Huelga

—¿Cómo te ha ido en la escuela? —me preguntó Padre al llegar a casa.

—Tenemos una maestra nueva —respondí—. Nos ha leído poesía.

—Eso está muy bien —dijo Padre mientras llenaba el hervidor.

—Nos ha leído un poema sobre el invierno.

—Ah, ¿sí? —Tapó el hervidor y encendió el fuego.

—Y hemos hablado de las metáforas.

—Muy bien.

—Luego hemos escrito poemas y a la señora Pierce le ha gustado el mío.

—Estupendo. Me alegro. —Apoyó las manos en la encimera y se las miró. Entonces dijo—: Judith, la semana que viene volveré más tarde a casa. Vendré en autobús, y quizá me lleve un poco más de tiempo.

—¿En autobús?

—Sí. —Padre levantó las manos de la encimera—. Los trabajadores han declarado la huelga.

—¿Y tú seguirás yendo a trabajar?

—Por supuesto. —Sacó unas patatas de la caja que había debajo del fregadero—. Al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios.

—Pero ¿por qué tienen que traerte a casa en autobús?

—Todos los trabajadores que no hagan huelga irán al trabajo en autobús —respondió. Abrió el grifo.

—¿Por qué?

Padre fue a cerrar el grifo, pero lo hizo girar al revés y el agua salió a chorro. Empezó a lavar las patatas.

—Verás, hay gente que cree que no deberíamos ir a trabajar —me explicó—. Y quieren impedirlo.

—¿Impedirlo?

—¡Sí, Judith! Mira, sólo te lo cuento para que no te extrañe que llegue un poco más tarde.

Yo sabía que Padre quería que dejara de hacerle preguntas, pero también sabía que estaba ocultándome algo.

—¿Qué quieres decir con «impedirlo»?

—Pues sólo que… Mira, no tiene importancia, ¿vale? No tienes que preocuparte por nada.

—Vale. —Lo miré—. ¿No tienes miedo?

Padre dejó el pelador y se quedó mirando los grifos.

—No, Judith —respondió—. No hay nada que temer. La huelga sólo durará una o dos semanas y luego todo volverá a la normalidad.

—¿Doug hará huelga?

—Tienes una memoria de elefante —murmuró. Y en voz más alta respondió—: Sí, Doug hará huelga.

Miré a Padre y comprendí que no podía preguntar nada más. Me acerqué al alféizar de la ventana.

—Estas semillas de mostaza no crecen —comenté—. ¿Será porque no creo que vayan a crecer?

—No, Judith —contestó Padre—. Seguramente es porque no sabes cultivar semillas de mostaza.

Esa noche la lectura de la Biblia trataba de la ramera que se sentaba sobre las aguas. Padre me explicó que las aguas representaban a los gobernantes y las naciones y que la ramera estaba provocando descontento social.

—¿Como la huelga? —pregunté.

—Bueno, todas esas cosas son señales que anuncian el final.

Y entonces se oyó un ruido en la puerta. Tres golpes breves, como la otra vez. Padre salió y oí un grito en la calle. Tardó veinte minutos en regresar.

Cuando volvió estaba jadeando y radiante, como si se hubiera reído. Dijo que eran los mismos niños de la noche anterior. Los había perseguido colina abajo. Había atrapado al chico rubio en lo alto del aparcamiento de varios pisos. Padre dijo:

—«¡No me haga daño, señor, no me haga daño!», gritaba el muy gamberro. ¡Como si yo fuera a hacerle daño! Pero se ha llevado un buen susto. Y ha perdido un zapato.

—¿Qué le has hecho?

—Sólo le he dicho que no vuelva a molestarnos. —Negó con la cabeza y rió—. Dudo que se acerquen de nuevo por aquí.