24

—Damas y caballeros, después de las palabras de mi insigne compañero, Carlos del Escudo, y del tierno cuentecillo del piloto con el avión averiado que se encuentra en el desierto con un principito que habita un planeta muy pequeño y le cuenta su visita a otros donde nadie es feliz, déjenme que eche yo también mano de la alegoría para ubicar de una manera decidida en estos tiempos de tanta vaguedad y confusión el ideario del Partido Liberal Ciudadano. Espero que esta cabeza… —Jaime Vilabrafim señaló su propia cabeza, que hacía nada acabábamos de peinar entre muchos— tentada de igual modo por el ideario español, no encuentre el mismo destino que aquella otra que acabó sus días lanzándose a las heladas aguas del Volga. ¿O fue el Vístula? ¿O fue el Oder? ¿El Neva, quizá? —La mirada perdida de Vilabrafim creyó navegar un caudaloso río formado por las cabezas que llenaban el auditorio como si ellos, nuestros invitados, fuesen también los remeros de su memoria. Pronto volvió en sí—. Me refiero, en cualquier caso, a Ángel Ganivet, ese gran hombre, quien dijo en su Idearium Español

Vilabrafim miró a Ballesta. Ballesta señaló con disimulo el papel que temblaba en las manos de Vilabrafim. Los sucesos se habían precipitado y cada uno, a su manera, deambulaba por las zonas más negras del engaño. Sin embargo, si algo parecía meridiano entre la confusión, era que Vilabrafim le había tomado miedo, y hasta un respeto que no tenía origen en ese miedo, al que se había convertido en su perro guardián. Después de mirar a Ballesta, a su gesto imperativo, Vilabrafim volvió la cabeza hacia la gran W a su espalda, presidenta otra vez del acto, como si el Boris de anoche no le amenazase a él, sino al símbolo del partido. Media hora antes, según iba apareciendo en el acto una fragante y brillante delegación de todo Madrid, caras pastosas y carmín radiactivo, y se lanzaban besos al aire cerca de una mejilla, y de otra, se abrazaban, manoseaban o chismorreaban al oído, el público había alabado la audacia de nuestro logotipo y la renovación en el ámbito del diseño gráfico, como se vitoreaba la llegada de todo lo nuevo que no fuese excesivo, ni turbara las siestas y las fiestas. Vilabrafim proseguía:

—… lo que dijera Ganivet me lo reservo para otro día, qué caray. Ya saben que adoro citar, pero a veces soy demasiado generoso con mis citas, que luego corren de boca en boca dando lustre a los que no tienen más cultura que la memoria de café. Café con leche en vaso, por cierto. ¡Qué horteras! —Vilabrafim desplegó su papel—: Señoras, señores, imaginen, como John Lennon, el cantante pop, a la civilización occidental, a los países desarrollados, como una gran ciudad. O una ciudad que se cree grande. Es un tiempo aciago. En la zona más pútrida de esa ciudad, en sus arrabales dominados por el hambre, la injusticia, lo insalubre, la violencia… —Vilabrafim echó una mirada de reojo a Ballesta por si objetaba sus adornos oratorios: Ballesta no los objetaba—:… el miedo, en esas barracas de cochambre, domina un caudillo. Ese caudillo ejerce su dominio más allá de su poder real; sin embargo, el miedo lo puede todo, y los habitantes de esas barracas viven tan miserabilizados que hasta veneran a ese hombre. Ese caudillo muere y los que desean que el aura de su figura se perpetúe buscan un culpable antes de enterrarlo. Los que quieren deshacer la ciudad con el pretexto de acabar con las chabolas también buscan un culpable, porque les interesa eternizar la memoria del caudillo para tener un enemigo imaginario en el que poder apoyarse. O para tomar el poder señalando siempre la estatua que corona su sepulcro y diciendo a los incautos: «¡Mirad! ¡Cuidado! ¡Puede volver!». El culpable de esa muerte, de ese querer enterrar en el olvido de una vez para siempre, es el mismo en los dos casos. Todos quieren eliminar al amnésico, al traidor, según se mire. Sólo dos niños —yo también, como verán, he elegido una alegoría infantil—, sólo dos pequeños creen en la inocencia de ese presunto culpable. Porque lo han conocido, porque lo han visto con ojos limpios, porque ellos son el futuro y se han dado cuenta de que en sus mensajes hay alegría y hay verdad… Según su inocente conciencia, en el que todos señalan está el futuro que ellos esperan, no el que ellos temen. Porque esos niños, señoras y señores, también temen con ojos limpios, y con ojos limpios no se teme el futuro, sino el pasado.

Vilabrafim volvió su papel, mientras calculaba el impacto de su oratoria en el público. Se llevó una mano al nudo de la corbata, remate perfecto del impecable traje que le habíamos comprado una hora antes. Examinó sus gafas de montura dorada y se sintió satisfecho del nuevo adminículo. Al filósofo, al mago, le había compensado bajar a la arena pública. Eso decía el modo de mantener la pausa, de acariciarse la calva, de atusarse la perilla. El ambiente en la sala era de rendida admiración, una tensión benéfica se abría paso entre el silencio. Yo miré a Ballesta. Ya no podría perdonarle nunca, pero la información que poseía y después de esa noche de confesiones le hubiera facilitado sin rechistar, ahora iba a ser un secreto. Sólo me dedicaría a salvar mi pellejo y a contemplar lo inaudito otra vez. En nuestra visita a la capital, no había aprendido que no existiese la verdad, o que hubiese que enterrarla, sino el valor de un secreto. Ya puede seguir Vilabrafim:

—Bien, un día determinado, quizá un día de elecciones, si en ese barrio de barracas y en ese tiempo hubiera elecciones, ya comprenderán que me refiero en mi pequeña historia al día del entierro con pompa y boato del caudillo hampón, ese día, digo, se decide acabar con la vida del hombre al que todos señalan como culpable de la muerte del caudillo. O de su olvido. Ya sé que me repito y estoy siendo muy duro en mi simbología, pero desearía que las ideas quedasen claras. Sigo con los niños. Los dos niños, temiendo lo peor para él, para el último hombre, o quizá fuera el primero, como en cualquier caso dejó escrito Camus a quien no cito por citar, salen en su busca por toda la ciudad, por esa selva oscura, para avisarle de que quieren acabar con su vida. El único problema es que no saben dónde encontrarlo. Son niños, son inocentes, el día es lluvioso. «Es el conocimiento, no el dolor, el que camina por mil calles oscuras y salvajes». Esos niños caminarán hacia el conocimiento por mil calles oscuras y salvajes y nadie, nadie, podrá decirles nada de ese HOMBRE, lo imaginaremos con grandes mayúsculas, algo de ese hombre que ellos no hayan intuido, aunque las informaciones, siempre contradictorias, les hacen reforzarse en la opinión de que es un gran hombre. Todo apunta hacia él, no como a un santo, pero sí como a un hombre recto, alguien del que nadie esperaba que hiciera lo que había hecho. Y lo que había hecho era sólo procurar el bien contra las malas lenguas, contra la insidia de los que quieren el poder, de los rencorosos, de los taimados, de los vengativos, de los necios, de los inconscientes. Esos niños arriesgan su vida y crecen, conocen. El día siguiente de la muerte del caudillo, de las elecciones, de la pompa funeraria, ¿qué hay en un nombre?, ¿qué hay en un día?, se lo encontrarán flotando en las aguas del puerto. En esas aguas sucias. Entre unos y otros han hecho lo que sólo un imbécil llamaría prodigio. Todos creen que se ha hecho justicia. El barrio no tarda mucho en desaparecer. La ciudad se deshace.

Vilabrafim hizo un silencio significativo. Ya se escuchaba algún «Oh» de rendida admiración. Vilabrafim bebió su vodka enmascarada como agua. Le cogió gusto y bebió un trago más, y otro. El carraspeo de Ballesta rasgó el silencio de una calurosa sala que se había quedado en suspenso.

—Ese hombre no había cometido ningún crimen, pero las malas lenguas hablaban. No mató al malhechor, decían unos. Lo mató dos veces, porque había trabajado para él, era un traidor, decían otros. Estaban envenenados y no podían ver la verdad con los ojos limpios de esos dos niños. Ese hombre elegido por el destino para traer la felicidad, que no buscaba ser un líder, pero tenía madera para salir de situaciones difíciles, acabó muerto por todos.

Vilabrafim dio tal palmetazo en el atril que no pudo disimular un súbito dolor en la muñeca.

—No se preocupen… «Es el conocimiento, no el dolor, el que camina por mil calles oscuras y salvajes». Les estoy diciendo a ustedes, le estoy diciendo a él, me estoy diciendo a mí mismo y muy pronto vamos a decirnos todos, que ya es hora de que al que no quiere ser un líder, cuando por fin en las futuras elecciones se entierre de una vez al bandido que nos ha llenado de miedo, ya es hora, digo, de que le gritemos con todas nuestras fuerzas, con nuestra moderada imprudencia o con nuestra inmoderada prudencia: «¡Decídete! ¡Toma el mando!». Porque yo no quiero que los niños, los que han tarareado las canciones de la libertad sin sonrojo ni temor, le vean flotando en las aguas del olvido, porque él es el hombre que los centrados necesitamos, porque nosotros somos los que estamos demostrando estar por encima de la situación, sin radicalismos, sin ortopedias soviéticas, sin brazos ni puños en alto… Los muertos ya están enterrados. Convoca elecciones, presidente. Sigue en el mando. Te seguiremos. Muchas gracias.

El aplauso fue unánime. Algún invitado se puso en pie. Una señora gritó: «¡Guapo!». Vilabrafim había dicho por medio de Ballesta y arrastrando por el fango la historia de mi vida que Adolfo Suárez, el presidente del gobierno, se hiciera cargo de la coalición a la que estábamos llamando a la puerta. Algo que todos los presentes en ese auditorio conocían, pero nadie que no fuera muy rastrero o estuviera muy necesitado iba a pronunciar de momento en voz alta, como no fuera por medio de una cháchara beoda que diese pábulo dialéctico a la prensa y a corros de empleados. López y López y Pérez y Pérez se acercaron a saludar a Vilabrafim y Carlos del Escudo. Evitaron retratarse con ellos cuando un alud de periodistas se abalanzó sobre los tribunos. Nos invitaron a cenar a un lugar de gran pompa donde se lamentaron algunas ausencias, pero donde se brindó mucho y alguien al que no conocía pero al que su tremenda inanidad indumentaria hacía parecer alto funcionario pidió un brindis y dijo: «Lo de hoy ha hecho temblar Moncloa. Me parece que habéis acabado de decidirle. ¡Alabado sea Dios!».

—Sea por siempre alabado… —el resto de los comensales decidieron satisfacer el extraño brindis, mirándose entre ellos, y sonriendo al presunto alto funcionario que reía en latín.

A la mañana siguiente, en el avión de regreso, fue cuando Ballesta me pidió que me sentara a su lado:

—¿No me lo tienes en cuenta, verdad? La historia ayudó a que todo saliera bien.

Negué en silencio. Puede que sonriera.

—Sé que eso es muy importante para ti. No sé por qué, pero el caso es que lo es. No le demos más vueltas. Vas a ser el general más joven de Europa. Te lo puedo asegurar. Son buenos tiempos para ascender rápido, muy buenos. Pero hay que hacer concesiones, Fernando. Otro, ni respetaría ese sentimiento tuyo por esas rarezas, por ese día. Te voy a decir un par de cosas. Bueno, no, tres. Cuatro, en verdad. Cinco. No le digas a nadie nunca más que vienes de donde vienes. La mayoría de la gente es imbécil, y no sabe lo fino que es el velo que separa una vida de otra. Y más fino que va a ser. Ahora, no parece ni de lejos que te hayas criado entre chabolas. En el futuro, puedes utilizar tu pasado humilde, pero sólo cuando te convenga mucho. Yo no diré nada más. Como tú no le contarás a nadie, nunca, por tu bien —ahí bajó la voz—, la historia de Boris. Ésa era la segunda cosa que tenía que decirte. La tercera es la solución a lo que ocurrió en eso que tú llamas el día del Watusi. Mi idea es que los que mandaban tomaron el crimen como un pretexto y luego lo ocultaron para que nadie supiera sus intenciones. Otras intenciones, quiero decir. Obraban según la marcha de los acontecimientos. Se entregaban a sus reflejos. El caso es que mataron dos pájaros de un tiro, no sé cómo, ni qué pájaro. ¿Qué querían de verdad? Ni idea. ¿Quién fue el verdadero asesino? No lo sé. Eran muy astutos allá en tu barrio. No hacía falta que nadie les hablara de los chivos expiatorios. Lo cuarto es que tengo la sospecha de que el que pintaba las W en la pared de Les Feuilles… eras tú. La amenaza del Watusi. Anteanoche, ni te diste cuenta de que me lo estabas contando. No sé qué te empujó a hacer una cosa así. Lo que sí sé es que utilizaste esa historia para ganar mi confianza. Te respeto por la jugada. Pero sabes perfectamente que los tiempos no están para bromas. Del Yelmo y Del Escudo estaban muy preocupados por un atentado o un secuestro. Esa historia les puso frenéticos. Si algún día les comento quién fue, aunque les diga que era broma, no te lo perdonarán. Y con eso llegamos al punto cinco. Trata de nuestros jefes. A veces presiento cierto escepticismo en tu mirada. Piensa en una cosa, Fernando. Son como son, pero siempre han conseguido lo que querían. ¿Está claro?

Afirmé con la cabeza. Ballesta me dio una palmada en el hombro.

—Ánimo, Fernando, nos queda mucho por hacer y lo bueno está por llegar. Cuando se alcance el objetivo, ya veremos cómo pagas el favor que me debes.

Ballesta bostezó, se ladeó en su asiento, deslizó la contraventana. Ya no hubo más destellos de sol reflejados en el acero del ala. En su mundo, en el último de sus muchos y turbulentos mundos, le debía ese y otros favores. Pero no pensaba pagarle con la información que más importaba, el relato de lo ocurrido desde que él me había abandonado en ese bar de alterne hasta la hora del discurso de Vilabrafim en el Club Bajo Cero.

Ya he contado que no me estremeció tanto la turbia historia de Boris, como el hecho de sentirme identificado con el fantasma que se desprendía de esa historia. Yo había intuido que estábamos enterrando cadáveres, podía imaginar que todo era un montaje. Sin embargo, no distinguía esa farsa de todas las que habían conformado mi vida hasta ese momento. Quizá calibrase una mayor magnitud, es posible, nada más. Tampoco tenía perspectiva histórica, ni conocimiento. Era un muchacho. Estaba medio drogado, medio alcoholizado y poseído por la acción, orgulloso de que a Ballesta le hubiese gustado la historia del día del Watusi. Más. De que se hubiera sobresaltado al oírla después de haberme contado él, casi mi modelo, algo estremecedor. Porque a diferencia de la versión que le conté a Tina en la cama de aquel hotel, a Ballesta le hice saber lo que creía era el verdadero fondo del día del Watusi, lo que me dijeron que dijo y lo que sus palabras y acciones representaban para mí. Qué significaba bailar en círculos, ser radiante, ése era un escape a mi verdad única, a mi alegría única. Después del relato, que Ballesta no puntuó y escuchaba con más atención conforme desaparecía el sopor de sus ojos, esa brizna de delirio que siempre le acompañaba en las noches negras, mi jefe, alterado y con prisas, me dio dinero y me dejó con la falsa Tina, la chica de peinado afro plateado que yo me empeñaba en considerar la doble de mi confusión mayor. La falsa Tina me llevó hasta su domicilio, muy próximo al antro que acabábamos de abandonar, respetando por el camino mi ausencia, el aturdimiento. En honor a esa muchacha, debo hacer constar desde un principio que en toda la noche no faltó ni un ápice a la competencia que exigía su astronómica tarifa. La entrega fue absoluta, como si de ésta dependiera un imposible ascenso en su común pero insólita artesanía.

Llegamos al pisito. La falsa Tina vivía como una marquesa, pero en espacio reducido. Tomé el trago que me brindaba y acepté su cariñosa advertencia de que ya había bebido mucho, y a saber qué más, y se me notaba. A los hombres, puestos a discutir, se les va la fuerza por la boca. Y yo me había pasado la noche discutiendo con mi amigo. Lo que había tardado en sacarla de allí, por lo menos a ella, que Carol se había quedado compuesta y sin novio. Me dijo su nombre falso. Le pregunté si no le importaba que la llamase Tina. Se encogió de hombros o se contoneó. Le pregunté si no escuchaba un ronquido en algún lado, muy cerca. Me dijo que eran los vecinos, que los pisos de hoy ya se sabe, y que por muy caros que fueran seguía sabiéndose, y en esa zona cualquier cuchitril te salía por un ojo de la cara. La falsa Tina me sugirió pasar a la alcoba, presidida por un gran cartel del grupo The Rolling Stones, obsequio de un sargento americano. Le pregunté a la falsa Tina si no le importaba que llamase por teléfono. Marqué el número de la verdadera Tina.

—¡Diga! ¿Quién es? ¿Quién es? Di algo si eres hombre. ¡Dime quién eres y te aniquilo!

Eso fue lo que oí antes de colgar. El propietario de la enojada voz era don Tomás del Yelmo y de la Torre de Homenaje, en otra ciudad, en otra cama, cuando se suponía que estaba en una reunión en esta ciudad, o en una cama como ésta. Podía haber cogido el último avión después de reunirse con aquellos de los que dependía nuestro futuro, o pasado alguna de esos cientos de cosas que sorprenden a los necios, los inexpertos no calculan y los perdedores temen. Sin embargo, las llamadas a lo largo del día a casa de su amante, su enojo al no encontrarla, el hecho de que ingiriese un whisky tras otro en el bar del Palace, encomendándome una misión, cuando se suponía que al momento siguiente iba a reunirse con las más altas y decisivas instancias, el vago patetismo que yo entonces me empeñaba en ver como desamparo, me hacían concluir que Del Yelmo no había ido a reunión alguna. Estaba vendiendo humo. La farsa en la que yo estaba tan bien empleado y remunerado pendía de un hilo. Aunque yo no podía saberlo todo. Yo era…

—Tú dirás…

Le dije a la falsa Tina que por favor me sirviese una nueva y muy necesaria copa. Le supliqué a la falsa Tina que me dijese que me quería. Me lo dijo. No sirvió de nada. Quizá fuese el ronquido que no cesaba de oírse. Que me dejase de ronquidos. Le aconsejé que se ornara de sus galas más atrevidas y caminase a cuatro patas por el suelo de madera. Al propio tiempo se hacía necesario que profiriera contra su persona los insultos más soeces. La falsa y profesional Tina, que reinvertía su seguro beneficio en unos encajes y un calzado de vértigo, desveló un amplio repertorio de improperios contra su personaje. Le sugerí que apagase la luz para que fuese más Tina y enronqueciera un poco el timbre si gozaba de ese talento dramático. Luego estaría bien que repitiese el ejercicio. El cuerpo a gatas, lento, oscilado por la flexible cintura el marmóreo glúteo, se blanqueaba a franjas por la última luz de las farolas, mientras la falsa Tina decía con voz de cazalla unas palabrotas que para qué. Entretanto, yo bebía, meditaba y miraba un escorzo gris en el cartel del grupo The Rolling Stones. Cuando la falsa Tina empezó a maullar, un dispositivo se accionó en mi interior y decidí arrodillarme junto a ese cuerpo ya detenido para penetrar por obligación divina a la más dulce de todas las fieras. Una flaccidez extrema, miento, una contracción anómala, inexacto, una reducción ridícula, medio cacahuete sin pelar, ondeó, por decir algo, sobre el siempre, lo juro, excitante cuerpo de la falsa Tina. Cuando me volví a sentar en la cama, bebí, miré mi franja abstracta del cartel del grupo The Rolling Stones. La falsa Tina, constante, rescató un remedio para la impotencia, que ya conocí el día del Watusi, y también por ello ha sido tan importante en mi vida. El método se basaba en la succión acompasada. Y si lo cuento, no es para provocar el escándalo, la fiebre, o el rencor del Lector de este Informe, sino para detallar de forma clara el paisaje en el que me encontraba cuando ocurrió lo que enseguida procedo a narrar.

Sonó el teléfono.

La falsa Tina me dijo:

—Será para ti —y me ofreció el auricular guiñándome un ojo. Al ver que contemplaba su cuerpo irguiéndose, contestando y ofreciéndose en el transcurso de las acciones anteriores, solicitó sin palabras permiso para continuar con la operación que estaba llevando a cabo. Accedí.

Contesté:

—Fernando, hijo, ¿dónde estás?

En el silencio posterior a que la autora de mis días pronunciase mi nombre, nuestra relación familiar y la pregunta sobre mi ubicación, intenté disculparme sin palabras con la falsa Tina por el rodillazo que le había propinado en la cara, resultado de su comprometida postura y del espasmo que me había ocasionado escuchar la voz de mi madre.

—En casa de una compañera de partido, mamá.

La falsa Tina se lamentaba ocultándose un ojo con la mano, pero por su gesto comprendí que comprendía. Por mi ademán, que aseguraba una justa recompensa económica, ella supo que el hilo de muda comprensión era fluido.

—¿Compañera de partido? ¿La conozco?

—Pero si tú no conoces a nadie. Quiero decir…

—A lo mejor por casualidad. Oye, te llamo desde la clínica. Te hemos intentado localizar todo el día, pero hasta esta mañana —¡¿qué mañana?!— un señor muy simpático, que a ése sí que le conozco, el señor Ballesta, me ha dado este número de teléfono. Se ha alegrado con la noticia como si fuese de la familia. Te aprecian mucho, Fernando.

—Pero ¿qué ha pasado? —pregunté, mientras imaginaba a Ballesta riendo y observaba cómo una desnuda y falsa Tina me miraba como esa gente que cree que ya lo ha visto todo en la vida, y la vida les vuelve a sorprender con una mueca.

—Que has tenido un hermanito.

—Estabas embarazada…

—¿No lo estarás preguntando?

—No, si es que el trabajo…

—Ya te daré yo a ti trabajo, que desde que te has independizado no has sido ni para venir a vernos un día sabiendo que yo estaba como estaba. Y míralo, con la compañera de partido…

—Si es que…

—No me expliques, no. ¡Anda que no habré lavado sábanas y pañuelos tuyos!

—Mamá, no creo que sea esta hora, ni situación, ni el acontecimiento propicio, para extenderse en esos asuntos.

—¡Qué bien hablas, cariño! ¡Cómo se nota la compañía!

—¿Y cómo estáis todos? —pregunté, mientras una tercera persona se asomó a la alcoba desde el salón. Era un sargento norteamericano, negro como la noche que dejábamos atrás. Reparé en que su aparición coincidía con el cese de los ronquidos. Temí lo peor. La falsa Tina salió de la habitación para hablar con él. El sargento preguntaba por el ojo magullado de la falsa Tina, mientras me miraba furioso. Quería acercarse a mí, lo estaba haciendo. La chica negaba la aproximación entre el imponente militar y mis brazos extendidos suplicando una tregua.

—Estamos muy bien. Ha pesado cuatro kilos… Estoy… Bueno, pero estar, estoy bien. Una bestia, la criatura, como tú. La niña salió más chuchurría. Pero yo cada vez soy mayor y aguanto menos. Perdona, hijo, que te haya llamado a estas horas, pero era la impaciencia. Y que tú también… Cada día somos más —mi madre sollozaba—. Estoy muy contenta, hijo. Quién nos ha visto y quién nos ve.

Me despedí de mi madre. La falsa Tina le decía al sargento norteamericano que yo era un compañero del colegio y que eso se lo había hecho un cabrón durante la noche. Que yo la había salvado. Que claro que pagaba. Ahí pagaban todos, que eso ya lo sabía su Honoratius de su corazón. El sargento se dio por satisfecho al verme llorar sobre la cama. La falsa Tina se acercó a mí. Me abrazó. Me dijo que la primera vez provoca más dolor que placer, que era consciente de que en esas circunstancias no había forma y que todo se andaría. Gimoteando, le di las gracias. Le dije que cogiese tranquilizantes de mi chaqueta y todo el dinero que viese menos lo que pudiera necesitar para un taxi. Al darme el valium me preguntó si mi nuevo hermano era niño o niña. Le contesté que ya no me acordaba. Quizá me dormí.

El teléfono volvió a sonar. Creí escuchar una conversación y un artefacto de plástico rozándome la oreja. Era la voz de Ballesta.

—¡Arriba, campeón! ¡Alarma general! ¿No te habrás enfadado por lo de tu madre? —Carcajada al otro lado de la línea—. No he dormido en toda la noche. Con la historia que me contaste me has iluminado. Eres un muso. Imprescindible. Pero esos cabrones se han empeñado en hacernos la vida imposible. Del Yelmo no contesta, Del Escudo se ha ido a desayunar y Vilabrafim está en una dirección que te voy a dar ahora mismo, que me ha costado horrores encontrar. Lo traes al hotel. Seguramente estaré en la habitación de Del Escudo haciendo milagros. ¿Tú crees en los milagros?

La dirección donde se hallaba Vilabrafim estaba muy cerca de la que dejaba atrás. Cuando llegué al rellano, Vilabrafim, en un estado no registrado por la ciencia médica, exhalando un vaho de alcohol, vejez y extrañas lociones por todos los poros de su cuerpo, se despedía de la mulata que se había puesto a llorar la noche anterior en D’Alessandro. La puerta entornada dejaba ver el cuero negro del corpiño, las botas de caña altísima y grotesca plataforma y un gesto de «aquí no pasa nada» entre el pelo lacio, indio. Vilabrafim, por detallar alguno de los síntomas, parecía encantado, revitalizado, optimista, dichoso, eufórico, destilado, se tambaleaba.

—Es el conocimiento, no el dolor, Fernando, el que camina por mil calles oscuras y salvajes. —Vilabrafim intentaba guiñarme un ojo. O eso supuse—: Felicidades por lo de tu hermano. Me lo ha dicho Guillermo. Con Guillermo nada. Oye, nada. ¡Ay! Los hermanos son un vínculo que va más allá del afecto. Yo no me hablo con ninguno de los míos, pero sé lo que digo. Y una vez cometí incesto con la pequeña. Los juegos, las caricias quelle maladie! No se lo digas a nadie. ¿Sabes cómo convencí a la negrita de que no había golpe de estado en su país? Salí a la calle, encontré un quiosco abierto y volví a D’Alessandro con un periódico y un ramo de flores. Le mostré que en el periódico no había noticia alguna de golpe de estado. Y las flores rindieron a mi perla negra. A mi perra negra. No se lo digas a nadie. La tarifa ha sido de escándalo. Si al final hay golpe de estado, esa leona, esa golfa deliciosa podrá comprar un tanque a la guerrilla con lo que me ha saqueado. ¿Dónde me llevas? ¿No habréis decidido liquidarme? Es broma.

Una vez en el hotel, subimos raudos a la habitación de don Carlos pasando ante mil ojos estoicos. Antes de que llamase, Vilabrafim, con gesto pícaro, detuvo mi mano, pegó la oreja a la puerta y con una seña me aconsejó hacer lo mismo.

Hablaba Del Escudo:

—No quiero oír más sandeces. Lo mío es más bonito.

Ballesta replicaba:

—¡Pero si es El principito de cabo a rabo! ¡Todo el mundo conoce El principito! ¡El principito no tiene nada que ver con la situación política! ¡No tiene nada que ver con nada!

—Hay que dar un mensaje de paz, Guillermo, de honestidad, de buena conciencia. De la política marrullera y de meter cizaña ya se encargan otros. Bueno, te encargas tú concretamente.

—Estoy harto. Estoy harto de hacer de palanganero —exclamó Ballesta.

—Es por lo que se te paga, Guillermo. A estos chicos que tienes a tu lado se les paga por hacer de guardaespaldas y a ti para hacer eso que tú dices que haces.

Vilabrafim, a mi lado, se deleitaba en una muda risa conejil.

—Pero aunque haga el trabajo sucio, tengo que hacerlo bien. Tengo que decir las cosas. Tengo que plantear los problemas. Es como el himno de ayer. Te empeñaste y sobraba.

—No me tutees.

—El himno sobraba, señor Del Escudo.

—El himno era bonito. Estaba bien traído.

—¿Es bonito algo como «Que el anciano muera alegre en libertad»?

—No lo has entendido, Guillermo. No has entendido nada. Eres muy joven. La gente que ha vivido la guerra, los que hemos sufrido, vemos una nueva España y pensamos: «¡Ya me puedo morir tranquilo!». Bueno, yo aún no. A mí aún me queda mucho, si Dios quiere.

—Entenderlo, lo había entendido. Entenderlo no es difícil. Lo difícil es tener este trabajo y no pegarse un tiro. Volvamos al himno. A sus consecuencias. ¿Ha leído La Nación? ¿Ha leído la columna de Hipérbolo?

—Claro. Guillermo, yo hago mis deberes y hasta los deberes de los demás. Yo no me voy de putas. —Se oyeron las hojas de un periódico. La voz de Del Escudo adquirió un tono pomposo—: «Lola Platero y yo». «Lola es pequeña, nada peluda y suave, tan dura en su anatomía que se diría estatua de Donatello que bla, bla, bla».

—¿Qué es esto? Estaba seguro… Vilabrafim me dijo…

Era la primera vez que oía a Ballesta sorprendido.

—«Vilabrafim me dijo, Vilabrafim me dijo…». No te asustes, Guillermo. Al fin y al cabo todos vamos en el mismo barco. La tal Lola era la actriz que Hipérbolo tenía ayer a su lado. Es una loa a sus encantos, que, a decir verdad, no le faltan. ¿Quieres su teléfono? Lo tengo. Si quieres leerlo, algo que al fin y al cabo es tu obligación, verás cuatro notas positivas sobre los discursos en general. Pone al saltimbanqui de Vilabrafim por encima de mí… —Vilabrafim se atusó la perilla, se incorporó, puso cara de digno— porque es amigo suyo. Pero nuestro proyecto político recibe el beneplácito de Hipérbolo. Y hasta el periódico más hostil incluye una breve nota. Y me ha llamado la revista Casa y Moda para hacerle una enésima entrevista a mi señora en nuestra casa de Bagur. Mi señora ha aceptado encantada. ¿Sabes cuántas señoras leen Casa y Moda? ¿Y sabes qué significa eso? A veces pienso que me tomas por tonto, Guillermo. Y si este discurso es El principito, será El principito, pero también será el discurso que lea esta tarde.

Se hizo un silencio. Me imaginaba a un Ballesta abrumado paseando por la habitación. Aún me costaba concebir lo racional, en su estilo, de la perorata de Carlos del Escudo.

—Bien, entonces que lea este otro discurso Vilabrafim —dijo un Ballesta resignado.

—A mí, plim.

Se abrió la puerta. Pregunté si podía ducharme. Ballesta, sin decir una palabra, me dio la llave de su habitación. De vuelta al vestíbulo, vi cómo Ballesta le extendía un paquete finamente envuelto a un sorprendido Vilabrafim. Vilabrafim desenvolvió el paquete sorprendido. Eran unas gafas con montura de oro. Vilabrafim se las probó. Volvió la cabeza en todas direcciones para comprobar la bondad de la óptica. Cuando llegué hasta ellos, escuché:

—Me ha costado Dios y ayuda conseguir que estuviesen listas. Pero te las merecías. Ayer me comporté como un animal.

Vilabrafim y Ballesta se abrazaron. Vilabrafim le dio a Ballesta un beso en la mejilla.

—No se lo digas a nadie —agregó.

—Ni tú tampoco —le dijo Ballesta, mientras le extendía el papel del discurso.

Vilabrafim lo guardó sin más comentarios y una amplia sonrisa. Fue una lástima que se acabara de emborrachar de mala manera en la comida que mantuvimos con unos empresarios de nuestra ciudad residentes en la capital. Aún medio sobrio, en el vestíbulo del Ritz, ya en su papel de socio político, preguntó a Ballesta:

—¿Y Tomás?

—He hablado con Del Yelmo. Ha vuelto a Barcelona. Ha cogido el primer avión de la mañana y ahora está en el banco. Parece que hay arreglo. Ahora comemos con unos empresarios: sector eléctrico, transporte, comercio, publicidad… Nosotros comeremos en José Luis. Ellos comerán en nuestra mano.

Vilabrafim rió. En el almuerzo, cuando se desplomó y todos en el reservado fingieron no darse cuenta, Vilabrafim también nos dirigió una sonrisa desde el suelo, pero ya era de ultratumba. Entre uno de los camareros y yo le llevamos a un taxi por la puerta de la cocina. En el hotel, me ayudaron a subirle a su habitación. Ballesta llamó y me ordenó que le duchase. Las marcas de la noche, uña y látigo, destacaban en una blancuzca, fofa y pecosa espalda.

—No se lo digas a nadie —farfulló debajo del chorro.

Ballesta llegó al poco. Le acompañaban un médico y un empleado del hotel. Ballesta me recitó las instrucciones de manejo de un Vilabrafim desfondado y partió al Club Bajo Cero para organizar la conferencia. El médico reconoció al desfallecido. Le inyectó valium, le hicimos dormir hora y media, nos sentamos a contemplar su descanso, llamamos al sastre del rey, despertamos a Vilabrafim, le dimos estimulantes, le peinamos, le enfundamos en el traje recién comprado. Al cabo de tres horas, Vilabrafim estaba leyendo el discurso escrito por Ballesta que ni Cicerón. Entre susurros, alguno de los asistentes comentaba la entereza de ese hombre. El miocardio le había dado un aviso unas horas antes, y al cabo de nada, ahí lo tenías, a pie de obra.

Comentario de texto. Hoy: el discurso de Vilabrafim. Autor: Guillermo Ballesta. Tema: dos niños con ojos limpios desean con todas sus fuerzas que el poder siga en manos de quien lo ejerce. ¡El poeta anarquista! ¡El poeta ladrón! ¡Y tan ladrón! De Boris a Ballesta en unas horas. A la mañana siguiente, Jaime de Vilabrafim dormía como un bebé en el avión de vuelta a casa, mientras Ballesta me decía:

—No me lo tienes en cuenta, ¿verdad?

Luego me halagaba un poco, añadía sus nada sutiles amenazas y se dormía. Explícame tu magnífica relación con la policía, Boris. Explícame despacio cómo eres capaz de cambiar de un día para otro, traicionar a alguien sin que te tiemble el pulso. Tú fuiste Judas, Boris, y algunos lo saben. Lo que te desespera es haber sido Boris, ser Ballesta. Y no te ha costado nada venderme como compras y vendes a los demás.

Todos dormían, y mi obligación era manifestar felicidad por encontrarme donde estaba. Hasta me habían hecho viajar en primera clase. «¿No me lo tienes en cuenta, verdad?». No se lo iba a perdonar mientras viviese. Tenía un secreto tan inútil como una bomba almacenada, pero era un secreto. Unos te utilizan, Boris, como tú utilizas a los demás. Alguien te engaña, Ballesta, ¿se lo vas a tener en cuenta cuando te enteres? Tú me tienes en un puño, pero en ese puño también está encerrado mi secreto.

«La política de altura llega a este país», «Adversarios admirables», «Chaqueteros, pero listos», «Vilabrafim y Del Escudo crean una incógnita en la coalición de centro». Ésos eran los titulares de las mentiras que dejábamos atrás. Y de los rumores, rumores que nacían, se expandían y morían, y no fueron los únicos en aquel año del setenta y siete: bombas que nunca explotaron, atentados contra Suárez cada semana, raptos al propio Suárez, vacunas del espionaje o simples ocurrencias de cafetería. Cerré los periódicos. Di un sorbo a mi copa. Era el único que seguía despierto y bebiendo. «No me lo tienes en cuenta, ¿verdad?». El ángel caído, el espíritu violento, lleno de cultura, de ansiosa voracidad, de incertidumbre, no era más que un rastrero. La justa medida de los rastreros más capaces. Había destrozado mi día del Watusi. Primero poco a poco. Luego de golpe. Así actúan los rastreros. Pero no sabía qué había hecho. No sabía que la transfusión de conocimientos era mestiza, y tan cruel como su contenido. Si me empeñaba, yo podía ser un eslabón decisivo en esa farsa grotesca. El olor de esa ciudad muerta que abandonábamos se dejaría sentir en el espeso ambiente del avión hasta que se olfatearan los cadáveres semienterrados de nuestra ciudad al cabo de una hora, el avión diera un giro y viese mi montaña, las nubes sobre los mármoles sin brillo del cementerio, el castillo abandonado. Aquello no iba a significar nada nunca más. Enterradores. A mí también me habían enterrado. Ese hombre había enterrado el 15 de agosto de 1971. Fernando Atienza ya era un monigote, una mierda herida con un secreto.

El día del Watusi
cubierta.xhtml
sinopsis.xhtml
titulo.xhtml
info.xhtml
dedicatoria.xhtml
Section0001.xhtml
Section0002.xhtml
Section0003.xhtml
Section0004.xhtml
Section0005.xhtml
Section0006.xhtml
Section0007.xhtml
Section0008.xhtml
Section0009.xhtml
Section0010.xhtml
Section0011.xhtml
Section0012.xhtml
Section0013.xhtml
Section0014.xhtml
Section0015.xhtml
Section0016.xhtml
Section0017.xhtml
Section0018.xhtml
Section0019.xhtml
Section0020.xhtml
Section0021.xhtml
Section0022.xhtml
Section0023.xhtml
Section0024.xhtml
Section0025.xhtml
Section0026.xhtml
Section0027.xhtml
Section0028.xhtml
Section0029.xhtml
Section0030.xhtml
Section0031.xhtml
Section0032.xhtml
Section0033.xhtml
Section0034.xhtml
Section0035.xhtml
Section0036.xhtml
Section0037.xhtml
Section0038.xhtml
Section0039.xhtml
Section0040.xhtml
Section0041.xhtml
Section0042.xhtml
Section0043.xhtml
Section0044.xhtml
Section0045.xhtml
Section0046.xhtml
Section0047.xhtml
Section0048.xhtml
Section0049.xhtml
Section0050.xhtml
Section0051.xhtml
Section0052.xhtml
Section0053.xhtml
Section0054.xhtml
Section0055.xhtml
Section0056.xhtml
Section0057.xhtml
Section0058.xhtml
Section0059.xhtml
Section0060.xhtml
Section0061.xhtml
Section0062.xhtml
Section0063.xhtml
Section0064.xhtml
Section0065.xhtml
Section0066.xhtml
Section0067.xhtml
Section0068.xhtml
Section0069.xhtml
Section0070.xhtml
Section0071.xhtml
Section0072.xhtml
Section0073.xhtml
Section0074.xhtml
Section0075.xhtml
Section0076.xhtml
Section0077.xhtml
Section0078.xhtml
Section0079.xhtml
Section0080.xhtml
Section0081.xhtml
Section0082.xhtml
Section0083.xhtml
Section0084.xhtml
Section0085.xhtml
Section0086.xhtml
autor.xhtml
notas.xhtml