Capítulo 45
Salster, agosto de 1393
Cuando esa mañana más tarde Henry y Alysoun volvieron a casa de Simon y Gwyneth, era evidente que habían discutido y resuelto las cosas entre ellos.
—Simon. —Alysoun lo enfrentó sin amabilidad—. Debes hacer creer que fue un accidente, que Toby se cayó al agua mientras jugaba en el jardín.
Simon la miró atontado. Su mente apartaba a un lado sus palabras como una persona enferma aparta impaciente con la mano la comida que le ofrecen.
—¡Simon!
Su cerebro se negaba con terquedad a asimilar lo que ella le decía, y menos aún el motivo por el que lo decía.
—No —dijo—. No, no lo haré.
—¡Lo harás, Simon! Si quieres que Toby tenga cristiana sepultura, eso es lo que harás, y sin tardanza, antes de que las habladurías se transformen en hechos concretos.
Simon la miraba como si ella fuera un desconocido contrariado.
—No negaré su sacrificio, el único acto perfecto de su pobre vida.
—Debes negar que él mismo causó su muerte, Simon. No enterrarán a nadie, ni siquiera a un niño, que haya muerto en pecado mortal.
Simon no la miró a la cara.
—¿ Lo harías enterrar por la Iglesia, que echó a rodar por toda la ciudad el rumor de que estaba maldito para frustrar la construcción de nuestro colegio?
—¡Haría que descansara en paz! —estalló Alysoun con la voz quebrada—. ¿Y tú crees que mi madre soportará que lo entierren en suelo no consagrado? —Lo miró—. Murió por ti, Simon, o en todo caso, por tu causa. No le des a Gwyneth más motivos de pena impidiendo el entierro cristiano de Toby.
—De modo que le haré el mismo disfavor que todos le han demostrado toda la vida —manifestó, sin ambages, mirando las piezas rotas del armazón de Toby en una esquina de la habitación—. Lo despojaré de la voluntad y el amor y el propósito de sus acciones. Diré que está muerto por su propia idiotez.
—Si tú lo dices, quizá lo crean y se olviden de hablar de posesión demoníaca...
—¿Quién dice semejante cosa? —Simon despedía fuego por los ojos.
—¡Simon, abre los ojos! —Alysoun exclamó furibunda—. Tus propios criados buscan rastros en el jardín y dicen que los demonios que habitaban dentro de él lo arrastraron a la muerte; que estaban comandados por el príncipe de las mentiras porque Toby frustró su intención en el colegio de Daker. ¡Todo el mundo dice semejantes cosas!
—¿Todos dicen que Toby estaba maldito?
—¡Sí! Desde el día que salió por primera vez con Gwyneth, fajado en aquella tela. ¡Y esto no hace más que dar pábulo a su ardor!
—¿Y si digo que se sacrificó por mí? —Simon susurró, como si le arrancaran las palabras contra su voluntad.
—Entonces dirán que sus demonios lo llevaron a la desesperación y que el pecado mortal se sumó a la posesión.
Simon se sentó pesadamente en el banco, debajo de la ventana, y se tomó la cabeza con las manos.
—Así que nadie se enterará de su grandeza de corazón, de su perdón...
—Únicamente los que lo conocimos, Simon, y nosotros somos los únicos que a él le hubiera importado que lo supieran.
Simon se apartó, abatido. Pensar en negar el sacrificio de su hijo le cortaba el aliento.
—Henry —apeló—, ¿crees que los que no son enterrados en tierra sagrada no alcanzan la dicha?
Henry se pellizcó la nariz, y su mirada quedó presa de la mirada de su mujer como si ninguno de los dos pudiera despegarse.
—Lo que yo pienso no importa, Simon, debes contemplar la opinión de Gwyneth, lo que ella necesita y desea.
Sin quererlo, giró la cabeza hacia la puerta detrás de la que Gwyneth estaba acostada en silencio junto al hijo. Aunque los separaba la puerta, veía cómo su mujer yacía tomada de la mano fría de Toby debajo de la sábana y buscaba con los ojos algún vestigio del niño que había sido. Su amado niño.
—Muy bien. Iré a buscar a nuestro sacerdote. Me sorprende que no haya venido todavía. La ciudad debe estar hecha un hervidero con la noticia, ¿no es cierto?
Asintieron, a regañadientes.
—¿Os quedaréis aquí?
—Me quedaré yo. —Alysoun se dirigió a Henry—. Tú ve con Simon.
—¿No confías en mí, hijastra?
—A Henry quizá le hagan caso, cuando a ti no —replicó con frialdad.
Simon se dio vuelta, con el picaporte en la mano.
—Haré que lo sepan. ¡Juro que la gente sabrá quién era Toby!
—Simon...
—Ahora no. —Simon meneó la cabeza—. Ahora no. Pero se lo haré saber en mi colegio. Verán a Toby como lo hemos visto nosotros.
Pese a que la casa del sacerdote de la parroquia donde Simon y Gwyneth vivían no distaba más de trescientos pasos de su puerta, cada paso que daba le recordó a Simon que aquel era un mundo sin Toby. El sol, que brillaba alegre, no pondría morena la piel de su hijo; aquellos cuervos que saltaban y picoteaban como siempre los detritos de la calle saltarían sin que Toby los viera; el ajetreo y el bullicio veraniego de la ciudad continuaba como siempre, despiadado, sin reconocer que una vida había terminado y que una luz apenas conocida se había extinguido.
Simon caminaba arrastrando los pies, sin nada en los brazos y con una pesadez que jamás había sentido cuando llevaba a Toby montado en la cadera. Y aunque iba privado de su niño, así y todo la gente lo miraba y murmuraba a su paso.
«¡Malditos seáis!», tenía deseos de volverse contra ellos y decirles: «¡Malditos seáis todos vosotros por ver solo su deformidad y no su corazón! ¡Malditos seáis por vuestra credulidad y vuestros demonios! ¡Malditos seáis por pensar igual que yo que no tenía cerebro!».
La criada del cura les abrió la puerta y, al tiempo que agrandaba los ojos por la sorpresa, Simon observó que llevaba rápido atrás la mano atemorizada tratando de ocultar los dedos que ya hacían la señal contra el mal de ojo.
—Estamos aquí para ver a tu amo, muchacha —dijo Henry con afabilidad—. Dile por favor que el maestro Kineton y el maestro Ackland quieren hablarle.
La chica desapareció y los dos hombres se quedaron de pie esperando puertas adentro. Simon miró a su alrededor, notando sin demasiada conciencia el revestimiento de madera del frente de la casa y el interior mal cuidado. Las muchachas que se desempeñaban como criadas donde no había un ama podían permitirse chapucerías inconcebibles en un hogar donde hubiera una esposa.
El sacerdote apareció de manera abrupta. Era un hombre pequeño y fornido de tez poco saludable y ojos tímidos.
—Buenos días, maestro Kineton, maestro Ackland. Maestro Kineton, deploro su pérdida, pero espero que no haya venido a pedirme que entierre a su hijo dentro del recinto de la catedral.
Simon sintió de inmediato el aguijón de la ira.
—¿Y por qué espera tal cosa?
Como el hombre tartamudeaba, Henry puso la mano en el brazo de su viejo amigo.
—Padre, venimos a pedirle que le dé el sacramento final a un pobre niño que ha muerto en el río sin que nadie tuviera la culpa —dijo con discreta autoridad—. Es un alma cristiana y bautizada...
—¡Pero las circunstancias de su muerte! —espetó el hombre, mirando a Henry como si quisiera que éste viera la posición intolerable en que se encontraba.
—¿Circunstancias? —inquirió, apretando con firmeza el brazo de Simon a modo de advertencia para que se quedara callado.
—El niño estaba habitado por demonios... —comenzó el cura.
—¿Demonios? —dijo Henry con una voz que Simon jamás le había escuchado usar antes, una voz de incredulidad y al mismo tiempo de confianza en su propia capacidad de juicio—. Me parece que no, amigo. Mi hermanastro no estaba habitado por demonios más que usted o yo; era un pobre tullido corto de entendederas —otra vez el apretón en la carne de Simon a modo de advertencia—, que triste y lamentablemente cayó y murió en el río. Le pedimos una cristiana sepultura para que pueda descansar en paz en el Señor, como todos esperamos hacerlo. No se la negará, ¿verdad?
—¡Yo no, maestro Ackland! Cuando los hombres de autoridad han establecido un decreto, no me corresponde a mí ni a los que son como yo decidir. En nombre del obispo, a quien todos hemos jurado obedecer, el prior dice que la Iglesia no puede darle entierro a este niño. —Se encogió un poco, como si quisiera transformarse en un blanco de la violencia más pequeño—. Puede preguntarles a otros sacerdotes de la ciudad y le dirán lo mismo. Lo lamento, maestros, de verdad lo lamento, pero no me atrevo a ir contra la autoridad.
Para la enorme sorpresa de Henry, el prior William no se negó a recibirlos, sino que los saludó con la solemnidad apropiada cuando los introdujeron en la habitación donde él estaba ocupado con un amanuense.
Les pidieron que se sentaran, aunque no les ofrecieron ningún refrigerio.
Simon desobedeció el pedido previo de Henry de que lo dejara hablar con el prior y empezó a expresarse sin preámbulos.
—Como usted sabe, mi hijo yace muerto en mi casa.
El prior inclinó la cabeza para indicar que conocía el hecho, al igual que todos los demás asuntos de importancia que ocurrían dentro de las murallas de la ciudad.
—Me han dicho que usted dio la orden de que ningún sacerdote dé cristiana sepultura a mi hijo en el cementerio común de la catedral.
El prior frunció los labios y, parodiando una plegaria, juntó las manos debajo de la barbilla.
—Por desgracia, lo hemos considerado necesario, sí.
—De manera que mi hijo no recibirá el entierro de un alma cristiana —dijo Simon, absteniéndose de hablar con el mismo tono de Henry—. ¿Por qué? ¿Con qué fundamentos se le niega?
—El pecado evidentemente había entrado en el niño en forma corporal hace muchos años —replicó el prior. Su voz, aunque llena de un piadoso pesar, tenía un matiz subyacente de triunfo feroz—. La asociación con la herejía y las obras de las tinieblas que procura frustrar las verdades de la Santa Iglesia de Dios habían traído aparejada la cosa más terrible en el niño. Murió y vivió sin ser amo de su mente y de su cuerpo...
—¿De qué herejía y obras de las tinieblas se supone que es culpable mi hijo?
—Él no. Pero los pecados de los padres son castigados en los hijos, Simon de Kineton. Quizás no cosechaste aún las recompensas de la rebelión en tu cuerpo, pero tu hijo, un niño deforme, fue víctima fácil de Satán y sus hordas.
—¿Usted dice —la voz de Simon, lo mismo que su cuerpo, temblaban de furia mezclada con terror por las consecuencias de sus propias acciones— que porque construyo un colegio para un hombre que desconfía de una iglesia que se ha puesto de acuerdo con los príncipes de este mundo y cree que deberíamos leer las Sagradas Escrituras en nuestra propia lengua, mi hijo fue maldecido y poseído por los demonios?
El prior William, a salvo detrás de su mesa de escribir, miraba impasible a Simon.
—Por tu asociación con un hombre que niega la verdad de la Santa Iglesia, la Iglesia instituida y establecida por nuestro Señor a través de Pedro; un hombre que considera que cualquier palurdo está en condiciones de leer las palabras de nuestro Señor y decidir por sí mismo lo que significan; ¡un hombre sin conocimiento ni guía! Por tu insistencia en que el aprendizaje no puede ser confiado a la Iglesia y debe ponerse en manos de hombres que considerarán la palabra divina con los mismos ojos que han contemplado la desnudez de las mujeres y se han abierto á los pecados de la carne; por estas cosas tu hijo ha llevado en su cuerpo las consecuencias de tu presunción. ¡Él sufrió lo que tú no sufriste! ¡Él, el receptáculo más débil, se abrió y se llenó del mal al que has recibido en tu casa y en tu alma, Simon de Kineton! Y mientras tú persistas en esta maldad, mientras te hinches de orgullo en tu desfile de hazañas e intenciones impías, entonces no, no puedo ofrecerle a tu desgraciado hijo el entierro de un cristiano.
Simon, al oír las palabras y lo que éstas insinuaban, lo miró horrorizado. Ofrecer perdón al hijo y eterna dicha a este niño si el padre renuncia a su asociación con la herejía y abandona su obra impía. Toby sería bien recibido en la muerte, como jamás había sido recibido en vida, si Simon renunciaba a Daker y al colegio y obedecía a aquel hombre gordo y estúpido. Aquel hombre que afirmaba conocer la verdadera voluntad de Dios. Aquel hombre que afirmaba que porque jamás había conocido el amor de una mujer y jamás había visto el milagro que significaba un hijo nacido de su propio carne, estaba en condiciones de leer las Sagradas Escrituras como ni Simon, ni Henry, ni ningún esposo y padre lo estaban.
Simon aspiró, tembloroso, una profunda bocanada de aire que le supo en la lengua a pus y podredumbre.
—¿ Condenaría a un niño, un inocente, a las llamas del infierno porque yo construyo un edificio para un hombre cuya fe usted no reconoce?
El prior se levantó también.
—Tú no solo construyes. Tú pronuncias herejías cada vez que respiras, Simon de Kineton. —Subió la voz hasta que adquirió el tono de los frailes que despotricaban en el mercado—. Pues nadie, ningún alma que haya nacido en este mundo es inocente. El hombre nace del pecado a la corrupción y únicamente volviéndonos a Dios y a su misericordia alcanzamos la gracia. No existe ningún ser vivo inocente. Hubo uno solo y no nació del pecado sino de una virgen pura que jamás había conocido a un hombre en su concupiscencia corporal.
—Y mi hijo. —Simon irrumpió con sus palabras mientras el prior tomaba aliento—. ¿Cómo podía pronunciar las palabras que mostraban que se había vuelto hacia Dios? ¿Quién es usted para juzgar que no se había vuelto a él en su corazón?
El prior le clavó los ojos como si Simon hubiera empezado a hablar en una lengua extranjera.
—No podía pronunciar las palabras porque no estaba en posesión de sí mismo, se había rendido ante el mal, como era fácil de ver para todos. Por lo tanto no podía inclinar su corazón hacia Dios...
—¿Y sin embargo le daría entierro si yo dejara de construir para Richard Daker?
El prior no vaciló. Para él, aquello era una cuestión muy clara de causa y efecto.
—Si renuncias a tu pecado y vuelves al verdadero camino, romperás las ataduras del pecado que lo tienen subyugado. Tu renuncia al mal lo liberará a él también, y Dios lo llevará al Purgatorio para que expíe los años de posesión y lo haga digno de la dicha eterna.
Simon se inclinó sobre la mesa, colocando sobre ella sus manos fuertes y engrosadas por el trabajo a un dedo de distancia del vientre protuberante del prior.
—Ningún hombre necesita decirme que mi pecado ocasionó la muerte de mi hijo. Ni usted ni nadie. Pero ningún mal habitaba en Toby. Tenía un corazón grande y noble. Desconozco la causa de su desorden físico, pero ningún demonio vivía en mi hijo. Ya conoce el perdón, porque me ha mostrado perdón a mí, y Dios lo recibirá en sus brazos y será para él el padre que yo, en verdad, nunca fui. Pero usted, con su... —Simon se interrumpió, respirando con dificultad—. No. No hablaré de usted. Pero mire su propio pecado, cura, antes de presumir que juzga a mi hijo, que jamás hizo daño en este mundo y no pudo hacer todo el bien que había en él.
—Jamás le cuentes a Gwyneth lo que se dijo aquí —le ordenó a Henry cuando salían a grandes pasos del recinto de la catedral—. Jamás, ¿me lo juras? —Miró a Henry de soslayo.
—Simon...
—¡Júralo! —Simon giró en redondo y le cortó el paso.
—¡No! No lo haré —explotó Henry—. ¿Estás seguro de que tienes razón, Simon? ¿Estás dispuesto a jugar con la entrada de Toby en la gloria y a jurar por su esperanza de salvación eterna que tienes razón y que el prior, hombre de sabiduría y autoridad, está equivocado?
Simon lo miró fijo. Agitó suave la cabeza, como para despejarse, como si por fin la comprensión y la pena comenzaran a encontrar un asidero para sus dedos fríos y despiadados.
—No se trata del prior o de mí. No me fiaría de mi propio juicio contra él. Pero tiene razón: la asociación con Richard Daker me ha cambiado. Jamás me dijo una sola palabra referente a los lolardos, y sin embargo, siento su fuerza. Oí hablar a otros, oí a John Ball hace mucho tiempo cuando los campesinos fueron a Londres y se entrevistaron con el joven rey. —Casi involuntariamente, Simon cogió a Henry del brazo, rogándole que lo escuchara—. Hablaban de Dios sin el boato de la Iglesia; de Dios y el hombre en comunión, sin sacerdotes; de que cada hombre leyera la palabra de Dios, no en latín como la Iglesia, sino en buen y honesto inglés, el inglés que hablamos, con el que negociamos y juramos. Hablaban de las falsas tretas de la Iglesia, de la falsedad de llamar sagradas a las cosas porque un sacerdote las declaró así.
Las cosas son cosas y los hombres, hombres. Solo los hombres pueden ser sagrados y solo por la gracia de Dios.
—Simon...
—¿Tienes miedo de que pronuncie herejías? ¿De que me investiguen si soy lolardo por orden del rey?
Henry lo miró en silencio, luego lo apartó a un lado y empezó a caminar, mientras Simon lo seguía.
—Henry, diré esto y después no diré nada más. Creo que Toby recibirá el perdón por cualquier pecado que haya cometido porque fue magnánimo conmigo. No creo que los niños estén corrompidos por el pecado porque no creo que nuestro Señor lo pensara. Él dijo: «Dejad que los niños vengan a mí, porque de ellos es el reino de los cielos». ¿Cómo podría ser de ellos el reino de los cielos si no quisiera dar a entender que los niños eran inocentes de pecado?
Henry, con una expresión de estupefacción escrita en el rostro cuando escuchó a su antiguo maestro, no solo citar sino intentar interpretar la Sagrada Escritura, lo apuntó con el dedo.
—¿Tienes algunos escritos de Wyclif, verdad? ¿Tienes algunos fragmentos de la Biblia en inglés?
Simon se quedó callado y luego admitió:
—No los tengo, pero los he visto.
Recordó, una vez más, la sensación de sobrecogimiento que había estremecido su cuerpo cuando leyó las palabras de Dios en su propia lengua, cuando leyó los dichos del Salvador en la lengua de los ingleses. Le había parecido un milagro, como si él hubiera caminado con los discípulos y escuchado al Señor con sus propios oídos. Las palabras que había oído de boca de los predicadores volvían a él con una fuerza nueva, con un hormigueo de frescura, y sabía que aquellas palabras se las decían a él, Simon de Kineton.
Henry, agitando la cabeza con un gesto de incredulidad, giró y reanudó la marcha.
Simon esquivó un grupo de gente que merodeaba por allí para llegar al lado de Henry y volvió a insistir.
—Henry no creo jugar con la eterna salvación del alma de Toby. Si el Dios de la Iglesia es el Dios que de verdad tiene su trono en el Cielo, es un Dios constreñido por reglas injustas como las que son capaces de dictar los hombres vengativos. No querría que mi Toby estuviera con semejante Dios...
—¿Harías que lo condenaran en cambio?
—¡No!
Henry se precipitó a un lado cuando una carretilla que salía de un callejón lo empujó con brusquedad.
—¿Ahora qué, Simon? —le preguntó mientras recuperaba el equilibrio—. No crees acaso que el vil será condenado, ¿es eso lo que viene luego?
—Maldito sea el vil si quieres. Lo único que me preocupa es Toby.
—¿Entonces... qué? ¿Lo enterrarás con tus propias manos y pronunciarás palabras que tú mismo hayas concebido?
Simon miró fijo a su implacable hijastro.
—¿Qué palabras podríamos decir yo o cualquiera que apresuraran la dicha o la condena de un alma a la que Dios ya ha juzgado de otra manera?
Henry volvió a detenerse, interrumpiendo de repente su modo de andar bamboleante. Giró la cara enrojecida hacia Simon.
—Entonces, ¿eres lolardo hasta la médula?
Simon desechó las palabras de Henry haciendo un gesto con la mano.
—¿Qué importa el nombre? Terminé con la Iglesia. Está corrompida por el poder y la riqueza y cada uno de sus actos está destinado a que siga siendo así.
—Por el amor de Dios, Simon, cállate y cierra la boca.
—Me callaré, si tú callas delante de Gwyneth.