Un descubrimiento
El viernes llegué a casa y metí la llave en la cerradura de la puerta principal, pero no estaba cerrada con llave. Creí que se me habría olvidado echarla al salir hacia la escuela aquella mañana, y me alegré de que Padre todavía estuviese en el trabajo y no se hubiera enterado. Fui a la cocina y me preparé un bocadillo y un vaso de zumo de naranja y subí a mi habitación.
Llegué al rellano; iba concentrada en que no se me cayeran el bocadillo y el zumo y pensando en el paseo en globo aerostático que iba a dar con Padre, y por eso tardé en advertir que la puerta de mi habitación estaba entreabierta. Cuando lo hice, me dio un vuelco el corazón. Empujé la puerta y vi dos cosas.
Lo primero, a Padre sentado en la cama. No levantó la cabeza, tenía la cara colorada y arrugada como si acabara de despertarse y olía a cerveza. Lo segundo, que Padre tenía mi diario en las manos. Entonces toda la habitación salió disparada hacia atrás y Padre y el diario salieron disparados hacia delante. Me oí preguntar:
—¿Cómo es que no estás en el trabajo?
—Ya no hay trabajo —respondió, y cuando levantó la cabeza vi que tenía los ojos llorosos y entornados—. Han despedido a dos mil empleados.
—¿Qué?
—Han cerrado la fábrica.
—Pero si acababais de volver —dije pestañeando.
—La huelga ha acabado con nosotros. Hemos perdido a la mitad de nuestros clientes.
—Pero volverán a abrirla.
—¡Qué sé yo! Dímelo tú. Al fin y al cabo, tú eres la que tiene poderes mágicos, ¿no?
Sentí que me mareaba.
Padre rió.
—Además, supongo que ya lo sabías. A lo mejor fuiste tú la que cerró la fábrica. ¿No es a eso a lo que te dedicas? Haces que ocurran cosas. ¡Y luego lo escribes en tu condenado diario! —Al pronunciar esas dos últimas palabras se levantó y se golpeó la cabeza con el globo aerostático, y la habitación osciló—. ¡Y yo que creía que Doug me la tenía jurada porque iba a trabajar! —gritó—. ¡Que los problemas que teníamos en casa se debían a la huelga! ¡Que sólo eran chiquilladas! ¡Me prometiste que te olvidarías de los milagros, Judith! ¡Me diste tu palabra!
Se acercó y vi las venillas de sus ojos.
Dejé el plato y el vaso y me quedé mirando el bocadillo porque no podía mirar a Padre.
—¡Te avisé, Judith! Te avisé y te avisé, te dije que lo dejaras… —Se le quebró la voz, se sentó en la cama y empezaron a temblarle los hombros.
—Lo único que hice fue tener fe —dije, y mi voz sólo era aire—. El resto lo hizo Dios.
—¡Al cuerno con Dios!
—Yo sólo quería ayudar.
Padre se levantó. Parecía un perturbado. Dijo:
—Esto es lo que pienso de tu ayuda. —Cogió mi diario y le arrancó las tapas. Intentó romperlo por la mitad, pero el lomo era demasiado fuerte y se doblaba hacia un lado y otro. Eso enfureció aún más a Padre. Empezó a arrancar páginas a puñados; le temblaban las manos. Cuando sólo quedaban unas pocas páginas, tiró el diario al suelo y miró alrededor.
Supe lo que iba a pasar un segundo antes de que pasara, pero no pude reaccionar a tiempo. Me puse a chillar y me abalancé sobre Padre, pero él ya había agarrado un campo de la Tierra de la Decoración y nos llovieron encima casas y árboles y ganado. Me agarré a sus brazos, pero él me empujó y empezó a apartar ríos y castillos y palacios y pueblos y a lanzarlos por el aire. Arrancó árboles, aplastó montañas, derribó casas a puntapiés.
Me colgué de sus brazos, me colgué de sus piernas, nos caímos, él volvió a levantarse, abatió las estrellas, rompió la luna, destrozó los planetas. Golpeó el sol y la jaula se descolgó. El mar se resquebrajó con un ruido similar al de un plato al romperse y los barcos salieron despedidos. El cielo se desplomó sobre la tierra y la tierra se partió. Nos cayeron encima camas y sillas, teteras y arbustos, rosales y cuerdas de tender, molinos, horcas, budines de pasas y candelabros. Los perros de fieltro aullaban, los peces de abalorios daban coletazos, las cebras relinchaban, los leones rugían, los dragones ya no echaban fuego por la boca, los escorpiones corrían en círculo. Intenté salvarlos, pero los cogía y volvían a caérseme, y alrededor el aire estaba lleno de plumas y arcilla y alambres y cuentas y cabezas y brazos y piernas y pelo y piel y piedras y arena y alas. Y al cabo de un rato ya sólo quedaba un montón de escombros.
Padre estaba de pie, jadeando y meciéndose ligeramente. Miró alrededor y de pronto se precipitó hacia la puerta. Corrí tras él y lo oí tropezar en la escalera. Entonces yo también caí, pero no sé dónde, porque ya no había sitios, y no sé cuánto duró la caída, porque el tiempo ya no existía. La oscuridad llenaba mis ojos porque ya no había luz, y tampoco tenía sentido levantarse porque lo que había ocurrido ya no tenía remedio.