La otra mejilla
Esa noche pasé más de una hora sentada ante la Tierra de la Decoración. Las personitas me miraban con sus sonrisas pintadas. Las conocía a todas. Las dos primeras que había hecho años atrás —un muñeco fabricado con una escobilla desatascadora, un jersey verde y una cometa, y una muñeca de trapo con pelo castaño, pantalón de peto y flores— eran las que me miraban más fijamente. Parecía como si me preguntaran algo, pero yo no sabía el qué.
—Dios —dije—, me cuesta muchísimo tener todo este poder y no utilizarlo para castigar a la gente.
Pero Dios no me contestó.
A las seis menos veinte oí cerrarse la puerta de la calle. Padre me llamó y fue a la cocina. También estaba Mike. Mike no es creyente, de modo que no deberíamos relacionarnos con él, pero Padre dice que es un buen hombre y que no pasa nada.
Mike y Padre trabajan juntos en la fábrica. Casi todos los habitantes de la ciudad trabajan en la fábrica. Fabrican acero para aparatos que vuelan. Mike dice que comparativamente no es una mala fábrica. En el valle de al lado hay una fábrica donde matan pollos, y un trabajador estaba tan cansado de matar pollos que metió una mano en la máquina. Y no hace mucho en el periódico hablaron de una fábrica donde la gente empezó a enfermar porque los guantes que utilizaban no los protegían de los productos químicos que manejaban, aunque los dueños decían que eso eran tonterías. Pero a Padre nunca le ha gustado mucho nuestra fábrica y siempre está de mal humor cuando vuelve a casa, a menos que vuelva con Mike.
Me levanté y salí al rellano. Cuando llegué al final de la escalera me detuve para atarme el cordón del zapato. Y entonces oí decir a Mike:
—Doug es un mal bicho. Yo en tu lugar me apartaría de su camino. Ya sé que es más fácil decirlo que hacerlo.
Alguien arrastró una silla y Padre dijo algo que no entendí, y entonces Mike dijo:
—Sí, ya me he enterado.
Padre puso algo en la Rayburn.
—Jim y Doug van juntos al Centro Social —dijo—. Ya sabes cómo son.
—Ya. Bueno, yo diría algo.
—Lo decisivo ha sido la reducción del horario —dijo Padre—. A algunos les ha molestado mucho.
—Pues más reuniones del sindicato.
—El sindicato es una farsa.
Entonces Mike dijo:
—Puede que sea una farsa, pero si al final van a la huelga se armará una buena. —Suspiró—. Si no fuera por esto, sería por otra cosa. Solucionarán este problema y surgirá algún otro; pasa como con las toperas.
—No me he leído la letra pequeña del contrato —dijo Padre, y noté que sonreía.
Entonces se quedaron callados y fui a la puerta y la abrí, y Mike exclamó:
—¡Buenos días, señorita! —Que es lo que dice siempre, aunque sea de noche.
—¿Han puesto muchos huevos las gallinas? —contesté, que es lo que siempre le contesto.
—¿En qué andabas metido, Fred? —me preguntó.
Pensé un momento y respondí:
—Estaba haciendo cosas.
—Así me gusta —dijo Mike—. ¿Por qué cruzó el pollo la calle cuatrocientas setenta y ocho veces?
—No lo sé.
—Porque se le engancharon los tirantes en la farola.
—Muy bueno —dije. Me senté a la mesa y pelé una mandarina.
Ellos siguieron hablando, pero ya no de la fábrica. Al cabo de un minuto pregunté:
—¿Qué es un mal bicho?
Mike miró a Padre y dijo:
—Un mal bicho es alguien con quien es mejor no relacionarse.
Me llevé un gajo de mandarina a la boca.
—¿Qué es el sindicato?
—Judith —dijo Padre—, ¿no tienes nada mejor que hacer que escuchar las conversaciones de los adultos?
Mike rió.
—El sindicato es un grupo de personas que van juntas por ahí.
—Ah —dije. Pensé en Gemma y Rhian y Keri, y en Neil y Gareth y Lee. Conocía a varias pandillas—. ¿Y por qué es una farsa?
Padre negó con la cabeza y se levantó. Mike dijo:
—Supongo que porque no hace muy bien lo que tiene que hacer.
—¿Y qué hace?
—¡Vaya con el tercer grado! —dijo Mike—. Pues mira, organiza cosas para que nos traten bien a los obreros; al menos ésa es la teoría.
Más tarde, cuando Padre y yo estábamos cenando, dije:
—¿Por qué el sindicato no sirve para nada?
—No te cansas nunca, ¿eh?
Iba a preguntárselo otra vez cuando él añadió:
—El sindicato está demasiado mal organizado para hacer nada.
—Ah.
Padre comía deprisa. Vi que su nuez bajaba y subía cuando tragaba un bocado de patata. Dijo:
—Pero tú no debes preocuparte por esas cosas.
Chafé una patata con el tenedor para ver hasta dónde subía antes de caer hacia los lados.
—Y ¿por qué quieren ir a la huelga?
—No creen que deban reducirnos el horario.
—Y ¿tú crees que deberían reducíroslo?
Las mandíbulas y las sienes de Padre se movían arriba y abajo.
—Lo que yo piense no importa, Judith. Lo que importa es que honremos a las autoridades civiles como representantes de Dios en la tierra. Jesús dijo: al césar lo que es del césar, y a Dios lo que es de Dios.
—Pero ¿es injusto reducir el horario?
—Jesús dijo: pon la otra mejilla. Tenemos que dejar las cosas en manos de Dios —respondió Padre—. La mayoría de las cosas no merecen que nos preocupemos por ellas. La mayoría de las cosas son de poca importancia.
Seguí chafando la patata.
—Las cosas de poca importancia también son importantes —dije.
Padre dejó su cuchillo y dijo:
—¿Qué haces, comes o juegas con la comida?
Dejé de chafar la patata.
—Como —contesté.