Martes, 1 de abril de 1913

La MD estuvo en Tesalónica hasta el 25 de marzo, esperando la llegada de la enlutada reina Olga. Una vez el ataúd a bordo del Amphitrite IV, el vetusto yate de la casa real griega, la flotilla fúnebre se hizo a la mar. En la semana transcurrida desde que Alexandros Schinas se cargase al rey Jorge, un buen número de barcos había ganado Tesalónica, para sumarse a la escolta de honor. Destacaban el HMS Inflexible, buque insignia de Sir Archibald Berkeley Milne, comandante de la BMF, y el HMS Indefatigable, al cual Wichelhausen recordaba con simpatía, pues al ser vecino del Von der Tann en Spithead tuvo algún trato con sus amistosos y corteses oficiales. En Tesalónica no pudo comprobar si seguían siendo así de agradables, porque fondearon a última hora del 24; tras eso no se volvieron a ver a distancia de banderas hasta esa mañana de abril, el Inflexible fondeado tan a la gira como el Goeben frente al antepuerto de El Pireo.

—Una motora deja el Inflexible y viene hacia nosotros.

El capitán de navío Philipp enfiló sus prismáticos —era imposible verle sin ellos— a donde señalaba el serviola.

—Avise a Wichelhausen. Por la pinta, esto es para él.


El oficial se presentó a sí mismo en la plataforma de abordaje, donde Wichelhausen había bajado a esperarle.

—Subteniente Conyngham-Denison, Royal Navy. Le ruego me disculpe, porque no sé una palabra de alemán.

El joven teniente, de aspecto agradable, se cuadraba en la pequeña plataforma, con marcialidad, aunque sin rigidez.

—Oberleutnant-zur-See Wichelhausen. Rolf Wichelhausen. Encantado de conocerle, subteniente Conyngham-Denison.

—Edward. El placer es mío, Rolf. Por cierto, ¿no tiene usted un Von? Creía que todos los oficiales alemanes tenían uno.

—Sí, pero hay excepciones —el inglés sonrió con amplitud; gesto devuelto en el acto—. ¿Qué podemos hacer por usted?

—Oh, poca cosa. Nuestro nuevo patrón, el almirante Milne, coincidió ayer con uno de sus príncipes, creo que dijo Henry, o Heinrich, o algo así. Le invitó a visitar el Inflexible. Su príncipe dijo que sí, que bueno, y que transmitiría la invitación al almirante Trummler, para que se sumase. Milne, que tiene un gran entrenamiento «de corte», sabe que a los príncipes se les olvidan las cosas, de modo que me ha enviado a repetir la invitación a su almirante. Sé que lo protocolario es más complicado que todo eso, pero él pensó, y yo también, que los marinos podemos entendernos sin formalidades palaciegas.

—Opino lo mismo. ¿Quiere subir conmigo y se lo cuenta usted al almirante? Habla un buen inglés.

Le señalaba la escala, con naval cortesía. Los tenientes de la Royal Navy y de la Kaiserliche Marine eran muy parecidos, pensaban los dos sin saber que pensaban lo mismo, por mucho que todos ellos estuvieran convencidos de que, a la vuelta de muy poco, se pondrían a matarse los unos a los otros.


Ajustar la visita no fue fácil. No con el entourage del Prinz Heinrich, porque con los ingleses bastó lo que hablaron Conyngham-Denison y Wichelhausen. Este, después, tuvo que bajar a tierra, ir a la embajada del Reich en Atenas, donde residía el Prinz, y allí ponerse de acuerdo con su estirado aide-de-camp. Tras eso le quedaba volver al Goeben a todo andar, informar al Konteradmiral, que ya estaba vestido de gala, y con él, Buße y Philipp, abordar la lancha del almirante. De ahí, derechos al embarcadero, para esperar a que del Horch imperial descendieran el Prinz, su aide-de-camp y un Kapitänleutnant muy joven, que sería otro príncipe, o un duque, o alguien de similar calaña. El Prinz vestía de impecable Großadmiral, y sus acompañantes iban, cuando menos, de medio pontifical. A Wichelhausen le resultaba un punto acomplejante su muy sobria facha, pues por no tener no tenía ni bicornio, aunque a un humilde alférez de navío no se le podía pedir más. Así, en una pausada travesía —se pretendía que a Seiner Hoheit el Prinz Heinrich no le alcanzara una gota de agua—, ganaron el través del Inflexible, donde aguardaban, solemnes, un almirante inglés con larga experiencia en pisar moquetas palaciegas —más que de hollar cubiertas, había murmurado el maligno aide-de-camp— y los integrantes de su Estado Mayor, donde solo disonaba Conyngham-Denison. La visita comprendía un paseo por una cubierta que había ya perdido el tono tostado de la teka calafateada con alquitrán. La del Goeben aún lucía un vistoso color canela, pero la del Inflexible, tras cinco años de servicio, se había vuelto indisimuladamente gris.

El grupo británico —almirante, aide-de-camp y comandante de la nave— y el alemán —príncipe de sangre real, aide-de-camp, contralmirante y comandante del Goeben— se habían retirado a la cámara del almirante para tomar un té que ya duraba media hora, y más que duraría, susurraba Conyngham-Denison en la oreja de Wichelhausen, según paladeaban sendas indian tonic water acodados en un respiradero de la toldilla. De ahí saltaron a comparar las vidas en los cruceros de batalla británicos y en los alemanes. El resultado era favorable a la Royal Navy. Las cabinas de los oficiales eran más grandes, la comida era mejor, ni a los oficiales ni a la marinería se les torturaba con ceremonias religiosas, era posible usar las cubiertas para juegos y deportes y, lo mejor, tanto en su atracadero de Malta como en los puertos que visitaban la vida social era intensa, tanto que rara era la semana sin un banquete seguido de baile de gala en la toldilla.

La del Goeben no se podía comparar; Wichelhausen lo explicaba de un modo parcial, pues de tamaños de cabinas y calidad alimenticia prefería no decir nada, no fuese a incurrir en alta traición. Él, como no pocos a bordo, llevaba fatal la pía personalidad de Trummler y de Philipp, que los domingos congregaban a todos para forzarles a tragarse un sermón insufrible. Usar las cubiertas para deportes como fútbol, o críquet, o lawntennis, o croquet, o incluso golf —limitado al putter—, estaba permitido en los capital ships mientras estuvieran fondeados, pero esa exquisita permisividad ni se la planteaba el Almirantazgo alemán, porque al ser una marina de aguas territoriales, no pensada para salir al mar a otra cosa que no fueran maniobras o buscar batalla, nadie pensaba en actividades que no fueran las tablas de gimnasia con que a diario se les torturaba. Y algo de boxeo, también. En conjunto, nada que alegrase la tediosa vida de la tripulación. Eso se vio agravado durante la estancia frente a Constantinopla, unas veces ante Karaköy, otras junto a Kabataş, algunas delante de Üsküdar y las menos en Kadikoy, si bien durante las últimas semanas, y por recomendación de Humann, apenas se movieron de Kumkapi, donde los buques que se dirigían al mar Negro esperaban al práctico sin el que nadie osaba entrar en el tenebroso Boğaziçi. La consecuencia fue que, salvo en los permisos, la tripulación se aburría poco menos que a morir. La toldilla del Goeben seguía virgen de banquetes y de bailes, y al paso que iban así seguirían ad æternum, comentaba Wichelhausen a su nuevo amigo inglés, el cual asentía con simpatía. La propia que suelen sentir, los unos por los otros, los oficiales de información de veintitrés años mal cumplidos.


A la cena solo asistían Trummler y los oficiales del Estado Mayor. Estos guardaban silencio, a la espera de que aquel se dignase contarles qué tal les había ido, a él y al Prinz Heinrich, en su té con Milne. Un silencio que ya se hacía incómodo cuando, justo en el postre, Trummler, al fin, abrió su boca y habló.

—No he visto jamás un mando superior tan pagado de sí mismo, tan frívolo, tan indiscreto y tan inadecuado para mandar una escuadra tan poderosa como la suya. Lo que cuentan de Milne sin duda es cierto: lo suyo es navegar sobre la moqueta de los palacios, la hierba de los campos de golf y los mármoles de los salones, no sobre las cubiertas de las naves de batalla. El Prinz Heinrich dice que cuando Fisher, el padre de la moderna Real Navy, supo hace seis meses que Churchill le daba la BMF, entró en erupción. Conocía bien a Milne, pues le tuvo a sus órdenes cuando mandaba la BMF, hace diez años. Ya entonces le tenía por un fantoche que si ascendía y ascendía, era gracias a su amistad con la reina Alexandra, la esposa de Eduardo VII Era tan estrecha que le trataba de Arky-Barky. Según dicen, se corría de gusto cada vez que Milne le dedicaba una orquídea. Sí, no pongan esas caras —el alzamiento de cejas era general—; es que las cultiva; se le dan bien, tanto como las señoras. El tipo, en verdad, responde como pocos a la facha de un almirante de opereta: de poca tripa, conserva casi todo su pelo y lo lleva como la barba, teñido en una interesante mezcla de caoba y gris plata. Todo esto, a nuestros efectos, no cuenta. Lo que sí cuenta es que todas esas cosas que nosotros valoramos, como el entrenamiento y las maniobras, a él le tienen sin cuidado. Lo que le gusta es llegar a un puerto elegante, como Niza, Venecia o Montecarlo, y decir al cónsul que organice un banquete a bordo para estrechar relaciones con las fuerzas vivas, seguido de baile de gala. El otro se queda sin culo a fuerza de invitar a todo el mundo. A los tres o cuatro días, que Milne no ha pasado a bordo, pues siempre hay cosas interesantes que hacer en tierra, se celebra el tal banquete seguido del consabido baile, y hasta otra, pues el Inflexible zarpa justo al amanecer. En fin, que un almirante así, lo menos parecido a un Collingwood, es lo que mejor nos vendría tener enfrente cuando empiecen los cañonazos.

El espíritu de la mesa empezó a relajarse. La última época de Trummler era complicada, pues seguía delicado del estómago, pero el haber dejado atrás la fastidiosa reunión con Milne y el Prinz Heinrich hacía que su alma respirara en paz, y con ella las de todos los a sus órdenes. También le alegraba saber que un buen amigo, el vicealmirante Hugo von Pohl, acababa de ser designado jefe del Estado Mayor de la KM. Sería su jefe directo, concluyendo así su etapa de confesarse con Von Tirpitz, de trato muy difícil. Von Pohl era un marino de convicciones parecidas a las suyas, de modo que su vida sería más fácil, causa final de su buen humor. De ahí que sus oficiales casi aplaudieran al oír que antes de volver a Istanbul tocarían en Brindisi, para dejar allí al Prinz Heinrich y para repostar de casi todo, empezando por el carbón. También se aprovisionarían de fruta, verduras, legumbres y, sobre todo, pasta. Spaghettini, tortellini, fettuccini y todos los ini que vendieran en Brindisi. La dieta de la tripulación le daba igual, pero no que su médico de Constantinopla le aconsejara ingerir mucha pasta, para estabilizar su estómago. Por lo visto, y si se cocinaba de un modo sencillo, al dente, no había nada mejor para una víscera tan levantisca como la suya, de modo que su Estado Mayor pasó a tenerlo claro; en cosa de pocos días, su dieta sería de pasta, más pasta y mucha más pasta. Bien, se decía Wichelhausen con su invencible optimismo: mejor que la basura que los contramaestres adquirían en los mercaduchos cercanos a Eminönü, donde jamás podía librarse de ser su intérprete, sí que sería.

El buque del diablo
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