Neil Lewis se enfada

El lunes Neil me miró y susurró una palabra que sonaba como «ruta». La señora Pierce levantó la cabeza justo cuando él se volvía. Le dijo:

—Neil, si quieres que Judith te ayude con el ejercicio de aritmética, puedes pedírselo. No hace falta que se lo digas en voz baja.

Entonces él puso cara de querer asesinar a alguien e inclinó la cabeza sobre su pupitre.

—¿Necesitas ayuda, Neil? —preguntó la señora Pierce.

Él apretó el puño con que sujetaba el bolígrafo.

—Lo siento, Neil. No te oigo. ¿Qué has dicho? ¿Que sí?

Él tiró el bolígrafo contra el pupitre.

—No tienes por qué avergonzarte, Neil —añadió la señora Pierce—. Si te cuesta entenderlo, nadie va a reírse de ti. ¿Necesitas que alguien te ayude?

Neil se incorporó tan bruscamente que la silla dio un fuerte chirrido.

—Muy bien. Entonces no tienes por qué molestar a Judith, ¿verdad? —Me miró enarcando una ceja y siguió corrigiendo ejercicios.

Durante unos quince minutos reinó el silencio; luego algo pasó rozándome la cabeza y cayó al suelo.

La señora Pierce levantó la mirada.

—¿Qué ha sido eso?

—Una regla, señorita —respondió Anna.

—¿De quién es? —preguntó la señora Pierce.

—¡Se le ha perdido a Neil, señorita! —farfulló Lee.

—¡Se la ha quitado Judith! —intervino Gareth.

—Sabe hacer magia, señorita —dijo Lee, y se oyeron carcajadas y risitas ahogadas.

La señora Pierce se volvió hacia mí.

—¿Le has quitado la regla a Neil, Judith?

—No, señorita.

—¿Qué hace tu regla junto al pupitre de Judith, Neil?

—No lo sé, señorita —respondió Neil.

—¿No te acuerdas de por qué has dejado tu regla allí?

Neil se rascó la cabeza y miró alrededor. Todos rieron.

La señora Pierce dijo:

—De verdad, Neil, estás empezando a preocuparme. El lunes perdiste la mochila. El martes me dijiste que habías perdido los zapatos. Esta mañana no te acuerdas de dónde has dejado la regla que estabas utilizando hace sólo unos segundos. Si esto sigue así, deberías pensar en ir a que te vea el médico.

Todos volvieron a reír, y Neil puso cara de enfadado.

—Recoge tu regla, Neil —dijo la señora Pierce.

Él fue hasta mi pupitre y recogió la regla del suelo. Al enderezarse me lanzó una mirada lerda y adormilada, llena de algo que no supe definir.

A la hora de comer di un paseo alrededor de los edificios buscando cosas para la Tierra de la Decoración. Recogí cinco hierbas diferentes, tres envoltorios, medio envase de un huevo Kinder, dos tapas de tarro y una pajita. Se los enseñé a la señora Pierce porque le tocaba vigilar a la hora del recreo.

—¿Todo eso es para la maqueta del mundo que tienes en tu habitación? —me preguntó, y asentí con la cabeza—. Me encantaría ver las cosas que has hecho —añadió—. ¿Por qué no me traes alguna?

Le dije que le llevaría algo. Luego fui al lavabo a regar las hierbas.

Estaba inclinada sobre el lavamanos cuando oí un sonido escurridizo; levanté la cabeza y vi una chaqueta negra en el espejo. No tuve tiempo de ver nada más porque unas manos me arrastraron hacia los váteres; agité las piernas intentando ponerme en pie. Alguien dijo: «¡A ver si Dios puede ayudarte ahora, cerda!» Me golpeé la cabeza contra la taza del váter y me quemaba la nariz, que se me estaba llenando de agua.

Entonces caí hacia atrás y la señora Pierce sujetaba a Neil por la chaqueta y le temblaba la voz, pero no me pareció que estuviese asustada. Me dijo:

—Ve a ver al señor Williams, Judith, y cuéntale exactamente lo que ha pasado.

Cuando volví al aula, la señora Pierce y Neil estaban de pie frente a frente. Ella le echaba cosas en cara:

—¿Qué te hace pensar que eres diferente de los demás? ¿Qué te hace pensar que puedes comportarte así impunemente?

—¡Yo no le he hecho nada! —dijo Neil.

La señora Pierce gritó:

—¡Por amor de Dios! ¡Lo he visto con mis propios ojos!

Me senté.

—No puedo decir nada bueno de ti, Neil Lewis —continuó la señora Pierce—. Absolutamente nada. Y para colmo eres un mentiroso incorregible. ¡Ahora mismo no sé qué hacer contigo! ¡No quiero ni verte!

Neil cogió su chaqueta y fue hacia la puerta. Dijo:

—No pienso quedarme en este puto basurero.

Y entonces algo le ocurrió a la señora Pierce. Estaba delante de Neil, cerrándole el paso; le brillaban los cristales de las gafas, y sus mejillas eran dos manchas rosadas. De pronto reparé en lo bajita que era. Neil casi tenía la misma estatura que ella. Creí que él iba a pegarle, porque tenía los puños apretados. Entonces creí que ella iba a pegarle a él, porque su pecho subía y bajaba muy deprisa. Y mientras los observaba, me pareció que a mí también estaba pasándome algo, porque mi corazón latía tan fuerte que flotaba, y algo salía fluyendo de mi interior, como si hubiera una especie de escape.

Durante un rato que se me hizo muy largo nadie se movió. Entonces algo se partió en algún sitio. Las cuerdas que sujetaban a Neil se cortaron, y la señora Pierce levantó un poco más la barbilla. Resulta difícil explicar qué era exactamente lo que había cambiado, pero todos lo notamos. La señora Pierce dijo: «¡A tu sitio!», y Neil volvió a su pupitre. Se tapó los oídos con las manos y no levantó la cabeza.

Y la forma en que todos lo miraban, y la forma en que él agachaba la cabeza y se replegaba, me recordaron algo que había visto en algún sitio, aunque en ese momento estaba tan cansada que no recordaba dónde.