Viernes, 7 de agosto de 1914

La una y cuarto de la madrugada. Souchon y sus oficiales se congregaban en el puente alto. La noche seguía siendo magnífica, si bien el viento había evolucionado a fuerza 4 en la escala de Beaufort. Lo acusaba el barco al tomar la mar de banda con un discreto balanceo. Había bajado tanto la temperatura que ninguno de los habitantes del puente de maniobra, o puente alto, prescindía de sus chaquetones de mar. Souchon, con aspecto descansado, estudiaba las luces costeras con sus Zeiss.

—Zirzow, eso de ahí, ¿es Crotona?

—Sí, Herr Admiral. Pasaremos frente a ella en diez minutos, a la una y media en punto.

—¿Algo nuevo en el Gloucester?

—No. Sigue plantado a estribor y por la popa del Breslau, a unas cinco millas. Gracias a la luna lo vemos bastante bien.

—¿Sigue transmitiendo?

—Cada cinco minutos, en claro. GOBLO-GOBLO, velocidad, rumbo, latitud y longitud.

—¿Hay respuesta de Haus?

—No, Herr Admiral.

—Mejor. ¿Alguna noticia de Troubridge?

—Mutz dice que le oye más cerca, o más fuerte, pero no sabe si porque ha bajado hasta Leuca o porque nosotros nos acercamos. Lo que sí parece claro es que dialoga con el Gloucester. También con el Inflexible, pero a este se le oye muy lejos.

—¿Tanto como en La Valetta?

—Podría ser.

Cayó el silencio, aunque no por mucho rato.

—¿Hora?

—Una y media.

—Ackermann, ¿están Heinke y Mutz listos para interceptar las señales del Gloucester? —Se trataba de algo convenido hacía poco; cuanto más tardara Troubridge en saber que la MD cambiaba de rumbo y velocidad, menos probabilidades habría de que los alcanzara—. ¿Sí? Muy bien. Proceda.

—¡Todo a estribor, rumbo 1-3-5, veintidós nudos! Avisen al Breslau, por semáforo.

La mole de veintiséis mil toneladas —llevaba mucho carbón— empezó a virar, escorando unos grados. El rumbo contra el mar, el viento de proa y la mayor velocidad daban lugar a que comenzase a encapillar algún cáncamo que otro. Aun así, Souchon no quiso bajar al puente de combate.

—Ackermann, ¿hará falta reforzar a los fogoneros?

—Hasta veintidós nudos, no. Más allá, sin duda.

—El Gloucester vira también. Aumenta su velocidad.

—El Gloucester transmite. Herr Konteradmiral. La señal es mucho más larga que todas desde la última hora.

—¿Qué hacen Troubridge y Milne?

—Guardan silencio, los dos.

Souchon no necesitaba que le dijeran por qué: la intercepción combinada del Goeben, el Breslau y el B-Dienst parecía funcionar. Solo al cabo de una hora, con el Gloucester muy rezagado, comenzaron a llegar señales del Defence y el Inflexible.

—¿Qué dicen los ingleses cuando la jauría huele al zorro?

El oficial de información, que algún verano se había subido en un caballo en la campiña inglesa, no tardó en recordar.

—«Yoicks, Yoicks!». Y «Tally-Ho!». Lo primero es para que los perros corran. Lo segundo es cuando al fin se ve al pobre zorro.

—Me temo que nosotros somos el pobre zorro, y que Milne y Troubridge están gritando «Yoicks, Yoicks!».

—Pues si es así van de culo. Herr Admiral.

Souchon decía no saber una palabra del idioma español, pero Wichelhausen comenzó a sospechar que algo sí sabía, porque no se molestó en disimular una sonrisilla de maldad.


Las cinco menos cuarto. El sol se anunciaba sobre la isla de Cefalonia. El horizonte, despejado. No se veía más humo que los largos penachos del propio Goeben, el Breslau y el Gloucester.

—Ni rastro de otros humos, Herr Admiral.

No les sorprendía que así fuera. Serían las tres y media cuando escucharon la última señal del Defence. Dejaba una huella de gran lejanía, como si no se hubiese adentrado en el Jónico mucho más allá de la linea Leuca-Othonoi.

—Otro que se las verá con un consejo de guerra.

La profecía de Madlung era lógica. De haber sido Troubridge un almirante de los que saben anticiparse, habría salido al Jónico siguiendo el rumbo más lógico para interceptar a la MD una vez supo que ponía rumbo a Crotona. De conseguirlo a plena luz el pronóstico sería malo para él, aunque siempre habría posibilidad de que un impacto en una cámara de calderas redujera la velocidad a valores donde un crucero de batalla perseguido por nueve buques acaba por zozobrar. En la oscuridad, por el contrario, todo habría sido difícil para el Goeben, por la seguridad de acabar torpedeado. La conclusión general, empezando por Souchon, era que Troubridge lo había hecho fatal, empezando por carecer de la iniciativa que a todo almirante al mando de una escuadra no le queda más remedio que tener.

—Ackermann, reducimos a diecinueve nudos. Fije un rumbo para doblar el Matapán con quince millas de resguardo.

De allí seguirían a Donoussa, primer punto de cita con un collier, lo que para entonces ya les haría falta. Mucho antes, no obstante, deberían librarse del Gloucester.

—Buße, diga a Kettner que dentro de una hora se desvíe a estribor y trate de atraer al Gloucester. Si lo consigue, nos desviaremos unos grados a babor y subiremos a veinticuatro nudos. Con eso daremos esquinazo al Gloucester, o eso espero. En cuanto al Breslau, que a las dos horas lo deje atrás, pues por algo da dos nudos más, y arrumbe al cabo Malea.

El Gloucester aún no se había dado cuenta de que la velocidad de los buques alemanes se reducía. Eso se sabría en el Goeben cuando le oyeran lanzar otra de sus largas señales, las de cuando detectaba un cambio importante. Habría que ver lo que haría una hora después, cuando el Breslau intentara torearle. Las apuestas, en el puente, corrían a favor de que no se dejaría engañar. Su comandante —sabían su nombre, un tal Kelly— llevaba horas demostrando que no tenía un pelo de tonto.


Mediodía. Los que apostaban por el Gloucester lamentaban haber ganado, pues su capitán no mordió el anzuelo. Parecía que no había forma de sacudírselo, pero ahí el comandante Kelly cometió su primer error: en su empeño de no perder de vista la popa del Goeben abría fuego contra el Breslau, tratando de apartarlo. Aunque los dos cruceros eran de corte similar, el Gloucester montaba dos piezas del 152, una a proa y otra a popa, y Kelly debió de pensar que con ellas podría desembarazarse del crucero ligero alemán. Souchon reaccionó al momento: mandó virar 180 grados a estribor y, según pasaba el Gloucester por las miras del telémetro principal, a una distancia de ciento treinta hectómetros, disparar medias salvas con tres de las cinco torres de la batería principal, las cargadas con munición explosiva y espoletas de acción retardada, las que más daño podían causar a una nave tan poco blindada como un vulgar crucero ligero.

A la tercera salva el Gloucester metió todo a estribor, aumentando su velocidad, para esconderse bajo el horizonte. Tras eso el Goeben volvió a rumbo, cediendo al Breslau el honor de ser su matalote de proa. Pese a no ver al Gloucester sí divisaban su penacho de humo, lo cual debía de ser recíproco. No valía la pena perseguirlo. Solo era cosa de seguir a los mismos diecinueve nudos y esperar a la noche. Tras eso, aguas libres.


A las cinco de la tarde, hora y media después de haber cortado el meridiano del cabo Matapán, el Breslau, que se había quedado atrás con ánimo de atraer al Gloucester a una celada más allá de la isla de Citera, transmitió al Goeben la noticia más deseada: ni rastro del Gloucester, ni de su penacho de humo. Souchon no dudó en mostrar su satisfacción y su alivio. Casi al tiempo llegó un radiograma de Von Pohl, trasmitiéndole la confianza del káiser en que culminarían con éxito su cabalgada, sin más detalles. La clase de mensaje que nunca se sabe si tiene por objeto estimular o, por el contrario, indicar que, como algo no salga bien, al destinatario se le caerá el pelo. Reunido con su Estado Mayor más Ackermann y Zirzow, con una carta del Egeo desplegada sobre la mesa y tras situar las posiciones de los avitualladores, Souchon dio dos órdenes. La primera, despachar al Breslau al cabo Malea, donde se reuniría con el collier Bogador —de la Deutsche Levante Line—, el cual ya parecería el griego Polymytis; desde allí los dos barcos se dirigirían a la bahía de Rousa, en la isla de Donoussa, donde les aguardaría el Goeben, tras haber neutralizado cualquier posible unidad británica de avistamiento; sabían que había varias en el Egeo, del tipo dos hombres y una radio en lo alto de algún promontorio. La segunda, radiar un mensaje al General, que para entonces ya se habría caracterizado de Merauke —de la Rotterdamsche Lloyd— y estaría cerca de Izmir, en la costa de Anatolia; el mensaje no sería para el General, sino para el attaché Humann; se creía que podría escuchar la del General por estar más cerca; de no ser así, que despachara este un tripulante para enviar el mensaje, como telegrama, en el consulado alemán. El texto, en clave, urgía a Humann conseguir de los Paşas autorización para ganar Istanbul; Souchon no quiso añadir que, de lo contrario, hundiría sus buques. El peligro de verse acorralado por la BMF era de lo más real, tanto que Souchon ordenó a los oficiales presentes suprimir la euforia que pudieran sentir. Por el momento solo habían dado esquinazo a la BMF, y solo gracias a la incompetencia de sus jefes. La Royal Navy tenía más almirantes; en pocos días, otros que no serían «de salón» estarían al mando. Ese día ya no, y al siguiente tampoco, pero la BMF no tardaría en echárseles encima. Si para entonces no habían ganado los Dardanelos, estarían perdidos. De ahí su orden de que nadie se relajara. Era necesario mantener la misma vigilancia, visual y por radio. Les iba en ello, si no la vida, cuando menos la libertad.

El buque del diablo
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