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Si existo para ellos. ¿Quién soy?
Abandonado del mundo, pero ducho en la ciencia acrobática, hubiera podido responder: el que sabe de metamorfosis y aniquila secretos, el que descubre el silbido del tiempo en el edificio que cae.
«Pobrecillo, se cree que es nada».
En aquella Semana Santa del setenta y siete, no era el único ser al que el mundo no hacía demasiado caso: Carlos Escudo era mi socio en la oscura deriva por la sede de un partido inventado. La diferencia entre los dos estribaba en que él fingía ignorar su condición de cadáver político, o la disimulaba muy bien. Rodaba y rodaba, se consumía en la acción inútil. Sólo dos acontecimientos alteraron la disciplina para organizar la puesta de largo del PLC en su ciudad natal: la legalización del Partido Comunista y las declaraciones de Jaime Vilabrafim en un rotativo madrileño dentro de la serie «Cien Españoles para la Democracia». La legalización del Partido Comunista hizo aflorar en Carlos Escudo el atrevido supuesto de que una epístola suya enviada al Presidente Suárez había ayudado a que el mandatario acabara por enfrentarse a otra de las exigencias de la calle. El artículo dedicado a Vilabrafim le entregó al ejercicio de la frotación de manos. La incertidumbre, o quizá la envidia, pero nunca la lucidez.
Un extracto de las declaraciones de Jaime Vilabrafim:
Apunto y disparo, amigo periodista. Adolfo Suárez ha manifestado a los miembros principales del Centro Democrático que lo más cercano a su idea es la opción que hemos formado entre varios políticos y sus respectivas bases sociales. Según palabras de Adolfo, vertidas en mi oído mediante susurro de súplica, atienda bien a la fuente, joven, a él le gustaría potenciar ese Centro para lanzarse desde ahí a la palestra electoral. Yo, yo mismo, myself, que diría Shakespeare, expuse en febrero esa idea en una charla en el Club Bajo Cero. Me llamaron loco, ¿quiere usted creerlo? En aquellos momentos difíciles, con los sucesos de enero en la trastienda, mi plan era potenciar una toma de verdadera conciencia democrática, una cierta mentalidad de salvación nacional. El torbellino sigue, pero parece que la tensión ha disminuido algo, o al menos nos hemos acostumbrado y seguimos trabajando por el bien de los españoles. Si el presidente del gobierno quiere ponerse al mando, tendrá que discutir mucho con nosotros, los elementos más destacados del Centro Democrático, para evitar cualquier promesa adulterada tras la que se pueda ocultar la continuidad de la corrupción franquista. Y punto. Como advirtió Chateaubriand: «El silencio es grande. Lo demás, flaqueza».
Y llegó la acrobacia.
—Sí, amigos, no quedó más remedio que reconocerlo. El esfuerzo de los dos niños había sido vano. Después de recorrer la ciudad, de intentar salvar a las mujeres, a la representación de la madre, de la nación, las fuerzas verdaderas siguieron siendo las mismas, y el cadáver de lo que algunos anhelaron que fuera la democracia, de la utopía, de la ilusión, flotaba en las sucias aguas del puerto en otro día lluvioso. Nadie supo con qué intención se urdió el engaño, aunque todos podían imaginarlo. La esperanza murió por no hacer caso de la persona adecuada, por la mentira y el miedo. Uno de los niños ya ha crecido, y a veces se encuentra con alguien que fue testigo de los acontecimientos. Nadie quiere hablar, pero la expresión de sus caras lo dice todo. Quisieron cambiar la apariencia para que todo siguiera igual. Y fue a peor. El niño aquel, convertido en hombre, silencioso también, da media vuelta y camina. Su silueta recortada se pierde en el crepúsculo, mientras intenta olvidar por qué ha muerto el bailarín y teme que en el futuro, otro niño, su hijo, le pregunte: «¿Por qué nunca hablas de ese día?». No sabrá qué contestarle.
El escenario desnudo, sin logotipos, sin carteles, sin adornos. Sólo una delicada luz destacaba a Carlos del Escudo de las tinieblas. Carlos del Escudo, sin levantar la vista del papel, oyó los aplausos de su familia. Y los míos. Y los de un periodista que desfiló con larga zancada hacia la salida de uno de los teatros con mayor aforo de la ciudad en cuanto percibió que había cumplido un expediente innecesario. Y no se oyó nada más durante un buen rato en la platea vacía. La noche anterior, cuando hasta yo me había contagiado de su nula intuición ante la evidencia que nos brindaba la falta de noticias, como si en verdad estuviese muy ocupado y media Barcelona no hubiera argumentado la más peregrina de las excusas con tal de no cenar con él, Del Escudo me pidió que redactase unas notas complementarias para leerlas en el mitin junto con su discurso y el de Vilabrafim. Su discurso no existía. El de Vilabrafim tampoco. Vilabrafim ni siquiera apareció. Ni Ballesta. Ni Del Yelmo. Nadie. Las excusas sobre el mucho trabajo, la necesidad de serenar los ánimos ante los inminentes cambios en el banco, se habían convertido en una fuga. Sólo la solidaria familia del que a partir de entonces volvió a llamarse Carlos del Escudo apoyó con discreción la ponencia en las dos primeras filas de aquel cementerio. Durante aquella semana, habíamos editado una propuesta de programa electoral para la coalición, anunciamos el acto en los periódicos, enviamos mil invitaciones a los miembros más destacados de la sociedad civil, alquilamos ese teatro cuyas paredes, butacas y rasos parecían asistir ahora al íntimo ensayo de un drama patético, tramitamos la autorización gubernamental, intentamos contratar en vano a la cantante Karina para que interpretase ante lo que suponíamos sala abarrotada su tema «Buscando en el baúl de los recuerdos», un ejemplo inmejorable de que no hemos de buscar la felicidad en el tiempo pasado, sino coger la flor del día sin dejar de lado un prudente vistazo al futuro.
Los guardaespaldas, que tanta apariencia habían aportado a la figura de Del Escudo en esos meses de vorágine, subieron al escenario cuando el silencio hizo elocuente el embarazo. Cuando el político levantó una mano antes de desaparecer entre bastidores, la familia volvió a aplaudir. Desde la última fila de platea creí que era mi deber preguntarle a Del Escudo si necesitaba algo más, antes de salir corriendo a la calle para que toda la ciudad se permitiera reprocharme un alarido desesperado. Próximo al grupo de unas diez personas que en ese momento soportaban el ninguneo de sus conciudadanos y entrechocaban los collares de perlas al agacharse a recoger sus bolsos y abrigos, percibí la triste sonrisa de la señora Del Escudo cuando caminaba a mi encuentro, la mano extendida, los ojos azules, la boca ancha, el pelo recogido, la figura patricia, el traje siena. Me envuelve la suavidad de su perfume, se cortan los alientos, redoblan los timbales. Iba a deslizar un humorismo priápico con el fin de aliviar la tristeza del momento, pero la evocación de Sisita Ponce-Caballero del Escudo no autoriza la obscenidad, ni preguntarse qué golpea el timbal si han robado las baquetas:
—Creo que eres Fernando, ¿verdad? Isabel, la mujer de Carlos, encantada. Aunque no haya habido mucha suerte, tengo que felicitarte, has hecho un gran trabajo. Y el discurso es magnífico. La imagen de las naciones europeas modernas buceando tras una mampara de cristal y los españoles sin poder tocarlas mientras les hablan de guerras y de muerte es magnífica. Y lo de la democracia flotando en las aguas del puerto después de bailar un zapateado en la oscuridad que sólo escuchan las mujeres y los niños… Chapeau!… No te vayas, por favor, Carlos quiere decirte algo. —Entonces la hermosa cabeza se volvió al grupo donde musitaban varias ancianas, reía la tía soltera que nunca falla y bostezaba un hippy, anómalamente trajeado, al que el disfraz de hombre de bien le sentaba como un tiro—: ¡Carlos!
—Está ahí dentro —dije.
—No, mi marido, no, mi hijo. Los Carlos abundan por aquí, ¿sabes? —Sisita me dirigió un guiño de complicidad—: Si aterriza, te lo presento…
En efecto, la cara del bueno de Carlos del Escudo Jr. anunciaba la convicción de vivir feliz, allá, en el hiperespacio. Fue la expresión de su rostro al aparentar el pensamiento «¿Dónde he visto yo esa cara?» lo que provocó que yo me hiciera la misma pregunta. Así, mientras le estrechaba la mano, me interesaba por lo que tenía que contar y su madre (que parecía su hermana) aclaraba que no era ese Carlos el que tenía que decirme algo, sino su marido, le puse a esa cara lunática un bigote de bandido y alargué su melena. De pronto, me encontré ante el novio de Panene del Yelmo, la hija hippy de don Tomás del Yelmo. Tina, Agustina y yo les habíamos seguido hasta una urbanización exclusiva de la localidad de Bagur. Tina, Agustina, había dicho: «Desde luego, Dios los cría…». No sabía qué hacer con ese dato, pero era un dato. Sisita, Isabel, susurraba algo a su marido, al que conducía uno de los guardaespaldas. La expresión del rostro de Del Escudo fingía introspección y cierto desasimiento. En verdad, los presentes eran expertos en simular la mayor normalidad en medio del desastre patente. Del Escudo me miró, impulsó la silla hacia mí. Yo no sabía qué cara poner y opté por babearle a la deliciosa sonrisa de Sisita y esperar a que de un momento a otro el teatro se derrumbara y todos siguieran mirando a otro lado.
—Fernando, hijo. No sé cómo expresarte mi gratitud. Estos días hemos trabajado tú y yo codo con codo. Espero que la experiencia se repita… —Del Escudo buscaba las palabras. Carraspeó Sisita. Carraspeamos todos. Me atreví a dar las gracias—: La cosa no ha hecho más que empezar, no te fíes de las apariencias. ¿Sabes de qué diario era el periodista?
Mentí nombrando un gran noticiario y eché a correr, sorprendido hasta cierto punto de que Carlos del Escudo se fingiera estoico con la misma precisión que energúmeno. En la áspera vía pública, la retórica política, esa moda infame, me empujó a la pregunta «¿Qué hacer?». Decidí volver a la sede y, muchacho sofocado por la primavera, olvidarme del mundo aquella tarde con las fantasías de una Sisita Ponce-Caballero que me llama a su residencia de Bagur para hacer un encargo, y una vez solos, el uno frente al otro, olvida la suave frialdad de sus maneras y me susurra ronca: «Haz conmigo lo que quieras, hijo puta». Por la noche, según costumbre de esos días, me andaría hasta los apartamentos Plutón para dejarme hipnotizar por el parpadeo de los televisores que rodeaban la oscuridad del piso de Tina. Después le aullaría a la luna, que esa noche empezaba a menguar. Al día siguiente, sin decirle nada a nadie, volvería al archivo del banco y me ajustaría entre otros legajos caducos hasta que llegase el fin del Tiempo, una glaciación, las aguas de otro diluvio, los arqueólogos de la nueva era, tan interesados que les veo ante mi sonrisa hierática.
La gente no tardó mucho en formar un corro a mi alrededor.
En realidad, no había esperado la caída de la tarde, ni la proximidad de la casa de Tina para empezar a aullar. Algún viandante reía, alguna bocina entonaba «La cucaracha», algún perro se hermanaba a mi lamento. Un guardia me aconsejó que me esfumase.
El buzón de la sede sólo me podía deparar una nueva carta de alguien con un futuro tan deplorable como el mío que esperaba cuatro duros por rellenar sobres. Pero la realidad fue que empecé a dar saltos cuando, en un folio doblado, leí: «¿Ya no te acuerdas de mí? Apartamentos Plutón».
La tarde iluminada, el zumbido del portero automático, una mudanza en el portal, los muebles blancos desfilan hacia un camión, el ascensor está ocupado. En la escalera que pateo con entusiasmo saco deducciones a la misma velocidad con la que subo. Desde aquel domingo en el que Del Yelmo me notificó la desaparición de Tina, Agustina, cobijé la esperanza de que ella aún diera señales de vida, de que me las diera a mí. Si mis intuiciones eran ciertas, la cortesana iba a yacer a partir de ahora bajo la sombra protectora de Arturo Campanero, de la agencia publicitaria Campanero, Fusté, Rebollo y Smith (CFRS). La empresa estaba ubicada en Madrid, Campanero iba y venía. A lo mejor Tina ofrecía a partir de entonces su carne hospitalaria en un punto desconocido de la ciudad, lo que estaría muy bien, o, en el peor de los casos, se sometería en la capital a las fantasías del publicista. Su nueva interpretación: la muchacha ávida y perspicaz, pero con un corazón de oro y muchas ganas de aprender, la compañera que exige un trato de igualdad, aunque sepa que nunca va a alcanzarlo, tal es el deslumbramiento por el macho, el fornicador que la ha fornicado como nadie lo hizo antes. «No te sonrojes, te digo la pura verdad, eres una fiera». El vanidoso publicista era soltero, además: un mirlo blanco. Había visto su foto y unas notas biográficas en un memorándum de los muchos que Del Escudo apilaba en su despacho. Tenía treinta y tres años y había fundado la agencia CFRS tras sus victorias creativas en Flash-Spot y Pepín, Popoff y asociados. Con ese currículum parece que todo esté dicho, pero Campanero no sólo galonaba trayectoria. De su mente privilegiada habían surgido eslóganes tan famosos, y que aún arrancan una sonrisa evocadora hoy en día, como «Ni un minuto siendo un bruto» para la Dirección General del Libro, o «Abril no es el más cruel si brindas con Rondel» para una marca de espumoso. Repito su estado civil: soltero. La agencia por él fundada junto a Fusté, Rebollo y Smith era pionera en el imaginativo uso de los argumentos y el color en los nuevos spots televisivos. Su filosofía: «La publicidad no es un espejo de la vida, la construye». Impartía clases de publicidad en el máster de creatividad y empresa de una conocida universidad privada. Me saco el sombrero, campeón, pero durante esta tarde, que tan desolada parecía, Tina me pertenece. Ya estoy en el rellano, la puerta entreabierta, ya quiero sacarme los pantalones, un tipo con bigote me mira, el pasillo, el salón desnudo, definitivamente blanco, otro tipo con bigote, la carcajada de Ballesta, el bigote de Ballesta se mueve.
—¡Qué cara de imbécil! ¡Qué pasmo! ¿Ya no te acuerdas de mí? Siéntate en el suelo, aunque sea. Te va a dar algo.
Obedezco. Él sigue de pie y su figura se vuelve amenaza hasta que se aproxima a la ventana y contempla el paisaje. Sin mirarme, me pregunta:
—¿Cómo ha ido todo? ¿Del Escudo nos ha echado de menos?
—Ha sido un poco irreal.
—Sí, a la impunidad por la irrealidad. A la felicidad por la electrónica. Pero, Fernando, haz el favor… Abandona la irrealidad, eres demasiado joven para vivir ahí. Dame datos, sé objetivo, evita sacar conclusiones. Las conclusiones me pertenecen.
Se lo cuento. Soy objetivo. Evito sacar conclusiones, mientras espero que Ballesta me dé una explicación, no sobre el desamparo en que me ha dejado esos días, eso ya lo imaginaba, sino sobre mi porvenir. Ballesta camina hasta el ventanal, se lleva las manos a la espalda, me mira de reojo, empieza a balancearse, levanta las puntas de los zapatos, los talones, las puntas, los talones…
—Desde aquí se ve la casa de Del Escudo. —A ese comentario le podríamos llamar Concepto 1—: No me acaban de convencer estos atardeceres, los de esta ciudad quiero decir. —Concepto 2—: No hay rojos, ni magentas, ni rayos trazadores, ni azules desgarrados. No hay sinfonía… —Adornos del Concepto 2—: La zorrita Alarcón ha hecho bien en irse. —Concepto 3—: Se ha hecho un bien ella, y nos ha beneficiado a ti y a mí. Porque si don Tomás se llega a enterar de que estabais liados no lo cuentas tú, ni lo cuento yo. Y mejor será que no se entere en el futuro.
Dispersa esa sucesión de conceptos en presagios y escalofríos, Ballesta dejó de balancearse. Se acercó hasta mí:
—Levántate.
Me levanté. Me miró. Un movimiento de su brazo. Me eché a un lado, me cubrí la cara.
—Pero ¿se puede saber qué haces? Ven. Deja que te ponga la mano en el hombro. Te tengo que decir algo importante. Si empiezas a dar saltos como una mona, no puedo decirte nada serio. Venga, venga… No me jodas tú ahora con el llanto.
—Soy muy llorón…
—Ya veo. Y es que te metes las pastillas sin contarlas. Eso no es nada bueno para el equilibrio emocional. Escucha. ¿Te interesan los muebles? Los van a meter en un Guarda-Todo. Por lo visto, esa chica se ha ido a Madrid. Asunto concluido, como tantos otros. Ahora lo importante es que no se sepa nada, ni me ocultes nada a partir de ahora. ¿Estamos? Claro que estamos. Ven, acompáñame al aparcamiento.
Ahora circulábamos por la ciudad a bordo del Jaguar. Se suponía que debía estar atento a los sonidos del motor por si algún ruido delataba una chapuza del taller donde habían reparado el coche. El sonido era dulce como el ronroneo de un gato. Sin embargo, habían dejado el morro sin pintar, el acero de la chapa a la intemperie como una costra metálica.
—Tampoco han tocado la parrilla. Está hundida —informé.
—Olvídate de eso… Vamos a Les Feuilles Mortes. Tenemos que hablar, planificar lo que vamos a hacer a partir de ahora.
Si existo para ellos, ¿quién soy?
«Pobrecillo, se cree que es nada».
Les Feuilles Mortes estaba cerrado. Ballesta consultó el reloj, preguntó el día que era, se extrañó un montón, maldijo la W pintada en la pared antes de echarse a reír.
—Bueno, hablaremos aquí. Queda cerca del sitio al que voy después. ¿Cómo empezar? Bueno. Supongo, Fernando, que estos días te habrás hecho muchas preguntas. Afirmativo. Bien. Es lógico. Te voy a explicar cómo está la situación en este momento. Aunque sería mejor que antes hiciésemos un poco de historia. ¿Quieres un cigarro? La cosa va a ir del «Érase una vez» al «Si yo te contara». Una de las ideas que tienes que sacar de todo lo que te voy a decir, que no es básica, pero sí fundamental, es que el «Si yo te contara» significa que no se puede contar.
Y me contó lo que tenía que contar, otro manejo revestido de honda transacción humana, mientras con la luz disminuía también la densidad del tráfico, se iluminaban las farolas, y desde la acera empezaba a llegar de modo más nítido el sonido de los pasos de los peatones. «Érase una vez» un alto ejecutivo de un banco de la ciudad cuyo único mérito durante mucho tiempo fue extender la idea de que se llevaba muy mal con sus primos (quienes dominaban las decisiones del banco matriz) y disimular una tremenda actividad bajo cuerda en las altas operaciones de la empresa que dirigía. Depósitos obtenidos a fuerza de mucho riesgo que en los balances lucen como beneficios, con impecable rentabilidad, inversiones acertadas. No se gana dimensión, no se crece, no se aparenta, pero se mantiene el tipo y hay gente que cobra comisiones. Se gana dinero y la fachada sigue en pie. Se va más allá y se sigue manteniendo el tipo, aún se da un paso más, o no hay más remedio que darlo, y continúan las ganas de jugarse el todo por el todo. Y ahí están los negocios aparentemente ruinosos, las letras falsas, el malabarismo con divisas, las sociedades fantasma que no pagan sus créditos, unos créditos sin garantía y mal documentados, los favores que no se pueden explicar, el lujo, el interés altísimo, los favores no devueltos, el chantaje, las fulanas, las contabilidades para todos los gustos, comisiones, tratos bajo mano, abismos y risas. ¿Por qué? Se pregunta uno y busca motivos racionales, una explicación, un argumento. No lo hay, sólo hay indicios. Las manos de los jugadores tiemblan hasta que olvidan el problema principal por el método más delirante: el problema no existe. Y cuando uno decide que el problema no existe, parece que en verdad no exista, sino sólo posibilidades para la gimnasia mental, la creciente satisfacción, el espasmo de placer ante cada acto que queda impune. No hay mejor estimulante que comprobar la certeza de nuestras intuiciones si nos convertirnos en el ganador, en el protagonista activo de nuestros presagios y vencemos en el resultado de otro negocio sucio que a los demás les pasa por alto. La convicción de que ellos, todos los demás, también querían hacerlo y se han enterado de los hábiles manejos bajo cuerda y no se atreven a hacer nada, hasta lo aplauden. Bienvenido al club de los sobrentendidos, de que una llamada de recomendación funciona, de que un favor es agradecido, que a una palabra nuestra sigue un silencio de reflexión y un «Como tú digas», de que se pasan por alto tus travesuras por ser vos quien sois, la sensación de que se está mandando, de que el sueño del poder y el dinero es esto, las copas satisfechas antes de la cena, la adulación a nuestro alrededor, la codicia sin paranoia, que siempre ha sido así y así será y está muy bien. Esa actividad fraudulenta implica un vaciado general, el vampirismo absoluto y también la más absoluta discreción en el método, que hasta algún idiota le convenga pensar que todo es legal y tú un genio. Sólo dos o tres personas bien instaladas deben saber qué se está haciendo y ninguna de ellas debe tener por separado una idea completa ni de las dimensiones de la estafa, ni de su conjunto. «Si yo te contara…». Y un día nos caemos del caballo y una demolición física da paso a una mental, y ciertamente las palabras que salen de la boca de Del Escudo preocupan a sus socios, a sus brazos derechos. Y sólo una persona puede convencerle de que deposite en él su confianza, el director del departamento jurídico, Tomás del Yelmo, el que hasta hace poco ha sido su pobre imitador. Y su pobre imitador le promete que arreglará las cosas poco a poco, nada espectacular, manteniendo las apariencias. Pero cuando se empieza a tener una idea de cuál es el argumento, de que a «Chico conoce chica» le sigue «Chico ama a chica» y luego «Chico pierde chica» y así hasta el beso del final, y uno toma a partir de ese momento las decisiones importantes, sabe lo que está haciendo, no suda frío y ve que la única persona que puede decirle algo está sumida en una depresión, entonces se divide como una ameba y mantiene una cara para la sociedad, otra para su antiguo protector y la de verdad. La cara de verdad dice que nada se debería hacer si no se sabe qué va a resultar. Ésa ha sido siempre la gran fórmula financiera. No es muy divertida, pero uno le puede encontrar emoción a su propia persistencia en el aburrimiento.
—No sé… —me decía Ballesta, mientras fumaba su cigarro y, de cuando en cuando, fijaba la vista en el espejo retrovisor. Yo intuía que ese relato obedecía a una petición. Una vez más, iba a echar de menos la historia completa—: Además, Del Yelmo, aunque te parezca mentira, siempre ha sido mucho más metepatas, mucho peor negociante que Del Escudo. Por lo menos, durante un tiempo. Asombroso, ¿verdad? Tomás del Yelmo, eso lo sabemos los dos, es un patán malicioso con debilidad senil por las jovencitas, un capataz astuto con el cerebro lleno de semen rancio. Cuesta encontrar un hombre de su posición con menos cualidades que puedan compensar tantos defectos. Y aunque cueste creerlo también, Del Escudo fue antes de quedarse paralítico y hundirse en la idea de un castigo de Dios o vete a saber qué, una persona inteligente, o una persona con la suficiente educación para pasar por inteligente. Lo suficiente como para casarse con una mujer aún más juiciosa que él y preocupada por sus asuntos sin llegar a entrometerse. Pero resulta una mala influencia esa mujer. La influencia de los escrúpulos, el honor de los Ponce-Caballero. No es que sea gran cosa, pero el lema heráldico de esa familia dice: «Sobre todo, las formas». Y eso nos lleva a la entrada en política. Se trata tanto de mantener la impunidad como, si la entrada en política tiene éxito, dar una idea de los asuntos pasados como de un imperativo del momento. No había más remedio que actuar así, dirían, eran los tiempos. Yo ahora, ya lo veis, soy un diputado, trabajo por la gente que me ha confiado su voto. El padre de los Kennedy era traficante de licores, algunos en esta ciudad tienen que soportar la figura de un abuelo esclavista. No hay fortuna, no hay influencia, que pueda presentarse limpia a una auditoría moral. Vosotros, vuestros padres, tuvieron un momento turbio, yo, a lo mejor, tuve el mío, aunque fue hace tanto tiempo que no me acuerdo de los detalles. Mi hijo, mi mujer, mis allegados, tienen derecho a un prestigio. Otra manera de llamar esa operación es «chantaje». Si alguien está metido en las nuevas estructuras democráticas y es un ladrón significa que la nueva estructura ha nacido podrida y está llena de ladrones. Nadie le denunciará.
—¿Y por qué no ha funcionado? —pregunté, mientras me empezaba a interesar tanta curiosidad por lo que el retrovisor pudiera reflejar.
—Por la muerte de Tramontana. La razón más tonta y más imprevisible del mundo. Hasta Del Yelmo hubiera tenido tiempo para maniobrar. A partir de las elecciones, sólo con que Del Escudo hubiera estado en las listas de la coalición de centro, o en otra cualquiera, todos hubiéramos dependido de todos. Los de fuera de los de dentro y los de dentro de nosotros mismos. La muerte del viejo subnormal fue la excusa para que los del Banco de Negocios dijeran basta y Del Yelmo se subiera a la parra. Gracias a Dios que he podido hablar con él y hacerle entrar en razón. Se tomará unas vacaciones y luego dimitirá. Alegará problemas de salud. Antes de que Tramontana muriese, le hizo firmar los poderes justos para que los mamoneos principales tarden años en saberse. Eso sí, Del Yelmo ha perdido cualquier influencia que pudiera tener. Y tenía a su alcance mucha.
—Pero él no entregó el dinero —me atreví a decir.
—¿De qué dinero hablas?
—El dinero que prometimos cuando estuvimos en Madrid. La reunión a la que Del Yelmo no se presentó. Todo lo que hemos hecho. Si Del Yelmo no acudió a la reunión es que nunca pretendió que la historia fuera a más. Sólo quería ganar tiempo.
—No sé de qué dinero hablas. No hay ningún dinero. Nada dependía del dinero.
El concepto «dinero por favores» había desaparecido, y Ballesta se había atrevido, no sólo a contestarme, sino a mentirme de forma descarada. O no quería reconocer que había sido engañado y se tenía que aguantar, o me estaba preparando alguna encerrona.
El Jaguar estaba allí, sí. Ballesta había hablado con Del Yelmo, pero ahora él sabía que Del Yelmo había pretendido engañarlo. «Si existo para ellos, ¿quién soy?».
—Pensarás que también soy un chapucero. En nuestro proyecto, en lo de la política. Al final, sólo has dado la cara tú… Y ahora debes de pensar…
—No, qué va… —«Si existo para ellos, ¿quién soy?».
—Hice lo debido. Que mi estrategia no funcionara no dependía de mí, ni de casi nadie. Había demasiadas circunstancias —Ballesta volvió a mirar por el espejo retrovisor—: Tú también hiciste lo debido. Negándome información, quiero decir. Si piensas que he estado enfadado contigo, que la semana pasada te dejé que sufrieras con Del Escudo, a su lado, no te preocupes, no tiene nada que ver. A partir de ahora, trabajaremos para Vilabrafim, tú seguirás cobrando tu sueldo del banco y, si las cosas se ponen muy feas, te pondremos en nómina de la coalición. ¿Leiste la entrevista con Vilabrafim? ¿Lo de «Cien españoles para la democracia»? ¿No me descubriste detrás…? ¿El talento en la sombra?
La verdad es que no. A esas alturas, todos los talentos, en la sombra o no, me parecían iguales. Ballesta se dio cuenta de mi escepticismo.
—Mira, Fernando. Voy a darte una lección muy importante. Para la política, para la vida, para todo. Los movimientos tácticos no pueden calificarse a tenor de los resultados. Uno, en su intimidad, no puede hacer balance de sus propios actos de ese modo, ni para bien ni para mal. Te pondré un ejemplo. ¿Hizo bien Suárez al convocar en diciembre un referéndum para la reforma política? Ahora pensamos que estuvo bien, porque ganó el gobierno, que era quien tenía que ganar, y el proceso democrático sigue adelante más o menos. Pero dentro de unos años, si vuelve a haber fusilamientos en los descampados, si los moros después de saquear ciudades llevan en los macutos de campaña una cabeza podrida para sacarle las muelas de oro a la menor oportunidad, el referéndum, la legalización de los partidos, la coalición esa donde sólo quieren a los ladrones buenos, lo poco que se haga a partir de ahora y hasta que los verdaderamente poderosos se cansen y sus peces piloto empiecen a decir «No era eso, no era eso…», Suárez, nosotros mismos, la gente que ha creído en los cambios y los ha apoyado, quedarán como fantoches, o, en el mejor de los casos, como débiles. Si las cosas acaban bien, todo fue inteligente, decisivo. Si acaban mal, no faltará el que se ponga la gorra de pensar y diga que no se hizo más que cometer torpezas. Supongo que nuestras burdas actividades se olvidarán. Para que lo nuestro se olvide no hará falta mucho esfuerzo. Pero me gustaría que si alguien, con el tiempo, se ocupa de nosotros practique la compasión. Te estoy diciendo la verdad.
Los faros que parpadeaban una manzana más abajo tuvieron que hacerlo tres veces para que Ballesta se diese cuenta y disimulara. Para que disimuláramos los dos.
—Cuando yo sea un viejo, ¿practicarás la compasión? Te estás enterando de demasiadas cosas. Y de más que te vas a enterar. Pero yo creo que, a nuestra extraña manera, ahora ya formamos parte de la normalidad. De la nueva normalidad. Me han dicho que las elecciones serán en junio.
Ballesta encendió un cigarro, miró de reojo al retrovisor. Los faros de un coche blanco ya no parpadeaban, pero el coche seguía ahí, aparcado en doble fila.
—Me tienes que hacer un favor, Fernando. Es un favor que yo le devuelvo a Del Yelmo. A partir de ahora ya no le deberé nada y cada uno irá por libre. Tú y yo ya hemos salvado el pellejo y por muy asqueroso que sea el viejo yo creo que se lo debemos.
Uno lo sabe, conoce el momento verdadero, un silbido en el aire, el silbido del tiempo, la encerrona. Si existo para ellos. ¿Quién soy?
—¿Me escuchas, Fernando? Resulta que Del Yelmo ha recibido una amenaza de un grupo anarquista. Corre la voz de que van a atentar contra importantes empresarios. Como Del Yelmo no tiene nada que hacer hasta que se convoque la junta de accionistas y presente la dimisión, ha decidido tomarse unas vacaciones en el extranjero. Además, está muy cansado y herido por lo de la chica. También ha vuelto a la normalidad, no sé si definitivamente, pero está con su mujer y su hija pequeña en Niza.
Del Yelmo no tiene nada que hacer. Del Yelmo está de vacaciones. Existo para ellos. ¿Quién soy? ¿Por qué Del Yelmo me dio una pista tan clara? ¿Qué estaba pasando ahora mismo?
—Tienes que llevarle el coche a Francia. A esta dirección… —Ballesta buscó en el interior de su americana y fingió que dudaba si leía el papel correcto hasta que me lo pasó. Está en la misma Niza. Es un aparcamiento privado. Igual te encuentras a don Tomás en persona, o algún recado para encontrarte con él. Dale recuerdos y dile que no hay novedades. ¿Tienes dinero? Te daría algo, pero estoy sin un duro hasta mañana.
—No hay problema.
—Búscate un hotel. Si quieres, mañana pasa el día por ahí. Date una vuelta. Vas en taxi hasta la frontera y, de ahí, vuelves en tren. ¿Llevas el pasaporte?
—Está en la sede.
—Está en la sede, claro. Bueno, ve a buscarlo y sal para allí. Pasado mañana te llamaré. ¿De acuerdo? La semana que viene tenemos una comida con posibles candidatos para las listas del Centro Democrático. Te conviene conocerlos y tener muy clara una cosa: Del Escudo era un lastre y esto es el mundo real. Nadie te va a pedir cuentas por eso.
Ballesta tenía una habilidad única para pasar de una disposición escénica a otra sin aparentar movimiento. Ahora estaba de pie, cerrando muy despacio la portezuela del coche.
—Ten cuidado. Con el tráfico, quiero decir…
Arranqué y subí la calle. Al doblar la esquina para desviarme a la derecha, vi cómo Ballesta pedía precaución con la mano a un Seat 1430 blanco que se acercaba hasta él. Los edificios, las farolas encorvadas, me prestaban atención. Alguien se había olvidado en algún bolsillo la llave del maletero, que solía pender del contacto como un ahorcado y entrechocar con el distintivo de Jaguar. Los semáforos me permitían el paso. Al derribarse sobre mí de tanto atenderme, los edificios, las farolas, silbaban el silbido del tiempo.