Prólogo
Kineton y Dacre College, en la actualidad
Era un fuego pequeño, casi insignificante, la consecuencia latente de un cableado que debía de haber sido reemplazado una década antes, un agregado irritante a la lista de tareas del equipo de mantenimiento más que un tema importante de las noticias del colegio. Pero cuando los carpinteros llegaron para quitar un pequeño sector del panel de roble carbonizado se encontraron con una imagen que iba a cambiar la historia del Kineton y Dacre College.
Allí, en aquel pedazo de pared recientemente descubierto detrás del panel estilo Tudor, sobresalía un rostro con la boca abierta, ennegrecido de ceniza. Y en aquella boca que se abría, se retorcía la figura minúscula de un niño muy pequeño con los brazos extendidos.
El hombre que estaba más cerca de la pared retrocedió de un salto mascullando una obscenidad.
Su compañero escudriñó la superficie que acababan de descubrir.
—Je... sús... —Se dio vuelta a medias—. Nadie nos dijo nada respecto a una pintura, ¿no es verdad?
El fuego había oscurecido y veteado el color tosco de la piel de sus rostros haciendo que la imagen pareciera todavía más diabólica. El carpintero extendió una mano para limpiar la ceniza.
—Mejor no, Will —advirtió el otro—. Nunca se sabe.
El más joven, acostumbrado a obedecer, bajó la mano.
—Es un cantero —dijo en cambio—. Mira el compás.
—El pequeño también tiene uno. —El otro asintió mirando las manos extendidas del niño—. Vamos, deja eso; mejor vayamos a informarles.
Tras cuatro siglos y medio de oscuridad, el mural de la pared del Kineton y Dacre College estaba a punto de ser restituido a la luz del día.