Una cancela
Como al día siguiente no fuimos a la reunión tampoco tuve que decidir si me ponía el poncho de Josie o no. No fuimos a predicar ni leímos la Biblia ni comimos cordero asado con verduras amargas.
En lugar de hacer eso, Padre se dedicó a levantar una cancela.
Yo nunca había visto una cancela como aquélla, y creo que los demás tampoco, a juzgar por las caras que ponían cuando pasaban por delante. Padre trabajó todo el día haciendo la cancela del jardín delantero. Había hielo en el suelo y no se derretía porque el sol era muy débil. Yo le llevaba tazas de té, pero él me decía que me quedara dentro porque hacía mucho frío.
A las dos menos diez telefoneó tío Stan para saber si estábamos bien. De pronto me extrañó que Padre no hubiera llamado a tío Stan ni a Alf para contarles lo del incendio, pero no me atreví a preguntarle por qué. Le dije a tío Stan que Padre estaba haciendo una cancela.
—Ah —dijo él. Y añadió—: Bueno, así que estáis los dos bien. No estáis enfermos ni nada.
—No. ¿Quieres que le diga a Padre que se ponga?
—¿Está ocupado?
Padre pasó tambaleándose por delante de la ventana con la cancela a cuestas.
—Un poco —contesté.
—Entonces no lo molestes, tesoro —dijo Stan. Y preguntó—: ¿Una cancela?
—Sí.
—Bueno, dile que he llamado porque os hemos echado de menos.
—Vale.
Cuando colgué me sentí rara. La voz de tío Stan parecía llegar de otro mundo. Entonces lamenté que no hubiéramos ido a la reunión. Ni siquiera me habría importado ponerme el poncho.
Cuando Padre terminó la cancela, ésta era más alta que él y por su forma parecía la ventana de una iglesia. Tenía tres tablones de grosor, tachuelas metálicas en la parte exterior y, justo en el medio, un pomo de latón con forma de púa del tamaño de una mano. Padre tardó una hora en colocarla; el sudor le resbalaba por la cara, y hacía un ruido como si estuviera agonizando. Me enseñó cómo funcionaba la cerradura y me dio una llave. La llave era más larga que mi mano y muy pesada.
A la hora de cenar le dije:
—Ha llamado tío Stan.
—Ah, ¿sí?
—Creía que estábamos enfermos.
—¿Qué le has dicho?
—Que estabas haciendo una cancela. Me ha dicho que te diga que nos han echado de menos. —Llevé los platos al fregadero y pregunté—: ¿Traigo las Biblias?
—Espera un momento —respondió Padre, y apoyó los codos en la mesa y se cogió la cabeza con ambas manos.
Hasta entonces nunca me había fijado en sus manos. Me di cuenta de que parecían el doble de grandes de lo normal y estaban muy rojas, como si las hubiera sumergido en agua hirviendo. Estaban llenas de cortes y sangre seca y despellejaduras. Los dedos semejaban salchichas a punto de reventar.
Lavé y sequé los platos y fui a buscar las Biblias. Pero, cuando volví, encontré a Padre dormido con la barbilla apoyada en los brazos cruzados.