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El día del Watusi fue el 15 de agosto de 1971. Aún no era septiembre y ya habíamos ocupado la portería en la que iba a trabajar mi madre, un sótano próximo al gran templo que bautiza el barrio donde impone su sombra. Toda la ciudad, y no sólo las familias de comerciantes y empleados a los que ella iba a servir, comulgaba en un exagerado afecto por la quimera arquitectónica. Eran incesantes las cuestaciones populares para que ese delirio creciera aún más. «¡Ya tenemos cinco torres! ¡Ya tenemos seis!», exclamaba la población con entusiasmo. Los domingos, gente preparada se cogía de la mano y, en cenefa circular, daba saltos frente al pórtico, mientras sonaban agudos instrumentos de viento y las palomas echaban a volar, disgustadas con el alboroto. El proyecto inacabado, un ejemplo de megalomanía transferido a un colectivo lleno de complejos, ganaba cada tanto en horror, y parecía alimentarse como un vampiro de la esencia de los edificios que lo rodeaban: fábricas con tejado a dos aguas medio hundido, portalones modernistas que se me antojaban un misterio y apenas guardaban descampados, viviendas de inicios de siglo con fachadas teñidas del mismo gris mediocre. En uno de aquellos bloques permanecimos unos años. Sólo había que pasar bajo el rótulo «Portería» y descender en la penumbra por una escalera de caracol hasta una estancia dividida por cortinas de un azul desleído, y tras ellas, una encimera, unas camas y un lavabo mínimo. En el primer descenso a ese vacío descubrimos en la pared, no sin estupor, dos objetos abandonados por los antiguos moradores, la herencia macabra que se transmitían unos ocupantes a otros: una bandeja de plástico con el lema «Quien no ha visto Graná, no ha visto na» y un retrato del Sagrado Corazón que infundía pavor inmediato. La blasfemia del tiempo había abarquillado el rostro de Nuestro Señor para dotarle, al acercar los ojos y negar la boca, de un aspecto muy inquietante. Ante la mala conciencia de mi madre, tuve que ser yo el encargado de abandonar aquella lámina en el hueco de un árbol. Volví a casa mirando en todas direcciones.
La cara de Cristo no era el único estrago en aquel sótano. La profundidad del subterráneo nos impedía ver la televisión u oír la radio; manchas de humedad en la pared representaban un mapamundi completo, y ni mil capas de pintura lograron ocultar el empeño cartográfico de la atmósfera. Durante la época en la que permanecí en el barrio, su templo-dragón, las casas, nuestro sótano, me parecieron un inmenso chiste de cartón piedra, y sin llegar a reconocerlo, porque tenía cosas más importantes en qué pensar y aún no había caído en la esclavitud de la superstición, vivir allí me daba mal fario, el presagio de eternizarme en un árido purgatorio. Mis pensamientos eran ocupados por el quince de agosto, lo que pudo haber ocurrido, lo que ocurrió; aún se mantenían la ansiedad, la lúcida confusión, si eso es posible, de quien penetra en un misterio y, de vuelta a la normalidad, no sabe definir lo que ha visto, falto de palabras, pero también de oportunidades para discutir su revelación. Durante aquellos años no volví por el antiguo barrio, a la montaña, ni tuve noticia alguna de Pepito o de cualquier otro de sus habitantes. Por lo menos, de un modo común. Sólo Juana y Juan vinieron a despedirse al poco de instalarnos con nuestro mobiliario singular —la mesa, el cuadro, la lámpara— y con ellos transitamos un enrevesado camino a través de la efusión y la esperanza una fresca tarde de septiembre en la que, por lo menos ante mí, no se habló del suceso, del día del Watusi, sino del azar. El precio del silencio, el engaño y la amenaza convertidos en azar, cauta voluntad de ser ciegos. «Qué suerte tenéis», nos decían Juana y Juan. Ahora, cuando se había abierto una fábrica cerca de su pueblo, a ellos también les iba a sonreír el destino.
—Ay, a ver si es verdad.
—Ay, qué suerte.
—Más suerte que nunca vamos a tener.
—Ay, hija, es que sin suerte…
—¡La salud y la suerte!
—¡Vamos a brindar por la suerte! —éste era Juan.
—Espera a que te ofrezcan algo, alampao —y ésta, Juana.
—Ay, es verdad, qué tonta, que no he caído. Tengo moscatel y unas galletas de surtido bonísimas —y ésta mi madre pronunciando con audaz silabeo el superlativo «bonísimas».
Tras convocar a Fortuna un mareante número de veces, se comentaron las virtudes de todas y cada una de las galletas con refinamiento impostado, roto por las continuas miradas de Juan a la menguante botella y las de Juana a un vestido beige y unos zapatos a juego que mi madre había adquirido en un ataque derrochador con una nueva expresión en la cara.
—¡Ay, bombón-almendra! ¡Qué ricura! —Ésta era Juana, tras un bocado minúsculo y cruzando las piernas en el más puro estilo marquesa de telenovela.
—No te vas a creer lo que cuestan —mi madre—: Chica, no sé lo que digo. Qué te importará a ti lo que cuesten…
—Ay, no me lo digas, hija, por tu madre… ¿Y qué cuestan? No, no me lo digas. Aunque lo que me digas, me lo creo. —Juana otra vez.
—¡Y qué bien pensada la presentación! —Éste era Juan—: Mira cómo brilla el papel. Parece una esmeralda.
—Sí, y mira cómo te brillan a ti los ojos. —Juana, abriendo un paréntesis en su finura, para cerrarlo enseguida—: ¿Tú no coges, Fernandito?
—Ya he cogido. —Éste era yo, mirando a Juana cabizbajo, el mentón en el pecho, los ojos apuntando a sus bragas.
—Lo malo —mi madre— es que están tan bien envueltas que no puedes sacar la galleta.
Convencido de que la galleta, muerta de vergüenza, se resistía a dejarse desenvolver, abandoné la reunión y, como muchas tardes a partir de entonces, subí al terrado. Desde allí, no podía distinguir de mi montaña más que la silueta del castillo. Con mi catalejo aún se veía menos; sin embargo, el alcance natural de la vista me permitió descubrir que para la gente de la ciudad el sol se ponía justamente allá. Una hermosa combinación de matices anaranjados de no saber uno que el juego de tonos crepusculares dotaba de un cariz infernal a la mixtura coloreada del vertedero y sobrecogían los fuegos fatuos y los bultos encorvados a la busca. El inútil catalejo quedó abandonado bajo mi cama y desapareció en una nueva mudanza como otros objetos que habían otorgado a mi niñez un aparente sentido de futuro, cuando no eran más que briznas de una infancia sintética. Sólo se salvó por un tiempo mi radio de galena. El melancólico Fernando, sin apenas saludar a las vecinas que subían a tender la ropa, pasó tardes enteras en el terrado escuchando ruidos ininteligibles y mirando la montaña con la sensación de que un vínculo secreto le unía a ella, de que el tiempo no iba a pasar y el resto de los días a partir del 15 de agosto de 1971 eran apéndices mal enhebrados a éste. Seguía viviendo cada episodio de esa jornada con la misma emoción; creía, y no sin motivo, que nunca iba a repetirse un momento como aquél. Me sentía obligado a averiguar por qué el Watusi había muerto en aquel cenagal corrupto de simulaciones, si había muerto, como mi ilusión se iba esforzando en creer, para ofrecernos algo, para que le reconociéramos, para salvarnos, aunque en el momento del hallazgo crucial, como pasa siempre, no hubiésemos sabido reaccionar y comprender. Intento vano; no había modo de verificar las sucesivas hipótesis que me llevaban a esa certeza, y en mi fuero interno sabía que el mero buscar «porqués» era peligroso. Además, no me apetecía habitar la vida real, y como a la misma edad otros chicos juegan a ser hombres, yo jugué a inventar el amigo del héroe en que hubiera podido convertirme: vi el movimiento y la sombra, una sombra como una imposición de manos, y vi el cuerpo en el agua y escuché a Pepito tararear la canción y pintar la W. Eso bastaba.
Las reflexiones fueron concienzudas y algún impulso loco. Giraba el tosco dial de la radio buscando una imposible canción del Watusi y sólo escuchaba voces superpuestas y música mora. Necesitaba un motivo para bailar, una canción, y pensar en ella, aunque esos pensamientos siempre concluyeran en lo rotundo de mi estupidez. Porque las iluminaciones fueron disipándose en crepúsculos de humo, en pasiones tristes que no sabía nombrar y en la certidumbre de la voz que me exigía ser un muchacho como los demás. Entretanto, la tarde en que iba a despedirme de la pareja que fue vecina durante años, sofocado por el tedio del sótano, una familiar punzada en el vientre y la incurable tarde de otoño que ensanchaba dolorosamente la respiración, divagué una vez más sobre lo que habría de ser mi ritornelo espiritual, mi amparo y mi cárcel antes de caer rendido por la duda, sentarme contra un muro del terrado y pensar sin vergüenza, hasta la gozosa explosión y la inminente desventura, en Juana, tan cursi esa tarde, cruzando aquellas piernas poderosas.