Pruebas
Entre la cocina y el salón está la salita. La salita es la habitación de Padre. Es oscura y huele a cuero y piel de borrego. Hay un tapiz apolillado con serpientes y enredaderas, un reloj sin péndulo y una chaise longue sin muelles. Hay una raída alfombra de pelo y un cuadro de ángeles y un perchero hecho con un árbol. Hay una gran chimenea negra con azulejos decorados con aves del paraíso. Y a cada lado de la chimenea hay un armario.
En uno de los armarios hay fotografías de Padre y Madre antes de que yo naciera, montones de postales y cartas, y montones de fotografías de gente que no conozco, parientes de Madre y Padre, tomadas antes de que entraran en la religión. Ahora la familia no nos habla, no nos habla ningún pariente excepto tía Jo, la hermana de Padre, que todos los años nos envía una felicitación de Navidad hecha por ella misma invitándonos a visitarla en Australia. A Padre le fastidia mucho porque ella sabe que nosotros no celebramos la Navidad, pero no se atreve a tirarlas.
En el otro armario hay muchos libros. Hay libros sobre el planeta y el universo con fotografías de supergalaxias y agujeros negros y células y cosas así que Padre saca a veces, pero la mayoría los han escrito los hermanos y tienen títulos como: Entonces lo sabrán, El día del Señor y tú, No sabemos cuándo llegará la hora. Seguro que en alguno de esos libros encontraría algo sobre milagros.
Sin embargo, había un problema: los armarios eran de Padre, y antes de abrirlos tenía que pedirle permiso.
Esperé a que se marchara toda la tarde, pero no se marchó. Alimentó con carbón la cocina y preparó una tortilla. Leyó el periódico. Preparó la cena. Lavó los platos. Entonces puso esa cara que pone cuando se dispone a hacer algo y fue al garaje. Al cabo de un rato oí que serraba madera y fui a la salita y cerré la puerta. Cuando abrí las puertas de vidrio mi corazón se saltó un latido. Aquello era pecado, pero un pecado al servicio de un bien mayor, de modo que estaba justificado.
El primer libro que cogí se titulaba Los tiempos benéficos han terminado. Estaba lleno de gráficos y números, y lo puse a un lado. El siguiente libro fue Gog de Magog: el impostor. Ése tampoco hablaba de milagros. Cogí otro. Empezó a formarse una montaña a mi lado, sobre la alfombra. Padre continuaba serrando. De vez en cuando oía el ruido de los leños al caer al suelo. El corazón me latía tan fuerte que vibraba toda la habitación.
Cuando empezaba a pensar que nunca encontraría nada sobre milagros, vi un libro verde oscuro con una zarza verde claro en llamas impresa en la cubierta. Los dones de los hombres. Dentro había ilustraciones de personas que caminaban por encima del agua y muertos que volvían a la vida. Un hombre rezaba dentro del vientre de un pez. Otro, dentro de una caldera hirviendo. Otro, en la guarida de un león. El libro hablaba de dones, mensajeros y llamadas. Decía que los milagros eran la tarjeta de visita de Dios, sus credenciales, el sello de la misión divina. Decía: «Porque donde hay un milagro sin duda alguna está Dios.» Me senté en el suelo con las piernas cruzadas.
«Lo que con Dios es posible casi nunca es posible con los hombres —explicaba el libro—. Los fieles saben esto desde tiempos inmemoriales. Dios no conoce las dificultades. Su capacidad de intervenir en beneficio de quienes le son fieles no tiene límites. La edad no es obstáculo para la defensa del propósito de Dios. Acordaos de la muchacha madianita que, lejos de su casa, le curó la lepra a Naamán, y del niño Samuel, que noche tras noche oía la voz de Dios en el templo previniéndolo del derrumbe de la casa de Elí. No podemos saber a quién considerará Dios un vehículo adecuado para la manifestación de sus poderes, ni de qué manera elegirá revelarlos.»
El corazón todavía me latía con fuerza, pero yo estaba exultante y me sentía muy ligera, como si levitara unos centímetros por encima de la alfombra. «El período de mayor actividad milagrosa coincidió con la presencia de Jesucristo en la tierra —leí—, pero el día del Señor también ofrecerá infinitas posibilidades para que Dios exprese su poder. Los cristianos deberían estar alerta y buscar señales en el sol, la luna y las estrellas, así como en otras manifestaciones sobrenaturales, de que se acerca el final. Será un momento en que los ojos bien enseñados verán la mano de Dios actuando en las vidas de sus sirvientes.
»Sabemos que Dios ha intervenido en nuestras vidas en más de una ocasión, cuando el suplicante era devoto y demostraba una fe verdadera. Debemos recordar que para los escépticos las obras de Dios siempre serán atribuidas a causas terrenales. Eso no debería disuadir a los fieles ni desanimarlos. Ellos son luces que brillan en la oscuridad, y la oscuridad teme a la luz.»
Abracé el libro contra el pecho y cerré los ojos.
No sé cuánto tiempo me quedé allí sentada, pero al poco rato me di cuenta de que ya no oía la sierra. Abrí un ojo. Vi dos piernas delante de mí. Abrí el otro ojo. Las piernas estaban unidas a las botas de Padre. La voz de Padre dijo:
—¿Qué haces?
—Leo —contesté, y me levanté.
—¿Cuántas veces te he dicho que me pidas permiso para coger estos libros? —Se agachó y empezó a apilar los libros. Abrió las puertas del armario y fue poniéndolos uno a uno en su sitio: paf, paf, paf.
—Padre.
Paf.
—Padre.
Paf.
Me costaba respirar.
—Padre, aquí dice que hoy en día todavía pueden verse milagros.
Padre soltó un brusco suspiro.
—¿Qué son esas bobadas sobre los milagros?
Me mordí el labio inferior y dije:
—Creo que el domingo pasó algo. Anoche. Creo que la nieve fue un milagro.
Padre cogió el libro y sopló en las páginas. Lo cerró de golpe y lo guardó con los otros.
—¡El libro dice que quizá no nos crean —continué—, pero que no debemos desanimarnos! Dice que la mayoría de la gente no se da cuenta de que ha visto una señal…
—¿Una señal? —Padre cerró el armario, me cogió por el codo, me llevó fuera y cerró la puerta. Dijo—: Estoy empezando a cansarme de esto. Ayer nevó porque a veces nieva. Incluso aquí. Incluso en octubre. Y ya está.
Mi corazón latía tan deprisa que me costaba respirar.
—¡Y además oí una voz! —exclamé de pronto—. Como Samuel en el templo. Me dijo lo que tenía que hacer.
—Me estoy enfadando, Judith. Ya sabes que mentir es muy grave.
—¡No miento! —protesté—. ¡No sé de dónde provenía la voz, pero la oí!
Padre se había puesto colorado y tenía los ojos muy negros. Dijo:
—Siempre estás imaginándote cosas, Judith. Vives en un mundo de fantasía.
—Pues esto es real —repliqué.
Se quedó mirándome un momento y luego dijo en voz baja:
—No quiero volver a oír una sola palabra más sobre esto, ¿me has entendido? —Y fue a la cocina y la puerta se cerró detrás de él.
Me quedé un buen rato mirando la puerta. Luego subí y me senté en el suelo de mi habitación y contemplé la Tierra de la Decoración.
Y aunque al principio estaba triste porque Padre no me creía, al cabo de un rato me alegré de no haber dicho nada más, porque sería mejor esperar hasta que reuniese más pruebas y pudiera hacer un experimento para averiguar si la nieve había sido una coincidencia.
—Y entonces ya veremos —dije a nadie en particular.
—Eso, ya veremos —nadie me contestó.