66

El canal se estrechaba, así que Pendergast apagó el motor del hidrodeslizador. El silencio parecía aún más estrepitoso que el ruido de la embarcación.

Hayward le miró.

—¿Ahora qué?

Pendergast se quitó la americana, la dejó encima del asiento y sacó una pértiga de su soporte.

—Es demasiado estrecho para navegar a motor. Nos arriesgaríamos a enganchar una rama a tres mil revoluciones por minuto. Lo lamento, pero tendremos que empujar.

Se colocó en la popa, y empezó a impulsar la embarcación por un canal de leñadores abandonado, que discurría bajo ramas de ciprés y túpelos enredados. Aunque aún no hubiera anochecido, en el pantano ya reinaba una profunda oscuridad; no había ni rastro del sol, solo capas y capas de un manto verde y marrón que lo envolvía todo. El ruido de insectos y de pájaros llenó el vacío dejado por el motor: extraños reclamos, gritos, gorjeos, zumbidos y silbidos.

—Cuando necesite descansar, le relevaré —dijo Hayward.

—Gracias, capitana.

La embarcación siguió deslizándose.

Hayward consultó los dos mapas, colocados el uno al lado del otro: el de Tiny y el sacado de Google Earth. Llevaban dos horas, así que debían de estar a medio camino de Spanish Island, pero les faltaba la parte más densa y laberíntica del pantano, al final de una breve extensión de aguas abiertas que en el mapa figuraba como Little Bayou.

—¿Qué piensa hacer cuando lleguemos al final del brazo de río? —Señaló el mapa impreso—. Aquí parece muy estrecho. Y ya no hay más canales de leñadores.

—Entonces remará usted, y yo me orientaré.

—¿Y cómo piensa orientarse, si puede saberse?

—Las corrientes van de este a oeste, en dirección al Mississippi. Mientras nos mantengamos en la corriente hacia el oeste, siempre habrá alguna salida.

—Yo no he visto ni rastro de corriente desde que hemos salido.

—Pero está ahí.

Hayward intentó matar un mosquito que zumbaba. Irritada, se echó un poco más de repelente de insectos en las manos y se embadurnó el cuello y la cara. Ahora veía luz de sol a través de los troncos estriados.

—El brazo de río —dijo.

Pendergast hizo avanzar la embarcación con la pértiga. Los árboles empezaron a espaciarse. De repente salieron a aguas abiertas; una familia de fochas levantaron el vuelo, asustadas, batiendo sus alas a poca distancia del agua. Pendergast dejó la pértiga en su sitio y encendió el motor, para que el hidrodeslizador volviera a resbalar por la superficie de espejo del brazo de río, hacia la densa maraña de verdes y marrones del extremo oeste. Hayward se echó hacia atrás, refrescándose con la corriente de aire y disfrutando de un espacio relativamente abierto comparado con el del pantano, irrespirable y claustrofóbico.

Cuando el brazo del río volvió a estrecharse —demasiado pronto—, Pendergast redujo la velocidad. Unos minutos después se detuvieron en una serie complicada de ensenadas, que parecían partir en todas las direcciones, cubiertas de artemisa y jacintos de agua.

Hayward echó un vistazo al mapa, y luego al de internet. Se encogió de hombros.

—¿Por dónde? —preguntó.

Pendergast no contestó. El motor seguía en punto muerto. Bruscamente dio un giro de ciento ochenta grados a la embarcación, y aceleró. Al mismo tiempo, Hayward oyó un zumbido que se acercaba por todas partes.

—¿Qué coño pasa? —dijo.

El hidrodeslizador rugió y dio un salto en dirección a las aguas abiertas del brazo de río, pero era demasiado tarde: una docena de lanchas de pesca deportiva con potentes motores fuera borda salieron estruendosamente del oscuro pantano, a ambos lados del estrecho canal, cerrándoles la retirada.

Pendergast sacó su pistola y disparó contra la embarcación más próxima; le dio en la tapa del motor. Hayward también sacó su arma, pero otra bala les agujereó la hélice del deslizador, que se desprendió ruidosamente, destrozando la enorme jaula. La embarcación perdió velocidad y quedó flotando de lado.

Hayward se puso a cubierto detrás de un asiento, pero un análisis rápido le hizo darse cuenta de que la situación era desesperada. Se habían metido en una emboscada. Les rodeaban lanchas y barcas que transportaban a más de treinta personas, todas ellas armadas, y apuntándoles a ellos; en la primera embarcación estaba Tiny, sujetando una TEC-9 en sus obesas zarpas.

—¡Levantaos! —dijo—. ¡Las manos sobre la cabeza! ¡Despacio y sin trucos!

Acompañó sus palabras con una ráfaga de advertencia que pasó sobre sus cabezas.

Hayward miró a Pendergast, que también estaba en cuclillas, detrás del asiento. Sangraba por la frente, donde tenía un corte con bastante mal aspecto. El agente asintió escuetamente y se levantó con las manos sobre la cabeza y la pistola colgando del pulgar. Hayward hizo lo mismo.

Gruñendo, Tiny aproximó su barca, en cuya popa iba un hombre flaco con una gran pistola. Saltó al deslizador, que se escoró bajo su peso, y les quitó las armas. Al examinar la Les Baer de Pendergast, gruñó de admiración y se la metió en el cinto. Después cogió la Glock de Hayward y la tiró al suelo de su barca.

—Vaya, vaya. —Sonrió, burlón, y dejó caer al agua un hilo de jugo de tabaco—. No sabía que los ecologistas creyerais en las armas.

Hayward le miró fijamente.

—Está cometiendo un grave error —dijo con serenidad—. Soy capitana de homicidios de la policía de Nueva York, así que voy a pedirle que deje el arma en el suelo o se atenga a las consecuencias.

En la cara de Tiny apareció una sonrisa oleaginosa.

—¿De verdad?

—Voy a bajar una mano para enseñarle mi identificación —dijo ella.

El dio un paso al frente.

—No, ya la buscaré yo.

Apuntando a la cabeza de Hayward con su TEC-9, le toqueteó los bolsillos de la blusa, primero el uno y luego el otro, sin escatimar un generoso manoseo.

—Las tetas son de verdad —dijo, provocando estruendosas carcajadas—. Y vaya par de peras.

Bajando hacia el bolsillo del pantalón de Hayward, metió la mano y finalmente sacó la cartera con la placa. La abrió.

—¡Anda, mira!

Se la mostró a todos. Después la examinó él, apretando sus labios húmedos.

—Aquí dice capitana L. Hayward. División de homicidios. ¡Hasta hay una foto! ¿Cómo la conseguiste? ¿La regalaban con el tebeo?

Hayward le aguantó la mirada. ¿Realmente podía ser tan estúpido? Le dio miedo pensarlo.

Tiny cerró la cartera, se pasó la mano por detrás, hizo el gesto de limpiarse su enorme culo y tiró al agua la cartera.

—Esto es lo que opino de tu placa —dijo—. Larry, sube y registra a este otro.

El hombre flaco subió al hidrodeslizador y se acercó a Pendergast.

—Como intentes algo, te arrearé con esto —dijo, moviendo la pistola—. Así de fácil.

Empezó a cachear a Pendergast. Sacó otra pistola, algunas herramientas, papeles y su placa.

—Déjame verla —dijo Tiny.

El tal Larry se la dio. Tiny la examinó, le escupió jugo de tabaco, la cerró y la tiró al agua.

—Más hojalata de tebeo. ¿Sabéis que sois la leche, tíos?

Hayward sintió que se le clavaba en las costillas el cañón de la pistola.

—En serio —prosiguió Tiny, levantando la voz—. Venís aquí, nos metéis un rollo sobre pájaros y luego creéis que os salvarán el culo unas placas falsificadas. ¿Es lo que os han dicho que hagáis en caso de emergencia? Pues voy a deciros una cosa: sabemos quiénes sois y por qué estáis aquí. No vais a quitarnos ni un centímetro más de pantano. Es nuestra tierra, lo que nos da de comer. Así es como mi abuelo alimentó a mi padre, y como alimento yo a mis crios. No es una Disneylandia para yanquis pajilleros que van en kayak. El pantano es nuestro.

Se elevaron sonidos de aprobación entre los barcos que les rodeaban.

—Perdone que interrumpa su discurso —dijo Hayward—, pero resulta que soy policía de verdad, y él es agente del FBI. Quedan todos detenidos, para que lo sepan. Todos.

—¡Oooooh! —dijo Tiny, poniéndole la cara en las narices—. ¡Qué miedo tengooo!

Hayward recibió una vaharada de olor a whisky y a cebolla podrida.

Tiny miró a su alrededor.

—¡Eh! ¿Y si nos divertimos con un striptease? ¿Qué os parece?

Metió el pulgar debajo de uno de sus enormes pechos masculinos y lo hizo temblar.

Se oyó un rugido de asentimiento, con silbidos y aullidos.

—¡Vamos a ver tetas de verdad!

Hayward miró a Pendergast, cuyo rostro era totalmente inescrutable. El flaco, Larry, le encañonaba la cabeza con una pistola. También les apuntaban otras dos docenas de armas.

Tiny levantó una mano, cogió el cuello de la blusa de Hayward y tiró de él intentando arrancar los botones; algunos saltaron cuando ella se apartó.

—¡Menuda fiera! —exclamó él.

Se echó un poco hacia atrás y le dio una bofetada que la tiró en el fondo de la embarcación.

—Levántate —dijo, mientras se oían risas. Tiny no se reía. Playward se levantó, con la cara ardiendo. El le clavó la pistola en la oreja—. Y ahora, puta, quítate tú misma la camisa. Para los chavales.

—Vete a la mierda —dijo Hayward.

—Vamos —murmuró Tiny, apretando la pistola en la oreja.

Hayward sintió brotar la sangre. La blusa ya estaba medio desgarrada.

—¡Vamos!

La mano de la capitana temblaba mientras cogía un botón y empezaba a desabrocharlo.

Se oyeron gritos de «¡Sí! ¡Muy bien!».

Otra mirada de reojo a Pendergast. Seguía inmóvil e inexpresivo. ¿Qué le estaría pasando por la cabeza?

—¡Desabróchate la camisa! —chilló Tiny, clavándole la pistola.

Hayward provocó otra ovación al desabrocharse el botón. Pasó al siguiente.

Pantano de sangre
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