A Neil Lewis le dan una lección
Al día siguiente, mientras los demás estaban en el salón de actos, le pregunté a la señora Pierce qué significaba aquella nota. Ella pasó unas hojas que tenía encima de la mesa y respondió:
—No significaba nada, Judith. Era una tontería.
—Algo tenía que significar —insistí.
—¿Sabes quién la escribió?
—Creo que… Neil. Y… Gemma.
La señora Pierce asintió con la cabeza.
—Ya me lo imaginaba. —Soltó un suspiro y luego me sonrió—. ¿Qué te parecería cambiarte de pupitre?
—Me parecería muy bien.
Sentarme con Anna y Stephen y Matthew era muy raro. Nadie se decía cosas al oído ni reía disimuladamente ni me miraba de reojo. Nadie susurraba ni me empujaba el brazo ni me escondía el bolígrafo ni ocupaba todo el espacio ni me arrojaba cosas a la cabeza ni me tiraba cosas por encima. Me pregunté por qué el señor Davies nunca me había cambiado de sitio.
Esa mañana Neil llegó tarde con una bolsa de plástico colgada del hombro. Hacía un ruido raro al caminar, y cuando le miré los pies vi que llevaba unas zapatillas de deporte como las que usamos en Educación Física, pero le iban grandes.
—Neil Lewis —dijo la señora Pierce—, ¿dónde están tus zapatos?
—Los zapatos son para los gilipollas —contestó.
—Cien líneas de copia —decretó la señora Pierce.
—¿Qué coño pasa? —saltó Neil.
—Trescientas líneas.
Neil abrió la boca.
—Te he hecho una pregunta —le recordó la señora Pierce—. ¿Dónde están tus zapatos?
Neil se sentó y tiró su bolsa debajo del pupitre. Tenía la cara granate.
—Los he perdido.
—Ayer perdiste la mochila y hoy los zapatos —dijo la señora Pierce—. ¿Ya has recuperado los libros que perdiste?
Neil frunció tanto el entrecejo que las cejas le taparon los ojos. De pronto dijo:
—¡Mi padre me pegó una buena bronca por su culpa! ¡No tenía derecho a quedarse mi mochila!
—Ah, entonces sí era tu mochila —dijo la señora Pierce.
Neil pasó del granate al morado. Dijo:
—¡Mi padre va a venir a hablar con usted!
—¿Qué pretendes? ¿Asustarme?
Neil movía una pierna nerviosamente. Parecía estar pensando algo.
La señora Pierce suspiró, se levantó y se sentó, como siempre, en el borde de la mesa.
—A ver, ¿qué soléis hacer los martes por la mañana, niños? —preguntó.
—Gramática —contestó Hugh.
—Muy bien, pues a partir de ahora haremos Plástica.
Hubo murmullos de sorpresa.
—Poneos todos en círculo.
Cogió una postal y la sostuvo en alto. Era un cuadro de una cafetería iluminada con luz amarilla. En el techo había unas lámparas que parecían pequeños planetas. Las líneas del cuadro estaban deformadas, como si quien las había dibujado estuviese borracho, pero la señora Pierce dijo que lo interesante era que la persona que las había dibujado sabía dibujar perfectamente. Las había dibujado así a propósito, para acentuar la «carga emocional» del cuadro.
A continuación nos explicó que los cuadros pueden hacer que nos sintamos contentos o tristes, cómodos o incómodos, despiertos o adormecidos. Agregó que los cuadros, al igual que los poemas, están cargados de electricidad. Hubo risas. La señora Pierce dijo:
—Pues bien, los cuadros nos hacen sentir emociones. Las emociones sólo son electricidad. ¿Cómo os hace sentir este cuadro?
—A mí me produce mareo —dijo Gemma.
La señora Pierce la miró y apretó los labios.
—Tú dibujas muy bien, ¿verdad, Gemma Butler?
—¿Qué? —dijo Gemma.
—Sí —dijo la señora Pierce—. Ayer vi un dibujo tuyo. Dime, ¿dibujas a menudo a tus compañeros de clase?
Gemma se ruborizó.
—No sé de qué me habla, señorita.
—Yo creo que sí —la contradijo la maestra—. Pero quizá el dibujo que yo vi fuera una obra de arte de varios autores. Quizá la realizaste en colaboración con Neil Lewis. ¿Correcto?
Neil frunció el entrecejo.
—Supongo que vosotros lo encontrasteis muy divertido, pero me temo que yo no —continuó la señora Pierce—. Y vuestros conocimientos de anatomía humana son penosos. —Cogió una regla—. ¿Queréis saber dónde está ahora vuestro dibujo? —Subió un poco la voz y añadió—: He dicho: ¿queréis saber dónde está ahora vuestro dibujo?
Entonces se oyó un restallido parecido al de un látigo y Neil dio un respingo. Ya no estaba repantigado en la silla.
Se había puesto colorado.
—¡Neil Lewis! Te he hecho una pregunta.
Él se cruzó de brazos y clavó la mirada en el pupitre, pero su pecho subía y bajaba.
La señora Pierce empezó a caminar.
—El dibujo está en lugar seguro —dijo—. Donde permanecerá hasta que decida qué hago con él y sus autores. —Arrugó la frente y se llevó una mano a la barbilla—. A lo mejor lo incluyo en los trabajos que les enseño a los padres el día de puertas abiertas. Sería interesante, ¿no os parece?
Gemma tenía los ojos llorosos. Dijo:
—¡No sé de qué me habla, señorita!
—Y encima mentirosa —observó la señora Pierce—. Muy bien. De todo hay en la viña del señor. ¿Verdad, Neil Lewis? Sí —añadió mientras volvía a su mesa—, de todo hay. —De pronto parecía cansada—. Muy bien, niños, todos a pintar.
Pinté el campo que había visto en mi sueño. Pero en lugar de pintarnos al anciano y a mí en el campo, pinté a las dos primeras personitas que había hecho para la Tierra de la Decoración: el muñeco confeccionado con el jersey verde y la muñeca de trapo con pantalón de peto. La señora Pierce dijo:
—Qué interesante.
Le expliqué que eran unas figuras que había hecho yo.
—¿En serio? ¿Con qué?
—Con retales —contesté, y le hablé de la Tierra de la Decoración.
—¿Y a quiénes representan esas dos figuras?
—A mi padre y a mí —respondí. Hasta ese momento no se me había ocurrido, pero entonces comprendí que éramos nosotros. Añadí—: Un día estaremos allí. Cuando la tierra sea un paraíso.
—¿Un paraíso?
—Sí. Después del Armagedón.
—Me gustaría que me contaras más cosas, Judith —dijo ella—. Suena fascinante.
Estuve muy contenta el resto de la mañana. Cuando terminé, Anna y yo fuimos al fregadero a limpiar los pinceles. Estaba enjuagando el tarro y, al volverme, vi a Neil a mi lado.
—¿Todavía tienes poderes mágicos? —me preguntó. Y acercó los labios a mi oído para susurrarme—: Porque vas a necesitarlos.
Se volvió y, al hacerlo, me tiró el tarro de las manos y el agua amarilla me salpicó la falda y los leotardos.
—Ay, lo siento —dijo—. Debo de haber resbalado. —Sonrió—. Yo creía que ya no te meabas encima.
Neil volvió a su pupitre. Lo vi golpear con el codo a Lee y a Gareth.
—Judith se ha meado encima, señorita —dijo Lee.
La señora Pierce levantó la cabeza y me preguntó:
—¿Qué ha pasado, Judith?
«Te mato», dijo Neil moviendo los labios. Miré a la maestra.
—¿Judith?
Entonces Neil hizo como si picara carne con el dorso de la mano.
—Neil me ha tirado agua por encima —dije de pronto. Fue fácil.
Él me fulminó con la mirada.
—Sí, señorita —corroboró Anna—. Yo lo he visto.
—Vaya, vaya —dijo la señora Pierce con voz monocorde—. Pues no me sorprende nada. Judith, ve a la enfermería y que te den ropa seca. Neil, me da la impresión de que tienes algún problema con Judith. ¿Puedes explicármelo?
Cuando volví al aula veinte minutos más tarde noté algo raro. Lo advertí nada más cerrar la puerta. Era como si algo hubiese aterrizado en medio del aula y nadie se atreviera a mirarlo. La señora Pierce se paseaba entre los pupitres con expresión severa y todos los alumnos tenían la cabeza inclinada sobre los libros. Me senté y entonces vi qué había pasado. Neil no estaba sentado en su pupitre, sino de espaldas a nosotros al frente del aula, en un pupitre que antes no estaba allí.
Se quedó el resto del día allí, quieto como una estatua. Me pregunté si notaba que estaba mirándolo, que todos lo mirábamos de vez en cuando. Creo que sí lo notaba; y todos estábamos más callados, no sé si porque Neil estaba apartado del resto de la clase o porque la señora Pierce estaba en pie de guerra.
A la hora de salir, ella dijo:
—Neil Lewis, ¿adónde crees que vas? ¿No te acuerdas de que tenemos una cita?
Neil dejó caer los hombros y dijo:
—¡Tengo boxeo, señorita! ¡Si me lo salto, mi padre me matará!
—Es una lástima —dijo la señora Pierce—; deberías haberlo pensado antes de renegar en mi clase.
—Pero ¡señorita!
—Nada de peros. Coge tu libreta.
La señora Pierce fue a la pizarra y, con letras muy grandes, escribió: «No diré palabrotas en la clase de la señora Pierce.»
Neil se quedó mirándola fijamente. Entonces tiró su bolsa de plástico, se dejó caer en la silla y golpeó la libreta de ejercicios contra el pupitre.
—Trescientas líneas. Sin faltas —oí decir a la señora Pierce mientras salía al pasillo.
—Parece que acabe de tocarte la lotería —dijo Sue cuando me ayudó a cruzar la calle.
—Me ha tocado algo mejor que la lotería —dije. Hice el resto del camino hasta mi casa corriendo—. ¡Funciona! —exclamé, y di un salto lanzando un puño al aire—. ¡Funciona! ¡Y es mejor de lo que imaginaba!
—¿Cómo te ha ido en la escuela? —me preguntó Padre cuando entré en casa.
—¡Genial! —contesté.
Él enarcó las cejas y dijo:
—Eso sí que es increíble.