Martes
Esa tarde, cuando llegué a casa, me preparé un bocadillo y regué mis semillas de mostaza. Pensé que a lo mejor necesitaban más luz, así que las puse en el otro alféizar y apreté un poco la tierra. Entonces subí a mi habitación y me senté en el suelo ante la Tierra de la Decoración.
Consideré hacer un muñeco que representara a Neil y clavarle alfileres, pero al final me decidí por una canoa con muchos remos y seis hombrecitos con adornos de hueso en la nariz. Mi intención era que parecieran contentos, pero parecían muy fieros.
El martes Neil me miró, abrió la boca y puso los ojos en blanco. Sacó y metió la lengua varias veces seguidas moviéndola de lado a lado. Me tiró bolitas de papel que rebotaban en mi coronilla.
Imaginé piedras de granizo y bolas de fuego que bajaban rodando por las calles. Imaginé terremotos y rayos. Imaginé a gente que gritaba y edificios que se derrumbaban y ríos de lava derretida. Entonces oí una voz a mi lado: «¡Hola! ¡Llamando a Judith!»
—Muy bien —dijo el señor Davies cuando levanté la cabeza—, ahora que ya estamos todos aquí…
Neil hizo una mueca y me miró con expresión burlona.
A las once en punto fui a la mesa del maestro para que me corrigiera el trabajo. Mientras esperaba, veía moverse el ejército de pelos negros de la nariz del señor Davies y percibía el fuerte olor a tabaco que desprendía. Él me devolvió el cuaderno y dijo a la clase en general:
—Oídme todos, hay alguien que ya ha terminado.
Cuando regresé a mi asiento, Neil me siguió con la mirada.
Uno a uno, los otros alumnos fueron a la mesa del maestro para que les corrigiera los trabajos. A las once y media el señor Davies dijo:
—Vosotros tres, los del fondo: el resto de la clase os está esperando.
Entonces Neil, Lee y Gareth se acercaron arrastrando los pies a la mesa del maestro con sus cuadernos de ejercicios y se pusieron en fila.
Neil estaba justo detrás de nuestro pupitre. Oía el frufrú de su cazadora Puffa y su pantalón de chándal y percibía el olor empalagoso de su piel. Gemma le sonreía, pero yo no entendía por qué. Al cabo de un minuto oí un sonido parecido a una trompetita y me cayó una cosa en la mano. Miré y vi una masa de mocos redonda y perfecta, verde claro y bordeada de rojo. Seguramente así era la forma exacta del conducto nasal de Neil.
—¿Qué es eso? —preguntó Gemma.
—¡Qué asco! —siseó Keri.
—¡Dios mío! —dijo Rhian.
Noté que se me calentaba la cabeza. Busqué algo con que limpiarme, pero no encontré nada, de modo que froté la mano debajo del asiento; incliné la cabeza sobre mi libro y me puse a escribir deprisa sin saber qué escribía.
El señor Davies terminó de corregir el cuaderno de Gareth y empezó con el de Lee. La fila iba avanzando. Neil seguía quieto en su sitio. Lo oí sorber por la nariz para reunir los mocos. Y a continuación noté algo en mi pelo.
—¡Puaj! —dijo Gemma—. ¿Qué tienes en el pelo, Judith?
Me llevé una mano a la cabeza y la retiré pringada de una pasta verdosa. Sentí un ligero mareo. Intenté arrancar una hoja del cuaderno de ejercicios, pero me temblaban las manos y la hoja se rompió por la mitad.
—Señor, Judith ha roto su cuaderno —se chivó Neil.
El maestro levantó la cabeza.
—¿Has roto tu cuaderno, Judith?
Neil simuló cortarse el cuello con el canto de la mano.
—No lo he hecho a propósito —dije.
—Miente, señor —dijo Neil—. Lo ha hecho a propósito.
—Cállate, Neil —le ordenó el señor Davies.
—Es verdad —intervino Gemma—. Yo la he visto.
El señor Davies frunció el entrecejo.
—Me sorprendes, Judith. Los cuadernos escolares no se estropean. —Siguió corrigiendo los ejercicios de Lee.
Notaba la cabeza muy caliente. Al cabo de un momento intenté quitarme aquellos mocos con el trozo de papel, pero sólo conseguí extenderlos más.
—Señor, no quiero sentarme al lado de Judith —dijo Gemma.
—¿Qué pasa en ese pupitre? —preguntó el señor Davies.
—Judith necesita un pañuelo de papel, señor —intervino Rhian.
—Judith, si necesitas un pañuelo de papel, ve a buscarlo al lavabo. No debería tener que advertírtelo —dijo el señor Davies. Como no me movía, añadió—: Puedes ir.
Me levanté y Neil sonrió.
—¡Y lávate las manos! —agregó el maestro.