Capítulo 27
Salster, agosto de 1388
A continuación de su regreso de Norfolk, Simon se negó a estar en la misma habitación que Toby, a menos que el chico descansara en su camastro como lo había hecho siempre. No podía soportar ver a su hijo en aquel arnés que Gwyneth le había hecho. Durante los primeros días, tuvo miedo de que pudiera destruirlo, pero parecía que él no se animaba siquiera a tocarlo, tan grande era la repugnancia de ver a su hijo de pie en los aros y listones de madera.
Peor aún, prolongó en Gwyneth sus sentimientos de repulsión. A ella le pareció que él apenas podía soportar su presencia y menos aún su conversación. Tres días después de su retorno vio cómo Henry Ackland era recibido en la casa y arrancaba a Simon una disculpa poco habitual, pero para ella no la hubo. Tuvo que observar cómo la ignoraba y escuchaba el relato de la reunión de la guilda de boca de Henry, pero hasta a él lo cortó en forma brusca.
—No necesito enterarme de quién le besa el culo a quién, Henry, dime nada más lo que se decidió. El resto puedo adivinarlo solo.
Entonces Henry expuso sin rodeos el acuerdo al que habían llegado. Gwyneth había manejado la reunión a su antojo, siguiendo el consejo de Piers Mottis de que aquel era el momento justo de reglamentar a los canteros de la ciudad por el bien de todas las logias, y Simon no pudo encontrar defecto en lo que se había decidido.
—Con tantas idas y venidas y la necesidad de hombres, algunos de los oficiales más antiguos estaban preocupados porque usaran a los aprendices como mano de obra y no les enseñaran como era su derecho —dijo Henry.
—¿Y la decisión a que llegó la reunión? —el tono de Simon seguía siendo hostil.
—La decisión, que me parece sensata y práctica —Henry dirigió una mirada rápida a Gwyneth—, es que cada aprendiz estará ligado a un maestro y que éste tendrá el derecho exclusivo de enseñarle, a cambio del honorario. Si un maestro quiere sacarse de encima a su aprendiz, debe encontrar otra persona que le enseñe.
Henry volvió a mirar a Gwyneth, pues aquella norma había sido inspirada por ella.
—Los oficiales deberán ser tratados de manera semejante, bajo la autoridad de un maestro, que debe responder ante el maestro constructor.
—¿Entonces un maestro debe aceptar contratarlos? ¿No pueden emplearse por una jornada de labor según el capricho del capataz, como antes?
—No. Es para desalentar a los hombres a dar vueltas de un sitio a otro. Si tienen que responder ante un maestro, lo pensarán dos veces antes de dejar a alguno.
Simon asintió. Comprendía la sensatez de aquella medida pues garantizaba continuidad y normas consistentes. Él ignoraba cuánto había peleado Gwyneth, con Henry a su lado, para garantizar la aprobación de aquella regulación en particular. Los oficiales presentes, viendo que se les coartaba la libertad sin ningún provecho evidente para ellos, no tardaron en expresar sus quejas, y fue una larga y ardua batalla convencerlos de que, como canteros que ya estaban en Salster, gozarían de una ventaja sobre los que eran nuevos en la ciudad, quienes no encontrarían tan fácil un maestro responsable. Solo el agregado de otra regulación, que daba más peso a la ventaja de Salster, hizo que llegaran al acuerdo.
Había sido una sugerencia de Gwyneth.
—Si los oficiales que son nuevos en la ciudad pueden vincularse con un maestro con la misma sencillez que los que ya están aquí —dijo—, entonces existirá lugar para la queja. Todos se beneficiarían si a los canteros que lleguen a la ciudad, primero se les pidiera que demostraran su valía.
Y así se acordó que los oficiales o maestros nuevos al principio serían contratados por día hasta que se pudiera determinar la calidad de su trabajo y solo después se los contrataría por la tarea, en lugar del salario diario.
—Y si hay canteros cuyo trabajo siempre resulta malo —concluyó Henry—, entonces sus nombres deberán circular por las logias de la ciudad y se entregarán también al alcalde y a los regidores. —Esperó que Simon presentara objeciones por lo que sabía que él consideraría como una usurpación de la autoridad de la logia.
—Pero en cada logia ya existen medidas que se aplican al trabajo deficiente.
—Pero llevan tiempo, Simon. Si los hombres van y vienen, pueden formarse muy bien al principio y después volver a recaer en la bebida o en la holgazanería y entonces se pierde tiempo en rehacer el trabajo. Es una pequeña compensación para el constructor saber que el cantero que le costó un día de trabajo pierde lo mismo en pago.
Simon silbó entre dientes, pero no discrepó. Por primera vez, a Gwyneth se le ocurrió que en realidad Simon podría hundirse en aguas demasiado profundas en Salster. No como constructor o cantero, sino como maestro de obra, a cargo de aquella masa de hombres. Jamás había trabajado en ningún lugar donde hubiera semejante exceso de canteros, y los problemas de superabundancia para él eran una novedad.
—Ten valor —le dijo, mientras ella también se armaba de coraje—, pues al fin será muy claro quiénes son los mejores canteros, pero como hay tantos habrá que elegir y darles una calificación.
Simon la ignoró por completo y, por la atención que le dispensó, Gwyneth muy bien podría no haber hablado.
—Bien —dijo, con los ojos clavados en Henry—, ¿quién tendrá que supervisar estas nuevas normas? ¿Quiénes serán nuestros representantes?
Henry y Gwyneth cruzaron miradas. Ella asintió, permitiéndole que hiciera caso omiso de la crueldad de Simon. Henry tomó aliento.
—Cada logia designará tres maestros y juntos formarán el consejo de los canteros, que tomará las decisiones que sean necesarias y oficiará de árbitro.
Simon asintió.
—De modo que todo ha sido decidido.
Era difícil leer su tono, y una vez más Henry miró de manera inquisitiva a Gwyneth. Pero ella no tenía nada que decir.
—Sí —dijo Henry—. Hemos procedido como mejor nos pareció, y está decidido.
Hubo un silencio mientras los dos hombres se enfrentaban. Simon de improviso le tendió a Henry la mano.
—Fui injusto contigo...
—Simon, tú... —Henry intentó interrumpirlo, pero Simon hizo señas para acallar sus palabras.
—Me atreví a decir que no tenías ningún derecho a actuar en mi nombre. Fui injusto. Si algún hombre sabe lo que quiero, eres tú. —Se detuvo, con la mano de Henry cogida entre las suyas, y sus miradas se cruzaron, mientras Henry alzaba la cara para mirar a Simon—. Me has demostrado la lealtad de un hijo, Henry, y no lo olvidaré —dijo.
Gwyneth apartó la vista de la sonrisa de orgullo de Henry. Las palabras de Simon habían tendido una mano helada sobre su corazón. La lealtad de un hijo hacia su padre era sagrada y no podía haberle hecho a Henry un mejor cumplido. Pero sus palabras eran un reconocimiento implícito de que Henry ocupaba el lugar de un hijo natural, algo que Simon se había negado a hacer durante los años que el niño había vivido con ellos como pupilo.
Gwyneth no pudo seguir soportando lo que Simon diría. Se dio vuelta y abandonó la habitación, incapaz siquiera de despedirse de Henry, y se fue a su alcoba donde Toby dormía en la cama, la cara dada vuelta hacia la ventana, los ojos cerrados. Se quedó mirando al niño, sus miembros que se retorcían en aquel momento quietos y los ojos cerrados. Se parecía a cualquier niño de tres años, como si pudiera despertar, saltar de la cama y salir corriendo a jugar.
Pero nunca lo haría. Aunque el armazón le permitiera aprender a estar de pie y después a caminar, nunca lo haría con facilidad. Podría aprender a tener un mayor dominio de la cabeza, de los sonidos que podía hacer, pero nunca parlotearía sin parar como lo hacían otros niños. Si alguna vez encontraba la forma de hablar algo, siempre lo haría con tanta dificultad para el oído del que escuchaba como para su lengua.
—Oh, Toby —llegó su voz con suavidad—, te he fallado.
Se acostó en la cama, junto a él, y se quedó dormida acariciando el pelo rizado y empapado de su niño mientras lágrimas de desesperanza corrían silenciosas por su rostro.