El séptimo milagro

Me senté junto a mi ventana.

—¿Cuánto falta, Dios? —pregunté—. ¿Cuánto falta para el Armagedón? Quiero que llegue y acabe con todo esto.

—Está cerca —contestó Dios—. Más cerca de lo que te imaginas.

—Siempre dices lo mismo. Llevas años diciendo eso.

—Bueno, pues esta vez va en serio. Si pudieras ver el calendario que tengo marcado aquí, advertirías que está a la vuelta de la esquina.

—¿Es inminente? —pregunté.

—Exacto —confirmó Dios.

—Pero ¡es que hace una eternidad que es inminente! —Acerqué las rodillas al pecho—. Yo quiero que llegue ahora mismo, ya, ¡hoy! No quiero volver a despertar en este mundo.

—Deberás tener un poco de paciencia. Pero lo digo en serio: está muy cerca.

Inspiré hondo.

—Dime, Dios, ¿cómo será? Quiero decir, ¿cómo será después?

—Ah, será una maravilla. Todo lo que siempre has soñado.

—¿Ya no habrá enfermedades ni hambre ni muerte?

—Exacto.

—¿Y nos enjugarás las lágrimas?

—Ajá.

—¿Y Padre y yo veremos a Madre y viviremos eternamente y todo será como era al principio?

—Ajá.

—¿Y tendré un perro y habrá campos y árboles y un globo aerostático?

—Sí, sí y sí —afirmó Dios.

—¿Y mi madre me querrá?

—Espero que sí.

—¡Dime cuánto falta, Dios! —insistí—. Dame una pista, aunque sólo sea una pista pequeña.

—Nadie sabe el día ni la hora.

—Excepto tú.

—Sí, pero eso varía. De verdad, ahora mismo no puedo darte una respuesta.

—Bueno, yo estoy preparada —dije—. Por mí puede llegar cuando quiera. No me pillará desprevenida.

Esa noche estábamos sentados en la cocina leyendo sobre el fin de Jerusalén y comiendo arenques ahumados y guisantes cuando oímos un ruido sordo, como si algo hubiera golpeado contra la fachada de la casa. Los ojos de Padre dejaron de moverse hacia la mitad de la página y se quedaron clavados allí un momento. Luego empezaron a moverse otra vez.

Un minuto más tarde se oyó otro golpe, pero esa vez sonó como si alguien hubiera empotrado su coche contra la empalizada. Luego se oyeron risas agudas, roncas y entrecortadas. Una sombra cruzó la cara de Padre, que arrastró la silla hacia atrás.

—¡No salgas! —le pedí, y me levanté de un brinco. No sé por qué tenía tanto miedo.

Pero salió, por la puerta de atrás. Unos segundos más tarde oí que se abría la cancela del jardín trasero, un grito en la calle y el ruido de alguien que corría.

Me senté un rato en el sofá y luego empecé a pasearme. Fui hasta el recibidor y di una vuelta al salón. Fui a la salita y salí otra vez. Subí al piso de arriba y recorrí el rellano y entré en todos los dormitorios y volví a bajar.

Cuando el reloj de pared del recibidor dio las nueve, subí al piso de arriba, me tumbé en la cama de Padre y aspiré su olor. Me tapé con su abrigo de piel de borrego. Quizá tendría que haber ido a casa de la señora Pew y explicarle lo que había pasado. Quizá tendría que haber llamado a la policía. Pero no quería moverme. Veía cambiar los números de color verde claro que marcaban los minutos en el despertador de Padre y pensaba que todas las mañanas él debía de mirarlos cuando se despertaba en la oscuridad. Me lo imaginé durmiendo allí, con la cabeza en aquella almohada que conservaba su olor, acurrucado sobre un costado, y noté una tensión en el estómago que no desaparecía.

Cuando el reloj de pared del recibidor dio las diez, bajé y llamé por teléfono a tío Stan.

—No sé dónde está Padre —dije en cuanto contestó.

—¿Quién es? —preguntó la voz de tío Stan. Parecía adormilado.

—¿Tío Stan?

—¡Judith! ¿Eres tú?

—Sí —confirmé, y me eché a llorar.

—¿Qué ha pasado? ¿Dónde está tu padre?

—Ha salido a perseguir a los niños. Me ha dicho que me quedara en casa. No sé qué le ha pasado.

—¿Cuánto rato hace de eso?

—Horas.

—Está bien, está bien. Mira, quédate donde estás. Quédate ahí, que yo llegaré dentro de diez minutos. ¿De acuerdo? Voy para allá ahora mismo y llamaré a la policía. No te preocupes, corazón, a tu padre no le pasará nada. Tú quédate donde estás y espérame. —Oí que le decía algo a Margaret. Luego añadió—: ¿De acuerdo?

—Sí.

—Muy bien. Cuelga, tesoro. Voy para allá.

Colgué el auricular y el teléfono volvió a sonar.

—Hola, Judith. —Era Padre.

—¿Dónde estás? —pregunté.

—En la comisaría.

—¿Estás bien?

—Sí, estoy bien.

Se me doblaron las rodillas y me senté en el suelo.

—Lo siento, Judith —dijo Padre—. Ha habido un accidente. Tengo que hacer una declaración, y luego iré a casa. ¿Me oyes, Judith?

—Sí. —Me enjugué las lágrimas—. ¿Un accidente?

—A Neil Lewis lo ha atropellado un coche —dijo Padre tras una pausa—. Ha sido cuando bajábamos por la cuesta. —Tenía una voz rara—. Se pondrá bien.

Tenía el auricular en la mano. Tenía la mano sobre el regazo. Una voz lejana dijo:

—Se ha hecho daño en la espalda. Pero se pondrá bien. —La voz siguió hablando. De pronto oí que decía—: ¿Judith?

Levanté el auricular.

—Sí.

—No te muevas. Volveré enseguida, ¿de acuerdo?

—Sí, Padre.

—¿Estás bien?

—Sí.

—Lo siento. No debería haber salido.

Entonces oí voces al fondo, un hombre que gritaba y unas puertas que se cerraban. Padre dijo:

—Ahora tengo que colgar. Volveré enseguida.

Después de hablar con Padre llamé a tío Stan para decirle que no hacía falta que viniera, pero Margaret dijo:

—Ya ha salido, Judith. Está en camino. ¿Seguro que tu padre está bien?

—Sí.

—Gracias a Dios. No te preocupes por Stan. ¿Tú estás bien?

Al poco rato llegó tío Stan. Lo oí golpear la cancela y salí a abrir.

—Pero ¿qué…?

—Es una empalizada —dije—. Padre la ha construido para que no entren los niños.

—¿Qué niños?

—Los niños que llaman a la puerta. ¿No te acuerdas de que te lo conté?

Tío Stan negó con la cabeza.

—Tío Stan —dije—, Padre acaba de llamar. Dice que está bien.

Stan enarcó las cejas.

—¿Está bien?

—Sí.

—¡Gracias a Dios! ¿Dónde está?

—En la comisaría.

—¿En la comisaría?

—Sí —confirmé asintiendo con la cabeza—. Lo siento.

—No pasa nada, tesoro, me alegro de que tu padre esté bien. —Stan tenía los ojos llorosos. Vi que debajo del abrigo llevaba pantalones de pijama.

Fuimos a la cocina. Tío Stan tenía el pelo de punta. Se pasó una mano por la cara y dijo:

—Cuéntame, ¿qué ha ido a hacer tu padre a la comisaría?

Le expliqué que había salido a perseguir a los niños.

—Dice que uno de ellos cruzó la calle y lo atropelló un coche.

—¡Madre mía! —exclamó tío Stan—. ¿Y es el mismo niño que os ha estado molestando?

—Sí.

No sabía si tío Stan se acordaba de lo que le había contado sobre castigar a Neil, pero me pareció que no y me tranquilicé. Preguntó:

—¿Cuánto tiempo lleva ahí esa empalizada?

No sabía si decírselo o no.

—Casi tres semanas.

—¿Tres semanas?

Lamenté habérselo dicho.

—Tu padre no nos había contado nada.

Me encogí de hombros.

Se volvió hacia el aparador y la mesa, hacia el colchón en que últimamente dormía Padre, en ese momento apoyado contra la pared. Entonces vio el hacha colgada sobre la puerta. Se sonrojó y pestañeó varias veces seguidas, como si tratara de descifrar algo.

—Bueno, y aparte de eso, ¿está bien tu padre? —me preguntó.

—Está preocupado por el trabajo. Y esos niños han estado molestándolo.

Asintió con la cabeza.

—Lo que han hecho en el jardín es terrible. Tu padre plantó esas plantas para tu madre. Ese cerezo estaba precioso en primavera. Y la ventana, y la puerta principal…

—Pues eso no es todo —dije—. Hacían cosas en el jardín y metían cosas por el buzón y lo agobiaban con las bicicletas y lo insultaban en la calle. Escribieron cosas en la valla. Y una noche salí y… bueno, no importa.

Tío Stan negó con la cabeza.

—Ya veo que Satanás nos está poniendo a prueba.

—Creía que era Dios el que nos ponía a prueba —dije.

Tío Stan rió.

—Pero esa empalizada no puede seguir ahí, ¿no? Tu padre no pensará dejarla, ¿verdad?

—Padre dice que está bien. Pero el señor del ayuntamiento no piensa lo mismo.

—¿Ha venido alguien a veros?

—Sí.

—¡Ay, madre mía! —Tío Stan hurgó en su bolsillo y sacó un paquete de antiácido.

Iba a ofrecerle una taza de té cuando oímos llegar un coche. Un minuto más tarde oímos voces en el jardín trasero. Un hombre decía:

—Lo sé, señor McPherson, pero perseguirlos así… ¿Qué pensaba hacer cuando los atrapara?

La voz de Padre respondió:

—No lo había pensado.

Entonces se abrió la puerta trasera y entró Padre con un policía y una mujer policía, y primero dijo:

—Hola, Judith. —Y añadió—: Hola, Stan.

Me levanté de un brinco y quedé paralizada porque Padre tenía la camisa manchada de sangre y llevaba el jersey enrollado en una mano.

—¿Qué ha pasado, John? —preguntó tío Stan, y me pareció que estaba enfadado, lo cual era muy raro porque nunca lo había visto enfadado.

Padre se acercó a mí y dijo:

—No pasa nada. He acompañado a Neil a la ambulancia. Se pondrá bien. —A tío Stan no le dijo nada.

Me senté y me quedé mirándome las manos.

—Nosotros nos vamos —dijo el policía. Miró con recelo a tío Stan y luego se volvió hacia Padre—. Procure estar localizable, señor McPherson. Quizá necesitemos más información próximamente.

La mujer policía dijo:

—Y por cierto, esa empalizada es un riesgo para la seguridad.

Padre acompañó a los agentes hasta la puerta. Cuando volvió a la cocina, metió su jersey en la lavadora. Tío Stan dijo:

—Tenemos que hablar, John.

—Ya sé lo que parece esto —dijo Padre—, pero, créeme, hay otra versión de la historia.

—¿Qué historia? ¿Has visto eso de ahí fuera? —Señaló hacia el jardín delantero—. ¿Y eso? —Señaló el hacha—. Y esta niña está fatal. ¿Y cómo se ha hecho daño ese chico? ¿Qué está pasando, John? ¿Por qué no sabíamos nada de todo esto?

Padre dijo:

—Gracias por venir, Stan, pero esta noche no quiero seguir hablando. Ya mantendremos esta conversación en otro momento.

Se miraron. Entonces tío Stan inspiró bruscamente, me puso una mano sobre la cabeza y dijo:

—Muy bien. Buenas noches, tesoro. Ahora ya ha pasado todo. —Cogió las llaves de su coche y siguió a Padre hasta la puerta.

Antes de que saliera lo oí decir:

—Tenemos que hablar.

Y Padre dijo:

—Ahora no.

Luego oí que se cerraba la cancela y después la puerta principal, y Padre volvió a la cocina.

Tenía los ojos brillantes y oscuros. Acercó una silla, se sentó frente a mí y apoyó las manos en las rodillas. Dijo:

—Ya sé que estás disgustada, y lo siento. Estaba persiguiendo a Neil Lewis y los otros chicos cuando Neil cruzó la calle. Yo no le hice nada. La policía lo sabe. Lo llevaron al hospital. Se pondrá bien.

Como seguía sin mirarlo, Padre respiró hondo y continuó:

—Lo siento, Judith. De verdad. No debería haber salido. Pero ahora ya está hecho. —Levantó las manos y las dejó caer sobre las rodillas. Luego se puso en pie—. Bueno, es hora de acostarse. —Preparó una botella de agua caliente como hacía cuando yo era pequeña y dijo—: Vamos.

Subió conmigo a mi habitación, metió la botella de agua caliente en mi cama y me acosté. Después se sentó en el borde de la cama. Miré por la ventana y agradecí que estuviera oscuro, porque así Padre no podía ver mis ojos.

Al otro lado de la ventana había millones de estrellas, la luz se filtraba por ellas como si fueran agujeros recortados en una tela y detrás hubiese algo maravilloso. Quería hablar, pero tuve que esperar porque sentía un nudo en la garganta. Seguí esperando. Estuve a punto de desistir, pero al final mi garganta se relajó y pregunté:

—¿Saldrá todo bien?

—Sí —respondió Padre, que también esperó antes de hablar. Me extrañó que no dijera «claro que sí» ni «qué pregunta tan tonta».

Después nos quedamos callados. Volví a sentir un nudo en la garganta y empezó a dolerme el mentón.

—¿Irás a la cárcel? —pregunté.

—No.

—Estaba muy preocupada por ti —confesé, y mi voz era poco más que un susurro.

Padre agachó la cabeza y dijo:

—Lo siento, Judith, no debería haber salido.

—¿Qué va a pasar ahora? —pregunté, y mi voz sólo era aire.

—Nada. No va a pasar nada. Lo que ha ocurrido ha sido desafortunado, pero ya está. —Se quedó callado otro rato y dijo—: Mañana tengo que madrugar para ir a trabajar. ¿Ya estás más tranquila?

Asentí con la cabeza porque ya no podía hablar.

Por un instante creí que Padre iba a darme un beso, pero sólo me tapó con la manta hasta la barbilla y me dio las buenas noches.