La pequeña bruja
El sábado fuimos a predicar a Hilltop. Es el barrio de viviendas subvencionadas que hay en la parte alta de la ciudad. Allí no hay árboles. El viento silba entre las vallas y las casas con fachadas rústicas y más allá no hay nada, sólo la montaña.
En Hilltop vivía gente rara. Por ejemplo, Crazy Jane, que abrazaba a los niños y lloraba; Jungle June, que invitaba a hombres extraños a su piso; Dodgy Phil, que llevaba un impermeable ceñido con un cinturón y cuyo perro sólo tenía tres patas; y Caerion, que creía que el gobierno lo espiaba, siempre tenía las cortinas naranja y marrón de su casa corridas y para ir a comprar se disfrazaba. Con todos ellos ya habíamos hablado en alguna ocasión. Padre incluso comenzó unas sesiones de estudio de la Biblia con Caerion, pero era difícil porque no paraba de levantarse para vigilar por un resquicio en las cortinas.
En Hilltop vivía alguien más: Neil Lewis. Nunca habíamos ido a casa de los Lewis, de modo que yo no sabía dónde vivía, pero estaba segura de que era una de las de Moorland Road, en la parte más alta del barrio. Lo había visto ir en bicicleta por allí. No sabía qué podía pasar si íbamos a casa de Neil ese día, ahora que él venía a la nuestra cada dos por tres. Ahora que había huelga y Doug no iba a trabajar. Ahora que Doug estaba enfadado por lo que le estaba pasando a Neil en la escuela. Yo no sabía qué podía suceder, ni quería saberlo.
Quedamos en casa de Stan. Nos sentamos en su sofá rojo y la habitación olía a loción para después del afeitado porque estaba allí Gordon, y a perro porque estaba allí el perro, y a tostadas porque la casa de Stan siempre huele a tostadas, y leímos el texto del día. Stan dijo la oración, Margaret comentó que cuando termináramos volviésemos para comer tortitas, y nos marchamos.
Stan iba solo, Padre y yo íbamos juntos, Gordon iba con Alf, Brian iba con Josie, y Elsie y May iban juntas.
Josie me dio un codazo y dijo:
—No te has puesto el poncho.
—Es demasiado bonito para ir a predicar —repuse.
Ella se quedó pensando un momento y dijo:
—Sí, tienes razón.
Hacía tanto frío que al cabo de un rato lamenté no haberme puesto el poncho. El suelo estaba cubierto de escarcha y el viento arrastraba un granizo muy fino. Las miradas que nos dirigía la gente tampoco eran precisamente cálidas. Había pancartas colgadas de las ventanas que rezaban: APOYA NUESTRA HUELGA y TRABAJO DIGNO Y SALARIO DIGNO. Pero yo pensaba en Neil.
Abrigaba cierta esperanza: si nos invitaban a entrar en suficientes casas, tal vez nunca llegáramos a Moorland Road. Y la verdad era que cabía aquella posibilidad, porque, a diferencia de otros lugares, en Hilltop había vecinos que no utilizaban Tácticas de Evasión sino que, muy al contrario, nos hacían entrar en sus casas. De hecho, a veces el problema era cómo salir de allí.
Empezamos con buen pie, porque en la primera casa abrió la puerta un gordo con una amarillenta camisa blanca y un tupé de pelo grasiento. En las paredes del salón había fotografías de un hombre en traje blanco con las rodillas metidas hacia dentro y cuadros de chicas hawaianas con la piel de extraños tonos anaranjados y verdosos. El hombre señaló la fotografía del hombre del traje blanco y dijo: «¡El rey está vivo!» Padre le dijo que había otro rey que también estaba vivo y le enseñó el texto del Apocalipsis que habla de Jesús montado en un caballo blanco. Le dio una revista y añadió:
—Aquí está todo muy bien explicado.
El hombre cogió la revista pero no la miró. Esbozó una sonrisa forzada y juntó los dedos de una mano imitando la boca de un cocodrilo e hizo como si fuera a morderme. Dijo que tenía una hija de mi edad, aunque nunca la veía. Padre dijo:
—¿Sabe usted que se acerca el día en que las familias ya no estarán divididas?
Entonces el hombre se echó a llorar. Dijo que su mujer no lo dejaba acercarse a su hija. Padre buscó otro texto de las Escrituras, pero el hombre no le hizo caso y se enjugó las lágrimas con el dorso de la mano. Dijo que no era él el que bebía y que ella había mentido en el juicio. La que bebía era ella, aquella zorra. Era ella, aquella puta, la que se acostaba con otro hombre que vivía en su misma calle. Más de una vez había estado a punto de coger el hacha y cargárselos a los dos. Y ahora ella se había llevado a su angelito. Ella se lo había buscado, dijo, se lo había buscado, y el día menos pensado… Pero no llegué a enterarme de qué era lo que esa mujer se había buscado, porque entonces Padre dijo que teníamos que irnos.
Después llamamos al timbre de varias casas donde los vecinos nos cerraron la puerta enseguida, y de otras donde no había nadie, y Padre dijo que ya volveríamos más tarde. Empecé a pensar que tal vez sí llegaríamos a Moorland Road antes de las doce. Al final, en otra casa nos abrió la puerta una niña en pijama y descalza. La casa estaba caliente y oí a gente que hablaba y una puerta que se cerraba de golpe. Me tocaba a mí, de modo que dije:
—Hola. Hemos venido a hablaros de las buenas nuevas del Reino. ¿Sabías que pronto toda la tierra será un paraíso?
La niña me miró fijamente, y luego a Padre, y luego la Biblia.
—¿Te gustaría vivir en un mundo donde ya no hubiera nada malo? —pregunté.
La niña frotaba la alfombra con los pies. Era una alfombra rosada y esponjosa. Sus pies debían de estar cómodos allí.
—Estoy segura de que sí —continué—. ¿Me dejas leerte un párrafo de este libro?
La niña se metió un dedo en la nariz y lo hizo girar.
—Estos versículos hablan del futuro —proseguí, y leí el texto de Isaías que trata del león que dormirá junto al cordero.
La niña se sacó el dedo de la nariz y se lo metió en la boca.
—Ésta es la promesa de Dios —dije—: que toda la tierra se convertirá en un paraíso. Estamos rodeados de señales que nos indican que no falta mucho para que llegue ese día. ¿Te gustaría saber más?
La niña se quitó el dedo de la boca y se lo metió en el otro agujero de la nariz.
Empecé a sentir calor. Si la niña no decía algo pronto tendríamos que irnos. Me dieron ganas de sujetarle la cabeza y obligarla a leer el texto. Tenía que conseguir que dijera algo para poder decir algo a mi vez. Entonces apareció una mujer. Llevaba tres aros dorados en cada oreja, un collar con una cosa que parecía un renacuajo dorado y anillos dorados en todos los dedos. Sujetaba un cigarrillo en una mano. Abrió la puerta un poco más y preguntó:
—¿Qué queréis?
Abrí la boca, pero Padre se adelantó:
—Buenos días. Mi hija estaba explicándole a su hija que tenemos grandes esperanzas para el futuro. Hemos venido a este barrio para hacer a los vecinos una pregunta importante: ¿creéis que Dios intervendrá y hará algo para arreglar el mundo?
—Entra en casa —le dijo la mujer a la niña. Miró a Padre y dijo—: No nos interesa, gracias.
Padre dijo:
—¿Sabía usted que Dios tiene planes para esta tierra? ¿Quiere saber cómo lograr un futuro mejor para usted y su familia?
La mujer agitó una mano y le gritó a alguien que pasaba por la acera de enfrente:
—¡Eh, Sian! ¡No te olvides de que esta noche hay bingo!
Padre prosiguió:
—¿Nunca se ha preguntado hacia dónde va el mundo?
La mujer le dio una calada al cigarrillo, entornó los ojos y su busto se infló.
—Pues no, la verdad —respondió, y le lanzó el humo en la cara a Padre.
—Dios prometió que vendría y pondría fin a la maldad que nos rodea —dijo Padre—. ¿Me deja que se lo muestre?
—Pierdes el tiempo —repuso la mujer.
—De acuerdo. Gracias. Ya nos veremos otro día —dijo Padre, y nos volvimos por el sendero del jardín.
Unas casas más allá empezaba Moorland Road.
Comencé a sentir náuseas en cuanto nos metimos por esa calle. El viento que descendía de la montaña nos golpeó como un muro y nos clavó en la cara los trocitos de granizo que arrastraba. En la calle había un coche quemado y muchos niños en bicicletas y una música atronadora en algún sitio. Miré a los niños de las bicicletas, pero no vi a Neil.
—¿Crees que en esas casas donde no nos han abierto ya habrá alguien? —pregunté.
—Pero si acabamos de llamar.
—Por eso. A lo mejor ahora ya hay alguien. Y en algunas ni siquiera nos hemos parado; en esas de la calle sin salida. Deberíamos llamar antes de que se nos olvide.
—Yo creo que no nos hemos saltado ninguna casa —dijo Padre.
—Pues sí nos hemos saltado algunas. Y si no volvemos ahora, quizá nos olvidemos, y el Armagedón podría llegar mañana y esas personas no habrían recibido el mensaje.
Padre arrugó la frente.
—¿Por qué no quieres predicar en esta calle, Judith?
—¡Sí quiero! —mentí.
—Pues entonces, vamos.
La cancela de la primera casa a la que nos acercamos estaba desgonzada. Llamamos a la puerta, aunque no habría hecho falta, porque ya avisó de nuestra presencia el bull terrier atado junto a un colchón en el jardín delantero, que empezó a gruñir y tirar de la cadena. Pasaron unos niños en bicicleta y gritaron: «¡Meapilas!»
Padre volvió a llamar. Me aparté un poco más del perro, que parecía a punto de estrangularse.
—Padre.
—¿Qué pasa?
—¿Es necesario que prediquemos en esta calle?
—Esta gente también tiene derecho a oír el mensaje, Judith.
Volvimos por el sendero y fuimos a la siguiente casa. La ventana de la fachada estaba sujeta con cinta adhesiva y al buzón le faltaba la tapa. En el piso de arriba se oyó un portazo y alguien gritó: «¡No sé quién será, pero dile que se vaya al infierno!» Esa vez nos abrió la puerta un anciano con ojos de animal salvaje.
—Buenos días, caballero —dijo Padre—. Estamos preguntando a sus vecinos si creen que Dios vendrá y hará algo para arreglar los problemas del mundo.
El anciano nos miró, tragó saliva y movió los labios como si masticara algo.
Padre continuó:
—Supongo que las cosas han cambiado mucho desde que era usted un niño. Supongo que antes podía salir a la calle sin cerrar la puerta con llave. Ahora todo es diferente, ¿verdad? No es de extrañar que haya tan poca gente que cree en Dios. Pero mire lo que nos dice la Biblia al respecto.
El anciano movió la mandíbula varias veces sin articular palabra. Miró hacia el interior de la casa y luego de nuevo a nosotros.
Padre leyó un texto de las Escrituras y le entregó un folleto. El anciano tenía los dedos amarillentos y el papel tembló en su mano. Padre añadió:
—Mire eso. Eso es lo que Dios ha prometido que hará con la tierra. ¿Le gustaría vivir en un mundo así?
Una mujer gritó: «¡Mándalos al infierno!» El anciano, cuya nuez subía y bajaba como un yoyó, retrocedió e hizo ademán de cerrar la puerta.
—Quizá no sea el mejor momento —comentó Padre—. Otro día que vengamos me gustaría hablar con usted de nuestras esperanzas para el futuro. ¿Tiene una Biblia? Si la tiene, eche un vistazo a esos textos.
Salimos del jardín y Padre anotó los detalles de la visita.
—Me parece que hemos encontrado una oveja, Judith. Me parece que sí, hemos encontrado una oveja —dijo.
Eran las doce menos veinte. «A lo mejor lo conseguimos», pensé. No era tan difícil; bastaba con dos o tres visitas más y que nos dejaran hablar un poco.
En la siguiente casa nos abrió un hombre que llevaba chaleco y unos pantalones sujetos con cordel. El chaleco le llegaba un poco por encima de la barriga y los pantalones un poco por debajo. Entremedio se le veía la piel, del color de la grasa que Padre le quita al cordero los domingos, y una maraña de pelos blancos.
—Hola, Clive, ¿cómo estás? —lo saludó Padre—. Supongo que ya sabes que soy cristiano. Mi hija y yo estamos compartiendo las buenas nuevas con tus vecinos.
El hombre ni siquiera lo miró. Soltó un gruñido, desvió los ojos hacia el final de la calle y adelantó la barbilla.
—No sé qué pensarás tú —continuó Padre—, pero a mí me parece que el mundo está muy mal.
Clive miró hacia el otro extremo de la calle. Debía de estar aguantando la respiración, porque de vez en cuando se le escapaba un poco de aire. Apoyó un brazo en la jamba, por encima de mi cabeza, y vi que le temblaban los músculos. En las axilas tenía unos pelos blancos que apuntaban en diferentes direcciones y formaban dos diminutos bosquecillos.
—Pero la Biblia nos promete que llegará el día en que Dios limpiará este mundo —prosiguió Padre—. ¿Te gustaría vivir en un mundo donde hubiera seguridad laboral y la pobreza fuera cosa del pasado?
Clive saludó con la cabeza a alguien que pasaba por la acera de enfrente. Dejó escapar un poco más de aire. Seguía sin mirar a Padre.
—¿Quieres que te deje un folleto que lo explica todo muy bien? —preguntó Padre.
Clive no reaccionó. Al cabo de un minuto negó con la cabeza, moviéndola lentamente.
—Bueno, no importa —dijo Padre—. Ya hablaremos otro día.
Clive emitió un gruñido, apartó el brazo de la jamba y cerró la puerta.
—Satanás ha cegado sus mentes —comentó Padre cuando nos marchamos.
Llegamos al final de una acera y empezamos con la otra. Eran las doce menos diez. Estábamos a punto de conseguirlo. Sólo hacía falta una conversación más.
Llegamos a una casa en cuyo jardín había un motor de coche y un cochecito de niño. La puerta principal tenía unos tablones clavados en la parte inferior y el cristal del panel estaba fijado con cinta adhesiva. Padre llamó y nos abrió una muchacha con un bebé en brazos. Debía de tener unos quince años y parecía adormilada. Tenía vello negro en los brazos y vello negro en el bigote y vello negro en el entrecejo. Se le marcaban los pezones bajo la camiseta. Iba descalza. El bebé lloriqueaba y se mordisqueaba el puño y no llevaba pañal.
—Buenos días —dijo Padre—. Estamos haciéndoles una pregunta muy importante a los vecinos: ¿crees que Dios hará algo para arreglar el mundo?
La muchacha tenía párpados gruesos y daba la impresión de que no podía abrirlos del todo. Dijo:
—¿Cómo?
Padre repitió la pregunta.
La muchacha se balanceó un poco.
—¿Sois mormones?
—No. Estamos compartiendo las buenas nuevas de la Biblia con tus vecinos. —Y le ofreció un folleto.
La muchacha entornó los ojos.
—¿Cuánto vale?
—Nada. —Padre sonrió—. Es para que lo leas si quieres. Pero me gustaría mucho hablar de la esperanza para el futuro de…
La muchacha abrió la puerta un poco más y dijo:
—No puedo quedarme aquí con él, hace demasiado frío.
—Ah, bueno —dijo Padre—. Muy amable. —Y la seguimos al interior de la casa.
Olía a fritura y a jaula de jerbos y a humedad y a otra cosa, algo empalagoso que me produjo náuseas y que me recordó a alguien. La muchacha nos guió hasta una habitación del fondo.
Nunca había visto una habitación parecida. El suelo y las paredes hasta media altura estaban recubiertos de linóleo. No había muebles, sólo armarios de cocina sin puertas y una mesa de plástico y unos bancos de plástico clavados al suelo. Había una lavadora en marcha y entre la lavadora y la mesa, una escoba.
Nos sentamos a la mesa. Apoyé una mano en el tablero y lo noté viscoso y pegajoso. Levanté la mano y la puse en mi regazo confiando en que la muchacha no lo hubiera advertido. Ella se levantó la camiseta y empezó a amamantar al bebé. Tenía pelos negros alrededor del pezón. Sentí calor y le miré los pies. Tenía marcas rojas entre los dedos de los pies, como si le hubieran sangrado.
Padre leyó una parte del capítulo 24 del Evangelio según San Mateo sobre las señales del fin del mundo. Dijo:
—Está claro que Jesucristo se refería a nuestra época, ¿verdad? —Señaló los versículos, pero a la muchacha le costaba enfocar la vista. Padre preguntó—: ¿Tienes una Biblia? Si la tienes, busca el texto que aparece en esta revista. Seguro que lo encuentras interesante.
Entonces oímos que un camión paraba delante de la casa y que se abría una puerta. Después oímos un portazo y una ráfaga de aire frío entró por el recibidor. Padre se levantó y sonrió. Dijo:
—Si quieres, otro día podemos hablar de cualquier duda que tengas.
Fuimos a la puerta de la cocina y Padre tendió el brazo para abrirla, pero justo en ese instante la puerta se abrió hacia dentro y allí estaba Doug Lewis.
Doug miró a Padre. Luego me miró a mí. Miró a la muchacha, que salió a toda prisa de la habitación. El bebé empezó a llorar justo cuando Doug volvía a dirigir la mirada hacia Padre.
—Hola, Doug —dijo Padre—. No sabía que vivías aquí. Estábamos hablando con tu hija de…
Doug parecía tan sorprendido como nosotros. Entonces dijo con una voz que sonó a gruñido:
—No es mi hija.
Padre me cogió de la mano.
—Perdona si te hemos causado molestias. No sabíamos que vivías aquí. Ya nos vamos.
Salimos por la puerta de la cocina; el corazón me latía tan rápido que casi no podía respirar. Cruzamos el recibidor y era como estar bajo el agua.
Entonces Doug gritó:
—¡Ya lo creo que os vais! —Era como si hubiera despertado de repente—. ¡Fuera! ¡Largo de mi casa! ¡No se os ocurra volver! ¡Ni os acerquéis a la puerta! ¡No pongáis un pie en la puta acera!
Continuó gritando mientras salíamos por la puerta principal y recorríamos el sendero. Era difícil pensar y andar al mismo tiempo, aunque eso era lo que yo más deseaba, porque sentía como si me aporrearan la cabeza y temía desmayarme.
—¡No nos interesan tus supercherías satánicas, McPherson! ¡Vienes aquí a parlotear sobre la buena voluntad y luego te desmarcas de la huelga y dejas que a los demás nos caiga todo el marrón! —Había gente mirando en las ventanas y en la acera de enfrente y en el jardín de la casa de al lado—. ¡Y otra cosa, McPherson! ¡Aparta a tu pequeña bruja de mi hijo! ¡Le está haciendo la vida imposible! Dile que se dedique a joder a otro, ¿me oyes? ¡¡¡Que deje en paz a mi hijo, coño!!!
Seguimos caminando, pero yo me sentía como en un sueño: había atravesado el hielo y me hundía. Por encima de mi cabeza brillaba un punto de luz cada vez más débil. «Con tal que siga caminando —me dije—. Con tal de que mis piernas sigan moviéndose.» Y entonces noté como si mis piernas fueran dos columnas de gelatina, porque de pronto vi a Neil a horcajadas en su bicicleta, enfrente de nosotros, con Gareth y otros chicos. Debía de haber vuelto a su casa con Doug, en el camión.
Doug todavía gritaba cuando los chicos empezaron a pedalear. Cada vez los teníamos más cerca. Iban de pie sobre los pedales y se inclinaban hacia un lado y otro. Al pasar por nuestro lado derraparon y las ruedas escupieron ráfagas de grava. Describían círculos y cada vez levantaban más grava.
Padre no se detuvo ni se volvió ni me soltó la mano. Fue hacia el centro de la calzada. Yo no entendía cómo podían esquivarnos las bicicletas, pero nos esquivaban. Era como si atravesáramos el Mar Rojo, había corrientes eléctricas que iban de Padre a mí y viceversa y restallaban en el aire alrededor de nosotros.
Salimos de Moorland Road. Los chicos nos gritaron y nos lanzaron un par de piedras. Entonces dejaron de perseguirnos y nos quedamos solos. Soplaba viento y unos bancos de nubes se desplazaban sobre el valle que se abría más abajo.
Padre siguió agarrándome la mano un momento y luego me la soltó.