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El 15 de agosto de 1971 es el día más importante de mi vida. El día del Watusi. El arco que se tiende sobre la madrugada en que Pepito y yo, resguardados de la lluvia por un plástico azul, pescamos sobre un dique derrumbado, y acaba sin gloria el amanecer también lluvioso del día siguiente. Los sucesos nos han devuelto al mismo lugar. Allá abajo, sólo un vaivén entre dos aguas, se mece un cuerpo con cadencia eterna.
Vuelvo a la primera madrugada, a los adolescentes convencidos de practicar la pesca. Pepito, le llaman el Yeyé, se queja del cebo, una triste lombriz olvidada en un bote de conserva donde también se agita una mosca aturdida. Hace una pausa en su continuo mascullar, la mirada perdida en el horizonte inexistente, y con una entonación afanada al descuido en conversaciones lejanas y adherida a su acento gitano, filosofa:
—Te dan un botón y te dicen: si aprietas, se mueren la tira de chinos, pero te damos cien mil duros. ¿Tú qué haces, a ver?
No contesto. No suelo unirme a ciertas meditaciones de Pepito.
—Pero, ojo, que no es tan fácil. A los chinos, los que quedan vivos, les van a decir que has sido tú el que ha apretado el botón.
Sigo sin contestar.
—¿Tú has visto un chino alguna vez? ¿Así, en persona? Pues claro que no. ¡Qué vas a ver…! Ni yo tampoco. Ellos saben quién eres tú, pero tú no sabes quiénes son ellos.
Ése fue el principio.
Y éste, el fin. Ha pasado un día entero. Seguimos intentando pescar. Los dos en cuclillas, muy juntos, escuchamos el tenaz crepitar del agua en el plástico que nos mantiene al resguardo de la lluvia. Pepito mira en todas direcciones, sorbe los mocos con fuerza, me mira y vuelve a filosofar:
—Te mueres. Te entierran. Sale un árbol de donde te han enterrado. Un manzano, te imaginas. Si te comes la manzana, te has comido parte del muerto. ¿Te empiezas a portar como él?
—Si me he muerto, no puedo ir otra vez y coger la manzana.
—No empieces. El que se muere es otro. ¿Te portas como el tío de la manzana o no?
—A lo mejor.
Hace un momento he dicho que nunca intervenía en esas meditaciones, pero aquella madrugada los hechos recientes imponen la conversación nerviosa.
Pepito chasquea la lengua, resignado a la incertidumbre. Vuelve a mirar el agua turbia. Dice:
—Hoy, por lo menos, tenemos un buen cebo.
Y allá abajo, como un animal marino, la cadencia de un cuerpo. Le han rapado, le han sacado los zapatos y los pantalones, han dejado la cazadora con el lema Watusi 65 y una W cosidos a la espalda.