Capítulo 22

Colegio Kineton y Dacre, en la actualidad

—¿Te parece que puede haber documentos dentro de la estatua?

Norris se quitó las gafas de lectura por encima de las cuales había observado el deseo apenas reprimido de Damia de subirse a una escalera y bajar a hombros la estatua; un deseo que soportaba con una intensa efervescencia nerviosa a partir de la sugerencia hecha por Peter Defries.

—Es razonable. No encontramos nada relativo a las tierras del colegio en el resto de los archivos, de modo que fueron destruidos u ocultados en algún sitio.

—¿Pero por qué habrían de esconderlos? —Tanto el tono como el ceño de Norris delataban una sospecha instintiva de cualquier cosa que derivara hacia lo melodramático. Damia tomó aire y se esforzó por adoptar un enfoque académico y sereno.

—Por dos razones. —Levantó un dedo y compendió deprisa la enorme cantidad de información que Defries le había dado—. La Revuelta de los Campesinos (Salster fue ocupada y uno de los deseos más caros del ejército del pueblo era destruir todos los documentos legales relacionados con la propiedad de las tierras) quiso borrar la tradición de los deberes de esclavitud y trabajo. Ese recuerdo debió estar presente con mucha viveza en la memoria mientras se construía Toby, cuando se produjo la persecución de los lolardos alrededor de la época en que Ricardo II fue depuesto y Enrique se apoderó del trono. Debía de parecer una precaución sensata.

Norris asintió con lentitud, esperando que levantara el otro dedo.

—Después llegó la Guerra Civil y Salster fue ocupada otra vez. Los parlamentarios quisieron darles una lección a los colegios por apoyar al rey; muchas capillas de colegios fueron saqueadas, pero Toby no tenía ninguna, así que quizás aquí optaron por sembrar el caos.

Norris volvió a asentir.

—Y eso le da un sentido a la mentada maldición —dijo Damia, jugando una carta racionalista—. ¿Qué mejor forma de asegurarse de que la estatua que contiene todos los documentos importantes del colegio jamás fuera quitada, que amenazar con funestas consecuencias a cualquiera que osara siquiera pensarlo?

—Muy bien. —Norris se palmeó las rodillas como si el cerebro le indicara al cuerpo que había tomado una decisión y necesitaba actuar en consecuencia—. Ordena el andamiaje. —Levantándose del asiento le preguntó—: ¿Qué razones esgrimirás para este repentino interés en la estatuaria? No quiero darles una excusa a los medios para que vuelvan a empezar con la letanía de nuestras iniquidades contra los inquilinos; ya es bastante malo tener los piquetes ahí afuera.

Damia le llevaba la delantera.

—Diremos que los restauradores quieren examinar la estatua con minuciosidad para ver si arroja alguna luz sobre el mural. Es la única pieza de la decoración original de Toby y se supone que la pintura es contemporánea. Me parece que tendría sentido.

Cuando Norris asintió, a Damia le sorprendió el atisbo de un brillo en su mirada.

—Muy bien. Pero es mejor que primero hables con los restauradores y les hagas jurar que mantendrán el secreto.

—Podría resultar cierto, claro —señaló ella—. De hecho quizás les gustaría pararse más cerca de la estatua y tener un contacto más personal.

Norris lo admitió con otra señal de cabeza y alzando levemente las cejas.

—No, no te vayas —la previno cuando iba a levantarse de la silla—. Da la casualidad que yo también quería hablar contigo.

Damia se sentó expectante y lo miró pasearse hacia la ventana, con las manos entrelazadas en la espalda, al estilo Windsor. Norris se detuvo, mirando en silencio el vacío durante un tiempo tan largo que Damia empezó a inquietarse. ¿Trataba de encontrar una forma digerible de comunicarle una noticia devastadora?

Por fin, habló.

—Me gustaría que estés presente en la próxima reunión del consejo rector. —Sus palabras le llegaron refractadas en los antiguos cristales de la ventana, sin perder nada de claridad en la dicción pero con un sonido extrañamente remoto, como si el propio Norris no las hubiera pronunciado—. No como un miembro, se entiende, sino como una simple observadora.

—Muy bien, lo que tú quieras. —Damia no sabía cómo reaccionar. ¿Era un cumplido por su entusiasmo, una invitación a ver cómo era la vida en la mesa de las decisiones? ¿O era una reprimenda sutil, un indicio de que ella necesitaba concienciarse de las restricciones financieras y de otro tipo, con las cuales él debía manejarse para preservar el colegio?

—Ian Baird vendrá a presentar sus propuestas respecto a la disolución de nuestros artículos de asociación —continuó, con la vista clavada en la ventana, como si no deseara ver la expresión de conmiseración con la que ella recibiría semejante noticia—. Me parece que la apuesta de independencia de Northgate pesa lo suficiente sobre nuestra imagen como institución para que nadie se inmute por tu invitación. O al menos para que muchos no lo hagan, o no demasiado —su tono se suavizó un poco y se volvió jovial, ¿o era irónico?, cuando se dio la vuelta. Entonces no era una reprimenda. Y, mejor aún que un cumplido: el rector se confiaba a ella.

Pese a que había dejado la cálida oficina de Norris con la intención especial de entablar una conversación con los huelguistas que rodeaban el brasero recién adquirido mientras iba a comprar un sandwich para el almuerzo, Damia terminó compadeciéndose en forma muy natural del grupo apiñado junto al fuego por el descenso súbito de temperatura y ofreció llevar bebidas calientes si alguien quería. Tras unos instantes de mascullar su desconfianza, los cuatro hombres y la única mujer que pateaban el suelo y se calentaban las manos al calor siguieron el ejemplo cortés de Robert Hadstowe —que por primera vez en muchos días estaba presente— y, algo turbados, pidieron té y café. Damia se preguntó no por primera ni por última vez, de eso estaba segura, si habían cambiado del extremo de la truculencia o de la grosería directa a esta actitud por miedo de que se los tomara por racistas. Qué demonios, ya tenía suficientes inconvenientes por tener un pie en dos campos raciales como para disipar cualquier mínima ansiedad que ella pudiera estar explotando prejuicios inconscientes.

—Esto me recuerda... —dijo sorbiendo el café, con los sandwiches todavía en el bolso que colgaba de su hombro. No terminó la frase adrede.

La cortesía se impuso de manera inevitable y uno de los piqueteros, un hombre fornido de unos cincuenta años, de gorro a rayas con un pompón que resaltaba la redondez de su rostro de forma poco favorecedora, preguntó:

—¿Qué, estar parada en la fila de un piquete en un noviembre helado?

—Estar parada al lado de un brasero en un noviembre helado. Hace tiempo fui funcionaría de servicios sociales de un centro para personas sin techo y hogar, pasaba mucho tiempo buscando gente que se congelaba de frío y tratando de convencerla de que ir al centro era una alternativa mejor.

—¿Por qué no querían ir?

Era una pregunta bastante común. ¿Por qué languidecer de frío, morirse de hambre, luchar contra la enfermedad y la desesperación en la calle o debajo de un seto cuando existía un centro que ofrecía comida y abrigo y la posibilidad de una ducha caliente?

Damia suspiró.

—Miedo, vergüenza, pérdida total del sentimiento de que te mereces algo mejor de lo que consigues en la calle —dijo, tratando de que su voz no trasuntara amargura, amargura en nombre de todas las personas a quienes la sociedad había excluido con indiferencia: ex convictos, niños olvidados y mal tratados que eran trasladados de una casa de adopción a otra; fugitivos demasiado asustados para buscar algún tipo de ayuda por temor a ser embarcados de regreso de dondequiera que habían huido; adictos y enfermos mentales para quienes el cuidado en la comunidad no significaba nada.

—¿Conseguía que fueran?

—Más que muchos trabajadores sociales —dijo—. Puedo tener un acento de clase media, pero el tono de la piel es bueno para muchos principios del credo de la calle. No puedes ser una benefactora de clase media cuando tienes un aspecto como el mío.

Ella era consciente de que sólo miraba en forma huidiza mientras hablaba, temerosa de que alguno viera el dolor que se ocultaba debajo de aquel cinismo si les sostenía la mirada.

—¿Y qué hizo entre aquella etapa y esto? —preguntó Hadstowe—. ¿O pasó de un salto gigantesco de la clase marginada a la súper privilegiada?

—Me metí en la recaudación de fondos, después en marketing y en Relaciones Públicas —replicó Damia, mientras los ojos se le secaban por mirar sin pestañear el brasero y le provocaba molestias. No agregó que había cumplido todos los roles dentro del sector de viviendas y falta de viviendas, que sin ninguna duda ella había saltado de la clase marginada a la súper privilegiada.

Y aunque le encantaba su nuevo trabajo, le encantaba el colegio como nunca antes le había encantado ningún empleo, todavía había una parte de ella que sentía desasosiego por el abandono de los desesperados y desilusionados; la parte de ella que quería estrechar la mano que la vida le había tendido y aceptar como una especie de karma del destino el hecho de que sus deseos tempranos de vivir una vida arraigada en la seguridad y la sociedad habían sido arrasados, que la muerte de aquellos que podrían haberle dado seguridad habían dejado un alma extraviada y sin raíces que podía —¿y por lo tanto debería?—, extender la mano a los otros extraviados y sin raíces que estaban a su alrededor.

Pero una gran parte de ella, por lejos aquella parte suya que desde sus más tempranos recuerdos había sentido una profunda incomodidad en el entorno pseudo-anárquico de su infancia, sabía que aliarse con el vacío y la pérdida sería ensimismarse por entero, que la única manera en la que podría convertirse en un ser sano y feliz sería transformándose en parte de algo más radiante, más fuerte y arraigado, con mucha más firmeza que la que ella jamás había tenido.

—¿Qué le parece su trabajo aquí? —Era evidente que Hadstowe sabía que la habían nombrado hacía poco.

—Sorprendente. —Le sonrió al grupo que le respondió a la recíproca—. No había previsto piquetes a la vuelta de la esquina en un colegio de Salster, se lo puedo asegurar.

—Quizás —respondió el hombre del gorro con pompón— no esperabas una conducta solapada de los que están a cargo de un sitio como este.

Damia asintió muy despacio, la clase de gesto con la cabeza que indica cavilación más que coincidencia.

—Creo que antes de venir a Toby tenía muchos prejuicios. La curva de aprendizaje ha sido muy rápida.

—Una sorpresa ante el sistema, mejor dicho —agregó otro de los piqueteros, al tiempo que empujaba con aire taciturno un pedazo de asfalto desprendido por las ruedas de un coche con la punta de la bota.

Damia esbozó una media sonrisa. El hombre era muy joven, tal vez lo bastante para ser hijo de Gorro de Pompón.

—¿Ha hablado últimamente con el doctor Norris? —le preguntó a Hadstowe de manera insincera, sabiendo que éste había rechazado varias invitaciones para encontrarse y discutir el futuro.

—No tengo necesidad de hablarle. A él le corresponde retirar su amable solicitud para que todos firmemos las declaraciones juradas. Cuando lo haga, entonces podremos hablar sobre cómo resolver la situación.

—¿No es suficiente con que él retire la solicitud?

Los ojos de Hadstowe buscaron en su rostro alguna prueba de que Norris de verdad la mantenía tan mal informada.

—No. No estamos dispuestos a volver al statu quo mientras esto pende sobre nuestras cabezas. Queremos garantías de que si el colegio, de alguna manera, logra avanzar con la venta de la tierra, nosotros, los inquilinos, tendremos la primera opción para comprar a tasas de agricultor —continuó con energía, como si quisiera atajar cualquier interrupción de parte de ella—. Es imposible esperar que compitamos con el dinero que los promotores inmobiliarios pueden soltar. —Tras sus palabras se apoderó del lugar un silencio en el que solo se oía el silbido y el chisporroteo suave del brasero, como si alguien hubiera tirado de una cuerda. Todas las miradas se clavaron en las llamas vacilantes y los carbones al rojo vivo, todas las manos se ofrecieron al calor ardiente.

Damia esperó a que Hadstowe rompiera el silencio pues, de haberlo hecho ella, habría parecido una negociación.

—¿Cuál es su posición sobre esto? ¿Está con Norris?

Damia sorbió un trago de café, paladeando el regusto a plástico de la tapa.

—Me parece —dijo eligiendo las palabras con enorme cuidado—, que estoy dispuesta a apoyarlo, es un hombre íntegro, que está pronto a cargar con la culpa de cosas que no fueron idea suya...

—¡Un hombre íntegro! —escupió Hadstowe—. Yo no considero que vender la tierra a espaldas nuestras sea testimonio de una gran integridad.

Damia lo miró de lleno a la cara.

—Esa es una de las cosas por las que él asume la responsabilidad —dijo con tranquilidad.

—¿Cómo? —La voz de la única mujer del grupo hizo que apartara su mirada de Hadstowe—. ¿Se refiere a que vender la tierra no fue idea de Norris?

—Exacto.

—¿Entonces de quién fue la idea? —La pregunta de Hadstowe hizo que Damia volviera a cambiar el foco de atención.

—No lo sé, pero sí sé que fue el argumento de Charles Northrop a favor de la venta lo que hizo aprobar la moción.

—Northrop —dijo la mujer, con sequedad—, pero no fue él... —tartamudeó con los ojos fijos por encima del hombro de Damia. Cuando ésta se dio vuelta, pilló a Hadstowe bajando la mano.

—Si Charles Northrop se presenta ante vosotros como un accionista honesto —respondió haciendo florecer la sospecha—, me parece que tiene que estar muy preocupada.

Y también me preocuparía por cualquier promesa que haya hecho o sugerido Ian Baird.

—¿Qué promesas cree que hizo? —preguntó Hadstowe, con voz neutral.

Damia advirtió la tensión que se ocultaba detrás de ella, porque lo esperaba.

—Bueno, supongo que dijo que si Northgate se hace cargo de Toby, lo que sería muy fácil si fuera a la quiebra —ella sofocó un creciente deseo de explicitar la complicidad de ellos en ese resultado—, entonces Northgate hará diez declaraciones juradas que garantizarán vuestras tenencias como arrendatarios a largo plazo.

Vio en la expresión desprevenida de Hadstowe la confirmación absoluta que necesitaba de que ella había interpretado bien a Baird.

—No fue difícil calcular lo que él os diría —dijo de forma suave—; no, cuando ya había tratado también de ganarse mi apoyo.

El intento de Baird de reclutar a Damia para su causa había llegado varias semanas antes, cuando, tras una reunión con los directores de ambos colegios para concretar el acuerdo de patrocinio con Atoz, le preguntó si podía dedicarle algunos minutos de su tiempo.

—La forma en que manejó a Atoz es impresionante; dada la mala publicidad financiera que ha habido y los problemas sociales con los inquilinos, nunca pensé que lo lograría —le había dicho una vez que estuvieron en la privacidad de su despacho.

Pese a que Damia se resistía con desesperación a que aquel hombre la cautivara, encontró que sus halagos generaban en ella un impulso instintivo de vanagloria.

Baird estaba confortablemente sentado en un sofá que daba a la puerta y cuando cruzó las piernas, la pernera del pantalón y la media se separaron revelando un estrecho pedazo de pantorrilla blanca y velluda. El gesto indicaba que estaba a sus anchas allí, que tenía el control absoluto de la situación.

—Damia, venga a trabajar para mí.

No respondió y reprimió cualquier reacción que le hubiera hecho delatar su sorpresa.

—Está desperdiciada con esta panda de estirados y glorias del pasado —continuó insultando a la ligera a sus colegas de una forma que daba por sentado de antemano que ella estaba de acuerdo con él o que padecía ilusiones que era necesario echar por tierra—. Juntos podríamos llevar a Northgate a la cima.

Damia lo contempló de forma evaluadora.

—¿Exactamente a la cima de qué? Me pareció que usted estaba a favor de una estructura de colegios federativa, una verdadera universidad.

—Los colegios seguirán funcionando como instituciones independientes en muchos aspectos, solo cederán funciones que pueden ser realizadas con más eficiencia por una estructura administrativa central.

—¿No le parece que sería desleal de mi parte? —preguntó incapaz de evitar la mordacidad—. Ed Norris se arriesgó por mí. No tengo antecedentes de educación superior, pero aun así me contrató. Venir a trabajar con usted sería asestarle una puñalada por la espalda.

—Así son los negocios —consignó con aire cansino—. No se puede ser sentimental. Uno tiene que saber adónde quiere llegar y estar dispuesto a hacer todo lo posible para llegar allí.

Los ojos de Damia se posaron un breve instante en la franja de vello oscuro de la espinilla que era visible debajo del pantalón de Baird; su pálida desnudez contrarrestaba la urbanidad y la consiguiente presunción de dominio de Baird.

—¿Así que piensa que yo debería colgarme de la estrella de Northgate?

Baird enarcó las cejas. Podría haber dicho: «No se necesita ser ningún cerebro para entender eso».

—A su debido tiempo, espero ser el presidente de una federación de colegios de Salster. —La miró, entrecerrando los ojos y evaluándola con cautela—. Estaría en posición de recomendarla como gerente de marketing para toda la nueva estructura universitaria.

Como ella no respondió de inmediato, dijo sin alterarse:

—No es el tipo de trabajo que se presenta todos los días.

Damia sentía correr la adrenalina y la perturbó darse cuenta de que no sabía si se debía al entusiasmo o a la furia. Forzó una sonrisa sardónica.

Tampoco es el tipo de decisión que se toma todos los días, Ian. Tendrá que darme unos días para reflexionar.

—Cómo no. —Se levantó como un resorte, de una forma que, hasta dos segundos antes, ella habría estado dispuesta a apostar dinero que sería imposible para un hombre de su físico—. No lo posponga demasiado —dijo dirigiéndose a la puerta— o se quedará varada en ese fango de indecisión que Norris llama democracia.

—¿Presumo que su intento de captación no funcionó? —preguntó la mujer desde el otro lado del brasero.

Damia esbozó una sonrisa tensa, recordando avergonzada la lista de los pros y los contras que había examinado aquella noche.

—No. —Vaciló y después, por razones que más tarde repasaría hasta el hartazgo sin llegar a una conclusión satisfactoria, se descubrió diciendo—: Yo pensaba que un colegio de Salster, un colegio de Oxterbridge, era muy parecido a otro; diferente arquitectura, diferentes y pintorescas tradiciones, pero en lo básico una misma idea. Sin embargo, en los pocos meses que llevo en Toby me he dado cuenta de que estaba equivocada.

»Si los colegios fueran intercambiables, yo habría cogido el ofrecimiento de Baird con las dos manos, muchas gracias. ¿La seguridad por encima de la inseguridad? Por favor, ni siquiera es una pregunta. Pero no son intercambiables. Northgate es la base para que Baird establezca su imperio. El colegio solo le preocupa en tanto sirve para sus propósitos y favorece sus ambiciones.

»Sin embargo, Ed Norris es un hombre de colegio de cabo a rabo. Cree en su posición de ser primero entre sus pares y se lo toma con seriedad.

Sintió que la comisura de su boca se inclinaba de manera traidora mientras la parte emocional dentro de sí amenazaba con llorar por la intensidad de lo que decía.

—Por eso carga con la culpa de las decisiones que toma la administración; la decisión es colectiva y aunque no esté de acuerdo, tiene que acompañar. Y por eso deja que los estudiantes tomen esta desastrosa decisión respecto a los patrocinadores, porque respeta su derecho a no dejar pisotear su integridad por razones puramente económicas. —Apretó los dientes y miró a todos los que estaban frente a ella, excepto a Hadstowe que estaba a su lado.

»Toby es la suma de sus partes —concluyó en voz baja—. Su gente, sus tradiciones y sus valores. Northgate es Baird. Voy a luchar por Toby y si pierdo el trabajo intentándolo, al menos podré vivir en paz conmigo misma.

Testamento
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