Sábado, 8 de abril de 1916
Cenaban, en un reservado del Pera Palas, Von Usedom —recién ascendido al empleo de Admiral—, Souchon —aún fresco su ascenso a Vizeadmiral—, Ackermann, Madlung, Humann, Wichelhausen —lucía su flamante Ek1, otorgada días antes por la acción contra el Imperatriza Jekaterina Velikaja— y el Kapitänleutnant Konrad Gansser, comandante de un U-33 amarrado en Ístinye desde hacía cuatro días. El plan de Gansser era zarpar a la mañana siguiente, franquear los Dardanelos y volver al Adriático. Estaba en Ístinye para rearmarse tras haber consumido sus seis torpedos en cinco semanas de operaciones en el mar Negro; también, para dar un descanso a la tripulación, la cual, unas cosas con otras, no pisaba tierra firme desde hacía ocho meses, los que se pasaron en el Atlántico, el Adriático, el Jónico y el Egeo. En febrero recibieron orden de incorporarse a la fuerza del Vizeadmiral Souchon, para ser el primer U-Boot de la MD capaz de atravesar los Dardanelos y el Bósforo. Según explicó Souchon, la MD pronto contaría con submarinos costeros, del tipo UB-1; llegarían por tren, desmontados; una vez ensamblados en Ístinye operarían en el mar Negro. Los UB-1 carecían de la potencia necesaria para vencer las corrientes de los estrechos. El Bósforo lo franquearían remolcados. Los Dardanelos no se consideraban, porque no se pensaba emplearlos en el Egeo. A todo eso se debía, concluyó Souchon, que mientras llegaran los UB-1 se asignasen a la MD dos submarinos oceánicos, el U-33 y el que le reemplazaría semanas después, el U-38.
El Kapitänleutnant Gansser tenía treinta y cuatro años, combatía desde octubre de 1914, había visto la muerte varias veces y no sentía simpatía por los elegantes colegas de las grandes naves. Aceptaba que de vez en cuando pegaban algún cañonazo, y que los hundidos con sus barcos, los camaradas del Scharnhorst, el Gneisenau y el Blücher, eran dignos de respeto, pero los exquisitamente corteses que cenaban con él, todos ellos limpios, atildados y planchados a mejor no poder, le parecían unos paniaguados. Su mayor mérito, que supiera él, no era otro que haber esquivado a la BMF, más un par de duelos artilleros con unos barreños rusos que no pasaban de ser basura flotante y de los que, además, habían escapado a todo andar nada más ver caer sus granadas de gran calibre. Gansser era un tipo ecuánime, defecto habitual en el arma submarina, de modo que repartía sus prevenciones de un modo equilibrado; solo sentía más antipatía de la normal por el único de igual empleo al suyo, el sentado frente a él. Ignoraba qué méritos acumuló para lucir una Ek1, y menos aún a qué se debería que, siendo a todas luces un oficial de opereta, luciera con veintiséis añitos los mismos distintivos que adornaban sus raídas bocamangas, las de una guerrera con dos años de combates en sus entretelas y que de tanto como brillaba, por lo mal que se la planchó él mismo, parecía deslumbrar a su elegantísimo colega.
—Háblenos de lo que ha vivido en el mar Negro, Kapitänleutnant. Nos morimos de curiosidad.
El Admiral Usedom se mostraba imponente. Impecablemente uniformado, además de sus numerosas condecoraciones lucía en el pescuezo la Pour le Mérite con hojas de roble, la clase de distinción por la que ningún oficial alemán vacilaría en jugarse la vida. También era verdad, bien lo sabía Gansser, que no pocas se concedían como recompensa del káiser por a saber qué hazañas oscuras, y en lo que sabía de Usedom no creía que se hubiera visto muchas veces ante cañones enemigos ni en misiones más peligrosas que la de mandar durante años el yate real, el precioso SMS Hohenzollern, pero el caso era que, visto en conjunto, Guido von Usedom impresionaba.
—No fue un crucero apasionante. No vimos ningún buque de guerra, para empezar. Hundimos nueve barcos, todos rusos salvo uno belga. De todos ellos solo uno era grande; unas ocho mil toneladas, estimé. Avanzaba despacio al largo de Rize, en el extremo de más al este de la costa de Anatolia. Remolcaba lo que parecían barcazas de desembarco, de quilla plana. Nos quedaban dos torpedos, y fueron para él. Fallamos el primero, pero con el segundo lo partimos en dos. Los otros ocho eran cargueros, aunque pequeños. A cuatro, los vapores, los atacamos con torpedos. Los demás eran veleros. Los hundimos al cañón. Me temo que no puedo contar más, al menos de interés.
—¿Qué día hundieron al que se partió en dos?
—El 30 de marzo.
Souchon torció el gesto; a Usedom no le sorprendió.
—Los rusos perdieron ese día frente a Rize un buque hospital de nombre Portugal. Dijeron que remolcaba lanchones cargados de soldados heridos. Hablan de quinientos muertos, o alguno más. Dijeron también haber visto un periscopio.
El Kapitänleutnant Gansser tardó un poquito en responder; se notaba que se pensaba las palabras.
—Lo que vi por el mío no mostraba indicativos de buque hospital. Las órdenes del arma submarina son respetar la convención de La Haya y en caso de duda retirarnos. El aspecto del buque, y lo estudié no menos de media hora, era el de un transporte de tropas pintado de gris bruma, el mismo color de los torpederos rusos, que remolcaba lanchones de desembarco.
—¿Hizo alguna fotografía?
—No, Euer Exzellenz —por Usedom, que había recuperado la palabra—. No tenía con qué.
Wichelhausen se decía que su colega de igual empleo lo estaba pasando mal. Se notaba en que había comenzado a sudar sin disimulo, hasta el punto de que la calva le relucía.
—No se preocupe. Fuera o no un buque hospital, los rusos habrían debido identificarlo mejor. Por lo que sabemos, no se preocupan de adecentar sus barcos. Ni siquiera los nuevos.
—Eso es muy cierto. —Wichelhausen pretendía echar una mano al acosado colega, y para eso nada mejor que cambiar de tema—. Cuando nos topamos con el Imperatriza Jekaterina Velikaja, me asombró la cantidad de óxido y herrumbre que lucía en las amuras y en la torre proel. Si son tan descuidados con el orgullo de su flota, el buque insignia del Admiral Eberhardt, es para preguntarse cómo tratarán a sus demás barcos.
—Isendahl dice que Eberhardt tiene los días contados. Según parece, se le reprocha su exceso de cautela.
Usedom parecía entrar al trapo. A Wichelhausen le pareció percibir un suspiro de alivio en su colega Gansser.
—¿Algún rumor sobre quién le sustituirá?
—Las apuestas están en favor de un tal Alexander Kolchak. Solo tiene cuarenta años y aún es contralmirante, pero todo indica que de audacia va sobrado. Hace diez conducía exploraciones por el norte de Siberia, tratando de llegar al polo. Si le dan la flota del mar Negro van ustedes a tener —por Souchon y Ackermann, a los que señalaba con el dedo— un enemigo más peligroso que Eberhardt. Para empezar, es veinte años más joven. Eso, mucho me temo, se traslucirá en unas mayores ganas de combatir. En una mayor agresividad.
La conversación había vuelto a relajarse. Gansser lo atestiguaba sudando un poco menos. Su mirada se cruzó con la de Wichelhausen, lo que aprovechó este para guiñarle un ojo, el que no veían los almirantes. Gansser le devolvió una sonrisa. El altísimo colega —los hombres del arma submarina eran uniformemente bajitos— había empezado a caerle bien.
—¿Podría saber qué cosa es un Yavuz Sultán Selim?
A Gensser le sorprendió la general carcajada. Incluso el de natural muy serio Usedom se sumaba. Era la clase de pregunta que invariablemente hacían los que venían del Reich, aunque salvo explicar que se trataba de un emperador otomano, importante en la historia del Imperio, no solían decir más, principalmente porque si alguna vez los oficiales turcos les dieron más detalles se les habían olvidado. No era el caso de Wichelhausen, aunque no porque hubiera prestado más atención, sino porque Frau Wichelhausen se había molestado en estudiar la historia del individuo, para horripilarse un poquito.
—Selim I reinó entre 1512 y 1520. Coetáneo del Herzog Frederick von Saxony, el último gran maestre de los Deutschritters, para que te hagas una idea —el tuteo no fue accidental; era una oferta de amistad, del todo natural entre oficiales del mismo empleo—. Subió al trono con cuarenta y dos años, consciente de que sufriría cierta oposición, pues sus hermanos se consideraban con mejor derecho. De ahí que tomara una medida tirando a drástica, incluso para esos tiempos: cargárselos. Una vez limpiado el horizonte de parientes antipáticos, se lanzó a la guerra de conquista. Ocho años después había ensanchado a más del doble los límites del imperio. Tenía la salud resentida y sabía que no viviría mucho. Uno de sus hijos, Süleyman, apuntaba buenas maneras, y lo eligió como heredero. El problema era que tenía unos cuantos más, consecuencia de haber padecido tres esposas, y todos ellos opinaban muy bien de sí mismos. Para Selim era claro que a su muerte se organizaría una lucha encarnizada por el trono, de modo que, antes de anunciar que su heredero sería Süleyman, apresó en un golpe de mano a todos sus hermanos y los pasó a cuchillo, sin dejar uno. Así Süleyman podría reinar con el horizonte despejado desde su primer día en el trono. Semanas después dejó de fumar, y así pasó a la historia como Yavuz Sultán Selim, o Selim I el Implacable. Ya ves, un tipo digno de dar su nombre a un crucero de batalla.
—¿Yavuz significa implacable?
El que preguntaba era Madlung. Era el que menos palabras turcas conocía. En general se pensaba que ninguna.
—El Orta Türkçe es impreciso. «Implacable» es lo más cercano al espíritu con que le pusieron el apodo, pero también significa bravo, severo, despiadado, valiente y no sé cuántas cosas más.
—Un bello relato, Wichelhausen. Celebro que sea tan aficionado a las cosas otomanas. Humann, ¿vería usted posible que nos sirvieran coñac? Y que dejen aquí la botella, también.
Wichelhausen sonrió para sí. Aquella era la forma en que los almirantes alemanes daban por terminadas las cosas serias. Desde ahí las cenas se volvían actos en lo que no se pretendía mucho más que olvidarse de la guerra, siquiera un ratito.