Una mala persona
El lunes por la tarde la señora Pierce nos estaba leyendo La telaraña de Carlota cuando la puerta se abrió de golpe y apareció Doug Lewis. Con él entró en el aula un olor a fruta podrida parecido al olor de las botellas de vino viejas que Padre guarda para llevar al contenedor de recogida de vidrio. La señora Pierce se bajó las gafas y dijo:
—¿Puedo ayudarlo en algo?
—Ya lo creo —dijo Doug—. ¡Quiero llevarme a mi hijo! ¡La semana pasada lo hizo quedarse aquí todas las putas tardes!
Todos nos echamos hacia atrás en los asientos, como si nos hubieran arrojado un cubo de agua fría.
—¿Quiere salir un momento conmigo? —dijo la señora Pierce.
—¡No, no quiero! —contestó Doug, tan alto que le salió una voz embrollada, como si la lengua o los labios no le funcionaran correctamente.
La señora Pierce dijo:
—No sé cómo ha conseguido entrar en la escuela en este estado, señor Lewis, pero ahora vendrá alguien para acompañarlo a la salida. —Fue hasta la puerta e intentó cogerlo por el codo, pero él no se dejó.
Miré a Neil y me pareció que le había pasado algo raro. El Neil que yo conocía había desaparecido y en su lugar vi a un niño que parecía más pequeño; estaba pálido y su rostro no expresaba nada, como si se lo hubiesen borrado. Era como esos pulpos que cambian de color mientras los observas para que no sepas dónde están.
—¡Está acosando a mi hijo! —vociferó Doug.
—Dos cosas, señor Lewis —repuso la señora Pierce—: en primer lugar, es su hijo el que se ha dedicado a acosar a otros niños en esta escuela desde hace mucho tiempo. Y en segundo lugar, no me gusta que me amenacen. Nunca me he dejado amenazar, y no pienso empezar ahora. Así que, si no le importa, está interrumpiendo mi clase, que no termina hasta dentro de un cuarto de hora; si quiere llevarse a su hijo, nadie se lo impedirá. De hecho, yo estaré encantada, porque no hace otra cosa que molestar.
Doug Lewis se le acercó y espetó:
—Maldita zorra engreída. Pienso llevarla a los tribunales. ¡No volverá a trabajar en ningún sitio!
La señora Pierce miró hacia otro lado. Doug se quedó pensando algo —lo oíamos jadear—, y por fin debió de decidir que no valía la pena, fuera lo que fuese, y se lanzó hacia Neil y lo levantó bruscamente de la silla. Empujó a su hijo hacia la puerta, y Neil se tambaleó y se estiró el jersey. Seguía muy pálido.
Doug Lewis paseó una mirada furibunda por el aula, como si buscara a alguien, y luego se volvió hacia la maestra, pero ella evitó mirarlo. Después empujó a Neil hacia el pasillo y lo siguió. Dio tal portazo que temblaron los cristales de las ventanas.
La señora Pierce dejó caer un poco los hombros. Al cabo de un momento, dijo:
—Seguid trabajando en silencio, niños. Vuelvo enseguida.
Salió al pasillo y nos quedamos en silencio.
Pasé el resto del día pensando en Doug Lewis y en cómo Neil había cambiado de repente. Pensé en el extraño ambiente que quedó en el aula después de que ellos salieran, como si nos hubiese pasado algo vergonzoso a todos, como si nos hubiéramos visto desnudos y no pudiésemos mirarnos los unos a los otros. Lo más raro era que yo había deseado que pasara aquello, pero ahora que había pasado no me sentía como creía que me sentiría. De hecho, sentía todo lo contrario.