Capítulo 38
Salster, en la actualidad
—¿Bob? —Damia se inclinó en la jamba de la puerta y giró la cabeza y los hombros en redondo en la entrada de la portería para ver a Bob sentado delante del ordenador—. Voy a salir. Si alguien me necesita, estoy en una reunión con el archivista, en la catedral.
Mientras Damia se abría paso por Lady's Walk entre los turistas cargados con máquinas fotográficas y corría por la ajetreada New Street, rumiaba las palabras que Neil le había dicho por teléfono.
—Damia, no vas a creerlo, ¿conoces la llamada escena del asesinato del mural?
—¿Sí?
—Sé lo que sucedió, está en las cartas del prior. No fue un asesinato. Fue un accidente. Ah, y otra cosa: no sé de quién es la estatua del niño, pero no es Tobías Kineton... no puede serlo.
Se había negado a contarle algo más por teléfono e insistió en que fuera a la catedral para mostrarle la carta en la que había hecho el sorprendente descubrimiento.
Era obvio, pensó, que se trataba de un pretexto para verla. ¿O no? ¿Era posible que la noticia contenida en la carta del siglo XIV que él acaba de leer fuera tan trascendental que ella necesitaba verla en persona, aunque él tuviera que traducirle lo que veía?
El hecho de que Neil había conseguido no divulgar la existencia del fragmento de Wyclif, por lo visto sin ninguna dificultad, complicó su percepción de la relación que los unía en un sentido que a Damia todavía le faltaba definir.
Caminando deprisa por Prince Edward Street, echó un vistazo a través de la enorme verja del colegio. El escaso sol de invierno se reflejaba en los edificios de piedra caliza blanca, haciendo que las paredes resplandecieran casi con la intensidad del dorado en las puntas de la torre del reloj, al otro lado de la entrada principal. El césped del patio interior era de un verde uniforme que hablaba de un cuidado obsesivo y una actitud prohibitoria que impedía tomar atajos a través de él. Hermoso, pero según la perspectiva de Damia frío, sin la intimidad y la singularidad arquitectónica de Toby.
Esquivó el tráfico en Fairway en vez de perder tiempo yendo hasta el cruce y se deslizó en el recinto de la catedral bordeando la extraordinaria nave de Henry Yevele hacia los claustros del norte, donde se encontraba la puerta del oscuro despacho de Neil.
—Un tullido —repitió ella.
—Sí, muy bien, no es un término políticamente correcto. Pero esa es la traducción literal del latín del prior: el tullido maldecido de los Kineton.
—¿Maldecido?
—Esa es la explicación de William de por qué se produjo la muerte de John Dacre. No un simple accidente, y puedo decir que los accidentes ocurrían todo el tiempo en las obras en construcción medievales, sino algo siniestro, provocado por fuerzas malignas.
—¿Dice exactamente lo que pasó?
—Que el «tullido de los Kineton» «provocó» que un capacho lleno de piedras cayera sobre la cabeza de John Dacre.
Tal cual como aparecía en el óvalo del «asesinato».
—¿Qué significa «provocó»? —preguntó Damia, con la mente todavía ocupada por la enormidad de lo que ahora sabía que mostraba el óvalo.
—No se da ninguna explicación. —Neil recorrió con la mirada el texto que tenía delante, hasta que apoyó el dedo envuelto en el guante de algodón en la frase apropiada—. No, nada más que eso. Provocó que una carga (en realidad la palabra latina que emplea es «fardo», pero supongo que el latín que hablaba era una mierda), una carga de piedra cayera del capacho de un albañil sobre la cabeza de John Dacre. —Levantó la vista; una sonrisita burlona le arrugaba la mejilla—. William no poseía una palabra latina para capacho, por eso latiniza el vocablo inglés.
—¿Por qué usaba el latín?
—Los hombres de la Iglesia siempre lo hacían. Y no deseaba que el obispo pensara que su latín no estaba a la altura de aquello, aunque es evidente que no lo estaba.
—¿No era un hombre muy brillante?
—Un sucio sinvergüenza adulador. ¿Pero qué podrías esperar de alguien que está dispuesto a ser espía?
«Quienquiera que sea el de la estatua, no es Tobías Kineton».
Una porción consciente del cerebro de Damia la guió de vuelta a Toby por las calles y el tráfico de Salster, mientras la mayor parte se concentraba en las consecuencias de lo que Neil le había contado. Si el de la estatua no era Tobías, ¿entonces quién era? ¿Y por qué el colegio era conocido como Toby desde hacía tanto tiempo?
Según Neil, parecía muy poco probable que la estatua fuera un tributo a John Dacre, ya que las cartas del prior se referían a él como un «hombre joven» y no a un niño, en tanto que la estatua era, sin duda, la figura de un preadolescente.
¿Una representación de la juventud y la inocencia? Bastante improbable, dado el modo de pensar medieval.
«¿Y qué es lo que miraba?».
Y si miraba con ojos escrutadores por encima del Octógono al pecador en su prisión, ¿cómo encajaba el pecador en este nuevo escenario en el que Toby Kineton, y no un hombre cualquiera, era responsable de la muerte de John Dacre?
Toby Kineton. El tullido de los Kineton. El tullido maldecido.
El pequeño Tim Cratchit[9] con su angélica actitud y su patética muletita; mendigos indios arrastrando las piernas secas; amputados en sillas de ruedas con mantas escocesas. ¿Qué clase de tullido era Tobías Kineton? ¿De nacimiento, o la invalidez fue provocada después?
Si él había «causado» una muerte, entonces era poco probable que estuviera sentado en un rincón junto al fuego, sin poder moverse. Muletas, ¿y entonces?
La fecha de la carta facilitaba el cálculo; Tobías debía de tener unos ocho años en la época de la muerte de John Dacre. ¿Cómo un niño discapacitado de ocho años causa la muerte de alguien?, se preguntó.
—Doctora Miller, doctora Miller.
Damia se desvió del camino hacia su oficina en respuesta a la llamada de Bob desde el Octógono.
—Hola, Bob. ¿Qué pasa?
—Hubo una llamada telefónica para usted. Es sobre Jack Robinson.
Damia cogió la hoja del mensaje de color amarillo vivo y se dirigió a su despacho, mientras iba leyéndolo por el camino. El arrebato de entusiasmo que sintió con las palabras de Bob se transformó en una decepción angustiosa. El mensaje no dejaba lugar para la esperanza. Jack Robinson, decía, había muerto a fines de los años setenta tras ser acosado por el colegio para que dejara el cargo (según la persona que había dejado el mensaje) y nunca más volvió a trabajar. Kineton y Dacre era responsable de la muerte de Robinson, en opinión del informante, y no tenía ningún derecho a buscar estatuas después de tanto tiempo cuando ni se había molestado en hacerlo entonces. Hasta su hija, divagaba el mensaje sin editar de Bob, pobre mujer, se había sentido incapaz de volver a Salster y se había mudado. Así que Jack Robinson tenía una hija.
—¿Cómo la encontrarás? —le preguntó Neil, mientras tomaba algunos sorbos de cerveza. Se habían puesto de acuerdo en encontrarse después del trabajo en el Unicorn, a mitad de camino entre la catedral y Toby.
—Todavía no lo sé. Voy a esperar una semana y veré si aparece alguna otra cosa. Y si no es así, ya pensaré algo.
Neil cambió de tema y bebieron en silencio, rodeados de la forzada verborragia de los que iban a tomar unos tragos después del trabajo.
—¿Qué tal está tu vino?
—Es bastante rico, gracias.
Ella captó su mirada y, sintiendo un destello de la antigua intimidad, dijo compungida:
—Es la única droga que tomo.
La sonrisa le transformó la cara; el funcionario de la catedral sereno y responsable desapareció y en su lugar resplandeció el muchacho ardiente y apasionado del que creyó estar enamorada hacía toda una vida atrás.
—¿Qué tipo de tullido piensas que era Tobías Kineton? —preguntó de manera sorpresiva Damia, antes de que él pudiera hablar.
Neil pestañeó y pretendió menear la cabeza, remedando una confusión repentina.
—¿Qué?
—Tullido. ¿Qué significa?
—Mierda, Mia, yo qué sé.
Damia bebió otro sorbo de su vaso; la mano le temblaba.
—Debió de haber sentido algo así como que Dios estaba en contra de ellos —dijo, mirando el cuello de la camisa de Neil, que sobresalía del cuello polo de su jersey— tanto tiempo esperando un hijo y luego...
Podía sentir los ojos de Neil clavados en ella, que asintió con un gruñido.
¡Veinte años! Hacía veinte años —no, se corrigió, veintidós años atrás— ella tenía una familia; su padre todavía no había sucumbido a su adicción a la congoja, su madre todavía no había doblado la curva fatal demasiado rápido para los frenos del viejo ómnibus y Jimi...
—¿Sabías que papá tuvo que desconectar el respirador artificial de Jimi? —preguntó en tono casi de conversación.
Esta vez, si Neil se desconcertó por el repentino giro dramático de los pensamientos de Damia, no lo demostró.
—Jimi, ¿tu hermano?
Ella alzó la vista y lo miró a los ojos.
—Sí, Jimi. Estuvo internado en la sala de cuidados intensivos después del accidente, ¿recuerdas? Una semana después los médicos le dijeron a papá que no se iba a recuperar, que el daño cerebral era demasiado extenso. Podían conservarlo con vida con el respirador, pero jamás sería otra cosa que un zoquete insensible.
Neil empezó a protestar ante la dureza de sus palabras pero Damia lo cortó:
—No...
—No, por supuesto que no. No usaron esas mismas palabras, pero el significado era ése.
—E hicieron que tu padre...
Tomó otro trago de vino, sin saborearlo, y volvió a ver el rostro de su padre y los sucios mechones rubios que enmarcaban los estragos de la pena y la falta de sueño.
—No, no se lo hicieron hacer, fue una elección suya.
Tony no le había dicho la verdad en aquel momento; había llegado del hospital y le anunció, sin vueltas, que su hermano había muerto. Lo había hecho, ahora lo recordaba, con la conocida sensación de pesadumbre, como si algo hubiera muerto en su padre y una chispa vital se hubiera apagado en él. Jamás volvió a ser el mismo; pasó el resto de su vida sin ningún tipo de animación.
Mucho después, de hecho, unos meses antes de morir, aunque en aquel momento ninguno de los dos lo sabía, Tony le dijo lo que había sucedido en el hospital el día que Jimi murió.
—Me está matando, Mia —dijo, con los puños retorcidos en el pelo—, pensar en él tendido allí...
Damia se había sentado a su lado, acostumbrada ya a su pena, pero no más cerca de saber cómo ayudarlo que al principio, aquel día cuando la agente de policía había llegado con la noticia que hizo pedazos su mundo.
—Se la pasaron diciendo que no había esperanza —dijo Tony, la voz y el rostro presas de agonía—, que si vivía, quedaría paralítico del cuello para abajo y necesitaría que le hicieran todo, hasta respirar. Y que sí salía del coma, que no lo creían, el daño cerebral era demasiado...
Damia recordaba la cama del hospital donde su hermano yacía conectado a la vida con cables y tubos, inmóvil y en silencio por primera y única vez en su vida; Jimi, que era la imagen viva de la actividad, que jamás descansaba hasta que caía exhausto, yacía insensible e inmóvil, la cara hundida en una inconsciencia profunda.
—Dijeron que lo más benévolo era desconectarlo de la máquina y terminar allí —le había contado su padre, con un nudo de pena que le estrangulaba la voz en un susurro. Damia se asustó con la intensidad de su angustia.
«¿Le desconectaron de lo que lo mantenía con vida?», quiso gritar. «¿Cómo se atrevieron? ¿Cómo se atrevieron a matar a mi hermano?». Pero no dijo nada, solo se sentó paralizada y muda al lado de su padre.
—Yo seguía diciéndoles «mientras hay vida, hay esperanza». Pero ellos sacudieron la cabeza. —Tony hizo lo mismo, con la mirada fija en su fuero interno, en las negativas—. «No. Ninguna esperanza», dijeron. «Quedará paralítico para siempre, como un vegetal y quizá nunca sepa lo que pasa a su alrededor».
»No pude soportarlo —sollozó Tony—. No pude soportarlo, Jimi no; no mi precioso niño. ¡Estaba tan lleno de vida!
Su padre había vuelto sus ojos inflamados hacia ella y Damia sintió que la descarga de un miedo no identificado la atravesaba, y se conectaba desde tierra a través de los dedos de los pies y parpadeaba en el aire a través de las yemas temblorosas de sus dedos.
—No quería que viviera de esa forma, no podía vivir de esa forma. —Las palabras le salían con dificultad—. Me preguntaron si quería que ellos lo hicieran... pero no podía. Era mi niño... —Se le cerró la garganta y no pudo decir nada más.
Los ojos de Damia sostuvieron la mirada de su padre.
—¿Tú... tú desconectaste la máquina? —dijo con voz ronca.
Tony asintió, con su cuerpo delgado estremecido por sollozos secos.
—Tuve que hacerlo. ¡No podía soportarlo!... ¡no podía soportarlo!
Su padre sollozaba, con lágrimas que corrían por su cara y Damia, casi sin darse cuenta de lo que hacía, buscó su mano y la cogió muy fuerte musitando:
—Está bien, papá, está bien...
Después de lo que habían parecido horas y su padre estaba más tranquilo, ahora que lo peor ya había sido dicho, volvió a hablar.
—¿Sabes qué fue lo peor... peor incluso que verlos retirar todos los tubos y materiales para que yo pudiera sostenerlo mientras moría?
Damia meneó la cabeza, sintiendo que al hacerlo los músculos tensos de su cuello se crispaban.
—Dejarlo allí, en el hospital, con ellos después... Solo quería... —Tony balbuceó y sus hombros temblaban convulsivamente—. Solo quería levantarlo... y traerlo de regreso aquí... Enterrarlo en la huerta... no dejarlo allí, Mia. No dejarlo allí para que otro...
Damia recordó con una mudez sombría cómo el llanto había embargado a su padre, impidiéndole hablar durante el resto del día, consumido como estaba por la pena renovada. No me extraña que nos enfrentemos tan mal a la muerte en esta época, reflexionó, hemos dejado que se convierta en una operación de eliminación sanitaria. No amortajamos a nuestros muertos, no nos sentamos con ellos. No me extraña que no podamos sobrellevar el que no estén más aquí, nos hemos privado de la oportunidad de ver que realmente ya han desaparecido.
—Él quería enterrar a Jimi en la huerta —le dijo a Neil—, debajo de los árboles en donde siempre trataba de construir aquellas estúpidas casas que se venían siempre abajo.
El fantasma de una débil sonrisa se dibujó en las facciones de Neil.
—Sí, me acuerdo. Era un desastre construyendo cosas.
—No tenía paciencia, siempre quería que las cosas sucedieran en cinco minutos, por eso.
—¿Dónde lo enterraron? No me acuerdo.
—No lo enterraron. Los cremaron a los dos. ¿No recuerdas haber esparcido las cenizas en el viento en la comunidad?
Neil asintió despacio, aunque Damia no estaba segura de que de verdad se acordara.
Inclinó el vaso y vació en su boca lo último que quedaba del vino. Sintiéndose mareada, ya sea por el vino o por el recuerdo de semejante angustia, Damia dijo:
—Con toda esa cosa del tullido de los Kineton, es raro preguntarse ahora qué le habría sucedido a Jimi si hubiera vivido. Por mi vida, que no puedo imaginarlo como parapléjico, atado a una silla con el respirador a la espalda; y ese habría sido el mejor escenario, según los médicos.
—Es obvio que Tobías no estaba tan mal. Quiero decir que, como mínimo, debe de haber podido respirar por sí mismo o no habría sobrevivido cinco minutos.
—Sí, es obvio.
Neil extendió la mano para coger el vaso de Damia.
—¿Otro más?
—¿ Por qué no? Pero esta vez iré yo a buscarlos.
Mientras esperaba en la barra a que la atendieran, se preguntó cómo se hubiera arreglado con un niño discapacitado, un niño que nunca atravesaría corriendo el patio de juegos para abrazarla cuando iba a buscarlo a la escuela, un niño que no se desarrollaría con total independencia y que también podría tener otras dificultades. ¿Tobías Kineton había sido tanto física como mentalmente discapacitado..., era eso lo que había inducido al prior a describirlo como «maldecido»?
Si Catz había huido al continente ante la simple idea de tener un hijo, ¿cuál sería la consecuencia de que Damia trajera al mundo un niño que no fuera perfecto?
Cuando volvió con las bebidas, Neil retomó el tema de Jimi como si la conversación no se hubiera interrumpido nunca.
—Si las cosas hubieran sido diferentes... que tu madre no hubiera muerto... ¿piensas que tu padre habría actuado de otra forma y hubiera querido mantener vivo a Jimi sin importar cómo?
Damia miró en segundo plano y vio los edificios destartalados y el pequeño pedazo de tierra donde habían crecido.
—¿La comunidad no habría sido ideal para alguien en una silla de ruedas? —preguntó con sequedad—. Aunque todos hubieran estado motivados y dispuestos.
—Que no lo estaban —confirmó Neil.
—No estaban dispuestos a nada, ¿no? —Damia se dio la vuelta hacia él con la frente surcada de arrugas por la frustración de toda una vida—. Fue como si hubieran agotado todo su dinamismo y su ambición cuando optaron por abandonarlo todo; sabían lo que no querían, pero no tenían ninguna otra alternativa con que llenar el vacío.
—Que es la razón por la que nos fuimos. —Neil brindó sardónico por Damia con su vaso—. ¿Pero has encontrado ya lo que de verdad querías? —le preguntó, limpiándose la espuma del labio con un movimiento de tenaza entre el pulgar y el índice.
Damia lo miró con severidad, pero solo vio un interés amistoso.
—Sí —dijo avergonzada sin saber por qué por el fervor de lo que sentía—. Sí, lo he encontrado.
—¿Catz?
Damia se quedó anonadada, menos por la facilidad con que lo había supuesto que por el hecho de que estaba equivocado.
—Pensé que habías dicho qué, no quién —refunfuñó, la piel erizada por el malestar.
Extendió la mano hacia la Damia.
—Perdona, Mia... no quise... Es solo que, ¿no es así como se supone que estás cuando encuentras a «la persona única»..., que todo empieza a aclararse a su alrededor? ¿Dondequiera que estéis, ese es vuestro hogar y todo eso? Según parece, no sucedió de esa forma conmigo y Angie —dijo desviando el foco de ella con habilidad.
—Catz me pide que vaya a Nueva York... a vivir con ella —dijo Damia, antes de que pudiera contenerse. El pareció sobresaltarse.
—¡Vaya!
—Sí —replicó en tono apagado—. ¡Vaya!