Epílogo
Siete años después
Salster, la semana anterior a la Pascua
Debajo de un cielo surcado por un banco de nubes, sobre tierras llanas donde los ríos confluyen, una ciudad se derrama como los cubos de un niño que asoman en una caja, más densos en el centro, más débilmente dispersos en los bordes.
Las nubes se encogen de hombros sin cesar por la ciudad y las sombras se extienden por encima de la catedral, el castillo, los colegios y los sitios que atraen como miel a los turistas. Una cúpula de vidrio emplomado parecida al ojo de una mosca brillantemente iluminada en la penumbra de una tarde ventosa previa al solsticio, resplandece cálida como una invitación.
El patio donde se encuentra el edificio con la cúpula de vidrio está atestado de gente que se ha reunido, como tres años atrás, para asistir a la representación de un ritual concebido en otra era.
Los pobres están aquí, de igual modo que en la primera celebración, seiscientos años antes. Los desclasados, cuya pobreza les niega un techo sobre sus cabezas, salvo el provisto por el refugio deteriorado de Gardiner Centre, son vistos a menudo en este lugar de aparente privilegio y son recibidos, como ellos reciben a los que son miembros y tutores de este colegio cuando los visitan.
Y aquí también están los lisiados. Un figura pequeña, amarrada a una silla de ruedas eléctrica con tiras de velero ha venido en representación de la organización que paga por esta versión siglo XXI del armazón de Tobias Kineton.
Los setenta y dos estudiantes universitarios del último año de Kineton y Dacre College han recorrido en procesión el perímetro externo del colegio y ahora entran a ocupar sus puestos dentro de sus paredes mientras las frágiles llamas de sus velas iluminan los rostros jóvenes y solemnes.
En el centro de la ceremonia se encuentran de pie los representantes de la comunidad escolar que siete años antes se reunieron con tanta determinación y resistieron las intenciones rapaces de sir Ian Baird. Allí están juntos: el rector; el representante de los arrendatarios que desbancó al belicoso Hadstowe para trabajar en estrecha colaboración con Norris; el integrante electo por la plantilla del colegio; un profesor elegido por aclamación popular de los estudiantes y un ex alumno elegido al azar entre el número cada vez mayor de matriculados provenientes de todo el mundo. Cada uno de ellos está preparado, con el cheque en la mano y el texto confiado a su memoria.
En el atardecer que se avecina, un pequeño grupo de personas se encuentra entre la concurrencia de miembros de la comunidad, curiosos y turistas.
Las mujeres, morena una, con el pelo trenzado con cuentas y de piel clara, y cabello oscuro con cuerpo de bailarina la otra, se encuentran cordialmente cerca. Cada tanto, se inclinan y se hablan al oído. Una lleva un portabebés a la espalda. El niño, de mejillas sonrosadas ocultas bajo un sombrero azul afelpado, duerme al margen de la solemnidad que lo rodea. El hombre que está de pie al lado de las mujeres, lleva cogida de la mano a una niña de unos cuatro años y pelo rizado indómito, clavado en vano en su sitio con unas encantadoras pinzas. Tiene puestas unas botas de goma color violeta salpicadas de estrellas multicolores, un mono rosa vibrante y un pichi violeta. Por la frecuencia con que acaricia con la mano libre el brazo de su abrigo, es fácil adivinar que siente orgullo y alegría por aquella ropa, blanco brillante y ostentosamente suave y esponjosa. Cuando el rector se adelanta a hablar, tira de la mano del hombre y le pide que la suba a hombros. Las mujeres miran e intercambian una mirada íntima. La niña pequeña ya tiene a su padre donde ella quiere.
«Este colegio —la voz del rector se oye firme por el sistema de altavoces—, llamado Kineton y Dacre College, fundado por Richard Dacre, viñatero del gremio y comerciante de la ciudad de Londres, construido por Simon de Kineton, maestro cantero y Gwyneth de Kineton, maestra carpintera, será un monumento a la memoria de Tobías Kineton, su hijo, mientras permanezca en pie los y los hombres lo contemplen».
—¡Mami!
Damia levanta la vista hacia su hija, que hace caballito entusiasmada sobre los hombros de su padre.
—¿Sí, Evie?
—¿Podemos ir a casa de papá? ¡Quiero ver los conejillos de Indias bebés!
Damia alza una ceja mientras mira al padre de su hija.
—¿Conejillos de Indias bebés?
—Mira, ya sé que no es el día que me toca tener a los niños, pero el conejillo de Indias de Evie, que todos pensábamos que era Henry, resultó ser Henrietta y donde había uno, desde ayer hay seis.
—¿Podemos, mami?
Damia gira hacia su compañera, que trata de relajar los hombros debajo del peso dormido de su hijo.
—¿Qué te parece, tesoro?
Sonriendo, el amor de la vida de Damia, devuelto a ella por el milagro de internet y su red de sitios de contacto social, mira a Evie y le guiña el ojo.
—¿Quién puede resistirse a esos bebés, eh, Evie?
—¡Viva! —Evie, radiante de alegría, golpea el pecho de su padre con los talones.
—¿Tomamos el té en su casa entonces, señor Gordon? —pregunta Damia juguetona.
Neil, que había presionado mucho para que aquella familia poco convencional viviera junta en una casa grande y subdividida antes de conceder que vivir en la misma acera probablemente era suficiente, dice con ligereza:
—Creo que podremos tomarnos un té, sí.
—Muy bien —dice Damia aplacando la impaciencia de Evie—, esperaremos a que todos apaguen las velas y luego nos iremos.
El ritual de soplar las velas llevado a cabo por los porteadores a una señal del rector marca el fin de la ceremonia en el siglo XXI y de repente Damia se pregunta cómo se completaba la entrega de limosnas y se enviaba a la gente de vuelta a sus casas.
Siente que su mirada es atraída hacia la pared del oeste donde se encuentra Tobías Kineton, amarrado a un puntal, el prisionero en su jaula liberadora. Y a medida que la luz se desvanece en el cumpleaños de Toby —la nueva fecha que se ha fijado para el óbito, dado que la fecha de su muerte cae de manera inoportuna durante las vacaciones de verano—, y las velas aún sin apagar arden brillantes en el atardecer, Damia se dirige con la imaginación al salón del primer piso, que está encima de ellos.
Una figura se encuentra de pie en el sosiego del Gran Salón; está ajeno por completo a todo lo que se desarrolla afuera. No existe nadie para él en aquel momento, nada, salvo la tarea que tiene frente a él. Volteando la cabeza de la pared recién enlucida, mira a su alrededor. Ocho paredes, cuatro de ellas ocupadas por ventanas lo rodean. Cada pared es de reciente construcción, nadie las ha tocado; en cada una de ellas hay líneas débiles trazadas por la mano de aquel hombre. Maestro cantero, está acostumbrado a la piedra, conoce hasta el mínimo detalle la acción de la gubia y el cincel sobre la superficie de la piedra caliza, el mármol, la arenisca o la piedra de Purbeck. Pero estas líneas son diferentes. No son líneas de corte trazadas con plantillas; son las directrices de la historia que ha resuelto que debe contar. Las ha dibujado con su propia mano: una línea fluida para la tracería de viñetas, dos óvalos altos en cada pared para los contornos que enmarcarán su relato. Pero él, que ha puesto su maza y cincel en la piedra durante cuarenta años sin contener jamás el aliento, teme comenzar esta empresa. No puede deshacerse de algo logrado con un esfuerzo mal hecho y tirarlo como podía hacerlo con una piedra mal cortada. No puede reprender o castigar a otro si el trabajo no está hecho con la perfección que él desea. Esta es su tarea y nadie más puede llevarla a cabo. Él, que es famoso por sus imágenes de piedra redondeada, puso mucho esmero en aprender este arte fluido y practicado sobre un plano. Si ha equivocado las líneas, el dibujo lineal, sabe que deberá volver a cubrirlas con el enlucido.
No empezar es mejor que estropear el trabajo que debe ejecutar de manera perfecta si quiere sentirse satisfecho.
La pintura que usará descansa a sus pies en vasijas: marrón, verde, rojo, amarillo, un poco de negro y aún una pequeña cantidad de azul precioso.
El trabajo fluirá una vez que comience, eso lo sabe bien, pero aun así se resiste a comenzar. Se da la vuelta y evalúa las líneas que ha dibujado en el primer óvalo. ¿Ha dejado el espacio justo? ¿El todo aparecerá constreñido por su borde o simplemente enmarcado como él pretende, una imagen capturada? Ve con más claridad sus intenciones en su imaginación, pero una vida entera de experiencia de creación le dice que el producto rara vez coincide con lo que la imaginación concibe.
Se da vuelta de súbito y atraviesa a grandes pasos el salón, deteniéndose para mirar con atención por la ventana.
Allí, al otro lado del patio se encuentra su hijo, en alto y mirando hacia arriba, quizás para ver fugazmente al niño sano que se para en puntillas en el lado opuesto del gran Octógono. Atravesado de improviso por una gran añoranza y una pena todavía mayor, Simon de Kineton rehace sus pasos hasta llegar a la posición anterior, mientras sus dedos se aferran al costado tratando de arrancar aquel clavo que lacera de dolor su alma.
Se inclina, coge el cuenco con pigmento verde, lo extiende con el pincel, se dobla una vez más sobre una hoja de pergamino arrugada y muy rozada que está a sus pies y hace un trazo, y sin más vacilaciones, empieza a pasar el pincel por el primero de los trazos que le sirven de guía.