Miércoles, 18 de febrero de 1914
El Goeben quedó amarrado al muelle de los Cantieri dei Mediterrani sin apenas ayuda de los remolcadores, lo que valió al Kommandant Philipp una cálida felicitación del Konteradmiral. No era la primera vez que Souchon exhibía su gran sentido de la cortesía, pero a sus oficiales, que tenían presentes los destemplados modales de Trummler, les seguía sorprendiendo. Y encantando.
Desde que dejaran Izmir el 2 de enero habían tocado en El Píreo, Siracusa, Messina —visitaron allí al almirantísimo Augustin Boué de Lapeyrère, cuya enseña gualdrapeaba en el cuirassé Voltaire, Souchon se llevó a Wichelhausen, pues del almirantísimo se sabía que preferiría ser colgado a decir una palabra en la lengua de los eternos enemigos de La France—, la isla Madalena, La Spezia, Génova —se quedaron una semana, esperando al acorazado Conte di Cavour, en la que izaba su pabellón el jefe supremo de la Regia Marina, vicealmirante Ludovico, Duca degli Abruzzi; un tipo interesante, con más de científico que de guerrero de los mares; a Souchon le cayó estupendamente—, la isla de Santa Margherita y, al fin, Nápoles. Se quedarían un par de semanas, para regocijo de la tripulación y grandes dolores de cabeza del cónsul y del embajador, pues el programa de visitas a la MD incluía la del rey Vittorio Emanuele III, al que acompañaría su primer ministro, Giovanni Giolitti.
Todo eso implicaba una gran acumulación de trabajo para Wichelhausen, pero no le preocupaba. No había tardado en establecer con Souchon la misma relación de confianza profesional que llegó a tener con Trummler, e incluso la reforzó durante los días en La Spezia y Génova. Su almirante apenas sabía unas palabras de italiano, así que no pudo venirle mejor tener a sus órdenes un Nachrichtenoffizier que se bandeaba con soltura en el idioma. Lo aprendió de los criados y en las calles, durante los veraneos de su niñez en Positano, donde su madre tenía una villa y adonde pensaba regresar el día que sus articulaciones declararan que ya no soportaban el clima de Berlín. Una relación de confianza que le permitió plantear, con un punto de timidez, la petición de un permiso de veinticuatro horas, desde la tarde del jueves 19 hasta la cena del día siguiente. Con el Goeben recién llegado a puerto la sobrecarga de obligaciones aún no era grave, ya que la primera gran visita y el primer banquete no tendrían lugar antes del 21, y la todavía no confirmada del rey sería en los primeros días de marzo, de modo que Souchon se lo concedió, aunque sin dejar de preguntar por qué lo pedía.
—Herr Admiral, mañana, día 19, fondeará en este puerto un barco español que se llama Rey Jaime I. Transporta mercancías y pasajeros. Uno de ellos es el recién nombrado agregado naval a la embajada española en Istanbul. Le acompañan su mujer, embarazada, y una cuñada conocida en el Goeben, pues trabajaba de oficial en el consulado de Barcelona; fue allí donde la conocí. Estuvo con el cónsul y el embajador durante la visita del rey Alfonso, y gracias a ella la comida no fue un desastre. Aquella noche cenamos juntos, y a los postres nos prometimos. Nos hemos visto muy poco desde aquel día. Desearíamos tener unas horas para nosotros, si usted lo autoriza.
—Algo me habían contado de la tal visita. Una mahonesa extraordinaria, ¿no? —Wichelhausen asintió—. Presente mis respetos a la bella joven. El agregado, ¿podría ser un contacto interesante, si volviéramos a tocar en Istanbul?
—Pienso que sí. Nos visitó hace un año, en Brindisi. Si ocurre lo que tememos, y si nos pilla en Istanbul, tener un contacto en la embajada de un país neutral nos podría venir bien.
—Aváncele que le invitaremos a cenar, a bordo, la próxima vez que toquemos en Istanbul. Pásenlo ustedes muy bien.