Jueves, 13 de mayo de 1915

El Muavenet-i Millîye había fondeado en Soganlidere a las siete y media de la tarde, ya en plena oscuridad y tras haber franqueado los campos de minas; los minadores otomanos los sembraban de forma que los buques con calados inferiores a cuatro metros los atravesaran sin problemas, pero el del Muavenet-i Millîye era de 3,9 en vacío, y esa noche los superaba, pues navegaba con su tripulación al completo, con su máxima carga de seis torpedos de 45 centímetros y algo más de noventa toneladas de carbón. Soganlidere era una pequeña cala en el lado europeo del estrecho, a mitad de camino entre Morto y Çanakkale. Era un buen sitio para esperar a que se apagaran los reflectores británicos que cubrían la bahía de Morto, lo que solía suceder entre las diez y las once de la noche. Desde ahí ya solo deberían preocuparse de los destructores que patrullaban por la gran bahía. Protegían no solo algunas barcazas de suministros, sino un par de acorazados tipo predreadnought, fondeados allí dos días antes y cuya función era cañonear las posiciones otomanas, tanto las europeas como las asiáticas. Su tiro, dirigido desde un globo cautivo, era bueno, tanto que casi habían silenciado las baterías móviles situadas al otro lado de las colinas de Kum Kalé, así como las comprendidas entre Seddülbahir y Alçitepe.

El Muavenet-i Millîye, esa noche, se ocuparía de los acorazados. El comodoro Saffed no soñaba con cargarse a los dos; ya sería un milagro que pudiese acabar con uno, y otro mayor que volviese para contarlo. Según decía Saffed, uno era de la clase Canopus y el otro de la Duncan, los dos de 14 000 toneladas y con armamento similar: cuatro piezas del 305 y doce del 152. Su plan, previamente discutido con su segundo accidental, capitán de corbeta Wichelhausen, era sencillo: deslizarse a través de la cortina de destructores, acercarse a mil metros del primer acorazado, disparar dos torpedos, buscar al segundo, lanzarle su tercer torpedo —Llevaba tres más, pero el tiempo necesario para recargar los lanzadores era mucho más del que podría permitirse con media docena de destructores persiguiéndole— y escapar a su máximo andar de veintiséis nudos, mucho menos de lo que daban los más modernos de los ingleses, pero eso no tenía remedio, aceptaban él y Wichelhausen. Este se había quedado en el Muavenet-i Millîye para familiarizarse con el barco y, sobre todo, con las voces de mando turcas; a la vuelta se haría cargo del Cayret-i Vataniye, donde se daría con otros noventa devotos del Corán. Los alemanes a bordo, los de plantilla, eran cinco especialistas en unas máquinas que no estaban en buena forma, pero esa noche había tres más: el Kapitänleutnant Rudolph Firle y dos suboficiales torpedistas. Firle era un oficial de larga experiencia en torpedos, tanta que Saffed no sufrió demasiado en su orgullo cuando Raouf Orbay le hizo saber que aquella operación irrepetible, porque si algo era seguro era que los ingleses no volverían a dejarse sorprender, debería ser ejecutada con las mayores garantías de acierto posibles.


Dejaron Soganlidere al amparo de las sombras, poco antes de las siete y media. Navegaban a seis nudos, para levantar la mínima onda de cabeza y evitar que sus reflejos fueran vistos por los destructores enemigos; era, por desgracia para el Muavenet-i Millîye, una noche de media luna, ni menguante ni creciente, y su albedo, aun siendo nada más el nueve por ciento del de la luna llena, era suficiente para provocar un brillo que, si bien mínimo, haría sospechar a un vigía experto, y los ingleses solían serlo. Saffed, aun así, no temía que la indiscreta luna iluminase su bien oscurecido barco, ya que habían dejado Çanakkale vistiendo una fea librea gris oscura, casi negra. De día incrementaba en gran medida lo tétrico de su silueta —los torpederos alemanes de la cosecha de 1908 no pasaban ni por airosos ni por elegantes—, pero de noche lo volvía poco menos que invisible.

Los destructores ingleses no eran invisibles. Sus mandos no se molestaban en camuflarlos, al menos en cuanto a tonalidades, o patterns como se decía en la Royal Navy, según explicaba Firle hablando muy bajo. Lo más que había visto en cuanto a camuflajes británicos, en los tres meses que llevaba en los Dardanelos, eran los disruptores que colgaban entre las chimeneas. Su propósito era dificultar la medición desde los telémetros del enemigo, que suponían de coincidencia, como los suyos. El concienzudo estudio de los hombres de Limpus, durante sus muchos meses en Istanbul, les habría convencido de que la Marina otomana no disponía de otra cosa, incluyendo a sus anticuados acorazados de origen alemán. No debían de saber que los torpederos de la clase Muavenet-i Millîye los montaban estereoscópicos, como los del Yavuz Sultán Selim y el Midilli, y a sus ópticas, mucho más perfeccionadas que las británicas, los colgajones entre chimeneas no les afectaban. Eso lo decía no porque pensaran combatir al cañón, sino para explicar la razón de que los ingleses no camuflaran sus buques para combate nocturno. A eso se debía que los cinco destructores que llevaba contados lucieran la elegante librea haze grey —gris bruma—, gracias a lo cual se les veía sin problemas. Así, con suaves golpes de timón según los esquivaban, poco a poco ganaban su objetivo: un acorazado que Wichelhausen identificaba como Goliath; un buque grande, de ciento treinta y dos metros de eslora y quince años en sus cuadernas, pero modernizado en 1907 y aún en buena forma, o eso decía el Jane’s.

Firle había sujetado su telémetro desmontable a la barandilla del puente. No era la primera vez que disparaba un torpedo desde un groflestorpedoboot del tipo 1908, y por eso prefería sus instrumentos a los de la nave. Cantaba las distancias en tono apenas audible para Wichelhausen; este se había prestado para el trabajo y así liberar a uno de los suboficiales, que junto con el otro se ocupaba de orientar 90° a estribor los tres tubos lanzatorpedos. Saffed los miraba más con admiración que con envidia, las propias de un buen oficial que se sabía incapaz de hacer lo mismo, al menos con la frialdad de aquellos dos. «Así segundo a segundo, llegaron adonde querían sin haber sido detectados» bajo una luna que se cubría por momentos, sobre unas aguas muy tranquilas y con ningún destructor a menos de tres mil metros. Al otro acorazado, el Cornwallis, le sabían inalcanzable, pues había fondeado, al otro extremo de la bahía. Una pena, pero los tres torpedos, qué remedio, se los quedaría el Goliath.

—Distancia, mil metros. Permiso para disparar.

Wichelhausen lo repitió a Saffed en un turco excelente. Este, que se moría de impaciencia, respondió al momento.

—Top ateşi!

Eso no tendría significado para los suboficiales encaramados en el montaje, aunque sí la inmediata traducción:

—Los!

Un segundo después resonó el chasquido de la impulsión por aire comprimido del primer torpedo, seguido por el fuerte sonido de su caída en el agua. Los otros dos siguieron al primero en intervalos de cinco segundos. Suponiendo que los destructores enemigos no escucharan eso, dispondrían del minuto y cuarto que tardaría el primer torpedo en alcanzar el costado del Goliath para salvar el pellejo, y a eso se puso Saffed, pues esa parte del ataque la tenían discutida y acordada:

—¡Todo a babor! ¡Avante toda!

Aquello sin duda lo entendía el timonel, pero en la sala de máquinas quizá no fuese así. Wichelhausen, al menos, no lo daba por seguro, ya que al frente de las dos calderas y las dos turbinas se hallaban excelentes suboficiales alemanes que quizá no entendieran el turco de salir pitando. De ahí que, acercándose al tubo neumático casi al punto de besarlo, gritase:

—Hart backbord! Volle Fahrt voraus!

Eso sí funcionó. Lo supieron al sentir que el Muavenet-i Millîye respingaba sobre una mar que seguía lisa cual espejo, escorando a estribor según el barco buscaba el nuevo rumbo, el que le haría pasar entre dos destructores británicos separados entre sí unos tres mil metros. Firle y Wichelhausen, pese a lo dramático del momento, seguían pendientes del Goliath. La estabilización del rumbo coincidió con la primera explosión, entre la torre A y el puente, a la que siguió la segunda, entre las dos chimeneas, y la tercera, contra el trípode de popa. La primera parecía la más letal, ya que hacía volar la torre proel, acompañada de grandes pedazos del puente. Wichelhausen con sus prismáticos, Saffed con los suyos y Firle con su telémetro, los rostros iluminados por un resplandor deslumbrante pese a los mil y pico metros de distancia, contemplaban cómo sucesivas explosiones se apoderaban de un desventurado man o’war que, ardiendo en pompa, escoraba de un modo vertiginoso hasta quedar con el pantoque al aire, momento en el cual una última explosión, aún más potente, acabó de hacerlo pedazos.

—¿Hora?

—La una y diez. Herr Kommodore.

El comodoro Saffed volvía sus prismáticos al destructor de más a estribor, que había encendido sus reflectores al tiempo de aumentar la velocidad. El otro parecía distraído, porque reaccionaba muy despacio. En cualquier caso, la via de huida parecía despejada, se decía Wichelhausen sintiendo en la cara las primeras gotas de agua, las de una onda de cabeza tan formidable que alcanzaba el puente, lo cual indicaba que daban más de los veintiséis nudos oficiales. Los especialistas de la KM, que sabían lo que se jugaban, sin duda echaban el resto, pues la sensación que transmitían las vibraciones y los retemblores del barco, a la sazón dando machetazos —las aguas del estrecho no estaban tan calmadas como las de la bahía—, no eran las de un barquichuelo marchando a veintiséis nudos, sino a mucho más.

—¿Cuánto vamos dando?

El segundo de Saffed, tan otomano como él, tardó un poquito en responder; no eran cálculos sencillos.

—Treinta nudos, Komodor.

«Bien por Schichau-Werft», se decía Wichelhausen intuyendo que Saffed se decía lo mismo, pero ahí un primer fogonazo le devolvió a la realidad inmediata y al peligro inminente.

—El Jed nos dispara.

Firle había identificado al destructor inglés. No era la primera vez que lo veía. Una buena noticia, pues los River, que eran doscientas toneladas más pequeños, estaban peor armados y, lo más importante, no daban más de veinticinco nudos. El otro, a saber, pero el HMS Jed sin duda no les perseguiría.

—Me parece que no nos ve.

Saffed lo decía porque la luna, pese a su modesto albedo, había iluminado el pique lejano de una granada de 76 milímetros.

—¿Respondemos, mi comandante?

—No. Solo conseguiríamos que nos viera. Mejor que siga tirando sin saber adónde.

Otro fogonazo, pero no de granada. Era una bengala.

—Ahora sí que nos van a ver. ¿Por dónde anda el otro?

—Muy lejos. Herr Kommandant.

El Jed volvió a disparar, pero lo hacía en caza, con solo su cañón proel. Salvo que los dioses se aparecieran a su director de tiro, de ningún modo los iban a centrar.

—Muy corta y a estribor.

—¿Distancia?

—Seis mil.

Lo había cantado Firle, que seguía enfocando al Jed con su telémetro. Wichelhausen lo tradujo al Kommodore, que asintió con evidente alivio.

—Fije rumbo a Çanakkale. Por hoy ya hemos cumplido.

Mientras el primer oficial transmitía las órdenes al timonel, los tres oficiales, Saffed, Firle y Wichelhausen, se miraban, sonrientes. No solo por la satisfacción del deber cumplido. Intuían que aquella catástrofe, porque si algo estaba claro era que su blanco, el Goliath, se había llevado con él a la mayor parte de su tripulación, alguna repercusión tendría en la marcha de la guerra. En cuanto a lo que pudiera suponer en sus respectivas carreras, algo habría, también. Al menos, para Saffed.

El buque del diablo
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