Una ventana rota

—Tío Stan —dije a la mañana siguiente en la reunión—, ¿tienes la dirección del hermano Michaels?

—¡Caray! —soltó Stan—. Lo siento, tesoro. Se me ha olvidado. Tendrás que recordármelo otra vez.

—Vale.

—¿Va todo bien? —preguntó.

—Sí. Pero es que necesito escribirle.

—Mira —dijo tío Stan sonriendo—, voy a apuntármelo. —Cogió un trocito de papel, escribió algo en él, lo dobló y lo metió debajo de su alianza—. ¿Qué te parece?

—Genial —respondí.

Tío Stan arrugó la frente.

—¿Seguro que estás bien, corazón? ¿Cómo va todo en casa?

—Muy bien. —No podía contarle lo que había hecho Doug Lewis el día anterior porque a Padre no le habría gustado. Además, lo que había pasado era como algo que se me hubiera clavado en el pecho y me habría dolido mucho si hubiera intentado arrancármelo.

Cuando llegamos a casa le pedí a Padre una hoja de papel de carta.

—¿Para qué la quieres? —preguntó.

—Para escribir al hermano Michaels.

—¿A quién?

—Al hermano que vino y dio la charla sobre mover montañas.

—¿Y para qué quieres escribirle?

—Me cayó simpático.

Padre negó con la cabeza y fue a la salita. Cogió una hoja de su escritorio.

—No voy a darte más —me advirtió—. Así que no lo desperdicies.

Subí a mi habitación. Pensé que podía escribir la carta aunque todavía no hubiese conseguido la dirección. Tenía muchas ganas de hablar con alguien. Escribí:

Querido hermano Michaels:

Me llamo Judith McPherson y soy la niña con la que habló después de dar la charla sobre la semilla de mostaza. Usted me regaló unas cuantas semillas, ¿se acuerda? Espero que esté bien.

Me quedé un minuto pensando.

Le escribo para darle las gracias por venir a nuestra congregación. Su charla me cambió la vida. Cuando llegué a mi casa hice un milagro, y después hice muchos más, pero el primero ocurrió aquella noche después de que usted nos hablara de la fe. Hice que nevara esparciendo nieve de mentira por mi maqueta del mundo. En mi habitación tengo un mundo hecho con cachivaches. Hice que nevara en él y luego nevó de verdad, ¿se acuerda?

Después hice que nevara otra vez y luego hice que parara de nevar. Después hice que volviera el gato de nuestra vecina y luego castigué a un niño de la escuela. Pero ahora ese niño llama a nuestra puerta todo el rato y ayer su padre amenazó a Padre en la Cooperativa y lo llamó esquirol.

Mordisqueé el extremo del lápiz.

La policía no nos ayuda. Nadie se cree que haya hecho ningún milagro. Además, también he oído la voz de Dios en muchas ocasiones.

—Tacha eso —dijo Dios.

—No quiero.

—Es peligroso —argumentó.

—Es que sólo tengo una hoja.

—¡Táchalo!

Lo hice.

Lo que pasa es que ahora no sé si debo seguir haciendo milagros o no. Tener poder no es tan fácil como parece.

Usted dijo que lo único que necesitábamos era dar el primer paso, pero ahora tengo la impresión de que no puedo volver al punto de partida.

Entonces Padre gritó: «¡A cenar!» Doblé la carta y la metí entre las hojas de mi diario, guardé el diario bajo la tabla del suelo y bajé a la cocina.

Más tarde estábamos reflexionando sobre la Caída del Hombre, que ocurrió hace seis mil años, pues a nosotros nos separan dos mil años de Jesús, dijo Padre, y a Jesús lo separaban cuatro mil años de Adán, y al mismo tiempo yo reflexionaba sobre la razón por la que tenía que volver a comer verduras amargas, y no decía nada. Sin embargo, supongo que mi cara sí decía algo, porque Padre comentó:

—En África hay miles de niños que estarían encantados de poder cenar esto.

Estuve a punto de decir: «Pues ojalá pudiera mandárselo», pero justo entonces oímos un fuerte ruido en el recibidor.

—No te muevas —dijo Padre, y se levantó de la mesa.

Pasó tanto rato sin que oyera nada que al final me levanté y salí al recibidor. Me golpeó una ráfaga de viento cargada de lluvia. Entonces vi a Padre de pie, de espaldas a mí. Alrededor de sus pies había cristales de colores, en medio de los cristales había un ladrillo, y donde antes estaba la vidriera de la puerta de la calle, un gran agujero. Detrás de ese agujero estaba la noche.

Padre carraspeó y dijo:

—Vuelve a la cocina, por favor.

Me senté junto a la Rayburn, me abracé las rodillas y apoyé la barbilla en ellas. Le dije a Dios:

—Ayuda a Padre, por favor.

Oí que Padre decía en el recibidor:

—Me han roto una ventana. Sí… la puerta principal… hace unos cinco minutos… No, ya no.

Me asomé a la Rayburn para ver el fuego. El carbón parpadeaba y brillaba, pero las brasas del centro, las más pálidas, estaban perfectamente inmóviles.

—Quiero que venga alguien ahora mismo —decía Padre—. He informado de otros incidentes y ustedes no han hecho nada… No. Escúcheme usted a mí. Tengo una hija de diez años…

En el fuego había cavernas. Había barrancos y desfiladeros y cañadas. Imaginé que viajaba al centro de la Tierra. El calor me rozaba las mejillas y me sellaba los labios. Cerré los ojos y el calor me los acarició.

Padre seguía hablando. Me adentré más en el fuego. Era como estar plácidamente dormida o muerta. Empezó a dolerme la cara, pero no me aparté. Pensé que aquello era lo que sentían las estrellas, ¿y qué eran las estrellas sino hornos que se consumían ellos mismos y que luego caían hacia dentro, volviéndose cada vez más rojos y fríos hasta que sólo quedaba un montón de cenizas grises?

Oí un chasquido: Padre había colgado el auricular. Aparté la silla de la Rayburn. Cuando Padre entró en la cocina, nadie habría dicho, a juzgar por su voz, que hubiera sucedido nada. Dijo que iba a recoger aquel estropicio y que luego continuaríamos leyendo la Biblia.

No dejó que lo ayudara. Desde el umbral de la cocina lo vi juntar los cristales con un recogedor. Lo vi envolverlos para que los basureros no se cortaran. Lo vi barrer el suelo y pasar una mano para comprobar que no quedaran trozos pequeños.

—No camines por la casa en calcetines durante unos días, por si acaso —me aconsejó.

—Vale —dije.

Entonces levanté la cabeza y grité.

Había una cabeza asomada por el agujero de la puerta principal: una cabeza que temblaba, con la cara blanca, los labios rojos, el pelo negro y una gorra impermeable de plástico. Padre también se sobresaltó y exclamó:

—¡Señora Pew!

—¡John! ¡Lo he visto todo! —profirió la señora Pew. Parecía como si estuviera disolviéndose. Unas pequeñas serpientes negras descendían por su frente, y le temblaba la cabeza de forma exagerada—. ¡Han sido tres chicos que iban en bicicleta!

—Ya lo sé. He llamado a la policía. Está todo bajo control.

—Uno de ellos llevaba un ladrillo —continuó la señora Pew—. ¡Qué horror! ¿Por qué habrán hecho una cosa así?

—No lo sé, pero no se preocupe. Vuelva a su casa. Hace un tiempo de perros.

—¿Seguro que estarán ustedes bien? —dijo mientras Padre la cogía del brazo.

Cuando regresó, Padre fue al garaje a buscar unas láminas de contrachapado. Las clavó una a una en la puerta principal. Yo no soportaba mirarlo, no soportaba ver lo que le estaba haciendo a la puerta de Madre. Pero oía que la madera se partía y astillaba, y el azotar de la lluvia y el batir del viento. Cuando el agujero estuvo completamente cegado, el recibidor volvió a quedar en silencio.

Padre estaba secando el suelo cuando llegó un policía. Plantado en nuestro recibidor, se puso a escribir en un bloc. Padre esperó a que terminara; a la luz de la lámpara, sus ojos resplandecían como dos trozos de carbón encendidos.

—¿Y no ha visto usted quién ha sido? —preguntó el policía.

—No.

—¿Lo único que ha encontrado ha sido el ladrillo?

—Sí.

—¿A las nueve en punto?

—Aproximadamente.

El walkie-talkie que el policía llevaba en el hombro se encendió con un chisporroteo, y el policía habló por él y dijo:

—Sí, vale, dile que espere un momento… No, sólo es un doméstico.

Padre esperó. El chisporroteo fue apagándose. Entonces Padre dijo:

—Bueno, ¿y qué van a hacerles?

—¿A quiénes, señor McPherson?

—A los vándalos que han hecho esto.

—Pero si no sabe quién ha sido —dijo el policía.

Padre cerró los ojos un instante y luego volvió a abrirlos. Me pareció que decía algo sin mover los labios.

—Han sido los mismos chicos de los que llevo un mes quejándome —dijo al fin.

—Pero no los ha visto.

—No, esta vez no. Estaba en la cocina con mi hija. Oímos un estruendo y cuando llegamos a la puerta ya se habían marchado.

—Exacto —dijo el policía, y se guardó el bloc.

—Pero nuestra vecina sí los ha visto.

—¿Podría identificarlos? —preguntó el policía.

Vi que a Padre le latía una vena de la sien.

—No lo sé. ¿Por qué no se lo pregunta a ella?

—Estoy intentando ayudarlo, señor McPherson. Yo, en su lugar, me plantearía instalar cámaras de videovigilancia. Las grabaciones de vídeo suelen tener validez en un juicio.

—¿Cámaras de videovigilancia? —Padre soltó una risa extraña.

—Esta noche ya no podemos hacer nada más —continuó el policía—. Archivaremos esta denuncia con las otras quejas que ha presentado. Si vuelve a tener algún problema, ya sabe dónde estamos.

Padre negó ligeramente con la cabeza. Era como si intentara sacar de ella algo que se había soltado. Dijo:

—Pero ¿cómo? ¿Ya está?

—Lo único que podemos hacer es patrullar la zona de vez en cuando. Buenas noches, señor McPherson.

Y se marchó.

Me mordí el labio inferior. A la luz de la lámpara veía brillar los pelitos de la coronilla de Padre. Tenía los brazos caídos a los costados. Se rascó una ceja y luego volvió a dejar el brazo colgando. Dijo:

—A tu madre le encantaba esta puerta.

De pronto me dieron ganas de tocarlo.

—Lo siento —dije. Estaba asustada; Padre nunca mencionaba a Madre.

Él pestañeó como si despertara y preguntó:

—¿Por qué lo sientes? —Frunció el entrecejo y su semblante volvió a ensombrecerse—. ¡Esto no tiene nada que ver contigo!

Por cómo lo dijo parecía que tuviera mucho que ver conmigo. Puso la fregona en el cubo, cerró la puerta con llave, recogió la bolsa donde había metido los cristales y volvimos a la cocina.

Me comí todas las verduras, sin dejar nada en el plato, aunque ya estaban frías y viscosas, para que Padre siguiera reflexionando sobre la Caída del Hombre, que ocurrió hace seis mil años, y no sobre lo que había pasado hacía tres cuartos de hora en nuestro recibidor.