Lunes, 18 de mayo de 1914
Queralt se había despertado como a Rolf le gustaba ensoñar: bajo el sol de un alba tibia, el hocico enterrado en el peludo sobaco de su hombre y su mano más hábil peligrosamente cerca de las joyas de la corona. La cama, en verdad grande, se daba un aire a un campo de batalla, los dos apenas tapados por una sábana emburruñada. Un momento de gloria y esplendor amoroso que la mujer adoraba estirar, pero la naturaleza es implacable, sobre todo con las vejigas femeninas, de modo que con gran cuidado se desacopló lo suficiente para incorporarse sin miedo a despertar al hermoso durmiente. Desde ahí, una docena de pasos inseguros y a salvo en un cuarto de baño no solo limpio, amplio y luminoso, sino europeo. Eso, para ella, era de agradecer, pues el estilo turco de aliviarse no le gustaba mucho. Era de natural flexible y adaptable a casi todo, aunque verse acuclillada en el momento de hacer fuerza lo encontraba patético. Y ridículo. Peor aún, de lo más disfuncional. En su opinión, determinados actos naturales suelen requerir una cierta concentración, la cual no se alcanza por las buenas, sino tras un proceso de reflexión en el cual se agradece contar con un Blanco y Negro. Tal proceso era incompatible con verse cual ave de corral encaramada en palo de gallinero, con la fatal consecuencia de que a menudo el intento abortaba por la imposibilidad de mantener más allá de dos minutos una postura definitivamente infrahumana. En su caso, y aun así, los dos minutos solían bastar, aunque no en el de su hermana. Quizás eso contribuía de un modo decisivo a su pertinaz bloqueo aliviatriz, con las subsiguientes molestias y servidumbres inducidas, siendo la peor el pésimo humor que le provocaba cada intento fallido. A ella no le pasaba eso, pero aun así agradecía sentarse como una persona y entenderse con la naturaleza como toda buena señorita de clase alta, que para eso lo era. O lo había sido, en Barcelona. En Istanbul no estaba segura de pertenecer a ninguna clase alta. Era familia de un alto funcionario diplomático, sí, pero de una paupérrima potencia de segundo nivel. La consecuencia, por lo menos a efectos de reconocimiento social, era tristísima: en los dos meses que llevaban varados en el siniestro piso de la Meçrutiyet Caddesi, el de un único aseo y por si fuese poco a la turca, solo una vez asistieron a una recepción de corte diplomático, y con reservas, pues no tuvo lugar en ninguna embajada, sino en un barco de guerra y sospechaba que no por méritos patrios, sino gracias al idilio que sostenía ella con su oficial de información. Por lo demás, aún estaba por verse que del agregado naval a la embajada española hubiera ser alguno en Constantinopla que se acordase.
La terraza del Pera Palas, si hacía buen tiempo, era un lugar ideal para desayunar, y no solo por lo bueno que solía estar todo, sino por las vistas pasmosas a la ribera sur del Cuerno de Oro. Los dos se acostumbraron en el Sacher a desayunar en el comedor, por evitar el sofoco de que las camareras mirasen con reprobación el campo de Agramante que solían dejar tras una noche apasionada. En cambio, cenar cualquier cosa que les subiera el servicio de habitaciones sí les gustaba, por el inmenso placer de quitárselo todo nada más desaparecer el tal servicio y sentarse a engullir al modo de Adán y Eva. Quizá lo hicieran esa noche, pero Queralt no quería pensar en eso. Era consciente de que tras aquel breve parpadeo el Goeben dejaría Istanbul por un tiempo imprecisable, quizá para siempre, si era cierto que se pensaba sustituirlo por el Moltke, y ella se quedaría desamparada y perdida en el horrible piso de cagar en cuclillas. Lo peor de todo era saber que, por mucho que se lo pidieran el cuerpo y el alma, no podría desertar al menos en seis meses. Tres, los que faltaban para el parto. Tres más, hasta que Meritxell se sintiera lo bastante fuerte para decirle adiós con la mayor pena que pudiese fingir y volver a una Barcelona que recordaba como el no va más de la civilización. Faltaba mucho para eso, y no parecía prometedor. Si el Goeben recuperaba su boya en Wilhelmshaven ella tendría que replantearse su vida. Que la quería pasar con Rolf estaba fuera de discusión, y pensaba que para él también, pero una cosa era la mutua voluntad y otra los obstáculos que deberían superar, bien para volverse alemana y ser la feliz, muy disciplinada esposa de un alférez de navío en Wilhelmshaven, bien para ser la encantada socia de un consignatario alemán reciclado en catalán y acreditado en Barcelona. En cualquier caso, concluyó al ver llegar al camarero con una gran bandeja, no era una cosa que debiera pensar ese día. Era mejor decidir qué harían tras despachar el copioso desayuno que había pedido Rolf y el algo menos truculento con que se conformaba ella. Quizá podrían pasear por la Constantinopla de los visitantes ociosos, los que solo entendían de mezquitas y museos. Los dos ya lo habían hecho, aunque por separado. Rolf y Mutz disfrazados de civiles, y ella y Meritxell de musulmanas, en ambos casos para no sufrir miradas suspicaces. Quizá fuera por eso que le apeteciera llegarse a Sultanahmed en su precioso vestido rojo fuego, bajo su pamela y su sombrilla, bien asida del imponente Oberleutnant-zur-See. En esas fachas nadie se metería con ellos, aunque si alguien se lo planteara debería echar un vistazo al cinturón del teniente, de donde pendía la funda de una Luger Marinepistole 04, el arma de los oficiales de la Kaiserliche Marine.
—¿Tú también piensas que habrá guerra?
—No me atrevo a opinar. Lo más que puedo decir es que los indicios casan unos con otros, sin que falle uno.
Lo decía con sencillez, sin emoción. Ella sabía que la procesión iba por dentro. Las horas que habían pasado juntos no eran tantas como para decir que lo conocía como si lo hubiera parido, pero los intensos días de Viena le habían servido para detectar si estaba o no preocupado. Aquella mañana lo estaba, pese a que jamás lo confesaría.
—¿Cuándo será?
—Ni la menor idea. La situación europea, dice Souchon, es la de un pañol de cordita en pleno verano. Una chispa bastaría para que todo saltara por los aires. Hace dos años, en la primera guerra balcánica, estuvo cerca de saltar, pero Tirpitz la paró al decir a Bethmann-Hollweg que la KM no estaba lista, por el ensanchamiento del canal de Kiel y porque no se habían recibido los barcos de los programas de 1910 y 1911, necesarios para tener alguna oportunidad frente a la Royal Navy.
—¿Hoy ya no pasa eso?
—No. El canal se reinaugura el mes que viene, y los barcos que aún faltan, el Derfflinger, el Kronprinz, el König, el Markgraf y el Großer Kurfürst, estarán listos en tres o cuatro meses.
—Si la chispa saltase hoy, ¿los otomanos se os unirían?
—Es improbable. Los ingleses, ya oíste anoche a Wangenheim, les tienen cogidos de sus partes nobles. Las económicas. No tanto como para que se pongan de su lado, pero sí para impedir que se pongan del nuestro. Mucho tendrían que meter la pata para que así fuese, y cuesta imaginar a un gobierno inglés, con su experiencia de siglos, cagándola de un modo tal que a estos —señalaba en derredor— les dé por venirse con nosotros.
—Pero no es imposible.
—No, cierto. Nada lo es. Supongo que por eso nos tienen aquí, con la falta que hacemos en la Aufklärungsstreitkräfte.
Queralt renunció a saber qué diablos sería eso.
—Si brotara el chispazo, ¿volveríais aquí?
—Dependería de dónde nos pillara.
Queralt intuía que Rolf no podía dar detalles de los planes que tuvieran. Jamás lo había hecho, pero ella no dejaba de ser familia del agregado naval de una potencia extranjera, y por tanto sospechosa de oír para la tal potencia, o para otras. De ningún modo quería que su novio se pudiera mosquear; ella solo pretendía saber cuándo podría, una vez se despidieran al día siguiente, volver a despertar con el hocico en su pecho.
—Me gustaría volver a ver la Mezquita Azul.
Él no dijo nada. Se limitó a levantarse, muy disciplinado.