Miércoles, 6 de noviembre de 1918

La noticia venía de Kiel. Situaba en la ciudad a un diputado del USPD llamado Noske. Se le consideraba un mesías del socialismo, muy puesto en asuntos militares y que además dirigía el incendiario periódico Volkstribüne. Se le tenía por incansable, cosa que demostró reuniéndose muy largas horas con el comité de soldados, marineros y obreros. El fruto de la reunión fue una lista de catorce puntos innegociables, a cumplir si se quería recuperar el orden y la paz social. Comenzaba por la liberación de los presos revolucionarios y acababa con la imposición de que todo plan operativo de la KM o del Heer necesitaría la previa conformidad de los comités de soldados y marineros.

Meurer leyó el largo panfleto sin hacer comentarios. Se limitó a dirigirse al despacho de Hipper con el papel en la mano. Wichelhausen se quedó solo, procesando los incesantes informes, mensajes y comunicaciones. En su conjunto indicaban que Alemania disfrutaba una revolución tan interesante como la segunda de los rusos. Las noticias oscilaban entre inquietantes y aterradoras, aunque a mediodía llegó una del Bendlerblock muy significativa: un llamamiento del káiser al pueblo, pidiendo lealtad en esas horas difíciles, donde mostrar unidad era esencial para conseguir el armisticio que se perseguía desde hacía semanas. Parecía una desautorización de Scheer y de Hipper, pues si algo habría podido desbaratar el esfuerzo diplomático era el Operationsplan XIX, pero Wichelhausen no era dado a juzgar los designios de la superioridad, al menos sin datos suficientes. De ahí que, tras encogerse de hombros, siguiera con las noticias. Varias que llegaron después, no significativas de una en una pero sí puestas todas juntas, expresaban que sobre los barracones, cuarteles e instalaciones de la KM y del Heer, a lo largo de las costas del Nordsee y del Oostsee, la bandera roja se hacía con todo. La revolución se abría paso a pasmosa velocidad. Los revolucionarios no contaban con la red radioeléctrica, pero sí con las ferroviarias, y a lo largo de los miles de kilómetros de las varias del Reich las consignas fluían sin cesar.

Hipper no estaba pendiente de los informes preparados por Von Trotha o por los Astos de Von Reuter y Meurer. Le bastaba con asomarse a las ventanas que daban a Wilhelmshaven para contemplar una masa de sesenta o setenta mil manifestantes, en su mayoría obreros del arsenal y del astillero, aunque también había miles de rot segler (marineros rojos). Se sabía de huelgas revolucionarias a las que se unían las guarniciones en ciudades de todos los tamaños, como Frankfurt-am-Main, Stuttgart, Augsburg y muchas más. Por todas partes se hablaba de proclamar la república, si bien no todos reclamaban la misma república, pues la interpretación del término distaba de ser unánime. Sobre lo que no había dudas era en prescindir del que se había largado del Alte Schloss para buscar cobijo en Spa, el cuartel general del frente del oeste. El futuro se mostraba incierto, como suele suceder en toda revolución que se precie, pero si en algo todo el mundo estaba de acuerdo era en que ya no necesitaban un káiser, ni tampoco una familia real plagada de parásitos. Sobre Wilhelm y los suyos solo se trataba de precisar si se les fusilaba, como los camaradas bolcheviques hicieron con el idiota de su primo Nikolai, se les encarcelaba o se les echaba del país, con lo puesto y de una patada en el culo. La situación en Wilhelmshaven, aun así, era tranquila, porque al anochecer las turbas se iban a dormir, seguras de que nadie alteraría su descanso. Una tranquilidad que se había contagiado a la base naval, donde no pocos oficiales con casa en la ciudad salían al anochecer disfrazados de civiles para reunirse con sus familias, cenar lo que hubiera, darse un baño y redondear la jornada dejándose arrullar por una esposa la mar de preocupada, ya que ser viuda de oficial muerto a manos de amotinados, en una incipiente república socialista, tenía poco de halagüeño, por lo improbable de que un incierto gobierno rojo pagara sus pensiones.

A Wichelhausen le tenían situado varios camaradas de los que con él iban y venían de Tossens. Lo hacían en un transbordador cuyo patrón no se atrevía, como era lógico, a llegarse al otro lado del Jadebusen. Tales camaradas, con mucho tiempo libre y libertad de iniciativa, se las habían apañado para localizar una motora. Su idea era tripularla ellos mismos, llegarse a Tossens al anochecer y regresar al amanecer. El que haría de patrón se llevaría la bomba de combustible, para que nadie les guindara el artefacto. No necesitaban a Wichelhausen, salvo para tener alguna salvaguardia si se topaban con alguien de corte inquisitivo, marino como ellos o amotinado como los otros. Lo que a media tarde plantearon al Asto del extinto IV le interesó, tanto que a su vez lo trasladó al recién regresado Meurer, el cual, tras pensárselo, dijo no tener inconveniente, y hasta le firmó un salvoconducto del todo irregular, aunque para salir de algún mal encuentro quizá les valdría. Fue así, el sol ya poniéndose, como pudo emprender el kilómetro que separaba su casa del amarradero donde, si los dioses lo quisieran, él y los demás encontrarían su motora nada más amanecer.

La casa no era grande: una cocina y un comedor en la planta baja, y dos dormitorios más un aseo en una superior abuhardillada; el aseo, pese a no ser grande, contaba con una bañera donde Queralt y Rolf se miraban sin decir nada. Queralt, en particular, lo hacía con ojos chispeantes y una tenue sonrisa, la propia de las mujeres satisfechas de volver a tener a sus hombres con ellas, aunque solo fuese por una noche. La satisfacción la complementaba el cálido bienestar generado por un breve aunque intenso encontronazo amoroso, de velocidad justificada no solo por haber pasado demasiados días desde que sostuvieron el último, sino por la certidumbre de que a la vuelta de no mucho les resultaría difícil proceder con la misma pasión desatada, y eso en el caso de que a ella le asaltaran las ganas. Queralt no tenía una exhaustiva información sobre los deseos de pecar de las mujeres muy preñadas —solo sabía que aparearse por vicio era un gravísimo pecado mortal, cosa que le daba mucha risa—, salvo por la parte de su hermana, pero eso no era significativo, pues Meritxell, en general, jamás tuvo demasiados; aun así, tenía la vaga idea de que la tripa femenina fecundada tiende a volverse antipática. Esperaba que a ella no le pasara lo mismo, porque ni se planteaba cómo podría vivir sin eso por mucho que su silueta se transformara en monstruosa, pero en cualquier caso no era cosa de la que debiera preocuparse, aquella noche.

—¿Qué piensas que ocurrirá?

—Meurer dice que Willy no resistirá. Desde hace una semana está escondido en Spa; es cuestión de horas que abdique. Según él, en eso están de acuerdo hasta los junkers más recalcitrantes. Lo que no está claro es qué sucederá después, si tendremos más monarquía, con el Kronprinz en el papel de káiser, si habrá un interregno donde sin liquidar el régimen actual no se instale otro diferente, o si los parlamentarios, y ahí los rojos llevan la voz cantante, proclamarán la Deutsche Republik. En ese caso, que Meurer encuentra más probable, la primera gran decisión será si aprobar o no el armisticio que dicten los aliados. Sus exigencias deben de ser tremendas, porque si no ya se habrían hecho públicas. Para refrendarlo hará falta un jefe del Estado, se llame káiser o presidente de la República. Sus problemas empezarán ahí, porque suscribir el armisticio será un solo asunto, serio y grave, pero uno solo. Después vendrán la consolidación de la paz, las indemnizaciones de guerra, el restablecimiento del orden público, el poner a todo el mundo a trabajar, la desmovilización del Heer y de la KM, el darnos una constitución que nos ampare a todos, el hacer que traguen los muchísimos que no querrán tragar, bien por los privilegios que perderán, bien porque no alcanzarán todos los que reclaman, y el lograr, por fin, que todo eso no concluya en una guerra civil, como pasa en Rusia, o como diablos se llame ahora Rusia. Van a ser tiempos durísimos. Como primera consecuencia, me quedaré sin trabajo. El Reich lleva muchos años construyendo una marina para luchar una guerra, pero terminada la guerra la marina se quedará en mínimos, y el efecto, en el cuerpo de oficiales, será que haremos falta uno de cada cinco. Dudo que yo pueda ser de los que se quedan. Ni la menor idea de los criterios que se seguirán para decidir quién sigue y quién se va, pero habrá muchos, muchísimos, mejor situados que yo.

Lo decía con tristeza, pero sin abatimiento. Estaba claro, se decía Queralt, que lo tenía metabolizado.

—Yo no sería tan pesimista. Eres más joven de lo que te corresponde por rango, no estás lisiado ni mutilado, hablas seis idiomas, los informes de tus jefes son muy buenos, tu hoja de servicios es intachable, posees dos de las principales condecoraciones al valor, jamás te han amonestado y tienes experiencia en tratar con otras armadas. Francamente, no creo que muchos de tus iguales puedan presentar unas credenciales parecidas.

—Si los que se hagan con la Marina fueran objetivos pues así sería, pero no lo serán. Por mucha revolución que vayamos a padecer, o a disfrutar, al final prevalecerán los mismos, los que desde siempre han tenido peso en la KM. Yo no soy de los suyos. Mi familia no solo no es naval, sino que ni siquiera es militar. Carezco de los contactos que tienen la mayoría de mis iguales. En realidad, solo puedo aportar los informes de un almirante y un contralmirante que serán de los primeros en cesar. Eso es muy poco, Queralt. Me temo que a la vuelta de nada tendremos que pedir a tu padre que nos busque piso en Barcelona.

Se sonrieron. Queralt, con amplitud.

—Nada le gustaría más. Y nada me gustará más a mí.

Ya no siguieron hablando. A los dos les asaltaban las urgencias de bañera. Sobre todo, a Queralt.

El buque del diablo
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