Capítulo 10

Salster, septiembre de 1385

Los tapices de Gwyneth no salieron del arcón en el que habían sido doblados mientras los Kineton vivieron en Salster. La vivienda que Richard Daker les proveyó, una magnífica casa con frente de madera a no más de dos minutos de caminata de su propia casa solariega, estaba llena de muebles, colgaduras en las paredes y todos los lujos carentes en la casa que le habían alquilado al juez Stowald. Aunque ni Gwyneth ni Simon hubieran elegido estambre a rayas azul y verde si les hubieran dado mano libre, una semana en la casa los vio tratando de adaptarse y de transformar aquellos lujos a los que no estaban acostumbrados en una atmósfera familiar...

Salster parecía pequeña y abigarrada frente al rápido crecimiento de la superficie en acres de Londres; cada casucha y casa de la ciudad, conocida y conocible; el hedor especial de cada calle y sus mercancías, identificables; los mendigos de la ciudad, predecibles en sus súplicas y asedios. Y sobre la pequeña y rebosante ciudad, por doquiera se caminara dentro de las murallas, el castillo y la abadía se imponían...

Mientras miraba junto a Daker el sitio propuesto para el emplazamiento del colegio, Simon sentía las restricciones impuestas por su nuevo lugar de residencia y expresó sus dudas.

—Señor Daker, ¿cuántos pasos mide esta hilera de edificios?

Daker entrecerró los ojos y miró de un extremo a otro la hilera de negocios.

Para Simon estaba claro que su cliente no había estudiado el terreno. El colegio de Daker había crecido en su cabeza, pero había que colocarlo en algún sitio del mundo material de calles e hileras de casas, negocios e iglesias, y Simon no estaba convencido de que aquel fuera el sitio ideal.

—De un extremo al otro no puede haber más de cincuenta pasos —dijo antes de que Daker pudiera aventurar un cálculo inexacto— y la profundidad del solar está limitada con exactitud por el arroyo que está detrás. No creo que pueda tener más de treinta y cinco pasos de fondo, cuarenta como mucho...

—Podemos medirlo. ¿Con sus pasos o con los míos?

—Con los míos. —«Los tuyos son excesivamente largos», pensó Simon mientras caminaba a zancadas junto a Daker por el callejón que permitía acceder desde la calle a las casas de los vecinos y jardines que llegaban al arroyo de detrás infectado de desechos.

—Treinta y ocho pasos —dijo, volviéndose a Daker que estaba casi a un metro o más del agua maloliente.

—No es suficiente.

Simon se iba acostumbrando al hábito de Daker de hacer preguntas como si emitiera una sentencia.

—No, si vamos a construir de acuerdo a los planos que he dibujado. Imaginé un lugar de mil quinientos metros cuadrados por lo menos. Aquí no tenemos ni siquiera mil doscientos y no podemos inventar los metros cuadrados que no tenemos. Estamos limitados por el camino hacia un lado y el arroyo al otro.

—Entonces debemos adaptar sus planos. —Daker miró de lleno a Simon—. ¿Cuánto tiempo tardará en volver a dibujarlos?

—¿ Cuándo podemos empezar a limpiar el sitio?

—Hasta dentro de un mes no. Las notificaciones ya se han entregado, pero debemos esperar un mes.

—No necesito la mitad de ese tiempo para rehacerlos. Con un día alcanzaría porque sólo es necesario cambiar las proporciones. —Hizo una pausa, sabiendo que estaba a punto de decepcionar a Daker. El mismo se sentía frustrado—. Pero dentro de un mes estaremos en la segunda semana de octubre y será demasiado tarde para empezar a edificar.

—¿Por qué?

«Daker debe de haber visto crecer edificios en Londres toda la vida», reflexionaba Simon. ¿Nunca se había detenido a pensar en por qué el trabajo acompañaba el ritmo de las estaciones?

—La piedra es como el vino, así como éste no puede guardarse en cubas un día y beberse al siguiente, la piedra no puede extraerse de la tierra un día y colocarse al otro. Necesita calor para secarse y endurecerse. El exceso de lluvia sobre una piedra sin estacionar la estropea para siempre pues nunca endurecerá como es debido. Y aún si contáramos con piedra estacionada —dijo, anticipándose a la siguiente objeción de Daker—, el mortero no fragua y se agrieta si la helada lo ataca.

—De modo que no podemos hacer nada hasta la primavera.

—Edificar no, pero es necesario limpiar el terreno y hay que demoler estos negocios; a propósito, ¿pensó en que podemos vender la piedra y la madera?

Daker meneó la cabeza.

—No. ¿Usted se ocupará?

Simon asintió y continuó:

—Si no empiezan las heladas, podemos empezar a cavar los cimientos, pues cuando la tierra está congelada es difícil de hacer.

Miró a Daker. Como la mayoría de las personas que no estaban acostumbradas a la construcción, jamás se había detenido a pensar en los cornos y porqués del oficio. Para Simon habían sido la leche que mamó desde la cuna; no recordaba un instante en que el ritmo y las restricciones de su oficio no hubieran sido claros para él. Ahora tenía que tratar de explicar por qué las cosas debían ser como eran. Esperaba que Daker tuviera la paciencia y la tolerancia suficiente como para entender que las cosas eran así por necesidad y no por intransigencia de su parte.

—Por suerte —volvió a empezar, fijando los ojos en Daker con un recelo poco habitual en él—, tengo piedra algo estacionada, en Kineton. Todavía es demasiado pronto para mandar a pedirla, pero cuando el período de notificación termine y empecemos la limpieza de nuestro terreno, puedo mandar traerla. Una vez que desaparezcan los negocios, podemos levantar un cobertizo a pie de obra, un sitio donde dibujar, y algún lugar para almacenar la piedra y empezar a cortar. El invierno no será desaprovechado del todo, señor Daker; lo emplearemos bien. —Se cruzó con la mirada penetrante de su cliente y dijo con sencillez—: Estoy tan impaciente como usted por ver empezado nuestro edificio.

Pero los dos hombres iban a sentirse defraudados. Tan pronto como Simon empezó a adaptar su plan de planta, reduciendo su espaciosa visión dentro de los espacios limitados de Salster, el poder de la Iglesia comenzó a poner en marcha los engranajes de una maquinaria diseñada por la mente de quien ejercía el poder, el prior William, para demorar, frustrar y aplastar los planes de Daker.

Fue Henry Ackland quien trajo la noticia. Henry, reflexionó Simon, parecía por siempre destinado a oficiar de intermediario.

—¿Qué quieres decir con que Daker no es el dueño de las propiedades? —demandó Simon e interrumpió a Henry antes de que pudiera terminar la frase que habría explicado lo que quería decir.

—Cuando los planes de Daker se conocieron...

—¿Se conocieron? ¿Cómo? Apenas acaba de recorrer la ciudad anunciando con bombos y platillos sus intenciones...

—Simon, esto no es Londres, sino Salster. Aquí no existe ningún rincón tan oscuro que el obispo y sus adláteres no vean lo que se hace. Y en este caso no tienen necesidad de espías ya que a uno de los inquilinos de Daker no le gustaron las condiciones de notificación...

Simon resopló.

—Las condiciones fueron ridículas por lo generosas... Precisamente para evitar aquel giro de los acontecimientos.

—Es evidente que a alguien no le causaron tan buena impresión como a ti, o tal vez tiene otros anzuelos echados. Siempre existen razones fundadas para gozar de la estima de la Iglesia, Simon.

Simon comenzó a recorrer la habitación.

—Entonces, ¿la Iglesia reivindica su derecho a la tierra de Daker?

Henry se pasó los dedos por el pelo y se cruzó de piernas poniéndose más cómodo.

—El padre del señor Daker recibió la tierra en donación. Cuando vino por primera vez a Salster, alquiló la hilera de negocios que se extiende desde la abadía pero, al enriquecerse —y envejecer, pensó para sí—, obtuvo permiso para tirarlos abajo y construir un hospital. Para entonces había adquirido tierras fuera de la muralla de la ciudad, contra la puerta del sur, y los ingresos que provenían de ellas, tal como estaban, alimentaban y vestían a los pobres del hospital. La abadía le otorgó la tierra en la que el hospital se asentaba en reconocimiento por su buena obra.

—Y ahora, concesión o no, las posiciones se han invertido. —El tono de Simon era bélico, como si Henry hubiera dispuesto aquella transposición nada más que para confundirlo—. ¿Cuándo se convirtieron los negocios en hospital y viceversa?

—Poco después de que el padre de Daker muriera, un incendio consumió el hospital —explicó— y la estructura del edificio, construido en madera, se destruyó. El señor Daker resolvió que se podría mantener un hospital más grande si los negocios volvían a establecerse donde estaban antes y el hospital se trasladaba al solar extramuros.

—Los incendios ocurren —sentenció Simon sin rodeos, evidenciando que no le importaba ni le interesaba saber si la destrucción del hospital había sido accidental.

—Sin duda. —Henry también podía seguir aquel juego.

—¿Y los negocios han estado allí desde entonces, sin el más mínimo chillido de protesta de la Iglesia?

—Hasta ahora, sí.

—Aparte del deseo de Daker de edificar un colegio en ese terreno, ¿qué objeción pone ahora?

Henry se frotó una mancha de la bota con el dedo humedecido, sin mirar a Simon.

Se rumorea que se relaciona con el hospital —dijo—. Parece ser que mientras la tierra concedida al padre de Daker se empleaba para sostener el hospital, la Iglesia no ponía ningún reparo. Ahora, las cosas son diferentes...

—Si la Iglesia le concedió el terreno con un título de propiedad real, no hay objeciones ni aquí ni allí —estalló Simon.

—El prior duda de que la tierra fuera cedida con un título de real propiedad —dijo Henry, con cautela—. Si hemos de creerle a él, la Iglesia simplemente entendió que renunciaba a la renta sobre la tierra a favor de Daker y sus herederos mientras hubiera allí un hospital.

—Hace más de veinte años o más que ya no existe. Si la Iglesia esperó a que ocurriera esto para hacer respetar lo que concibe como su derecho, entonces detrás hay algo más importante que la simple letra de la ley.

«¿Por qué», se preguntaba Henry, «me tomo la molestia de tratar con tanta blandura este asunto cuando estoy tan indignado como él? Porque si fui portador de una mala noticia en el pasado, por lo general era la consecuencia de algo que yo había hecho. Andar con pies de plomo podía evitar una azotaina. No es otra cosa que hábito».

—La excusa del prior —Henry dejó a un lado el tacto— es que teme que sin el ingreso de los negocios, el hospital se vaya a pique. Los colegios, según observó, no reportan dinero.

—¿Tiene miedo de tener que hurgar en sus propias arcas? —preguntó Simon, fulminando a Henry con su desprecio por el prior.

—Míralo desde el punto de vista de la Iglesia, Simon. Vale la pena tener esta ave especial en su mano, un hospital bien dotado. Si no interviene y se queda mirando cómo Daker tira abajo los negocios, bien puede sospechar que el siguiente paso será echar abajo también el hospital.

—Henry, dime con sinceridad, ¿crees que esto es algo más que un intento de frustrar el colegio de Daker? ¿Y que la Iglesia hasta lo toleraría si no fuera un disidente lolardo?

Henry se quedó en silencio, mirando fijo al hombre que lo había salvado de la pobreza y elevado a su estatus actual de maestro cantero y ciudadano respetado.

—Simon —dijo al cabo—, si Daker puede probar que tiene derecho a esta tierra, edificará su colegio pese al prior William y a su obispo.

—¿ Y si no puede?

—Resolveremos el problema cuando llegue ese momento.

Simon le clavó los ojos.

—Una vez me puse de pie contra un rey y perdí. Si ahora me pongo contra la Iglesia y también pierdo, quizá jamás vuelva a proyectar un edificio que se materialice en piedra.

—No te opones a la Iglesia.

—Todavía no.

Henry meneó la cabeza.

—Le concedes demasiada importancia, Simon. Esto no es más que la disputa habitual por la tierra.

Pero la tierra es dinero, y el dinero, poder; y el poder significa conseguir lo que se quiere.

Aquel era un credo que Ralph Daker conocía.

La existencia de Ralph fue una sorpresa para William de Norwich, prior del monasterio y de la catedral de Christchurch. John, el hijo de Daker, era muy conocido en Salster puesto que venía a la ciudad cada vez que su madrastra y su padre se trasladaban allí, pero Ralph llegó a Salster pisándole los talones a las intenciones de su tío, sin anunciarse y sin ninguna explicación.

El prior William sabía, a expensas suyas, que las incógnitas solían deparar sorpresas desagradables mientras permanecieran sin develar. Hacer que manifestaran sus secretos, por otra parte, a menudo las convertían en algo muy útil.

A través de métodos utilizados desde hacía mucho tiempo, el prior se enteró de todo lo que se sabía o sospechaba de Ralph tanto en Salster como en Londres.

Descubrió que Ralph era sobrino de Richard Daker, hijo de su hermana. Aquella fue la primera sorpresa, ya que el prior había tomado el apellido que compartían como prueba de que Ralph era hijo de un hermano. Resultó que Ralph se había peleado con su padre y se había instalado con su tío hacía unos doce años. Richard, que en aquel momento no tenía hijos, lo había admitido en su negocio permitiéndole adoptar el apellido Daker, ya que el padre de Ralph, por ira o por el simple deseo de lavarse las manos frente a un hijo tan problemático, renunció a la relación.

Ralph trabajaba desde entonces con su tío y, según los comentarios generales, era tratado como un hijo en todos los sentidos, salvo el obvio e inevitable tema de la herencia.

A oídos del prior William había llegado un rumor, que por lo general no se informaba, de que a lo largo de los cuatro años del matrimonio de Richard Daker con su segunda mujer, Anne, su sobrino lo había hecho cornudo.

Anne, si se daba crédito a las habladurías, había escogido el poder y la influencia para su matrimonio en lugar de la juventud pero, viendo que podía contar con ambos si seguía las reglas de juego con discreción, había llevado a Ralph a su cama en las muchas ocasiones en que su esposo se ausentaba al extranjero.

El prior jamás cometía el error de creer todo lo que oía, pero no descartó el chisme sin más. Si era verdad, saberlo podría resultar sumamente útil.

William de Norwich y Ralph Daker eran improbables aliados y sin embargo, ningún inquilino de los negocios de Daker se habría quejado del plazo de desalojo, si alguien no hubiera hecho que valiera la pena protestar.

Testamento
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