Martes, 17 de junio de 1913
El Goeben llevaba tres días en Nápoles y aún estaría tres más. Sería una visita más extensa de lo usual. Los motivos eran diversos. El que se hizo público era un banquete de gala, para conmemorar el vigesimoquinto aniversario de la entronización del káiser. El oculto era dar un recorrido a las máquinas, un tanto fatigadas tras meses de idas y venidas por el Mediterráneo. El de menor importancia era dar un descanso a la tripulación, la cual soñaba con Nápoles desde que se supieron rumbo al Mediterráneo. Los marinos de guerra son conscientes desde tiempo inmemorial de que si existe una ciudad hospitalaria es Nápoles. El conocimiento de tal cosa trasciende sobre las nacionalidades, porque los marinos lo comentan a poco que coincidan en algún puerto, y de ahí se corre a todos los hermanos de armas en cada país. La fama de Nápoles era conocida en la KM desde los primeros cruceros de la fragata escuela Gneisenau; en 1913 no había un solo marino alemán que no suspirase por conocer la prodigiosa ciudad donde tan bien se comía, mejor se bebía y en cuanto a los demás pecados capitales no hacía falta decir más; bastaba con pasarse direcciones, los unos a los otros.
Pese a que Nápoles era un puerto popular, el Goeben, el Breslau y el Straßburg eran los únicos navíos de combate presentes en la dársena; el primero amarrado en el Molo dei Cantieri dei Mediterrani y los otros, abarloados el uno del otro, en el de San Gennaro. Días antes se despidieron del Dresden, que seguía camino a Tsingtao a través del canal de Suez. Allí formaría en la escuadra del Reichsgraf von Spee, la cual, con él, sería fuerte en dos cruceros acorazados y cuatro ligeros, a todas luces insuficiente para proteger de la Royal Navy las posesiones alemanas en el Pacífico, aunque mejor era eso que nada. En la última ocasión de los cuatro buques juntos, cenando los comandantes con Trummler y su Asto, alguien reparó en que tras El Pireo no coincidieron con buque inglés alguno. El del Straßburg rememoraba las estadías, en orden; Brindisi, Karaköy, Izmir, Kovelo, El Pireo de nuevo, Mersin, Iskenderun, Beirut, Haifa, Jaffa, Alejandría, Port Said, otra vez El Pireo, Venecia, Pola y Nápoles. En ninguno vieron buques de la BMF No solo eso, sino que los cónsules y vicecónsules explicaban después que rara vez pasaban más de siete días sin que aparecieran el Inflexible, el Indomitable o el Indefatigable, con algún crucero y varios destructores. Parecía que Milne no solo quería mostrar la Cruz de San Jorge allá donde poco antes flamease la de Hierro, sino hacerlo a lo grande, para dejar claro cuál armada era la más fuerte o cuál de los almirantes, él o Trummler, el más poderoso.
A Wichelhausen le sorprendía que Trummler no quisiera volver a Istanbul, donde días antes los anti-CUP se habían cargado al gran visir Mahmud Shevket Paşa. Wangenheim decía —por mensaje cifrado— que los asesinos solo consiguieron acelerar los planes de la CUP. De ahí que nadie se sorprendiera por el fulminante nombramiento de Said Halim Paşa. Tampoco sorprendió que a las pocas horas se anunciara un nuevo gobierno, donde los Jóvenes Turcos se quitaban la careta: Enver Paşa ocupaba la cartera de Guerra y Cemal Paşa la de Marina.
Se habían dado los toldos en la cubierta de popa. El banquete y el baile se celebrarían allí, bajo los cañones de Casar y Dora. Con el acontecimiento ya muy a la vista, Trummler comenzó a mostrarse preocupado. El exquisito sentido de la organización de la KM rara vez dejaba nada sin cubrir o sin un responsable al que fusilar, pero el caso era que, con la pérdida del oficial abandonado en Vigo, Trummler se quedó sin nadie que supiera disponer una mesa de cincuenta y ocho comensales. La mantelería, la vajilla, la cubertería y la cristalería estaban a bordo, pero nadie sabía configurar todo eso de modo que ningún invitado de los muy comidos y muy bebidos encogiera la nariz. El encargo de averiguarlo recayó en Wichelhausen, al cual se le iluminó la mente según recordaba escenas de su niñez. Con ese motivo arrumbó al consulado alemán, se apoderó del teléfono y con la impagable ayuda de una telefonista deseosa de ser útil logró dar con su madre. Frau Wilhelmine Wichelhausen había organizado cenas más fastuosas que la planeada por Trummler, así que no le fue difícil explicar a su aprensivo hijo cómo salir del atolladero. Al cabo de una hora, con interrupciones imputables a la Società Industriale Elettrochimica di Pont Saint Martin, según el cónsul la culpable de que los servicios telefónicos italianos apenas mejorasen al tam-tam, Wichelhausen dejó el consulado solo un poco más optimista, pues la disposición de las mesas también era su responsabilidad. Consciente de lo poco que daban de sí los camareros de a bordo, recurrió a los colegas más jóvenes y generosos, empezando por Mutz. Les llevó una hora, pero al ver el resultado Trummler dejó asomar una sonrisa, la de ver que ni en Maxims habrían dispuesto algo tan elegante. «Otro punto para mí», suspiró el aliviado Wichelhausen. Desde la escala en Brindisi especulaba con un permiso de dos semanas, el mínimo para ganar Barcelona desde algún puerto italiano, pasar allí un par de días y volver en el primer barco, aunque para eso haría falta que Trummler, o Von Pohl, decidieran dejar al Goeben en el Tirreno siquiera un mes. Era consciente de que la situación general no ayudaba, pues los búlgaros no estaban contentos con la paz firmada en Londres el 30 de mayo, hasta el punto de que, según el cónsul de Nápoles, se daba por seguro que los cañones volverían a retumbar. En cualquier caso, aquella no era una preocupación inmediata. Lo era contribuir a que Trummler resplandeciese. Tras eso ya podría descansar en paz.