La llamada de larga distancia
Padre dice que Dios es la voz que todos los cristianos tienen en la cabeza y que los ayuda a hacer lo que hay que hacer. Dice que el Demonio les ordena que hagan exactamente lo contrario. Eso significa que hemos de vigilar a cuál de los dos escuchamos. Hasta ayer nunca había oído la voz de Dios, aunque hablara con él. Creo que me he guardado muchas cosas que quería decir, porque pasé mucho tiempo sin hablar.
Cuando era pequeña, Padre me llevó a que me viese un médico porque pasaba todo el tiempo mirando fijamente al frente, no hacía nada más. Tengo una fotografía que me hizo Padre en esa época. Brilla el sol y estoy sentada bajo el cerezo que él plantó para Madre en el jardín. La hierba está salpicada de florecillas. Llevo una camiseta azul y unos pantalones cortos que me llegan hasta las rodillas. Tengo un rasguño en la rodilla derecha. Estoy sentada con las piernas juntas y estiradas. Tengo las manos en el regazo. Parezco uno de esos muñecos que los niños queman en la noche de las hogueras.
No entiendo por qué pensó Padre que sería buena idea llevarme al médico, porque él nunca va al médico, pero el caso es que me llevó. Recuerdo que el consultorio olía raro. Recuerdo que había una silla con asiento de cuero y, en un rincón, una caja de bloques de plástico y un autobús rojo. Yo jugaba con el autobús mientras Padre hablaba con el médico.
El médico me hizo unas pruebas y luego ideó un plan y llegó a una conclusión. La conclusión era que los dos echábamos de menos a Madre, y el plan era que Padre me leyese en voz alta. Y así lo hizo, y lo aprendí todo sobre los Nefilim y el Arca de la Alianza, y me enteré de por qué la circuncisión debe realizarse en el octavo día, de cómo se limpia una casa infectada por la lepra, de qué cosas no hay que decirle a un fariseo y de cómo se extrae el aguijón de un tábano. Y cuando empecé a leer, empecé a hablar, y al cabo de un tiempo hablaba como el que más, aunque quizá no de las mismas cosas.
No tenía mucha gente con la que hablar excepto Padre, así que empecé a hablar con Dios. Siempre pensé que tarde o temprano él me contestaría. Me lo imaginaba como una llamada telefónica de larga distancia. El cable estaba deteriorado, había pájaros posados en él y hacía mal tiempo, y por eso no entendía qué me decía la otra voz, pero nunca dudé que al final lo entendería. Y un día los pájaros echaron a volar, dejó de llover y lo entendí.