Domingo, 21 de marzo de 1915
Para sorpresa de Merten, Liman von Sanders y los tres Paşas, la gran armada franco-británica se había esfumado. La inteligencia otomana decía que varios de los buques, los que necesitaban reparaciones indemorables, se concentraban en Moúdros. Otros informes, de pesqueros neutrales, señalaban que grupos de cruceros y destructores arrumbaban a Creta. El hecho contrastado era que guardando la boca de los Dardanelos solo quedaba un crucero ligero. Era extraordinario, se decían los jefes alemanes, que los aliados abandonasen cuando ya tocaban el éxito con la punta de los dedos. Las municiones se consumieron a un punto tal que los dragaminas encargados de aligerar los campos fondeados más allá del Bósforo pescaban minas rusas, las arrastraban como si fueran atunes en almadraba y las dejaban en un taller cercano a Ístinye, donde varios operarios muy bien recompensados les añadían nuevas cadenas, las embarcaban en minadores y estos, a su debido tiempo, las refondeaban en los diez campos tendidos entre Chemenlik y Messudieh. La situación era tan crítica que a pesar de los continuos envíos desde Alemania no se conseguía reponer las existencias. Según afirmaba Merten, si De Rebock hubiera repetido el día 19 el ataque del lunes 18, a las seis horas de combate los cañones alemanes y otomanos se habrían quedado mudos. Era de alegrar saber que la inteligencia británica no funcionaba tan bien como la germana, pero aun así era un día triste. Siempre lo es cuando hay que sepultar cuatro camaradas: el alférez de navío Hans Wormann y los artilleros Max Sommerfeld, Wilhelm Radau y Walter Brilla. Perecieron en la fortaleza de Hamidie, la que se alzaba en el lado asiático del punto más angosto de los Dardanelos, de un impacto directo en su pieza del 240. Al entierro acudió una nutrida representación otomana, con Enver Paşa en cabeza; si algo hacía falta para demostrar el hermanamiento entre otomanos y alemanes era la evidencia de sus muchos muertos. Debió de ser por eso que a ninguno de los dignatarios otomanos les molestase que los cuatro marinos alemanes bajaran a sus tumbas, en la propia Hamidie —según las tradiciones militares prusianas, a los muertos en combate se les da tierra lo más cerca que se pueda de donde hayan caído—, en sus uniformes alemanes, envueltos los féretros en la Reichskriegsflagge y luciendo los artilleros en sus gorras la cinta del SMS Goeben.