Capítulo 55
Salster, invierno de 1394-1395
Por la época en que Simon y Mottis volvieron a Salster, las horas de sol ya se acortaban y Simon sabía que tendría que esperar hasta la primavera antes de despertar de su sueño el sitio donde construía y llamar de vuelta a los canteros. Para acelerar el tiempo, pasó las semanas anteriores y posteriores a la Navidad viajando a las tierras de Daker, hablando con los administradores y alguaciles y resolviendo sus asuntos. Salvo la preocupación expresada por uno o dos, la mayoría de ellos estaban contentos de que se permitiera a los arrendatarios continuar de la misma forma que cuando Daker vivía y recibieron con beneplácito la garantía de Simon de que él o su representante, Piers Mottis, acudirían todos los fines de trimestre para solucionar disputas, atender reclamos y además de eso, para probar que eran buenos terratenientes.
Les explicó con claridad que, aunque no residiera en sus feudos, tenía interés en el bienestar de la tierra de la que dependería el colegio y Mottis, en calidad de abogado, se ocuparía de que la justicia se aplicara con imparcialidad como lo había hecho su amigo muerto, Richard Daker.
—¿Así que si el colegio no se construye a tiempo —manifestó uno de los administradores, un hombre moreno y campechano de edad aproximada a la de Simon—, estaremos en manos de Ralph, el sobrino?
—Sí, pero no dejaré que eso pase. No me harán desistir de mi propósito. Le doy mi palabra de que el colegio se construirá.
El administrador lo miró, se dio media vuelta y escupió de manera deliberada en el piso, como si se quitara un sabor asqueroso.
—Esperemos que cumpla su palabra, maestro Kineton, pues no deseo caer bajo el yugo del señor Ralph Daker. No es un hombre digno de que estar por encima de otros.
Simon le devolvió la mirada impasible.
—Estoy de acuerdo contigo, amigo. Quizás algún día los hombres no ejercerán la supremacía por su nacimiento sino solo por el derecho que les otorga su capacidad.
—Sí, cuando a los cerdos les salgan alas y vuelen desde los bosques, maestro cantero. Eso pasará si llega ese día.
Sus palabras rondaban en la cabeza de Simon mientras pensaba en aquellas tierras que, siguiendo el fallo del tribunal, revertirían al control de Anne Daker y por lo tanto al de Ralph, según imaginaba. Si bien el colegio no había sido forzado a renunciar a un tercio de sus bienes como la viuda deseaba, el tribunal había considerado que era apropiado devolverle algo más que la única heredad que Mottis había propuesto. Simon, que no sabía nada de los recursos financieros necesarios para una institución como la que construía, dudaba de que la cantidad de tierras alcanzara, pero no tenía más alternativa que aceptar el fallo del tribunal y construir con lo que le dejaban.
Simon regresó a Salster, haciendo un desvío hacia sus propias tierras en Kineton, escoltado detrás por varias barcazas cargadas de piedra; otras habían sido encargadas para los próximos meses. Había ordenado que se ampliaran las canteras y se emplearan más hombres para cortar piedra pues por fin podía ver por delante años de construcción, y había dejado instrucciones a su administrador respecto a sus necesidades futuras.
Ahora que se necesitaría la tracería de las ventanas para el salón, Simon decidió regresar en la primavera con moldes y albañiles para trabajar in situ, de manera que sus gabarras, que recorrían muchas millas de vía fluvial hasta Salster, transportaran menos carga desperdiciable. Si la piedra se podía cortar lejos y se embarcaba ya terminada también reduciría la cantidad de espacio necesario para su almacenamiento en el cobertizo. Planificaba la fecha de los embarques mientras entraba en Salster por la Puerta Romana cuando oyó gritar su nombre.
Se dio vuelta en la silla de montar y escudriñó entre la gente hasta que localizó el lugar de donde provenía el grito. Una figura se dirigía aprisa hacia él.
—Maestro Kineton, bienvenido a casa.
—Gracias, amigo. ¿Qué negocios tienes conmigo?
El hombre se quedó sin resuello.
—Me pidieron que le diga que el alcalde desea verlo lo más pronto posible.
Simon se sobresaltó.
—¿Antes de que vaya a casa a saludar a mi mujer?
—Sí, maestro. Tengo la misión de llevarlo en el mismo momento en que su caballo atraviese la puerta.
—¿Y si hubiera entrado a la ciudad por otra puerta?
El hombre lo miró serio.
—Entonces otro lo habría saludado y le hubiera dado el mismo mensaje.
Cuando lo hicieron comparecer ante el alcalde, Brygge lo saludó como a un amigo, estrechándole las manos calurosamente.
—Simon —dijo, una vez que terminaron los cumplidos—. Me duele ser portador de malas nuevas, pero debo decirte que Ralph Daker estuvo muy activo durante tu ausencia. Se enteró del entierro de tu hijo aquí y sabe quién lo llevó a cabo.
—¿Y eso es tan terrible que debo venir aquí antes de besar a mi mujer siquiera?
Si Brygge se preocupó por el tono crispado de la respuesta de Simon, no lo demostró.
—Alguien en quien confío me dijo que el obispo tiene la intención de hacer que te arresten por sostener creencias contrarias a las enseñanzas de la Iglesia y predicar el descontento contra él y, por ende, contra el rey.
Un estremecimiento sacudió la barbilla de Simon al oír la noticia.
—¿Cómo contra el rey?
—Porque el rey quiere que sus siervos sean leales a la Iglesia y a sus ministros ungidos y que no se cuestione el fundamento de su riqueza y autoridad. —Brygge no alteró la voz seca y nunca desvió la mirada de Simon—. Pues si se cuestiona la autoridad de la Iglesia, también se cuestiona la del rey, ungido por la Iglesia en el nombre de Dios.
Simon se frotó la barba con las yemas de sus dedos encallecidos y las uñas rotas y astilladas debajo de las cuales la piel se hinchaba como verdugón.
—¿Y es Ralph... el que me impedirá construir el colegio?
Brygge tomó asiento y le indicó a Simon que hiciera lo mismo.
—No de manera exclusiva. Pero Ralph Daker y Robert Copley se conciertan muy bien para alcanzar sus fines respectivos. Ralph quiere que le devuelvan sus tierras y Copley quiere bajarte los humos. El obispo no desea rivales que cuestionen su fortuna e influencia porque su única fuerza es la Iglesia. Tu desafío, o el desafío de Daker que tú recogiste, es una amenaza para Copley y los de su laya. Harán lo imposible para hacerle ver al rey que cualquier reto dirigido a ellos equivale a una traición contra su propio cuerpo.
»No puedes enfrentarte al rey, Simon.
«Lo hice una vez, hace mucho tiempo», pensó Simon, mientras volvía a ver las venas rotas y a sentir la ira humillada del viejo, «y lo pagué toda la vida con el empequeñecimiento de mi nombre y de mi trabajo».
—Sí, puedo.
Brygge miró a Simon entrecerrando los ojos: era convicción más que desafío lo que oyó en la voz del constructor.
—¿Cómo?
Simon se inclinó y, apoyando los codos en las rodillas, dijo:
—Copley sabe que soy un hombre obstinado —dijo sin rodeos— y así se lo probé a Ralph. —Dio un gran suspiro con aquella sensación de fatiga que lo había atormentado desde Kineton—. Pero puedo confundirlos, doblegando mi voluntad en diferente dirección.
Se detuvo y esbozó una sonrisa.
—Richard Daker me preguntó una vez si me doblaría, aunque solo fuera así de poco —condensó una brizna de aire entre el pulgar y el índice como lo había hecho Daker— para agradar a otro, si conviniera a mis propósitos.
—Y le respondiste que no.
Simon se rió de la convicción que Brygge y asintió.
—Porque el obispo tiene razón, soy un hombre obstinado y hago las cosas como yo querría que se hicieran. —Hizo una pausa y mirando al alcalde a la cara, volvió a sonreír—. Pero como también me dijo otro hombre, hay más de una forma de matar a un conejo.
Una semana después de aquella conversación con Brygge y mientras caminaba por las calles de Londres hacia la casa de Henry y Alysoun, Simon sentía que el aire que lo rodeaba era extraño, y reflexionó cómo había cambiado la ciudad respecto al momento en que se enteró de que Richard Daker le había encomendado el trabajo. Diez años antes, el país era controlado no por el joven rey sino por los nobles que gobernaban en nombre de su señor feudal. Los años posteriores asistieron al derrocamiento de aquellos consejeros, reemplazados por Gloucester y Gante, que tomaron las riendas del poder al lado de Ricardo. Pero pese a la ambición de Gloucester y Gante, éstos a su vez habían sido apartados por aquel cuando asumió la responsabilidad absoluta del reino.
Pero Ricardo, segundo rey de ese nombre, era un hombre de luto en aquel momento. La reina, a quien se decía que había amado con una devoción sin par entre marido y mujer, había muerto víctima de la peste el año anterior. Y con la muerte de su Anne, Ricardo, aquel niño vivaz, valiente y amante la belleza, se había transformado en un hombre sombrío y ceñudo en cuyo juicio no se podía confiar porque era voluble y contradictorio.
Simon miró a su alrededor y se preguntó, con una extravagancia que le hizo sacudir la cabeza ante el pensamiento, si la melancolía volátil del rey no se habría esparcido por la ciudad y sus habitantes, pues Londres no se sentía como en los días en que el rey era joven y estaba bien. Su gente parecía pavonearse con menos frescura, sus gritos no tenían la misma fuerza de antes en la garganta; la arrogancia de Londres había sido domeñada.
Un país no puede prosperar, pensaba, cuando su rey no es incondicional a sus propias opiniones.
El cielo reflejaba su humor: densas nubes grises pesaban sobre la ciudad, quitándole vida al aire, enmudeciendo el espíritu de sus habitantes y haciendo que recelaran de las tormentas y los malos humores.
Estaba contento cuando, por fin, llegó a la puerta de los Ackland.
Alysoun, todavía indispuesta tras el reciente nacimiento de su tercer hijo, no vino a acompañarlos. Simon, a solas con Henry, no perdió tiempo.
—Henry, vine a pedirte que actúes como amigo en la cuestión del colegio.
—Si buscas otro cliente, Simon —sonrió Henry—, necesitas un hombre que tenga un monedero más largo que el mío.
Simon sonrió, notando, pese a la frivolidad de Henry, la repentina incomodidad del hombre.
—¡No temas, Henry! Daker sigue proveyendo en ese sentido...
—Durante cinco años —lo interrumpió Henry—. ¡Cinco años! —Meneó la cabeza ante la idea—. Sim cumplirá los doce, y se convertirá en mi aprendiz, dentro de cinco años. Tendremos casi encima un siglo nuevo y en cinco años pueden pasar muchas cosas, Simon.
—Eso ya lo sé, Henry. Y por eso estoy aquí, para pedirte que me ayudes.
Se miraron uno a otro mudos y luego Henry asintió despacio, una vez, y dejó que Simon comenzara a hablar.
Cuando su padrastro hubo terminado, Henry dijo sin mirarlo:
—¿Y piensas que si tú no te acercas a Salster, permitirán que Gwyneth supervise el trabajo? ¿Que lo vean terminado, sin un murmullo?
—Ni mucho menos, pero estoy convencido de que si Gwyneth le dice a Copley que no vivirá conmigo por mis opiniones heréticas, entonces nadie dudará de que ella ama a la Iglesia. Asiste a diario a misa y no es sospechosa de nada.
—¿No te parece que pensarán que es un ardid?
—¿Tú crees que es un ardid, Henry?
Alzó de golpe la cabeza.
—¿Qué, quieres decir que es así? ¿Que Gwyneth se niega a vivir contigo? ¿Que ella ha dicho que verá que el colegio sea terminado bajo su dirección o de lo contrario no se hará?
Simon suspiró hondo.
—Me parece que está contenta de tener una buena razón para no tener que vivir conmigo bajo el mismo techo. Y me ha dicho que se ocupará de que el colegio se construya, aunque por Toby más que por mí.
Henry se levantó perturbado de su asiento y se paseó impaciente hasta la chimenea. Pateó un tronco que había caído de los morillos sobre las cenizas, se dio vuelta y se apoyó contra la campana de la chimenea.
—¿Adonde irás?
—A Kineton. Me ocuparé de cortar la piedra y una vez que Gwyneth me mande los moldes para las "ventanas del salón, puedo construir un cobertizo y enviar la tracería ya cortada.
Henry removió las cenizas del hogar con la punta de la bota, el rostro taciturno. Simon volvió a ver en él al niño, un niño que nunca había aprendido el arte del disimulo. Asignado a una tarea que le desagradaba, Henry siempre protestaba en silencio, la expresión forzada y el cuerpo rígido, con una actitud rebelde que no estaba demasiado segura de qué esperar del temperamento de Simon como para expresarse.
—¿Y tú te contentarás con quedarte en Kineton y dejarle el edificio a Gwyneth?
Su tono escéptico crispó a Simon.
—¡No, por supuesto que no estaré contento! ¿Cómo podré estarlo cuando éste es el único edificio en el que he deseado poner mi mano y mi nombre durante toda una vida?
Sus miradas se cruzaron y Henry apartó la vista.
Simon moderó su actitud.
—Pero si con esto veré construido mi colegio entonces lo soportaré. Que otras manos lo construyan, sin que yo lo contemple, será mi penitencia por llevar a mi hijo a la muerte.
—¿Penitencia? —La palabra casi hizo reír a Henry—. Con toda seguridad tú, el recién acuñado lolardo, ¿no creerás en la penitencia?
Simon lo miró, mientras algo muy cercano al odio le perforaba las entrañas como un cuchillo.
—No creo que purgue mi pecado ante Dios —dijo, con los músculos de las mandíbulas tan apretados por la ira repentina que parecía que sus palabras salían como chispas de una piedra de afilar—. Pero calma mi culpa. Y mi pena.
Henry se apartó de la campana de la chimenea y se quedó mirando las llamas de las velas.
—¿Quién será el capataz de la obra?
—Edwin Gore.
—Él y Gwyneth no son amigos.
—No necesitan ser amigos, simplemente tenerse el respeto mutuo necesario. A mí no me gusta Edwin como persona, pero siguió siendo leal al margen de todo lo que sucedió y creo que se ocupará de que el trabajo se haga bien.
—¿Entonces por qué me pides esto a mí?
—Porque quizá me equivoque, y porque los que están debajo de Edwin pondrán más atención en su trabajo si cada cuatro semanas un cantero del rey está cerca.
Henry pareció dejar a un lado la cuestión de su asistencia regular al colegio y preguntó:
—¿Gwyneth aceptó construir la cubierta?
—Lo aceptó.
—¿Y las vidrieras? Sé que el señor Daker debía proveer el cristal, aparte de las donaciones.
—Conseguiré trabajo, hacer la tracería de las ventanas no me ocupará todo el tiempo, y puedo diseñar edificios y tallar imágenes.
—¡Podrás trabajar desde ahora hasta el día del Juicio Final y no será suficiente para proveer los cristales de las ventanas y el techo! —protestó Henry.
—Pero eso no sería asunto tuyo —señaló Simon—, sino mío.
Henry volvió a sentarse con los codos apoyados en las rodillas sin apartar la vista de Simon.
—Simon, ¿podrías no construir el colegio como un monumento en memoria de Toby y aún dárselo a la Iglesia?
Simon entrecerró los ojos.
—¿Con la dote de Daker?
—¡Deja que otro dote el colegio! ¡Deja que Ralph tenga sus tierras! Entonces todos serán felices: la Iglesia no será burlada, la caridad es atendida por el dinero de otro hombre, Ralph recupera sus tierras y tú tienes el colegio, tu monumento a la memoria de Toby.
—Pero no sería mío —dijo Simon con suavidad—. Si otro hombre lo dotara, no sería mi monumento a la memoria de Toby. Nadie que dotara un colegio consentiría en ver la imagen de mi hijo en las paredes. Querría verse a sí mismo, al santo de su devoción o al rey, dependiendo de a quién deseara complacer más.
Henry levantó los ojos al cielo con un gesto de desesperación.
—¿Pero qué importa, Simon? Si lo que tú crees es cierto, Toby dio su vida para que el colegio se construyera, no para que su imagen apareciera allí. Eso no le importaba nada.
—No, pero a mí sí. ¡Este será su colegio! ¡Suyo y mío! Y ningún otro hombre le pondrá su nombre ni me pedirá que haga una cosa distinta de la que haré. ¡Ningún señor, ni Robert Copley! Bueno, ¿me apoyarás en esto o no?
Se miraron de hito en hito, como lo habían hecho tantas veces durante esos años cuando una voluntad medía fuerzas con la otra.
—Lo pensaré —dijo a fin Henry—, y mañana te daré la respuesta.