Miércoles, 18 de noviembre de 1914
El Yavuz Sultán Selim, el Midilli, el Hamidiye y cuatro torpederos se habían hecho a la mar. Navegaban a los veinte nudos que daba el Hamidiye rumbo a la línea Yalta-Samsun, donde Souchon planeaba interceptar una fuerza de cruceros en su regreso a Sebastopol, la misma que veinte horas antes había bombardeado Trabzon. Buße y Arif sospechaban que habría más barcos enemigos, y que aquel bombardeo era una celada. Souchon pensaba lo mismo, aunque no tenía más opción que buscar combate, o la desmoralización que mostraba la CUP se adueñaría del país, dando alas a los que ansiaban la siempre indeseable paz.
El ardor guerrero duró pocos días. La noticia de la guerra contra la Entente dio lugar a numerosos disturbios, los más en Istanbul. Desde 1911 los otomanos vivían una situación de guerra intermitente que les había costado no solo población y territorios, sino docenas de miles de muertos, escaseces insoportables y una grave degradación del nivel de vida. Era razonable, aceptaba Souchon, que cuando ya se vivía un poco mejor, tras doce meses de paz, la gente se tomase a mal una nueva guerra, y encima contra enemigos mucho más peligrosos que Italia y la Liga Balcánica. Talat Paşa decía que su policía sabría sofocar cualquier conato de revuelta. El miércoles 11 anunció la detención de varios conjurados, aunque algo tarde, pues antes de ser fusilados se las compusieron para liquidar a unos cuantos líderes de la CUP. Al día siguiente, sin tiempo de calmar los ánimos, una nueva revuelta se desató en Adrianópolis contra la Deutsche Militarmisionen. Al otro, viernes 13, un explosivo estalló junto al palacio de Enver Paşa. Él y su familia resultaron indemnes, pero murieron cinco soldados. El nivel de alarma en el gobierno era tan elevado que el gran visir exigió al Sheikh-ul-Islams, un tipo llamado Ürgüplü Mustafá Hayri Efendi —ejercía por delegación del sultán la guía espiritual de los musulmanes—, que dictara una Fatwa contra la Entente, declarando la «Guerra Santa» y anunciando que todo aquel que cayera en combate contra los enemigos del Islam iría derecho al Paraíso. El Sheikh-ul-Islams se plegó a las órdenes de quien le permitía vivir en el paraíso sin haberse muerto antes, de modo que el sábado 14 dictó en público la Fatwa requerida, si bien no de un modo tan enérgico y vibrante como se le había exigido. Aun así, para la mayoría de los otomanos jóvenes, tan ignorantes como creyentes —el cínico Madlung sostenía que lo segundo era consecuencia de lo primero—, la guerra contra los cruzados franceses, ingleses y rusos no era solo del sultán, sino de Alá, lo cual se notaba en una menor oposición a ser movilizados, y a someterse a lo que les mandasen unos oficiales y suboficiales alemanes que no tenían nada de creyentes.
El Midilli, que iba en descubierta veinte millas por delante, a mediodía comunicó el avistamiento de dos cruceros navegando a quince nudos, rumbo NNO. Souchon ordenó aumentar a veinticuatro, dejando atrás al Hamidiye. A las dos, a veinte millas del cabo Saritch, en el extremo sur de Crimea, ya veía los buques enemigos, los cuales no tardaron en virar al este, buscando la seguridad de un banco de niebla muy amplio y muy denso. Cuando Souchon ya pensaba que la batalla terminaba sin haber llegado a comenzar, del mismo banco surgieron, uno tras otro, los acorazados de su colega Eberhardt. Lo hacían a una distancia de cincuenta hectómetros, indeseablemente cerca. Era una celada, como profetizaron Arif y Buße, aunque no duraría mucho, pues, a veintiocho nudos, la velocidad que no tardó en alcanzar el Yavuz Sultán Selim, en diez minutos se habrían salido del alcance de las piezas del Evstafi, el que marchaba en cabeza luciendo la insignia del Admiral Eberhardt. Era un buque de 13 500 toneladas bastante moderno, pues entró en servicio en 1911; solo daba dieciséis nudos, pero estaba bien armado: cuatro cañones del 305, cuatro del 203 y doce del 152. Le seguía su gemelo Ioann Zlatoust; algo más lejos, el Pantelimon —entregado en 1905 bajo el nombre Potemkin; similares tonelaje y velocidad, cuatro piezas del 305 y dieciséis del 152—, el Rostislav —cosecha de 1900, 10 500 toneladas, 15 nudos, cuatro piezas del 254 y ocho del 152— y el Tri Sviatitelia —dieciocho años, 13 500 toneladas, 16 nudos, cuatro cañones del 305 y ocho del 152—. Por separado no eran enemigos para el Yavuz Sultán Selim, pero juntos sumaban dieciséis piezas del 305, cuatro del 254, ocho del 203 y cincuenta y seis del 152. Demasiadas si lograran concentrarse, aunque por fortuna para el Yavuz Sultán Selim había un gran hueco entre el Ioann Zlatoust y los tres que le seguían. Un hueco que Souchon aprovechó, cruzando la T a la formación rusa. Eso dio lugar a un duelo de diez minutos, donde el Yavuz Sultán Selim disparó diecinueve medias andanadas con buenos resultados, aunque anduvo cerca del desastre, pues un proyectil explosivo del 305 acertó en la tercera pieza del 150, banda de babor, causando doce muertos y la pérdida del cañón. Si la granada hubiera sido perforante habría liquidado una cámara de calderas, con efectos desastrosos, pero la suerte aún estaba con Souchon. Peor le fue al Evstafi, que se llevó cinco impactos del 283. Cuatro no hicieron mucho daño, pero el quinto perforó el caparacho de su torre proel, estallando en su interior. Por fortuna para el buque, la escotilla que comunicaba la torre con la barbeta estaba cerrada, de modo que no se propagó el fuego al pañol de municiones, lo que habría hecho volar el barco. Desde ahí todo fue un mutuo alejarse, al oeste y a todo andar el Yavuz Sultán Selim, y al norte los rusos tras el herido Evstafi, con incendios en cubierta y soltando llamaradas por el gran agujero en que se había convertido su torre proel. A Souchon le asaltaban fuertes ganas de rematarlo, pero el impacto sufrido le hacía recordar su penosa vulnerabilidad. Aun así, se le veía contento. Había sido el bautismo de fuego de su flaggschiff contra buques de porte similar, y salieron victoriosos. Sería un buen manjar para la prensa, deseosa de noticias que levantaran la moral del Imperio y de la CUP, por demás decaída pese al empeño que ponían los Paşas en galvanizarla. De ahí que mandase a Wichelhausen redactar una dramática descripción de la batalla, enfatizando el haber hecho huir a los acorazados rusos, y que convocase a la prensa en la Sublime Puerta, donde acompañado de su par otomano informaría de la gran victoria. Todo fuera por la causa.