Los problemas engendran problemas
Esa noche Padre volvió tarde del trabajo. Yo sabía que iba a llegar tarde, pero aun así la espera se me hizo larguísima. Preparé las verduras para la cena y las puse en la sartén. Puse la mesa y regué mis semillas de mostaza, aunque no sabía para qué me tomaba esa molestia, ya que todavía no habían germinado. Luego escribí en mi diario y conté una historia en la Tierra de la Decoración sobre un dragón al que le encantaban las rosas y que cada vez que pasaba por delante de un rosal tenía que pararse a oler las flores, pero las quemaba con su aliento. No pude terminarla. Al final me senté en la escalera y me puse a esperar.
A las seis menos cinco oí el autobús y corrí a la puerta de la calle. Vi el autobús a través de la vidriera. Tenía rejillas en las ventanas, y algunas estaban medio arrancadas. En una había un tomate y el cristal tenía una mancha que parecía de huevo. En el autobús iban seis hombres. Padre se bajó, y a través del cristal de colores vi lo pálido que estaba. Saludó con la mano a Mike, abrió la cancela y fue directo a la cocina; no creí que quisiera verme.
Padre encendió el hervidor.
—¿Cómo te ha ido en la escuela? —me preguntó. No me miró y empezó a encender el fuego. Entonces comprendí que no debía preguntarle nada del trabajo.
—La señora Pierce se ha enfadado con Neil Lewis porque intentó meterme la cabeza en el váter —dije—. Pero no creo que vaya a tener más problemas con él.
Entonces sí me miró.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí, sí. No ha sido nada.
Padre arrugó la frente y preguntó:
—¿Neil es el hijo de Doug?
Intenté pensar rápido.
—No lo sé —contesté.
—¿Tenías problemas con él?
—Más o menos. Pero ya no.
De pronto Padre dijo:
—No será el niño ese que llama a la puerta, ¿verdad?
Lo miré y luego miré la nevera.
—No lo sé —mentí.
Padre se enderezó.
—No habrás estado molestándolo, Judith, ¿verdad?
—No —respondí, y mi corazón dio un latido muy fuerte.
—¿Seguro?
—Sí.
—Ah —dijo, y se volvió hacia el fuego—. Porque los problemas sólo engendran problemas. —Se incorporó y cerró la portezuela de la Rayburn dejando una rendija para que entrara el aire—. Y últimamente ya tenemos bastantes problemas.
Leímos la Biblia mientras bebíamos el té en lugar de recoger primero la mesa. Era una lectura sobre los celos de Dios. Padre me explicó que no eran los celos como nosotros los entendemos. Significaba que Dios quería que la gente lo sirviera sólo a él, que exigía Devoción Exclusiva.
Yo tenía la cabeza hecha un lío. No sabía si era una pregunta estúpida o una pregunta con sentido, pero la formulé:
—¿Por qué exige Dios Devoción Exclusiva?
—Porque sabe qué es lo mejor para nosotros.
Me quedé pensando, pero su respuesta seguía sin tener mucho sentido.
—¿Por qué?
Padre no se enfadó como suele hacer cuando pregunto algo muchas veces. De hecho, creo que estaba pensando en otra cosa. Tenía el entrecejo fruncido y parecía aguantar la respiración. De pronto relajó la frente, pestañeó y dijo:
—¿Qué?
Entonces yo también tuve que pensar para recordar de qué estábamos hablando.
—¿Por qué Dios sabe qué es lo mejor para nosotros?
—Porque Él lo sabe todo —dijo Padre. Y se apresuró a añadir—: Y porque Él nos hizo. —Lo dijo como si yo debiera saberlo, como si él debiera saberlo, como si debiera habérsele ocurrido antes. Y agregó—: Espera un momento.
Se levantó y fue al recibidor. Cuando volvió, pregunté:
—¿Qué pasa?
—Nada.
Lo miré, pero no dijo nada más y siguió leyendo.
Cuando fui a acostarme, Padre estaba sentado junto a la Rayburn. No se había quitado el mono. Cuando ya llevaba un rato en la cama, bajé sigilosamente la escalera. La luz de la cocina no estaba encendida, pero la de la salita sí. Por el ojo de la cerradura vi a Padre sentado ante su escritorio, revisando las facturas que guardaba allí. Me alegré de que no estuviera mirando el vacío como solía hacer, y regresé a la cama.
Más tarde, bastante más tarde, justo cuando empezaba a dormirme, oí que se abría la puerta de la calle, y cuando miré entre las cortinas vi a Padre en la acera, con la luz de la farola reflejada en el pelo. Permaneció largo rato allí, pese a que la calle estaba desierta.