La piedra y el libro
Aquella noche tuve un sueño maravilloso. Soñé que paseaba por la Tierra de la Decoración. Había palacios de hielo hechos con caramelos Glacier Mint y fuentes de espumillón y pasos elevados hechos con caramelos Rolo Giant y árboles multicolores engalanados con racimos de frutas y pájaros con largas colas. Me habría gustado tener tiempo para pararme y contemplarlo todo, pero oía una voz que me llamaba. La voz me guió hasta un campo.
Corría una brisa templada que olía a verano. Yo iba caminando y dejaba huellas en la hierba. A ratos iba por un lado y a ratos por otro. A ratos el sol me daba en la cara y a ratos me daba en la espalda. Los setos estaban cubiertos de perifollos de papel de seda. Unos pájaros de papel revoloteaban ante mí. Unas mariposas de cachemira se alejaban aleteando. Había mosquitos de papel de caramelo y vilanos de diente de león y libélulas brillantes de alfileres de sombrero que salían disparadas y de pronto se paraban y se quedaban suspendidas en el aire.
En medio del campo había un árbol. Bajo ese árbol había un anciano con barba. Tenía la piel de color caramelo y el pelo muy negro. Llevaba una túnica blanca y tenía las manos cogidas a la espalda.
—Bienvenida, niña —me decía—. Hoy es un gran día. Has sido elegida para recibir un regalo de valor inestimable. —Y su voz parecía chocolate negro.
—Gracias —le decía yo. Y añadía—: ¿Qué significa «inestimable»?
—Algo cuyo valor no se puede estimar. En una mano tengo una piedra que contiene más poder del que nadie ha poseído jamás. Sus frutos son dulces, pero tienen un regusto amargo. En la otra mano tengo un libro que los sabios ansían leer. Sus frutos son odiosos, pero dan alas a quien lo lee.
—¿Por qué los tiene detrás de la espalda?
—Porque verlos podría influenciarte —contestaba el anciano—. Ahora debes escoger. Piénsatelo bien, pues hay mucho en juego.
Era una elección difícil. Porque yo quería tener todo el poder del mundo y hacer desaparecer a Neil Lewis y no tener que volver jamás a la escuela, pero también quería averiguar cuál era aquel secreto que hasta los más sabios deseaban descubrir. Y quería tener alas, por supuesto. Y por un instante pensé que tal vez debería alejarme por la hierba crecida sin escoger nada y no mirar atrás.
Pero no me alejaba. Decía:
—Quiero la piedra, por favor.
Y cuando el anciano sacaba la mano de detrás de la espalda y depositaba la piedra en mi palma, la piedra emitía destellos de todos los colores y yo notaba que me hinchaba y me volvía pesada, y cuando hablaba me parecía oír truenos.
Podía haber pasado mucho rato o muy poco rato, no sabría decirlo.
—¿Me deja ver el libro? —pedía.
El anciano apretaba los labios y yo creía que no me dejaría verlo. Pero al final decía:
—De acuerdo. Pero no puedes tocarlo. —Y sacaba un librito marrón de detrás de la espalda.
El lomo se estaba desprendiendo y las páginas estaban arrugadas por las esquinas, y cuando lo abría descubría unas letras que nunca había visto.
—¿Por qué están tan arrugadas las páginas?
—Las han mojado las lágrimas de todos los que intentaron leerlo y no pudieron —respondía el anciano.
De pronto sentía frío.
—¿Yo habría podido leerlo?
El anciano sonreía.
—Ahora ya nunca lo sabremos.
Y entonces me desperté. Pero no era de día. Estaba oscuro, y temblaba. El aire vibraba, cargado del sonido de batir de alas.
Tiré de las mantas y me tapé hasta la coronilla. Cerré los ojos y busqué al anciano. Quería preguntarle cómo era el regusto de la piedra. Pero en el aire ya no había mosquitos ni vilano de diente de león, sino que estaba lleno de plumas, como si alguien hubiera sacudido una almohada gigantesca por encima de mi cabeza, y mientras las miraba, las plumas se volvían más gruesas.
Me costaba ver con tantos remolinos en el aire. Mientras el aire continuaba enfriándose, me refugiaba bajo el árbol que había en medio del campo. La piedra estaba caliente en mi bolsillo y me servía para calentarme las manos, pero al poco rato estaba tan caliente que no podía sujetarla y tenía que dejarla en el suelo y empezaba a brillar y brillar mientras alrededor el mundo entero se ponía blanco.
Cuando me desperté ya era de día. El aire estaba inmóvil y pesaba. Presionaba contra mí como una manta, y la manta estaba fría. Me levanté y descorrí las cortinas. Todo estaba blanco.