19

Ahí está mi rival amoroso con una bolsa de viaje entre las piernas, fantoche único en la cafetería del aeropuerto. Para que le veamos, levanta un brazo del que cuelga una trinchera. Su gesto no es necesario: el medio litro de Eau Sauvage que ha volcado sobre un pelo con nuevos reflejos cobrizos apesta desde un kilómetro. Un bronceado que se aclara en los ojos le da aire de murciélago.

—El tonto de Carlos ha decidido irse en coche esta madrugada con su troupe. Dice que le pone nervioso que la silla de ruedas le pite en los controles. Aunque ése es capaz de llevar armados a los gorilas. Porque ahora no lleva un guardaespaldas, sino dos. No sé por qué coño se empeña en parecer un gángster… Que si el GRAPO, que si no sé qué. Nos espera en Lhardy. Le he recomendado que, si nos retrasamos, pida un Suárez. ¿Sabéis lo que es un Suárez?

Ése fue el saludo de un Tomás del Yelmo vuelto playboy internacional con la misma detonación y falsedad que demócrata. En el viaje a la mítica «Sagunto», o en su escala parisina, la por todos conocida cocotte habría disfrazado a don Tomás con un traje azul eléctrico en el que no figuraban por descuido el símbolo del hombre herido por el rayo y el rótulo «Alta tensión. Peligro de muerte». La llamativa indumentaria era completada por una camisa salmón con el remate de un foulard a modo de soga y unos zapatos blancos. Todo un payaso interrogando otra vez, por si no le habíamos entendido a la primera o, si por descuido, olvidábamos nuestra condición de babosos subordinados…

—Venga. ¿No sabéis lo que es un Suárez?

Al no cruzar su pecho corbata alguna, la mano no iba hacia el complemento que señalaba de modo reflejo sus ganas de broma, sino al pañuelo de truhán. Y yo veía a Tina saltar de alegría ante un escaparate del Fabourg Saint Germain, señalar con su uña índice esmaltada. El viejo, asediado por la impotencia, sonreiría pensando que por la magia de aquellas prendas iba a tener la edad con la que yo, Fernando Atienza, contaba, y no la que él, posible abuelo, cargaba en su próstata enferma. La cuerda de presos esperaba con disimulada resignación a que don Tomás perpetrase de una vez su ridícula catástrofe verbal. Los rehenes de aquel humorismo fétido éramos Ballesta, un servidor y Vilabrafim, a quien media hora antes habíamos recogido en el vetusto palacete Vilabrafim de la calle Vilabrafim. Ahora, mientras aparentaba escuchar el chiste de Del Yelmo, Jaime de Vilabrafim miraba en todas direcciones por si alguien le reconocía por sus continuas apariciones en televisión, o por el papel que había representado en una película: «Como uno de tantos juegos que conforman la vida, otro juego la vida misma, hecha del material que están hechos los sueños, como el cine». Hacía de maduro sinvergüenza; o sea, de sí mismo. La película, una sátira boba, fue un fracaso; pero no hay fracasos para «quien salta de hobby en hobby como una cigarra que, ansiosa de experiencias, canta en el verano, mientras zumba y salta. No lo niego: soy hombre del renacimiento y algo holgazán. Noblesse oblige. Aunque Boecio, como buen milanés, inventase el dicho m italiano. O en latín. Ahora mismo no sé…».

Lo que todos sabíamos, desde luego, es que la respuesta a la pregunta humorística de nuestro jefe (¿Qué es un Suárez?) no era «el presidente del gobierno». La respuesta era:

—Un Suárez es un chuletón de Ávila poco hecho.

El chiste, a su manera, quería definir con una metáfora gastronómica el perfil humano y político de la figura a cuyo círculo interior pretendíamos acercarnos en nuestro viaje a Madrid. Era de una propiedad magnífica. Sin embargo, al oírlo, reímos todos, y de qué manera. Yo, con mi experiencia acumulada, me esforzaba por enrojecer mucho: quizá el estallido de un capilar en mis sienes aumentara la diversión de mis superiores, y todos tuviésemos un viaje feliz, sin desencuentros, ni desánimo. Ballesta, cuando se ponía en falso reidor, era difícil de superar, pero no resultó competencia para el barbicano duende Vilabrafim, el cual, en plena demostración de sus utilidades, era capaz de reír como si el tiempo no existiera, palmear la espalda azul eléctrica de Del Yelmo, firmar un autógrafo a una cuarentona de buen ver a cambio de su número telefónico y adquirir una vaga indolencia al solicitar, sin tener en cuenta lo temprano de la hora, un whisky a uno de esos camareros que ya no se sorprenden de nada. Además añadió:

—El sándalo perfuma el hacha que le hiere, Tomás.

Las risas se extinguieron al momento, tan en suspenso nos había dejado el proverbio de Vilabrafim. Las miradas de Ballesta y Del Yelmo se cruzaron. ¿Sería amigo de Suárez como tan amigo decía ser del padre del rey, de los miembros más destacados de la Asamblea de Cataluña, del canciller Willy Brandt, del agente secreto Miles Copeland y del futbolista Cruyff? ¿No habrían reclamado su colaboración con oro suficiente? ¿Estaba borracho sin más? Abordamos la cóncava nave, mientras, en la escalerilla, en disputa a tres bandas, Del Yelmo, Vilabrafim y Ballesta narraban el modo en sortear obstáculos que les había permitido encontrarse allí a la hora en punto de ese día señalado, y que ellos, por eso eran quienes eran, resolvieron en hazañas. Ballesta, con un traje del sastre de Su Majestad y pelo engomado, apagó el tono de la disputa dialéctica, que llevaba visos de alcanzar tintes épicos, para avisar:

—Tú, Fernando, te sientas en turista.

El avión llegó a la capital con emocionante impuntualidad. Una vez en tierra, seguí volando para alquilar el mejor coche que pudiera, mientras ellos recogían bolsas y maletines. Quería sentirme útil desde el primer momento. Una vez en el automóvil, no tuve más remedio que ceder el volante a Ballesta, dada mi ineptitud en la intrincada circulación capitalina. Vilabrafim, en el asiento de atrás, acompañaba a un Del Yelmo que parecía haber vuelto de pronto a la ausencia de las últimas semanas. Quizá disimulaba, porque Vilabrafim, el colíder, era muy pesado. Ahora prolongaba un hermético discurso que habría comenzado en el avión, o la noche anterior frente a otro auditorio, o frente a nadie:

—KingKong es la solución. Esto no es un eslogan, qué va, aunque lo parezca, y aunque en puridad sostengo que podría serlo, ya que me ha salido con esa espontaneidad de las grandes conquistas del hombre. La bañera de Arquímedes, la manzana de Newton, la sirena de la ambulancia en «El hombre de la trompeta de oro». Incluir en nuestro mensaje iconos de la cultura pop para atraer a la juventud es un tema que dejo para el primer congreso del partido. ¿O se ha celebrado ya?

—Ya te expliqué… —dijo Ballesta, mirando el espejo retrovisor—, que en este partido no vamos a hacer muchos congresos, de momento.

—Ah, qué lástima. Un sarao en Formentor podría ser algo delicioso. Si no se va a debatir en ningún congreso, sostengo que «KingKong es la solución» tendría que figurar más bien como un grito de guerra, el «sus y a ellos» de nuestra pequeña campaña en esta ciudad de funcionarios y sombrereras. Mi padre, por cierto, tenía aquí una querida que era sombrerera y sabía estar con mucho salero. Esto no tiene nada que ver con KingKong, que es adonde quiero ir a parar.

—¿De quién hablas todo el rato, Vilabrafim? —Tomás del Yelmo apenas abrió los ojos al preguntar.

—Del mono de la película. El KingKong de toda la vida. KingKong, hombre. —Y Vilabrafim se golpeó con los dos puños su escueto pectoral, tosió un poco y siguió hablando—: La última vez que lloré en mi vida fue viendo KingKong, os lo creáis o no. «Es el conocimiento, no el dolor, el que camina por calles oscuras y salvajes». Lloré de conocimiento, no de dolor.

—Yo estoy llorando ahora —insinuó Ballesta demasiado sutilmente.

—Esto es la polución de estos cochinos —solucionó Vilabrafim para seguir hablando. El nuevo socio político arrastraba una de esas resacas en las que aún no ha muerto la borrachera del día anterior, y que, como una nonagenaria de quien todo el mundo espera heredar, pretende seguir viva, pestífera y plúmbea, mientras se la siga alimentando—. La última vez que lloré fue viendo KingKong. Desde entonces, no he olvidado que el mundo para ir bien y ser mundo, necesita de los monstruos. Y nosotros ahora somos una especie de monstruos que los progres de antaño y hogaño destruirán, pero que a la vez desean para seguir subsistiendo. Porque les aterra KingKong. Pero la civilización no puede vivir sin el monstruo aparente que crea riqueza. La bestia, que salvaguarda el mundo de bestias mayores y que de vez en cuando se enamora de las rubias. KingKong me emociona tremendamente, tremendamente. Me excita, incluso. ¿Un traguito, Tomás?

—Es pronto.

La faringe de Vilabrafim dispuso del contenido entero de la petaca, y mientras la escondía en un bolsillo interior de su chaqueta azul marino con botones plateados, el buen hombre prosiguió:

—Nos preguntarán por qué nos metemos en política. Y les contestaremos: «porque amamos a KingKong». Huy, ha patinado el coche…

No era un patinazo, eran los dientes de Ballesta rechinando, mientras las amplias avenidas nos recibían con una sucesión de glorietas y plazas con estatua; un aire que ensanchaba los pulmones y un raro carisma de ciudad ocupada. Furgonetas y hombres de gris en las esquinas. En principio, no sabía si resaltaban tanto al estar uno en una nueva ciudad, porque en la mía seguían apostados por todo el centro y la fuerza de la costumbre me hacía no verlos ya; o es que había más y, por tanto, mayor peligro. El caso es que ahí estaban, armados, trazando diagonales invisibles con centro en las estatuas. La absurda idea de que uno de esos policías pudiese oír las sandeces de Vilabrafim y disparase una ráfaga contra el coche de lujo, me acompañaba en la soleada mañana de tráfico denso.

—Amamos a KingKong. Eso es lo que hemos de explicarles a todos esos chupatintas, a esos bedeles, a esos capataces con cerilla en la boca. Les diremos que amamos a KingKong, porque alguien tiene que defender el derecho cabal de la justicia, pero con un sentido lúcido de la Historia… ¿Por qué me meto yo en política, Tomás?

—Porque te he hecho una buena oferta. —El talante optimista que el relajo sexual le había deparado a don Tomás del Yelmo, gracias a las artes delicadas de la hetaira famosa, estaba empezando a mermar, y por su boca volvía a hablar el banquero de las peores ocasiones.

—Aparte, aparte… Tengo una buena posición económica, no me preocupa tenerla superior, no me asombran ni admiro ni envidio a los que tienen más que yo. Soy una persona inteligente, simpática… Creo que tengo todas las ventajas, como KingKong en su mundo, tras aquellas enormes puertas que rompe en la película. Me emociona KingKong, no sé si lo he dicho. Me levanto todas las mañanas y digo aquello de «Qué suerte tienes, Federico, que eres guapo y eres rico». Igualito que KingKong.

—¿Seguro que hemos visto la misma película? —preguntó Del Yelmo. Ahora que lo empezaba a conocer, no sabía si don Tomás se refería en verdad a la película KingKong, o al magnífico estado económico del que Vilabrafim blasonaba. Un patrimonio heredado cuya merma galopante era más que notoria, según las malas lenguas:

—Ay, ay, ay… A vosotros, los banqueros, se os escapa el sentido último de la metáfora. La única relación metafórica que conocéis es la inversa de los clásicos. «Tu pelo es oro». Pues no. «Oro por tu pelo». «Tus dientes son perlas». Nanay. «Si quieres perlas dame los dientes». ¿O me equivoco?

—¿Falta mucho, Guillermo? —preguntó don Tomás en un suspiro de impaciencia.

—No, es el tráfico, que no hay manera.

—Hay que inculcarle al pobre Carlos esta idea. Los privilegiados, si de algo sabemos, es de privilegios. Nunca estafaremos al pueblo y podemos transmitirle nuestros secretos, aunque a costa de él nos tengan que sacrificar. El pueblo es la bella. Nosotros, KingKong.

—¡Ya hemos llegado! —anunció Ballesta con alegría inusual.

Un aparcacoches, aspirante seguro a campeón mundial del servilismo, se hizo cargo de nuestro automóvil por una propina con la que viviría varios meses a lo loco y justificaba su falta de dignidad. Pese a los insultos y sarcasmos de unos melenudos que pasaban tan guapamente el rato en la vía pública concentrados en una sola actividad, el cachondeo, nuestro grupo penetró con gran ceremonia en una especie de confitería del siglo pasado con surtidores de los que manaba caldo. El establecimiento estaba equipado de otros artefactos niquelados de uso más corriente y de ancianos distinguidos, altos funcionarios y otros ociosos, medio apoyados en los mármoles, que se mecían sonrientes entre el brillo fugaz de una frase manida y una serie de fórmulas corteses sin conjeturas. El diálogo como desfile militar.

El pulular de los guardaespaldas de don Carlos en torno al establecimiento nos había advertido de su llegada. Se encontraba ahora al fondo del local, rodeado de una cohorte de lo que parecían admiradores boquiabiertos, y a quienes, o me engañaban los ojos, o estaba educando políticamente:

—Es natural, amigos, nosotros, que comprendemos bien la vida, nos burlamos de los números y las fechas. A mí me hubiera gustado mucho más entrar en la Historia como si fuera un cuento de hadas. Me hubiera gustado decir: Érase una vez un principito que vivía en un planeta apenas más grande que él y que tenía necesidad de un amigo… Para quienes comprenden la vida, esto les hubiera parecido mucho más real.

—Nos pasmas, Carlos —decía un admirador.

—Se nota la doble, no, la triple intención —decía otro.

—El de la Moncloa no está para esos misterios. No es hombre de muchos estudios. Tendrás que hablarle más claro. Si es que has venido a eso, ¿o no?

—¿Sabéis lo que anotó Napoleón en el libro donde leí eso? «Juiciosas reflexiones, dignas de meditarse».

—Joder, confunde El príncipe con El principito —me susurró Ballesta, mientras le hacía una seña a don Tomás para que interviniera—: ¿No le habrás dado tú esos libros?

—Ni he oído hablar de ellos —mentí.

—Que te digan cuál es el salón, llamas a los gorilas y que lo suban a pulso. A ver cuándo viene López y López.

Don Tomás del Yelmo se hizo un sitio en el grupo donde don Carlos se había tornado centro principesco y contó, para expansión de los presentes, el chiste de Suárez como chuletón de Ávila. Todos se rieron con una risa falsa tan igual a sus trajes, a los pasadores de sus corbatas, a sus gemelos, a sus camisas a rayas. Sin embargo, era una risa falsa muy bien trabajada, casi espontánea, de la que había mucho que aprender.

—Tomás, eres un pirata —dijo uno. Y a continuación—: ¿Qué te trae por aquí?

—Estaba de paso y me he encontrado con estos amigos —respondió don Tomás y enseguida le dio la espalda al curioso.

Ballesta localizó a López y López, nuestro invitado, confundido en el tumulto de la confitería y objeto inmediato de las murmuraciones de los diversos grupos. López y López exhibía una rotunda planta de medio pelo. Cuando se hicieron las presentaciones y se acrecentó el cotilleo y la profecía en torno a las manos saludándose, Del Escudo, Del Yelmo y Vilabrafim cruzaron miradas de furiosa desconfianza. Se iban a ver obligados a compartir mesa y mantel con un empleaducho.

—¿Subimos ya? —preguntó un Del Yelmo cariacontecido como si de lo que se tratara de ascender fuera un cadalso.

Ballesta susurró algo al oído de Del Yelmo. Del Yelmo aceptó con la cabeza y cogiendo del brazo a López y López enfatizó:

—Me han hablado muy bien de usted, López. Un hombre hecho a sí mismo, de los que a mí me gustan.

—Hombre, mi padre tiene unos olivos en Jaén que me han permitido estudiar en Harvard —se excusó el tímido López y López sin necesidad.

—¡Vaya! ¡Harvard! ¡Pues echaría de menos el cocido! —dijo Del Yelmo, como si no hubiera pasado nada—: El de aquí es el mejor de todo Madrid. Ya verá. Bueno, verá eso y lo bien que hablamos y lo bien que nos entendemos. ¿Subes, Jaime?

Vilabrafim discutía pormenores de una obra sevillana de Velázquez con un anciano catedrático. El catedrático defendía que la obra, ni era sevillana, ni era de Velázquez, ni conocía a Vilabrafim de nada. Que le dejase en paz y que no le echara el aliento a la cara. El catedrático no veía la tele, por lo visto.

Una vez en el salón Alfonso XII, terciopelo rojo y molduras doradas, hablar se habló mucho y con generosidad. Entender, al menos yo, presentado por primera vez como «el alma de la coordinación», entendí poco.

Siempre me ha perseguido la duda sobre si el juego de las civilizaciones, las grandes apuestas por el avance, el progreso del ser humano, son obra de un conocimiento perfecto del conjunto, de una sabiduría racional y guiada por la prudencia, o, por el contrario, de otra vía que surge de llenar el tiempo de palabras vanas y confiar a la tradición el hecho de que la victoria sonríe siempre a los que están seguros de ella. Lo que tenga que ser será, porque así ha de ser. Y punto. Si a aquellos hombres reunidos en el salón Alfonso XII los coordinaba la primera de las sabidurías, la inteligente, para convencer al tal López y López de lo que fuera, a mí me quedaba mucho que aprender y mucho vértigo que sentir:

ENTRANTES:

Vilabrafim (levantando una mano): ¡Me pido pedir el vino!

Del Yelmo (a López y López): ¿Y en qué se especializó usted en Harvard?

López y López: En economía política y estructura de organizaciones.

Ballesta (a López y López): ¿Ha conocido a Garth?

López y López: ¿El organizador de campañas electorales?

Ballesta: Sí, el estratega.

Del Yelmo: Ballesta y él son uña y carne.

Ballesta: No exageremos, don Tomás, no exageremos.

Del Yelmo asiente. Ballesta mira ahora con terror a Del Escudo, que busca en el interior de su chaqueta.

Vilabrafim (al sommelier, en un susurro): Vaya subiendo de la bodega un Mouton Rothschild del cincuenta y ocho.

Yo (a Vilabrafim, en imitación de Del Yelmo): ¡Anda! ¡Como yo!

Vilabrafim (a mí): ¿Como tú qué?

Yo: Que el vino tiene mi edad.

Vilabrafim: Pues diríjase usted a mi persona cuando tenga la misma edad que un Château Margaux del cuarenta y siete.

Del Escudo no saca de su traje unos papeles como todos pensábamos, sino un walkie talkie. Habla por él. En nada, los guardaespaldas suben la escalera, entran en el salón y aúpan a Del Escudo. Nuestro líder repica la cubertería en demanda de atención. Todos le miramos con fundada inquietud, menos López y López, que incurre en una cariñosa fascinación por los modales de ese hombre.

Del Escudo: Antes de empezar con las viandas, me gustaría decir unas palabras como carta de presentación y en honor de nuestro invitado… Señor López y López, como sabrá, los aquí reunidos somos una parte significante del comité ejecutivo del Partido Liberal Ciudadano. Nuestro presidente, don Carlos Waterloo-Chinarro y Del Escudo no ha podido asistir por causa de fuerza mayor. Falleció la semana pasada. Llorarle con dolor inmenso no ha sido óbice para que yo, su indigno sucesor en las tareas decisorias, haya coordinado una intensa actividad, tanto de los aquí reunidos, como del resto de la ejecutiva, como de nuestras bases. La omnipresencia de la cosa política en la sociedad actual, necesaria, pero algo atosigante, ha sacudido como un terremoto a todas las clases. Puedo afirmar, si usted no lo sabe ya, que lo sabe de sobra, que, en nuestra ciudad, mi ciudad de adopción, porque yo soy más del foro que Pepe Blanco, desde el humilde manufacturero al aristócrata pugnan por formar parte de las filas de nuestra recién nacida asociación en lo que ya parece moda. No está del todo bien que así sea. Sin querer pecar de exclusivistas, tampoco caeremos en el populismo, fuente inexorable de la demagogia chabacana. No queremos ser una moda, digo, porque las modas son pasajeras. Verba volant, scriptum manent, que dijo el clásico. Al Partido Liberal Ciudadano sólo le importa el pacífico desarrollo democrático de nuestra sociedad y a eso hemos venido aquí. A eso, y a dialogar con nuestros posibles iguales. ¿Y quiénes son nuestros iguales?

El ángel de la retórica sobrevuela un pasajero silencio. Sólo el regurgitar del vino en la boca de Vilabrafim hiende la tensión.

Del Escudo: Repito. ¿Quiénes van a ser nuestros iguales, eh? Eso habrá que verlo, digo yo. Porque tampoco somos los típicos viajantes catalanes de los que todo el mundo hace mofa, ni hemos venido aquí como buhoneros a vender nuestro inmejorable potencial político por media promesa de corte. (Y a los guardaespaldas): Ya podéis bajarme.

Se intenta aplaudir, pero no se puede. Más que aplausos parecen llamadas flamencas a los camareros que, efectivamente, aparecen en masa.

Vilabrafim: Nadie ha dicho nada de este jabugo…

LA SOPA:

Ni la más rígida educación puede evitar que se oiga el sorber de la sopa, tal es el silencio. Don Carlos del Escudo y de la Lanza ha tirado por tierra el trabajo de las últimas semanas en idéntica medida de tiempo con la que Vilabrafim ha acabado, él solito, una botella de Mouton Rothschild del 58. El aire de satisfacción de don Carlos por decir de corrido sus insensateces como antiguo opositor que fue, me avisa de algo que a los demás, quizá por conocerle mejor y estar más aburridos de sus visajes, se les escapa. Don Carlos se está creyendo su papel día a día. Ahora mira a un lado y a otro. Piensa que su oratoria ha enmudecido la de sus compañeros de mesa, cuando hasta yo puedo darme cuenta de que el efecto de sus palabras ha logrado que la reunión termine antes de empezar. De pronto llego a la certeza de que lo único que ese grupo puede ofrecer a López y López y lo que éste representa, es lo mismo que ofrecen a todo el mundo desde que les conozco: dinero. Por eso hemos venido a la capital: a regalar dinero. Pero ¿para qué?, ¿para colmar qué capricho?, ¿para salvarnos de quién? Miro a Del Yelmo. La ausencia expresiva de su rostro me es tan familiar que ya no transmite nada, me puede: es imposible averiguar si está pensando en la situación, en el modo de resolverla, o no piensa más que en tetas de jovencitas brincando. El bigote móvil de Ballesta, la gaviota en vuelo, busca una salida honrosa a toda velocidad: no se va a dar por vencido. López y López no dice nada y seguramente no tiene nada que decir. Vilabrafim, hombre constante, sigue en habla tenue, aunque gangosa, su idilio con el sommelier.

Sommelier (vertiendo el primer sorbo de una botella recién descorchada): ¿Es de su gusto?

Vilabrafim: Perfectísimo. Un bouquet apasionante. Pero, oiga, Matías, dígales algo a esos muchachos que sirven. Una de tres: o hacen más viajes, o me traen una copa más grande, o me dejan la botella cerca de una puñetera vez. Tengo preferencia por la tercera opción.

Ballesta, entretanto, mira a Del Yelmo. Se cruzan sus miradas sin gesto añadido. Ballesta observa entonces cómo López y López ingiere su sopa y, cuando no detiene la vista en el plato con líquido menguante, se entretiene en la contemplación de un cuadro del Maestro Palmero que ha descubierto en la pared de enfrente. Ballesta se aclara la garganta:

Ballesta (a López y López): ¿Conoce la fábula de Aquiles y la tortuga?

López y López: Sí, claro.

Ballesta: Es una teoría de la que Garth habla mucho. Incluso tiene algo escrito en el Washington Post. Aunque él, claro está, la concentra en el bipartidismo. Pero, aquí entre nosotros, «El efecto Aquiles», como Garth le llama, es mío y sólo mío. Me estoy refiriendo a la fábula de Aquiles y la tortuga, aplicada, dentro del sistema capitalista y sus esquemas, a una política constante de centro.

López y López: Tengo curiosidad…

Ballesta: Partamos de un axioma. Entre nosotros, no hay ningún izquierdista revolucionario.

Vilabrafim: No te he hablado yo, Guillermo, de mis tenebrosas mocedades.

Ballesta: Otro día, Vilabrafim. Sigo. La izquierda, en la calle, parece muy fuerte. Y más estos días, con tanto pretexto para el alboroto. Eso es obvio. Y es posible que en número también lo sea. Y la democracia es número, estadística y puro recuento, no lo olvidemos. Contra la idea de una mayoría natural de derechas, amante de una pax hispana, por decirlo así, que yo creo que no existe como tal, porque de cuando en cuando me paseo por la calle y oigo y veo, y me parece que esa mayoría vota o votará a la izquierda en cuanto desaparezca el factor miedo. La izquierda, por tanto, es más fuerte y no dejará de repetir la idea marxista de que la historia, si se repite, siempre lo hace como farsa. Que la modernización de España pasa por dar el relevo a gente que, digamos, se dirige al pueblo en otro idioma. Eso es lo importante, el idioma, el tiempo que los chicos tarden en gastar ese idioma y no tengan más remedio que asumir la práctica política, jugar en serio. Aquiles es la izquierda, potente, con esa atracción juvenil de la novedad y esa lengua que pronuncia «divinas palabras».

López y López: ¿Y la tortuga?

Ballesta: Los poderes fácticos. Lo que a partir de ahora con la entrada de los sindicatos, de los grupos terroristas, de los ánimos enervados de unos y otros, pasarán a denominarse grupos de influencia. Estamos hablando entre adultos, creo yo. Hablamos de política real.

López y López: Muy bien. ¿Y?

Ballesta: Como cuenta la fábula, la tortuga posee una diferencia de salida que cada vez es menor, pero paradójicamente, aunque siempre sea menor, siempre es distancia cuantificable. Aquiles nunca cogerá a la tortuga. Ese espacio, por muy menor que sea, es el poder a la vista, que tampoco es manco. En el más grotesco de los casos, un nuevo grupo de influencia, legítimo, si es que usted quiere perfumar la cosa, ¿no? La paradoja es que ese espacio progresivamente reducido que vamos inventando, pero que siempre existe, es el centro. El centro es maleable como el barro. Según la época, puede ser tan progresista o conservador como quiera, pero nunca dejará de ser centro.

López y López: ¿Y cómo se explica eso por la tele? No es que esté bajando el listón. Sigo hablando de política real. Me imagino que Garth le haría la misma pregunta.

Ballesta: Eso fue lo que hizo, sí. Una coalición de partidos que representan el centro y la moderación es lo que la gente quiere, y no metralletas en la calle, y tampoco a fantoches que solucionen los problemas en dos días. Hablo de la derechona, Fraga, los taxistas y (Ballesta baja la voz) la fanfarria militar. A la larga, y a la no tan larga, así será, como yo digo. A partir de entonces, cuando se necesite un tono progresista, uno saca una tendencia progresista de la chistera, que corresponde al partido coaligado que incurra, por decirlo así, en esa tendencia. Cuando haya necesidad de reacción, pues se saca al que toca. Eso establecido con cierto dinamismo y posibilidades evidentes de democracia real. No vayamos a caer ahora en un ping-pong Cánovas-Sagasta. Eso todo el mundo sabe adónde lleva. A la farsa, por lo menos.

López y López: ¿Y ustedes?

Ballesta: ¿Nosotros? ¡Mira! ¡Ahí llega el cocido!

COCIDO:

La llegada del nuevo plato coincide con un guiño de Del Yelmo hacia Ballesta. Ha tocado la fibra sensible del hombre que han enviado para tantearnos. A cada personaje se le entrega dinero de una manera distinta y en eso Ballesta es un coloso. Ha hecho un juego de manos sin respuesta, porque la única respuesta es «pagamos, nos subimos al tren y callamos».

«Y de paso te promocionas», pienso yo, que cada día estoy más despejado de mente. Eso son las pastillas, estimulantes de todo, menos del apetito. Pienso, mientras veo a los otros comer, cuál será la manera adecuada de expresar ese «pagamos, nos subimos al tren y callamos». A mi alrededor, entre bocado y bocado, todos fingen escuchar el relato de un más que locuaz Vilabrafim. Su primer encuentro con el padre del rey, quien sigue siendo el monarca legítimo a sus ojos, mientras no se pronuncie en sentido contrario. Cómo las palabras de ese gran hombre le salvaron de una locura juvenil, de una pasión revolucionaria que a punto estuvo de dar con su huesa en la cárcel. Aunque, la verdad, afirma Vilabrafim, a toro pasado, haber cumplido condena es acta de diputado casi segura si uno espabila un poco. Me levanto con la excusa de ir al baño y marco el número de teléfono de Tina. No contesta nadie. Vacante de su señor, aprovechará esos días para atender cariños subsidiarios. Vuelvo al salón Alfonso XII y enseguida me doy cuenta de que nadie es aficionado a los postres. Todos están ya en…

CAFÉ, COPA Y PURO:

La conversación es guiada por el peligroso volante de Carlos los del Escudo y de la Lanza.

Del Escudo: Fijaos bien, qué penetración, dice: «Un príncipe tiene dos cosas que temer: primero, en el interior de su Estado, alguna rebelión por parte de sus súbditos; segundo, por fuera, el ataque de alguna potencia vecina».

Ballesta: Con eso y una peseta te dan un chicle en cualquier parte.

Del Yelmo (palmeando a Del Escudo y suavizando, de paso, el sarcasmo de Ballesta): Siempre fuiste un memorión.

Vilabrafim: Cuidadito con hablar de príncipes y reyes en mi presencia. ¡Y en el salón Alfonso XII, encima! Ya sabes, Carlos, que desde mi epifanía en presencia de don Juan, de mi rey del alma, soy monárquico hasta la última gota de mi sangre. Y ciertos comentarios me pueden.

López y López, que posee una risa conejil, exhibida a los presentes gracias al humor ácido de Ballesta, ya sabe a estas alturas quién tiene algo que decir allí y quién no.

López y López (a la concurrencia): Aún no me han contestado ustedes a una pregunta. De esa chistera que es una coalición de partidos más o menos afines. ¿Ustedes quiénes son?

Del Yelmo: ¿Alguien tendrá que hacer la chistera, no?

López y López: ¿Perdón?

Del Yelmo: La chistera, hombre (aquí un gesto significativo, pero no del todo comprometido, como si el pulgar y el índice frotasen un pedazo de seda que hubiese entre ellos). De donde sacamos los conejitos. Y no me interprete mal. Esos conejitos son siempre para el beneficio público. Yo no soy político, ni lo seré. No entiendo de política. Soy un hombre comprometido con mi tiempo y mi deber es ayudar, ver crecer fuerte y sana a esa criatura que hemos parido entre todos.

Ballesta: Sin mencionar, por supuesto, la compleja trama política de nuestra ciudad, respaldados muchos de los contendientes, hasta los más inopinados, por sólidas instituciones financieras e industriales algo histéricas, y el servicio que allí pueden prestar, que ya están prestando desde hace tiempo a la sociedad civil, don Carlos del Escudo y don Jaime de Vilabrafim.

López y López: Disculpen. Debo hacer una llamada.

Del Escudo sigue hablando cuando se ausenta López y López, pero nadie le escucha. Del Yelmo y Ballesta se miran, preocupados y en silencio. Vuelve López y López.

López y López: Caballeros, no sé si tienen algún compromiso, pero al señor Pérez y Pérez le encantaría tomar una copa con ustedes en el Palace. Tendrá que ser ya mismo. Hoy se presenta un libro de Hipérbolo, uno de sus autores de cabecera, y don Quintiliano no se pierde una presentación de Hipérbolo por nada del mundo.

La evacuación del salón Alfonso XII fue instantánea. Antes de salir, vi cómo Tomás del Yelmo llamaba por teléfono. Al colgar, en la decepción de su rostro se reflejó la amargura de la tarde antes de salir al frío, al tráfico, al cachondeo de los jóvenes melenudos, a la cara de mala hostia de la omnipresente policía.

El día del Watusi
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