Una historia

Éranse una vez un hombre y una mujer. Cuando se conocieron saltaron chispas, colisionaron meteoritos, los asteroides hicieron cabriolas y los átomos se partieron. Él la amaba de aquí a la eternidad y ella lo amaba hasta la luna, ida y vuelta. Eran dos gotas de agua, tal para cual, uña y carne.

Ella tenía algo que hizo que él caminara hacia ella. Él tenía algo que hizo que ella le dijese «Hola». Se casaron en el pueblo donde habían crecido y sus familias fueron felices. Entonces alguien llamó a su puerta y les avisó que se acercaba el fin del mundo. El hombre no supo qué pensar, pero la mujer vio la luz de inmediato.

Creer significaba renunciar a cosas. Como ahora sus familias ya no querían saber nada de ellos, se marcharon a vivir a otra ciudad, una ciudad donde hacían falta más predicadores. Compraron una casita de ladrillo. El hombre entró a trabajar en una fábrica. La mujer confeccionaba vestidos. Los vecinos no les demostraban simpatía, pero a ellos no les importaba porque se tenían el uno al otro.

Llenaron la casa de cosas que nadie quería: una puerta con el vitral de un árbol, un reloj de pared sin péndulo, una chaise longue sin muelles, una vieja alfombra de pelo, un tapiz deshilachado con enredaderas y serpientes, un cuadro de ángeles, azulejos rotos decorados con aves del paraíso.

La mujer lijó la puerta y limpió el vitral para que se viera el árbol de colores y la luz hiciera destellar sus frutos. Repararon el tapiz. Con los azulejos rotos hicieron una cenefa para la chimenea. La mujer confeccionó cortinas y fundas con retales. El hombre quitó el pavimento de hormigón que rodeaba la casa y plantó rosas de la Virgen y arecas y un cerezo.

A veces los veo: es de noche y la mujer está sentada en la butaca enfrente del hombre, con el largo cabello sobre un hombro, bordando flores de lupino y malvarrosas, enhebrando el hilo de seda en la aguja y pasándola limpiamente. Entonces pienso que están sentados el uno al lado del otro y que ella está arreglando algo. Luego pienso que no, que ella está sentada a los pies de él mientras él lee la Biblia en voz alta. La mujer está embarazada. El hombre es joven. Se miran y sonríen a cada momento.

Entonces dejo de imaginarme cosas porque no quiero ver lo que viene a continuación. Pero muchas veces lo veo, precisamente porque no quiero verlo.