Jueves, 23 de octubre de 1913
Dejaron Pola sin excesiva pena, porque ofrecía pocos atractivos a unos marinos que añoraban Nápoles y Constantinopla. Cabo de Istria, cerca de Trieste, sería su fondeadero durante no se sabía cuántos días, aunque no serían muchos, porque la segunda guerra de los Balcanes había terminado y ellos tendrían que volver a mostrar la bandera por ahí. En Trieste los esperaba el Konteradmiral Souchon. Buße y Madlung le fueron a buscar en la mejor motora. Si bien los oficiales del Goeben no mostraban disgusto por librarse de Trummler, Wichelhausen estaba preocupado. Temía que Souchon desdeñase un oficial de información de solo veintitrés años. Verse devuelto al Reich sería trágico, pues en pocos meses Queralt sentaría sus reales en Istanbul para no menos de un año, el mismo que al Goeben le quedaba de misión. Si acabara en Wilhelmshaven tendría difícil verla con una frecuencia razonable. Su esperanza era que Souchon respondiese a lo que habían explicado los que sabían algo de su vida.
Nada más subir a bordo, a los briosos sones del Preußen Gloria, Souchon dejó claro que nada tenía que ver con Trummler. Mandó que la tripulación formara en la toldilla —lo que jamás aquel había hecho— y como por mucho que se apretasen no cabían, autorizó que ocuparan los caparachos de Casar y de Dora, y que quien se atreviera tomase asiento sobre las piezas del 283. Él, en pie junto a la bandera popel, una vez que Philipp dijera que la dotación estaba presente y formada, pidió silencio y se presentó a sí mismo con palabras breves y sencillas, en un hablar tranquilo y pausado, calculado para ser entendido hasta por el más lento de los tripulantes. En realidad no dijo gran cosa, si bien dejó claro que la misión de la MD no variaba, que a la mañana siguiente zarparían rumbo a Corfú y que aprovecharía esa primera jornada en el mar para conocer tanto al buque como a su tripulación. A eso siguieron los vivas de rigor, por la KM, por el káiser y por la patria, y todos a sus puestos. A partir de ahí comenzaba el programa de reuniones, siendo la primera, y la que Wichelhausen más temía, con su Estado Mayor.
Buße, una vez todos sentados, presentó a su equipo, refiriendo de un modo conciso lo que hacía cada uno. Souchon escuchaba sin decir palabra y sin tomar notas, evidentemente concentrado. Solo abrió la boca tras oír que su Nachrichtenoffizier era un Oberleutnant-zur-See, y fue para indicar a Buße que no necesitaba escuchar las razones de que así fuera, porque ya se las habían explicado. Tras eso añadió que su antecesor le había dado las mejores referencias de su Estado Mayor, y a él, en consecuencia, le valían todos y cada uno de sus integrantes, de modo que no habría relevos. A Wichelhausen le costó disimular un suspiro de alivio, el de ver no solo que sus temores de ser devuelto al Reich se desvanecían, sino el de intuir que Souchon sería un jefe más sencillo, más práctico y más competente, que un Trummler al que pensaba olvidar en ese mismo instante.