Martes, 11 de agosto de 1914
Habían anclado en la bahía de Karabiga, cincuenta millas al este de Çanakkale, ya en el mar de Mármara. Era donde les indicó Enver Paşa que lo hicieran en su mensaje de bienvenida. Souchon suponía que si se les ordenaba dejar Çanakkale sin seguir hacia Istanbul era porque allí, en el pequeño puerto del estrecho, se habían juntado varios cargueros franceses e ingleses. En Karabiga no se les aproximaría ningún buque hostil, pues un par de torpederos otomanos sellaban la bahía desde nada más fondear los buques alemanes. Allí les esperaba un vapor también alemán, de nombre Corcovado, despachado por Humann para llevar a Istanbul al Konteradmiral y a su Estado Mayor. En él supo Souchon, vía Von Pohl, que el káiser le manifestaba el más alto reconocimiento por su proeza. También, esta vez desde la radio del Goeben, que los oficiales de los torpederos otomanos decían que una gran fuerza naval británica se había concentrado, durante la noche, ante la boca de los Dardanelos.
El Corcovado fondeó frente a Karaköy a las siete de la tarde. Souchon y sus hombres embarcaron en la motora del embajador, el cual sería su anfitrión aquella noche y quizás unas cuantas más. Cenarían con él, con Humann y con el Generalleutnant Otto Liman von Sanders, comandante de la misión militar alemana. Ya en la mesa, Wangenheim anunció que se avecinaban novedades. Unas creía saberlas, pese al riesgo de que a última hora Enver Paşa cambiara de opinión. Las otras solo las intuía. Si se aceptaba que solo eran opiniones de diplomático avezado, y no verdades reveladas por el Altísimo, las explicaría. Liman von Sanders y Souchon asintieron, invitando al embajador a seguir. Comenzó remontándose a mediados de julio, cuando el equilibrio de influencias ante Said Halim, los Paşas, el gobierno y el presidente de la cámara Halil Bey era favorable a Inglaterra por una suma de razones, siendo las principales el colosal endeudamiento del Imperio otomano con los bancos británicos, la gran ascendencia de Sir Louis Mallet sobre Said Halim y la opinión favorable de los altos mandos de la Marina, gracias a la próxima entrega del Reşadiye y del Sultân Osmân-i Evvel. Un equilibrio que comenzó a resquebrajarse a raíz de la información que hizo llegar él a Enver Paşa, la de que Churchill se quedaba con los acorazados otomanos. Según pasaban los días, y dado que Armstrong-Whitworth y Vickers demoraban las entregas sin dar explicaciones convincentes, la inquietud primero, y la indignación después, calaron en el ánimo de los ministros anglófilos: Said Halim Paşa —gran visir y Asuntos Exteriores—; Çürüksulu Mahmud Paşa. —Obras Públicas—; Ibrahim Hayrullah Bey —Justicia—; Ahmed sükrü Bey —Educación—; Ürgüplü Mustafá Hayri —Religiosidad—; Oskan Mandikyan —Comunicaciones—; Mehmed Djavid Bey —Finanzas—; Süleyman el-Bostaní Bey —Comercio— y Mehmed Celai Bey, de Agricultura.
Cuando el 28 de julio se supo que el Reşadiye y el Sultân Osmân-i Evvel pasaban a llamarse HMS Erin y HMS Agincourt, el nivel de rabia que ya sentía el gobierno alcanzó cotas homicidas. Lo estimulaban los Paşas, dispuestos a no desperdiciar la magnífica oportunidad de forzar al gran visir, y al resto del gobierno, a unir su suerte a la del Deutsches Reich. Así, bastaron seis días para negociar y firmar con Wangenheim un tratado de defensa mutua. No se hizo público en espera del Goeben y el Breslau, cuya presencia era necesaria para inflamar el orgullo nacional. Un sentimiento, gracias a la excelente propaganda de los Paşas, que clamaba por ahorcar a los ingleses presentes en Istanbul. La llegada de los barcos alemanes, que pronto serían otomanos, devolvería el tal orgullo al más alto nivel.
—Los Paşas supieron de la llegada de sus buques cuando el General retransmitió un mensaje suyo —por Souchon—. Si entonces no acordaron dejarles pasar fue porque temían complicaciones con el gran visir. Cuando recibimos los siguientes, el de Von Pohl y el suyo —de nuevo por Souchon—, me fui por Enver Paşa y no me moví de su despacho hasta que les envió el torpedero. Volví a la embajada, preocupado por el futuro de los barcos una vez llegasen aquí, cuando nos llegó el último de sus radiomensajes. Volví disparado al Ministerio de la Guerra, porque Ismail vive ahí entre semana. La idea le gustó, aunque solo se comprometió a pensársela. La decisión la tomaron esta mañana. Él, Cemal, Talat y Halil Bey. También acordaron anunciar los nuevos nombres de los buques, y que, al no haber aún regresado las tripulaciones enviadas a recoger los acorazados expoliados, los marinos alemanes permanecerían a bordo del Yamz Sultán Selim, un tipo importante de la historia otomana, y el Midilli, el nombre turco de Lesbos. Tras eso urdieron una gran ceremonia propagandística, según la cual el gran visir y sus secuaces abordarán el Yavuz Sultán Selim una vez llegue a Karaköy, para recibir de usted —otra vez por Souchon—, y de mí —se señalaba con el dedo—, las prodigiosas naves. Se colgarán de las aletas los rótulos arábigos que ya nos habrán hecho llegar y habrá sesión fotográfica para la prensa nacional, la extranjera y, sobre todo, la británica, por simple recochineo. Cada uno de ustedes deberá sustituir su gorra de la KM por el fez de la oficialidad otomana. Desde ahí serán ustedes —por los oficiales de la KM— jefes y oficiales del Estado Mayor de la Marina otomana, con un grado ascendido en un nivel al que tuvieran en la KM. Cobrarán con acuerdo a ese grado sus haberes otomanos, aunque al tiempo seguirán percibiendo sus salarios alemanes; no se hagan ilusiones porque sus colegas otomanos ganan muy poquito, dejando aparte que jamás saben cuándo recibirán sus lamentables pagas. Por último, desde ahí estarán a las órdenes directas del comandante en jefe de la armada otomana.
—¿Usted le conoce? ¿Qué tal es?
—Le diría que se trata de un caballero estupendo, formidable, pero como es usted prefiero ahorrarme los elogios.
Souchon, perplejo, se lo pensó unos segundos.
—¿Habla en serio?
—Como jamás en mi vida. Los otomanos no saben operar un buque de batalla en tiempo de guerra, y entra en lo posible que no tarden mucho en verse metidos en una. Esto, de todos modos, ya entra en el campo de la especulación. Solo puedo avanzarles que mañana está usted citado —por Souchon—, conmigo y con Humann, en el Ministerio de la Guerra, donde se reunirá con los tres Paşas. Debo advertirle que, si bien Enver habla un alemán casi perfecto y el inglés de Cemal es bueno, Talat no sabe una palabra ni del uno ni del otro. Desde aquí todo es profecía, pero sintetizando a la esencia intuyo que tienen por delante —señalaba no solo a Souchon, sino a su Estado Mayor— un trabajo tan ímprobo como urgente. Los Paşas están dispuestos a ir a la guerra contra Rusia, y si se tercia contra Francia e Inglaterra, pero no se atreverán mientras no cuenten con una Marina como Dios manda, y eso dependerá de ustedes. Les sugiero, en consecuencia, que se lo vayan pensando.
Una noticia fantástica, tanto si era para bien como si era para mal, aunque los presentes no la pudieron valorar porque de nuevo el embajador Wangenheim abría su boca.
—Este palacio no solo es grande, sino que la última planta viene a ser como un hotel, llena de habitaciones. A efectos prácticos les propongo quedarse, para que mañana empecemos pronto con nuestros amables anfitriones. Por lo demás, mi querido Liman von Sanders, si usted y sus oficiales desean volver a sus piezas en el Pera Palas Oteli no tengo inconveniente, aunque me gustaría que se quedasen a cenar con nosotros. Sería una buena ocasión para que ustedes —por el Generalleutnant y el Konteradmiral— intercambiaran impresiones. ¿Les parece bien? —Todos asintieron—. Bien, pues hagan el favor de seguirme. La cena nos espera en el comedor de gala. Ya sé que detestan estas cosas tan de protocolo, pero espero comprendan que, para este pobre diplomático, la ocasión no puede ser más memorable.