Capítulo 1
Salster, una semana antes de Pascua, en 1385
Durante los veinte años que Gwyneth de Kineton había esperado para concebir un hijo, nunca se imaginó que dar a luz podría significarle la muerte. Aunque no ignoraba que algunas mujeres morían en el alumbramiento —observó con desolación que su esterilidad, al menos, la había salvado de ello—, en verdad jamás se le había cruzado por la imaginación que moriría por parir el hijo que su alma anhelaba tanto.
Sin embargo, allí yacía exhausta y casi más allá de la angustia y el dolor, hundiéndose en la muerte. El niño que ella había atesorado todos aquellos meses en su vientre estaba tan atascado que la mataba.
Yacía echada en un camastro, con las rodillas dobladas contra el pecho y el vestido empapado retorcido a su alrededor. Próximo a ella se encontraba el banco para el parto del que se había caído vomitando en el punto extremo de la angustia. Y junto a él se sentaban las parteras, cuyas miradas nerviosas iban rápidamente de la una a la otra y después a la mujer semiinconsciente a sus pies. Ambas habían visto morir mujeres con fetos muertos y temían que Gwyneth de Kineton fuera otra muerta más.
No hablaban, ya que no podían ofrecer consuelo, sino que permanecían sentadas en actitud de impotencia y resignación.
En un mundo muy distante, transportada a un estado de delirio por el dolor que la narcotizaba, la mente de Gwyneth repasaba velozmente su vida, deteniéndose aquí y allá un instante, como una esposa ansiosa que trata de asegurarse de que todo está en orden antes de embarcarse en un largo viaje.
Su primer recuerdo definido era de cuando cogía una maza de madera que su padre le extendía y ella sopesaba en sus manos.
«Quizá no vean en ti a una maestra, Gwyneth, ¿quién podría asegurarlo en estos tiempos? Pero para ti el oficio significa comida y bebida».
Hacía treinta años o más. Un largo tiempo para haberse transformado de niña en mujer que moría por un hijo.
Otra vez su padre y Simon a su lado. Simon cuando era joven, antes de que él y Gwyneth se casaran. Marido y padre, cantero y carpintero, la energía ardiente y la lentitud del artesano.
Se saltó algunos años, ignorando sus idas y venidas hasta que su mente indagadora lo encontró: Henry Ackland. Henry, que vivió bajo su techo y aprendió el oficio de Simon. Henry, que había sido todo para ellos, salvo un hijo.
Había viajado y traído la noticia, ¿de qué se trataba? Era una noticia importante. Había estado fuera —¡demasiado tiempo!—, pero cuando volvió trajo la noticia. ¿De qué se trataba? Su mente buscó incansablemente, porque necesitaba saberlo. ¿Era amor por Alysoun, su hija adoptiva?
Su mente agitada volvió a saltar a otra explicación. Alysoun, la hija que la había salvado de la amargura de la esterilidad. Aquella niña había costado una muerte y ahora su propio hijo demandaba otra. Era lo justo.
El padre de Alysoun había muerto al caer de un techo proyectado por Gwyneth. El ruido de su breve grito cuando cayó, el impacto de la carne y los huesos en el suelo de tierra, retornaban en aquel momento. Siempre repetía que la acompañarían hasta el día de su muerte.
Michael Icknield vivió más de una hora, aferrándose a la vida con una desesperación inconsciente. El trabajo se interrumpió pero no podía morir en paz; no se atrevieron a moverlo por temor a aumentar su sufrimiento. Todos permanecían en silencio, horrorizados e impotentes. Los canteros cayeron de rodillas, mientras rogaban a los santos que lo favoreciera con una muerte rápida o una cura milagrosa.
Un milagro. Simon calificó de milagro la concepción del niño. ¿Era en realidad una maldición? ¿Perdería Simon a la mujer y al niño en una sola muerte? Quizá volvería a casarse y tendría el hijo por el que había rogado tanto tiempo.
¿Estaba a mitad de camino hacia el otro mundo que podía contemplar la vida como si ya hubiera concluido?
¿Por qué no llamaban a un sacerdote?
Habían llamado a un sacerdote cuando ocurrió lo de Michael. Hizo lo que pudo para asistirlo pero la caída le había destrozado el cerebro y no podía confesarse ni arrepentirse. Gwyneth no vio nada en él, salvo la voluntad animal de aferrarse a la vida.
Las mujeres, advertidas por algún cambio en el aire, o quizás por el silencio repentino, salieron de las casas y se amontonaron en el lugar. Viendo a los hombres quietos y callados y la figura deshecha en el piso, algunas se volvieron atrás, previendo la curiosidad de los niños y mandándolos de vuelta a sus juegos.
Gwyneth sabía que la hija de Icknield era huérfana de madre y cuando los canteros se llevaron el cuerpo de su camarada, se dirigió sin prisa indecorosa a hablar con las mujeres.
Y ahora, aparentemente ella debía responder por ello y por todo lo que había dicho, pensado y hecho en sus treinta y nueve años, pero de lo único que se arrepentía de verdad era de codiciar un hijo, de aquella ansiedad que la había privado de compasión.
¿La necesidad de Simon de tener un hijo era responsable de esta doble muerte de ahora? ¿Habían sido las apasionadas peticiones de su marido, las rodillas rotas de tanto suplicar, su negativa a doblegarse ante el "no" divino, lo que la había llevado a aquel trance?
¿El Padre Todopoderoso era tan justo y tan inmisericordioso?
El poco temple que le quedaba reaccionó contra semejante ingratitud. Si Dios le había dado un hijo, era porque quería que viviera.
—¡Oh, Dios! ¡Ayúdame! —gimió en voz alta, logrando volver con un esfuerzo de voluntad a la pasmosa claridad de la conciencia absoluta.
Las comadronas, sacudidas por aquel testimonio de una persistente voluntad de vivir, la cogieron de las axilas y la volvieron a colocar en el banco de parto. El tirón y la arremetida que aquello le exigió a su cuerpo doblado, que luchaba contra el dolor que la atenazaba, obligó a Gwyneth a soltar un grito. Pero al mismo tiempo que lo oía, también sintió un nuevo retorcimiento, una sacudida de dolor y después, el flujo copioso y caliente que manaba de ella.
La comadrona de más edad, sin hacer caso a sus protestas y apartándole las manos, palpó dentro. Mientras aquellos dedos investigaban, el dolor se apoderó de Gwyneth con renovado brío, pero a través de su propio alarido oyó a la partera que gritaba: «¡Tiene la cabeza abajo! ¡Tiene la cabeza abajo!».
Gwyneth se rió casi aliviada en medio de la angustia provocada por el dolor mayor de cada nueva contracción, pero pronto cesaría y ella no moriría; podría ver a su hijo, sostenerlo en brazos y sentir su cara aterciopelada contra la suya. Pronto, pronto...
Simon de Kineton, ignorante de que una vez que los gritos del parto comenzaran deberían ser silenciados por el llanto de un niño si la noticia del nacimiento era feliz, no supo lo cerca que su mujer había estado de morir con el niño, unas cuantas habitaciones por medio. La concepción del hijo le había devuelto la fe. Todo iría bien y Simon confiaba en que ese mismo día, un poco más tarde, llevaría a bautizar a su hijo.
Mientras Gwyneth luchaba por aferrarse a la vida, su marido dibujaba. Las líneas fluían de los movimientos seguros de sus manos sobre la hoja que tenía delante; eran líneas audaces, alejadas de los planes meticulosos y medidos requeridos por su oficio de maestro cantero.[1] A medida que su pluma se arqueaba y trazaba marcas en la superficie, la mente de Simon de Kineton desbordaba de ideas para aquel edificio que todavía no había terminado de dibujar. Porque Richard Daker, uno de los hombres más poderosos de Londres, le había encomendado la construcción de un colegio universitario en Salster.
Sólo ayer, —¡ayer, el día en que su hijo comenzó a nacer!—, había llegado por fin la noticia.
Simon, con la maza y la gubia en la mano, acabó de esculpir una cruz y un cuerno —el emblema personal del magistrado real para el que había construido una nueva y suntuosa casa en Londres— encima del arco de la puerta de entrada. Con su ojo de maestro cantero puesto como siempre en el clima y en el final de la estación, Simon había abandonado deliberadamente la tarea de tallar hasta que terminara la temporada de construcción.
—Maestro Kineton.
Cuando Simon se dio la vuelta en el andamio de madera de sauce notó, por el tono de voz del hombre, que había estado trabajando con empeño, enajenado a pesar de varios intentos por arrancarlo de su concentración.
—Lo lamento, amigo —dijo—. No te oí.
—No importa, maestro. Tengo una carta para usted del maestro Ackland.
Simon se metió las herramientas en el cinturón y bajó de la oscilante y empinada rampa de sauces, sacudiéndose el polvo de las manos mientras se acercaba.
Cogió la carta, rompió el sello y al abrirla se enfrentó con la letra extendida de Henry. El niño jamás había perdido la costumbre de derrochar papel y tinta a pesar de haber recibido más de un golpe en las manos del monje que le había enseñado a leer y escribir.
Del maestro Henry Ackland a su colega, maestro y amigo, Simon de Kineton, mis saludos y respeto.
Luego de haber examinado con atención los planes y dibujos que le fueron presentados para la construcción de su colegio, el señor Daker desea verte en Salster cuando te plazca. Gozo de su confianza, y sé que está muy complacido con tus proyectos, pero debe tener una entrevista contigo. Por favor, haznos saber cuándo vendrás.
Este individuo, Robin Yewell, está en Londres haciendo negocios en mi nombre y me traerá tu respuesta.
Confío en que esta carta te encuentre a ti y a todos los de tu casa tan bien como a mí.
Escrito hoy jueves, quince días antes de Pascua.
¡Henry! El niño mendigo al que Simon había educado parecía empeñado en algo más que en devolverle el favor. Había sido aprendiz suyo, y ahora era cantero del rey; Henry no era más que un mocoso inseguro de un palmo de alto la primera vez que lo vio.
En aquellos años —¿cuántos eran? ¿Once, doce?—, Simon trabajaba en el nuevo refectorio de una abadía que estaba a un día o dos de viaje de Westminster. Esculpía en la piedra de un pulpito el rostro levantado hacia el cielo de un santo, cuando de repente advirtió que lo observaban y al levantar la vista, vio una carita sucia cuyos veloces ojos lapislázuli miraban con recelo su obra. Reconoció al espía como uno de los niños que frecuentaban el sitio, pidiendo limosna a los canteros y revoloteando alrededor de los monjes para ser los primeros de la fila cuando se repartía el pan de las sobras.
—¿Me estás esperando para que te dé algo?
—No, maestro. Sólo miraba cómo dibuja ese rostro en la piedra.
Si el niño le hubiera dicho que «lo estaba mirando esculpir aquella cara», el curso de su vida habría sido completamente diferente. El hecho de que viera lo que Simon sentía, que él solo sacaba a luz en la piedra lo que estaba esperando ser revelado, hizo que su corazón diera un vuelco. Había trabajado con cientos de canteros, pero jamás había compartido con ninguno aquel sentimiento.
—¿Alguna vez intentaste trabajar la piedra?
Si visitaba con frecuencia las obras en construcción, tal vez había hecho la prueba con un clavo y un guijarro en un pedazo de piedra desechado.
El niño negó con la cabeza.
—No, pero tallo madera. —Y con el orgullo tímido de todos los creadores extrajo de algún lugar secreto de su ropa andrajosa e inadecuada un pedacito de madera que le ofreció.
Simon lo cogió, lo examinó y su corazón volvió a estremecerse. En el pedazo de madera, que no era más grande que el cuenco de un cucharón, había una copia en miniatura, pero con detalles muy fieles de la Virgen María que el propio Simon había labrado en la iglesia de la abadía.
En la Virgen, Simon había tallado a Gwyneth con un niño entre los brazos transformando la tristeza de su mujer sin hijos en ternura por el recién nacido, la destreza de sus manos de artesana en el abrazo seguro y confiado del niño, y la suavidad tersa de su cuerpo, que eran su gozo y placer, en una Madre de Dios cálida y femenina. Y aquel pequeño mendigo lo había recuperado todo.
—¿Tú hiciste esto de verdad? —le preguntó con voz quebrada.
—Sí, maestro.
—¿Sabes quién esculpió la Virgen de la iglesia?
—No, maestro.
Era la verdad, pensó Simon, mientras dibujaba. El chico no había copiado aquella estatua especialmente para halagar a su creador, sino porque la encontraba hermosa. Henry nunca había dominado la astucia, reflexionó.
A partir de aquel día, no fue difícil encomendarle al niño pequeñas tareas en el lugar. Tenía una inteligencia rápida y manos ágiles y Simon pronto obtuvo permiso para tomarlo como aprendiz, sin exigir los habituales requerimientos de dinero.
Tras ocho años de habitar en su casa, Henry aprendió poco a poco la maestría y el amor de Simon por la piedra. Maestro por derecho propio ahora, fue Henry quien meses antes le daba la primera noticia de la intención de Richard Daker de construir un colegio universitario en Salster. Mientras Simon se encontraba en Londres trabajando en la casa del juez de la corte superior, Henry estaba en Salster ocupándose de las obras del rey en las murallas y puertas de la ciudad. La ciudad estaba solo a medio día de viaje de la costa y precisaría tener defensas sólidas si los franceses intensificaban el hostigamiento costero y se internaban en el territorio.
Se había mandado aviso de los planes de Daker a las dos logias de los canteros de Salster: la que albergaba a los canteros que trabajaban en la catedral de la abadía y la de los que se ocupaban de las murallas y de la puerta del puente Pilgrim, y desde allí se comunicaría a todas las logias y a todos los maestros canteros de Inglaterra.
Una vez que Simon se enteró de las ambiciones de Daker, empezó a descubrir que podía dejar a otros el trabajo en la residencia del juez. Como atraído por la promesa de placer, se escabullía de sus edificios soleados y se dirigía a la penumbra del cobertizo. Los aprendices, más habituados a limpiar herramientas, de pronto se encontraron limpiando hojas de pergamino, pero si se preguntaban lo que quería hacer el maestro con grandes hojas de borradores cuando no había más estructuras que hacer ni más molduras que cortar, tenían la sensatez suficiente como para no preguntar.
Los bocetos empezaron a aparecer sobre el escritorio donde Simon trabajaba, dibujos audaces por completo diferentes a los edificios que habían sido su especialidad. Dibujó paredes que se curvaban como laberintos de peregrino perforadas con enormes ventanas redondas; techos en forma de cúpula que superaban la habilidad de los artesanos ingleses; mampostería con bandas de color como una prenda a rayas. Nunca había trabajado fuera de Inglaterra, nunca había viajado para estudiar las ideas de los canteros continentales. Aquellos diseños eran extraídos de los muestrarios de los que habían visto en los países del sur, los edificios del infiel y del cruzado, uno al lado del otro.
Pero, poco a poco, Simon comenzó a ver que aquel flagrante extranjerismo no se enraizaría de manera permanente en Salster, cuna de los huesos de los santos sajones.
A medida que pasaban los días, los dibujos que se apilaban sobre su escritorio adquirían un carácter más indubitablemente inglés, más del gusto de un pueblo inclinado a favorecer lo propio después de tantos años de guerra con Francia.
De modo que ahora, para aplacar el nerviosismo de la espera del nacimiento de su hijo, Simon dibujaba. Su concentración en las líneas y formas era tan intensa que no oyó entrar a la comadrona en la habitación y cuando de improviso advirtió su proximidad, se sobresaltó, estropeando el trabajo con un movimiento involuntario.
Simon se puso de pie de un salto.
—¿Ya nació?
La comadrona suspiró con las manos ocupadas con el lienzo que le cubría la cabeza y que había olvidado acomodar antes de presentarse delante de él.
—Su esposa ha dado a luz un hijo, sí —dijo—, y está vivo —su mirada debajo de las manos que se retorcían era dura—, aunque parecía que no sobreviviría al niño.
—¿Pero está bien?
La mujer le dedicó atención mientras ocultaba la punta de la cofia. ¿Era posible que no hubiera considerado el peligro que significaba que su mujer diera a luz a su primer hijo a una edad en que muchas mujeres tenían nietos bastante crecidos como para ser una molestia?
—La señora Kineton se repondrá —dijo observándolo con atención.
—Le doy gracias por el esfuerzo que ha hecho —balbuceó Simon, ajeno a la mirada movediza y al aire de incomodidad que hubiera moderado el agradecimiento de un hombre más perspicaz—. Tengo que ir a ver a mi esposa.
Cerró la puerta de un tirón sin perder la calma y dejó sola a la partera en la habitación. Mirando a su alrededor, clavó los ojos en los dibujos de Simon y se preguntó, confundida ante los bocetos, qué haría aquel padre inexperto con su hijo.