Capítulo 60

Salster, en la actualidad

Damia rechazó la invitación de Neil para ir a Brighton a pasar las Pascuas en casa de sus padres, diciéndole que necesitaba estar un tiempo a solas para pensar. En su interior, crecía cada vez más la convicción preocupante de que no estaba parada en un terreno peligroso. Toby, Catz, Neil... ya no sabía qué lugar ocupaban en su futuro, si es que había algún lugar para ellos.

Damia pasó una noche de Viernes Santo acuciada por un incómodo estado de duermevela y el sábado por la mañana se despertó tarde cuando sintió un golpe en la puerta de la calle. Se puso rápido una bata, bajó la escalera a tumbos y medio a ciegas, y espió a través del cristal de colores de la puerta tratando de averiguar quién la necesitaba con tanta urgencia. Al ver la figura solitaria de un hombre de camisa y pantalón, entreabrió la puerta con cautela, sin quitar la cadena.

—Tengo un paquete para ti, tesoro —le dijo el mensajero, indiferente al recibimiento—. Puedes firmar aquí.

Damia estaba sentada en la cocina tomando té mientras miraba el envoltorio largo y chato apoyado contra la mesa. Le llegaba a la altura del hombro y era evidente que contenía una pintura: la dirección de Catz en Nueva York aparecía con letras pequeñas en la etiqueta de envío, encima de otras letras más grandes con su nombre y dirección en Salster, Inglaterra, Reino Unido.

Había recibido el paquete y lo había recostado en la pared del pasillo. Después volvió a subir las escaleras y se dio una ducha. Se vistió con esmero, bajó y llevó el paquete pesado y difícil de maniobrar a la cocina.

Dado el último estado de relaciones entre ella y Catz, no estaba segura de lo que encontraría en la pintura protegida por la funda de cartón corrugado. Aunque Catz rara vez producía telas perturbadoras, no le hacía ni pizca de gracia revelar una tela especialmente dedicada a ella, sola en la cocina.

Una vez que terminó el té, Damia puso la taza en el fregadero y se sintió atraída por la melodía de un pájaro que cantaba en el jardín de atrás. Abrió las puertas del patio, que conjuntamente con la ráfaga de aire frío dejaron entrar un torrente de territorialismo sexual y jactancioso que los humanos encuentran tan atractivo. Se quedó parada en el umbral durante uno o dos minutos tratando de evocar algo que se asemejara a la clara perspectiva de las aves. Construir una casa, atraer al macho, tener crías y esparcir tus genes.

¿Era eso lo que significaba su anhelo de tener un hijo? ¿Nada más que un instinto primitivo de perpetuar sus genes? Pero si fuera tan sencillo como eso, la propuesta de Neil se habría presentado al instante como la solución obvia, y no como desencadenante de una serie de dudas sobre sí misma.

Damia se alejó de la puerta, como si al hacerlo pudiera evitar el retorno al interminable debate interior, se acercó de un tranco a la pintura y la cogió en los brazos. Cualquiera que fuera la desagradable sorpresa que acechaba debajo del envoltorio, sería más fácil afrontarla en el jardín, un espacio que todavía apenas si sentía que era de su propiedad.

Tambaleándose con la carga pesada y difícil de manejar, se dirigió en medio de los arbustos sin podar y el césped que crecía desordenado, a la antigua pérgola que algún propietario anterior de la casa había instalado para atrapar el sol de la mañana. Barrió con la mano las tablillas del asiento quitando el excremento seco de los pájaros y se sentó con cuidado, deslizando hacia abajo el paquete hasta hacerlo descansar sobre sus rodillas.

No había habido ningún mensaje poniéndola sobre aviso de que llegaría un paquete de Nueva York. Damia no había vuelto a tener noticias de su amante desde el dolorido e-mail sobre Neil y le preocupaba que Catz hubiera pasado el tiempo rumiando sobre el evidente impasse de sus relaciones. Era capaz de representar la verdad de las emociones en sus pinturas con una exactitud devastadora y, por más que lo intentara, no podía quitarse de la mente la imagen de sí misma como una niña pequeña vestida de arco iris y excluida en forma permanente del círculo de bailarinas.

Tiró tentativamente del precinto y abrió el costado chato y más corto del cartón y después, haciendo más fuerza, rasgó el borde más largo. Arrancó la punta y vio una tela sin enmarcar envuelta en un plástico con burbujas. Como su desconfianza se prolongaba de manera incómoda, la extrajo con las dos manos y la dio vuelta para cogerla de los bordes pegados con celo.

Había una carta pegada al plástico de burbujas con un simple nombre: Mia.

Un nudo le oprimió de repente el estómago. Damia separó el sobre y lo abrió. Era una carta manuscrita con la letra desparramada de Catz, pero la inusitada uniformidad de la escritura le sugirió que había sido redactada primero y luego copiada más que escrita de un tirón, según el estilo preferido de Catz.

Como era habitual en la correspondencia de su amante, no había ningún saludo. Era como si Catz no quisiera comprometerse con ninguna posición en particular con relación a su lectora antes de haber dicho lo que quería decir. La primera vez que habían estado juntas a Damia le había resultado hiriente que la tratara en forma tan imperiosa, pero después se había habituado y cualquier otra cosa le habría parecido siniestra por su anormalidad.

Nueva York, jueves

Siento como si hubiera tardado todo el día en escribir esto. Es probable que no haya entendido bien, pero bueno.

Te mando una pintura, la que tú querías para la subasta de arte. Sé que ahora cambiaste esa idea por la de un premio artístico (es una iniciativa acertada ya que puedes conceder un premio todos los años, mientras que hacer una subasta anual sonaría extraño), pero me pareció que si tenías un cuadro pintado por alguien que ya fuera conocido podrías utilizarlo para animar a la gente a que concurse por el premio. Sé que si yo hubiera visto el nombre de alguna persona que conocía asociado a un premio nuevo cuando estudiaba arte, me habría ofrecido un estímulo para participar.

Quería hacerlo aun cuando no vengas a Nueva York y yo me encuentre aquí,

El inequívoco fin de su relación estaba en aquella línea, advirtió Damia. Había sido invitada a reunirse con Catz y había rehusado. Le había contestado que si quería que estuvieran juntas, debería volver a Gran Bretaña, a Salster, y Catz, en forma implícita, se negaba a hacerlo.

... porque quiero probarte que estás equivocada; que sí te he escuchado cuando me hablabas de ti, del colegio y de la pintura.

Tenías razón en no venir, Mia, porque no habría podido pintar esto si tú hubieras estado aquí. De todos modos, me costó mucho hacerlo. Hice diecisiete bocetos diferentes (los puedes ver si quieres. Los puse en la «página en construcción» de mi sitio web, junto con las fotos del mural que me enviaste) antes de conseguir lo que quería. Quien haya pintado el «Ciclo del Pecado» era un artista maravilloso, pues dice tanto en tan poco, y yo traté de hacer lo mismo.

El otro motivo por el que tuviste razón en no venir es que necesito probarme a mí misma que estoy bien sola, que no dependo de relaciones de explotación para producir mi obra. (Sí, antes de que lo preguntes: voy a un terapeuta. Aquí es como ir al baño; la gente no puede entender cómo te las arreglas para funcionar si no haces terapia. Mantenerte alejada toda la semana mientras pintaba es una conducta explotadora). Pero no sé hasta dónde puedo exigirme. Podría tolerar vivir con alguien, ¿pero con un niño también? Es un paso demasiado largo. Sabes cómo soy, cuando pinto estoy obsesionada; no concentrada, ni abstraída: obsesionada. Estoy en otro mundo y si me arrastras de vuelta al mundo real, el hechizo se hace pedazos y te odio. Te odio. Un hijo no podría soportar algo así, ni debería. Se interpondría entre tú y yo, y terminarías odiándome y dejándome, y eso tampoco sería bueno para el niño. No voy a ponerme en una posición en la que cualquier niño sienta que lo rechazo.

Así que, ahí tienes. Esto es el producto de un día de estar sentada aquí escribiendo y reescribiendo, sin mencionar las semanas de terapia. Me imagino que podrías haberme dicho todo eso a la tercera semana de nuestra relación. Salvo la parte sobre el niño, porque tú no querrías verlo. Como diría mi terapeuta, tú lo negarías. A propósito, se llama Joel. Elegí adrede un tío, así no tenía que enamorarme de mi terapeuta, de acuerdo con el cliché.

No quiero que esto signifique el final para nosotras, Mia. Sé que debe ser el final para que sigamos juntas por lo del bebé. No puedo renunciar a pintar y supongo que sientes lo mismo sobre tener un hijo, de modo que así no va a funcionar. Pero no quiero que desaparezcas de mi vida. ¿Podemos pensar en algo que sea un poco más equitativo, por ejemplo, una amistad donde yo no tenga la última palabra? Si no tengo que volverme paranoica por resguardar mi espacio de trabajo, creo que podríamos ser buenas amigas.

Bueno, eso es todo.

Te amo.

Catz

Blog de Toby, 9 de abril

¿Dónde estaría cualquiera de nosotros si no tuviera amigos? El año pasado corrí una maratón para una obra de beneficencia y mis amigos, incluso los que no necesariamente la apoyaban, aportaron dinero con generosidad porque querían ayudarme.

Ahora, una querida amiga mía que no tiene ninguna relación con el colegio, salvo a través mío, ha hecho una donación muy generosa y conmovedora.

Catriona M. Campbell, una joven artista británica, dos veces nominada para el premio Turner, ha contribuido con una obra que será subastada en la ceremonia del Premio de Arte anunciado el trimestre pasado en el sitio web del colegio.

Si hacéis clic aquí, podréis apreciar la pintura en todo su esplendor. Para aquellos a los que les interesa saber estas cosas, mide veintiocho pulgadas de alto por cincuenta y seis pulgadas de ancho; está hecha en óleo sobre una superficie de tela.

La tela mostraba, a primera vista, una representación directa del patio de Toby, en el que tres personas estaban ubicadas en puntos diferentes con relación al observador. Sin embargo, un escrutinio más concienzudo revelaba que el patio había sido escorzado según el estilo de la pintura prerrenacentista para permitir la yuxtaposición simbólica de los edificios. Si el gran Octógono del Kineton y Dacre College estuviera ubicado tan cerca del ámbito oeste como en la pintura, dos hombres no podrían haber estado de pie casi pegados, mientras que en la realidad el espacio que los separaba era tres veces mayor.

El primer plano de la izquierda de la tela estaba totalmente ocupado por la cabeza y los hombros de una mujer parada de espaldas al observador de modo que uno estaría, por así decir, obligado a mirar la claraboya del Patio soleado por encima de su hombro. El vestido verde y la cofia blanca atada con prolijidad la identificaban como la mujer que acunaba a su hijo arropado con tanta ternura en el segundo óvalo de la pared.

En el centro despejado de la tela, se encontraba la figura de un niño sentado en los escalones del Patio, con las piernas cruzadas escudriñando la estatua del «prisionero» en su nicho de la pared oeste. En aquel niñito que contemplaba embelesado, Catz había dado vida a la figura ágil y parada de puntillas de la estatua de Toby. El pelo rubio caía en ondas alrededor de las orejas, como si lo hubiera empujado hacia atrás para ver mejor; la túnica, colocada encima de una camisa interior de lino visible en el cuello y en los puños, parecía gastada y sobada debido a las miles de expediciones infantiles, embarrada y restregada por los lavados tan frecuentes que el color azul —que atraía enseguida el ojo sobre ella, el foco de la pintura— se había mitigado y convertido el azul celestial en un tono más terrestre.

Si bien Catz era fiel a la estatua y había reproducido las suaves botas de cuero con un color habano grisáceo y salpicado de manchas, había optado por pintarlo con las piernas desnudas y las rodillas tan marrones y roñosas como las de los chicos de todos los sitios del mundo.

Más lejos, pero en modo alguno en lo que podría considerarse el fondo de aquella pintura con su perspectiva medieval, había un hombre de barba y estatura mediana y aunque los colores de su ropa eran más vibrantes y la postura más natural, el rostro animado por la pincelada de un retratista avezado era el del cantero que ocupaba el primer óvalo de la pared. Simon de Kineton estaba de pie, con el rostro en la sombra, la mirada fija en el hijo iluminado por el sol que tanto había deseado, con la mitad del cuerpo alejado de la pared en sombras del oeste y del hijo que le había sido concedido.

Solo haciendo un examen más crítico de la pintura, Damia advirtió la mano casi incorpórea que se tendía desde la figura de Gwyneth de Kineton hacia el niño. La trayectoria de los dedos alargados podía llegar a cualquiera de los dos niños, al que parecía de carne y hueso o al de la piedra, de modo que el gesto anhelante podía expresar la ansiedad vehemente que cada una de las imágenes de su hijo le despertaban.

El anillo en el anular de la mano era menos ambiguo ya que con su piedra verde y su oro blanco era una copia exacta del que Catz le había regalado a Damia en su trigésimo cumpleaños.

De: Damiarainbow@hotmail.com

A: CatzCampbell@hotmail.com

Asunto: la pintura

Bien, lo conseguiste: igual que el mural, dijiste tanto en tan poco. Catz, es sorprendente, una pintura excepcional, tan medieval y tan moderna al mismo tiempo. Es justo lo que Toby, el colegio, trata de ser. Gracias.

Tu carta me hizo llorar, pero no con tristeza. Siento que nos hemos liberado mutuamente, pero apenas lo justo. Yo tampoco quiero no tenerte en mi vida...

Me alegro de que hagas terapia, no porque piense que estás neurótica sino porque me parece que te asustas de ti misma o de lo que podrías hacer o en lo que podrías transformarte si ciertas cosas ocurrieran. Así que continúa; será increíble ver cómo lucirá una Catz intrépida.

Pasando a un tema diferente, lamento no haberte explicado que Neil estaba en Salster. Me parece que yo no quería reconocer que quizá tenías razón respecto a él, y al mismo tiempo, porque sabía que vosotros no teníais razón, si eso tiene algún sentido. No, es probable que no. Que él estuviera aquí ha sido catártico porque pude enfrentarme a algunas cosas acerca de las muertes de papá y Jimi, y no creo que hubiera podido hacerlo sin el mural y sin Neil. Es extraña, ¿no?, la forma en que llegan a unirse los diferentes fragmentos de tu vida.

En resumidas cuentas, el resultado medio alucinante de todo esto es que Neil me propuso que él y yo tengamos un bebé.

No te preocupes, me quedé tan patitiesa como tú lo estarás ahora: salió de la nada. Lo admito, los dos estábamos un poco borrachos, pero no hay duda de que lo dijo en serio. Yo balbuceé algo como que tenía que pensarlo, que era una pregunta demasiado importante como para contestar sí o no enseguida... y desde ese día no hemos vuelto a hablar del tema. Bueno, en realidad no nos vimos porque se fue a ver a sus padres para Pascuas, y yo estoy aquí sola y desamparada después de rechazar el ofrecimiento de acompañarlo. Hubiera sido agradable ver a sus padres otra vez, pero en estas circunstancias...

Catz, de hecho me estoy planteando la posibilidad de hacerlo... de tener un hijo con Neil. Tú y yo jamás lo discutimos, por eso nunca te expresé mis reservas respecto al donante de inseminación artificial (quiero decir que, aunque ahora el niño tiene derecho a saber quién es el padre, tú te propones educarlo sin que huela siquiera que hay un papá, y hasta que cumpla los dieciocho no puede...). No estoy muy segura de poder hacer eso.

Como Neil fue el que lo sugirió, estuve pensando en todas las ventajas de tenerlo como padre de mi hijo. Siempre quise tener una familia, pero no sé si soy lo bastante valiente para criar un hijo sin un padre a la vista. Me parece que la propuesta de que dos lesbianas críen a un chico es otro cantar, en especial para el niño, si él o ella pueden decir: «veo a mi papá cuando quiero», o «mi papá vive en Londres», o algo por el estilo; en lo básico les dice a los demás chicos: «soy igual que tú, solo que en casa hay dos mujeres en lugar de una».

No quiero vivir con Neil, así que para el niño no sería algo diferente a lo que otros millones de niños tienen que enfrentarse: vivir con mamá la mayor parte del tiempo y un poco con papá, salvo que entre Neil y yo no habría una historia de resentimientos. Podríamos reunimos como una familia algunas veces sin esa tensión que...

Pero quizás me engaño. Quizás las cosas podrían ponerse difíciles: a uno de los dos podría no gustarle la forma en que el otro cría al hijo o habría discusiones por las vacaciones o Neil querría ver al niño más de lo que yo desearía... ¿qué pasa si uno de nosotros necesita mudarse de Salster por un nuevo empleo?, ¿cómo funcionaría eso?

Como verás, estoy lejos de haber llegado a una conclusión y ni qué hablar de una solución. Necesito conversar con Neil sobre este tema, ir al meollo de la cuestión, pero tengo miedo de que piense qué va a suceder y después decida hacer lo contrario o quizás también tengo miedo de que me convenza...

Testamento
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