en los de por sí oscuros tambuchos del Kapali Çarşi, o Gran Bazar para la cada día más irritable Meritxell, empeñada en no aprender una palabra de Orta Türkçe. Queralt, cuyo fatalismo natural era el mejor antídoto de la depresión, se adaptaba sin problemas a las crecientes incomodidades. Un ejemplo era el haber renunciado a vestir a la europea. Desde que diez días antes las autoridades ahorcaran en la plaza Taksim a veinte desdichados del Hnchak, un grupo de ingenuos que protestaba por la sanguinaria persecución de los armenios, se cuidaba de que nadie la tomara por otra cosa que una musulmana ferviente. Para ello complementaba unas abayas que solo se quitaba en su piso, en el de su hermana y en el trabajo, con un niqab ortodoxo, de modo que cuando andaba por la calle solo se le veían los ojos. Salvo en eso, la vida transcurría para ella en tranquila y apacible felicidad. Su trabajo le gustaba, su independencia mucho más, tenía tiempo para disfrutar de una ciudad que no dejaba de alentar pese a las limitaciones de la guerra, y las veladas con su hombre seguían colmándola de dicha, y no solo en la parte que dependía de la gloria de la carne. Gracias a las comodidades de su milagroso apartamento disfrutaban a menudo de uno de los placeres que más valoran las parejas enamoradas: bañarse juntos. Eso, y alguna otra cosa más, era lo que habían terminado de hacer haría un cuarto de hora. En ese momento, llevando encima lo mismo que al dejar la bañera, se asomaban al borde superior del emparrado que limitaba su terraza por el lado del Palazzo Venezia, la espléndida embajada Italiana. Lo hacían hechizados por una enorme luna llena que iluminaba la soberbia mezquita del Kanuni Sultán Süleyman, y también, aunque más lejos, los seis minaretes de la del sultán Ahmed Khan, o Mezquita Azul para la recalcitrante Meritxell. No tenían idea de qué hora era, ni les importaba; solo sabían que no habría pasado mucho desde que un müezzin inoportuno aullara del modo más estentóreo, desde el único minarete de la vecina Tomtom Camii, la Isha o última de las llamadas a la oración.
—Te veo muy puesta en el asunto de la devoción.
—Es parte del camuflaje. Los vigilantes de la moral, unos tipejos asquerosos que andan por ahí sospechando de las mujeres impías, las vestidas a la europea, lo primero que te preguntan es si has hecho tus rezos, y ¡ay! de ti como no les digas que sí, que los cinco: el Fajr o según amanece, el Zhur o justo después de mediodía, el Asr o de la merienda, el Maghreb o de antes de cenar, y el Isha o de irse a la cama. No son difíciles de recordar, porque coinciden con los cristianos. El Fajr se corresponde con la llamada de la primera misa, el Zhur coincide con el Angelus, el Asr es el del té de las cinco, el Maghreb equivale al sundowner y el Isha es nuestra retreta o vuestro zapfenstreich, a elegir. Ya ves, en el fondo todo es lo mismo. La única diferencia de importancia es que los cristianos llamamos a la oración por medio de campanas, mientras esta pobre gente recurre a un iluminado que grita como si algún desalmado le machacara las pelotas.
Rolf, aun riendo con ganas, sentía una cierta inquietud.
—¿A ti te ha parado algún vigilante de la moral?
—No, porque cuido el camuflaje, pero a Meritxell sí. Se hizo la loca, pero eso no le libró de un par de varetazos en las pantorrillas. Se quedó petrificada, sin saber qué hacer. Una mujer se compadeció y la llevó a su casa. Pascual la encontró en pleno ataque de nervios. Le afectó tanto que habló con Germán, para que presentara una queja y ahorcaran a los indeseables que habían pegado a su mujer, pero el otro pasó; con muy buenas palabras, pero pasó. La situación en Constantinopla, dijo, no es para protestar, o si no que pensara en los ahorcados del Hnchak. En todo caso, que, si Meritxell prefería volver a España, en el acto le gestionaba el salvoconducto.
—Pues lo siento de veras. Es lamentable que seamos aliados de unos bárbaros como estos.
—No te quejes. Si no fuera por estos bárbaros igual los rusos estaban ya en Berlín. Además, la culpa es de Meritxell. Cuidado que le habré dicho veces que no cuesta nada calzarse unas abayas y un niqab. Será la mar de humillante salir a la calle vestida de adefesio, pero nadie se mete contigo y nadie te da varetazos en las canillas. Debería volverse un poco más práctica.
Se lo quedó pensando, irritado. Queralt tenía razón, mas no por eso sus lúcidos razonamientos dejaban de ser amargos.
—Morgenthau fue a ver a Souchon, esta mañana.
Rolf elevó sus cejas. El que un embajador de los Estados Unidos visitase al vicealmirante alemán que mandaba la Marina otomana solo podía significar que daba por inútil cualquier gestión ante los ministros del sultán. Dada la muy limitada influencia de Souchon en las decisiones no navales, la visita igual era un quemar el último cartucho del gobierno americano a favor de los armenios, cuando menos en términos no bélicos, y eso, considerando la hostilidad del presidente Wilson hacia el Deutsches Reich, lo mismo era el preludio de su entrada en la guerra. Reforzaba su pesimismo el que solo pasaban veinte días desde que un conocido de la Marineakademie, el Kapitänleutnant Schwieger, se cargase al inglés HMS Lusitania, un transatlántico de 44 000 toneladas que iba de Nueva York a Liverpool con 1266 pasajeros y 700 tripulantes. Le bastó para hundirlo el único torpedo que le quedaba; una cosa por demás asombrosa, dijo nada más regresar a Kiel, ya que se trataba de un barco cuya eslora frisaba los 240 metros. Quizá transportaba más cosas que pasajeros, porque al poco de que le alcanzara el torpedo, lo que causó una explosión moderada, una segunda deflagración, violentísima, le llevó a escorar a tal velocidad que se llevó con él mil doscientos pasajeros, de los que doscientos treinta y tantos eran norteamericanos. Según los informes que días después llegaron a Souchon vía Bachmann, que había sustituido a Von Pohl a primeros de febrero, el desastre llevó la indignación de Woodrow Wilson a una cota tal que se temía una inmediata declaración de guerra. El embajador alemán en Washington tuvo que recurrir a todos sus contactos para enfriar los ánimos. A eso se debía que Souchon recibiese al poco afable Morgenthau, pese a lo mucho que tenía de irregular que un embajador americano visitase al jefe alemán de la Marina otomana.
—¿Sabes si ha hecho algún comentario?
—Delante de mí, no. Sé que tras eso se reunió con Orbay. Luego pidió su coche. Te lo cuento porque intuyo que se trata de algo grave. También lo piensa Pascual. Es que comí con él y con Meritxell. Con ella delante no se puede hablar, porque cada día está más histérica, pero aprovechando que salió a echar un broncazo a la cocinera, Pascual comentó que Germán tiene instrucciones de cooperar con Morgenthau en proteger a los tres mil y pico franceses y británicos que no se largaron a tiempo, y si además puede arrimar el hombro en el asunto de los armenios, pues mejor. Él está muy preocupado, aunque menos por la situación que por mi hermana. Cada día está más fuera de sí, más amargando la vida de los suyos. La mía no, porque no me dejo, pero intuyo que a Pascual le dan ganas de tirarla por la ventana. ¿Sabes que llevan meses sin echar un polvo? —El compuso su mejor expresión de perplejidad; si bien no era su tipo, ser madre había sentado a Meritxell prodigiosamente bien—. O se ha vuelto frígida, o es un chantaje a lo Lisístrata.
—Pues si algo no falta en Istanbul son voluntarias para el empleo de querida de un diplomático extranjero.
—Lo sé, pero Pascual es muy escrupuloso. No le veo metiéndola en adobo con la primera danzarina de los bajos que le dé con la cadera. —Eso era lo que hacía ella en ese instante, lo que contribuyó a que Rolf se dijese que no pasaría nada si se ponían a cenar un poquito más tarde—. Además, sigue siendo de lo más piadoso. Me consta que ha hecho alguna gestión para volver a España, pero no le dejan, porque nadie quiere su puesto. A Germán también le gustaría irse, pero le pasa lo mismo, que Bermúdez de Castro dice que leches, que se joda y que se aguante. Los diplomáticos españoles, ya lo ves, no llevan una vida tan placentera y regalada como se les supone. Oye, ¿qué te pasa?
Lo sabía de sobra, pero aparentar sorpresa era una de las delicias del juego. Sobre todo, si, como ya iba viendo, Rolf desertaba de su habitual delicadeza. De vez en cuando, se decía muy sonrojada y agradeciendo a los dioses que la luz de la luna llena no iluminaba mucho la terraza, daba gracias a los dioses por que Rolf la hiciese aferrarse a la barandilla y tras eso procediese con el talante de un garañón apasionado. A ella le gustaba tomarse su tiempo, aunque a veces prefería cambiar media hora de placer controlable por unos pocos minutos de violentísimas explosiones incontroladas. Serían como las del Lusitania, fue lo último que acertó a decirse una vez el torpedo de su Kapitänleutnant acabara de hacer blanco en su cálida santabárbara.